Los hijos nos hacen sentir el tiempo

El jueves pasado celebrábamos la jubilación de un compañero del instituto, de Ángel González. Había sido maestro mío en “Primo de Rivera”, y ahora era compañero en el IES Paco Mollá. En la sobremesa, me senté junto a Pepe, compañero y amigo, y le comenté que cada vez que veía a Ángel por los pasillos, lo recordaba cuando estaba en el colegio, llevando también el cartabón y el compás de plástico para dibujar en la pizarra. Le dije también que igual el compartir trabajo con alguien que había sido mi maestro me hacía un poco más joven, aunque no sé si a él le hacía sentirse a la vez un poco más viejo. Las fotos lo cambiaban. Yo lo recordaba como ahora, pero al vez las fotos tuve que tomar conciencia de que ya no era del todo el mismo que yo había conocido, que había cambiado bastante. Después volví a una reflexión que viene a mí con cierta frecuencia, cada vez que veo un cambio en uno de mis hijos.

Le decía a Pepe, mi amigo, que los hijos son quienes nos hacen tomar conciencia del tiempo. Los miramos y recordamos situaciones que para nosotros parecen recientes y, sin embargo, hace tiempo que las han superado. De repente, casi sin darnos cuenta, empiezan a hacer cosas que, hace unos meses, eran simplemente imposibles. Ellos rompen la rutina del tiempo en la que, con el paso de los años, se va acomodando nuestra vida. Casi sin darnos cuenta se van haciendo mayores. Aún recordamos el primer día que lo llevamos a la guardería y ahora va a empezar segundo de primaria; tenemos marcado en la memoria el día de su nacimiento y ya le estamos quitando el pañal. Lo que vivo ahora con mi hija, renueva constantemente en mí el recuerdo de todo lo que he ido viviendo con mi hijo. Cogemos las fotos, para impedir que ese pasado, para ellos tan lejano y para nosotros aún cercano, no se vaya nunca del todo. Pero ellos crecen y así nos obligan a decir: si ya han pasado dos, o tres, o seis, o siete años. Y dentro de nada nos sorprenderán con otra cosa, y pensaremos, mi hijo, mi hija está creciendo. Y me sentiré un poco mayor. Y si miro una foto, descubriré que el tiempo también ha pasado para mí, que ya no soy del todo el mismo; y me sentiré aún más mayor.

¿Qué quedará entonces? El tiempo que hayamos compartido y nos hayamos amado. Si eso es lo que va a quedar, más vale aprovecharlo mientras esté en nuestras manos.