Este es el título de una película dirigida por Michael Tolkin en 1991. Sharon trabaja en el servicio de información telefónica. Siente que su vida está vacía e intenta llenarla haciendo intercambio de parejas con personas a quienes acaba de conocer en algún bar. Evidentemente lo pasa bien, pero nada más: la sensación de vacío perdura.
Casualmente, mientras almuerza en el trabajo, escucha una conversación, algo relacionado con un niño, unas profecías, el final de los tiempos… Le llama la atención, pero quienes conversaban callan al percatarse de que está escuchando. Sharon presiente que su vacío podría llenarse por medio de la fe en Jesucristo, pero no siente esa fe; sólo siente indiferencia. Por medio de varios encuentros fortuitos llega a la fe y transforma su vida. Incluso uno de sus amantes se convierte a la fe en Jesucristo en el seno de una comunidad cristiana de corte fundamentalista que escucha las visiones de un niño acerca de la vuelta definitiva de Jesús a la tierra.
Hay dos diálogos que me parecen interesantes. En uno de ellos, su amante le confiesa que en una ocasión mató a un hombre por dinero. Se siente mal por ello. Entonces pregunta: “Si no nos hubieran enseñado que matar está mal, ¿seguiríamos sintiéndonos mal cuando lo hiciéramos?”. Un diálogo semejante se produce cuando Sharon ya se ha convertido a la fe e intenta que todo el mundo haga lo mismo. Una mujer (no sé si es su cuñada) le dice que en qué se apoya para creer y Sharon le dice que en la Biblia. La mujer le contesta que si no se lo hubieran dicho desde pequeños, lo que pone la Biblia no significaría nada.
Y a partir de ahora, si alguien quiere ver la película, mejor que no siga, porque la voy a destripar. Sharon encuentra la fe, se siente llena, feliz y con deseo de que todos lleguen también a la fe en Jesús. Utiliza incluso su trabajo para transmitir su buena nueva. Se casa y tiene una hija. Un empleado mata a su marido. Sharon se mantiene fuerte y mantiene la esperanza de su hija apoyada en la fe. Pero vive la fe como un fundamentalista, olvidando que tiene una inteligencia que usar. Las palabras del niño profeta y lo sueños que tiene se convierten en órdenes que debe cumplir. Toma a su hija y decide ir al desierto, a esperar la llegada del Señor. El Señor no llega y Sharon decide poner la promesa del Señor por encima de su amor. Cuando finalmente tiene que dar el paso definitivo, cuando va a pasar a la presencia de Dios, Sharon es incapaz de expresar su amor por un Dios que resulta inhumano, que exige una entrega total sin tener en cuenta los sentimientos de las personas, que nos priva de aquellos a quienes más amamos. El final nos sitúa al final de los tiempos, con la llegada de Jesús. Al menos así lo parece. También podría ser un sueño de Sharon. Lo que no sé es cuál es su despertar: ¿el despertar a la fe o el reconocer que lo que exige esa fe es inhumano?
Una fe sin entendimiento deviene fundamentalismo, estupidez, y se torna inhumana. No sé cómo los creyentes no lo entienden. Si Dios ha creado al ser humano y le ha dotado de inteligencia y voluntad, no tiene sentido que después le exija renunciar a su capacidad para entender y amar a quienes les rodean. San Pablo lo tenía claro: la fe sin amor es vacía, no sirve de nada. Y la fe sin entendimiento, sin comprensión, sin una razón abierta y dialogante, se convierte en fanatismo, en el empeño porque todo el mundo piense de la misma manera.