Cuando la primera guerra del Golfo, cuando G. Bush padre decidió atacar Irak, yo estaba en contra de la guerra. En aquel momento se había producido la invasión de Kuwait, un estado soberano. Ahora ya no sé si pensaría lo mismo.
El caso de Libia me resulta más complejo. Cuando en Egipto y Túnez se han producido levantamientos en contra de sus gobiernos (probablemente más aceptables que el de Gadafi), los hemos saludado como muestra de un nuevo aire de libertad y democracia para los países del norte de África. Hasta entonces no se nos había ocurrido pensar que estos estados estaban controlados por dictadores. Estos aires se han extendido también por Bahrein, Yemen e incluso Marruecos. Cuando empezaron a producirse manifestaciones en Libia pensamos que el cambio político iba a producirse como en Egipto y Túnez. Volvíamos a pensar en que estos movimientos expresaban un sentimiento creciente de libertad. Pero nuestros políticos no tuvieron prisa en animar el cotarro, en animar al dictador a marcharse y dejar que el pueblo libio encaminara su futuro político de otro modo. Esperaron hasta que Gadafi estuviera encerrado en la capital mientras los “rebeldes” ocupaban el resto del país. “¡Ya está, ya va a caer!, -pensarían-, igual que han caído los otros”. Mubarak se enrocó ante la presión del pueblo, pero la jugada le salió mal y finalmente se tuvo que marchar. Gadafi se había enrocado en Trípoli; ahora su caída sólo era cuestión de tiempo, y probablemente no demasiado. Así que los líderes europeos y americanos, con cierto retraso, se lanzaron a pedir que se marchara y dejara a los libios tranquilos. Tampoco podían lanzarse enseguida a presionarle hasta que no vieran por dónde podían ir los acontecimientos, ya que muchas veces se habían reunido y fotografiado con él y habían cerrado muchos y cuantiosos negocios. Él nos daba petroleo y nosotros armas. Pero había llegado ya el momento de decir de qué parte estábamos: del pueblo que se levanta contra su dictador. A la partida debía quedarle poco. Pero, ¡sorpresa!, desde su enroque en Trípoli, Gadafi le da la vuelta a la partida y, poco a poco, va ganando terreno hasta tener acorralados a los rebeldes. Parece que habíamos previsto mal. Tardamos en decir de qué parte estábamos, intentando prever quién llevaba las de ganar, y cuando lo decimos se da la vuelta a la tortilla y ya no se ve tan claro si hemos apostado por el ganador. Como ya hemos dicho que Gadafi se tiene que ir, pero como parece que tiene pocas ganas de hacerlo, ahora, cuando ya hemos comprometido la palabra, falta saber qué hacer. Se ha optado por impedir que los aviones de Gadafi ataquen las poblaciones que controlan los rebeldes. Es una manera de limitar su capacidad militar. Pero no parece que suponga mucho más. Por tierra Gadafi sigue teniendo un ejército más numeroso, mejor preparado y equipado que los rebeldes. Si no se hace nada más es probable que una guerra que va ganando Gadafi y que podría acabar en unas semanas, se convierta en una guerra larga, en la que probablemente Gadafi se llevará la victoria. Esto dejaría a quienes ya han manifestado su apuesta en una situación bastante embarazosa. Si ya hemos dicho que es un dictador al que hay que derrocar, si gana, ¿volveremos a hacer negocios con él? ¿Lo invitaremos a nuestras reuniones? ¿Le dejaremos volver a montar su jaima en nuestros jardines? Pero de momento, nuestros políticos necesitan darse tiempo: no se atreven a enviar ya un ejército de ocupación/liberación (según se mire) y desean que, de un modo u otro, la situación se despeje por sí sola, o sea, que los libios acaben por sí mismos con esta guerra. Pero si la situación se alarga, tendrán que volver a decidir qué hacer, y a estas alturas es difícil retroceder.
Aparte de todas las críticas a la política que han desarrollado anteriormente los países de Europa y Norteamérica con Libia (parece que hasta hace unos meses sólo nos encontrábamos con Jefes de Estado, no con dictadores, y eso nos permitía hacer negocios con ellos), parece que hemos llegado tarde a todo. Nadar y querer guardar la ropa puede resultar muy complicado cuando el río sigue su curso, en este caso, cuando dos ejércitos están enfrentándose. Hemos llegado tarde al reconocimiento de las exigencias de los rebeldes frente a Gadafi y hemos llegado tarde a la intervención militar aérea. El siguiente paso aún resultará más complicado. Pero creo que, si realmente nos creemos que Gadafi es un dictador y los rebeldes van a implantar una democracia (cosa que habrá que ver), no nos quedan más opciones. Aunque tarde, creo que estamos haciendo lo que había que hacer. No hacer nada es darle la razón a Gadafi. La guerra es mala, pero la guerra ya está en marcha, en este caso entre los mismo libios. No intervenir es ya una manera de decir que siga la guerra y que gane no quien creemos que tiene razón, sino quien en este momento tiene más medios (los que nosotros y algunos más le hemos proporcionado). Será todo muy cínico, hipócrita y lo que queramos, pero es la única alternativa que parece que nos queda. Ahora la cuestión no es si somos partidarios o no de la guerra; la cuestión es si dejamos que Gadafi masacre o no a una parte de la población. Diciendo que no queremos la guerra, esta no se va a parar automáticamente. Preocupado debe estar Gadafi de lo que algunos escribimos en internet.