La cuestión humana

En algún blog leí que se trataba de una obra maestra. A mi no me lo ha parecido, aunque sí es una película de lo más interesante. Está dirigida por Nikolas Klotz (2007). Me apareció a partir de búsquedas entre los actores de “De dioses y de hombres”.

El protagonista de la historia es un psicólogo encargado del departamento de recursos humanos en la filial francesa de una gran empresa alemana. Uno de los méritos de este psicólogo ha sido el de precisar los criterios que servirían para hacer una reestructuración de la plantilla, eliminando 1300 puestos de trabajo. Viendo lo eficaz que ha resultado su trabajo, el Director adjunto le encarga una nueva tarea: debe investigar la conducta del Director General y elaborar un informe. Parece afectado por problemas emocionales que pueden volverse en contra de los intereses de la empresa.

Con el fin de conocer al Director General, el psicólogo investiga posibles vías de acceso. Descubre que en la empresa hubo un cuarteto musical, en el que el mismo Director General estuvo implicado. Con la excusa de hacer una nueva actividad musical que sirva para unir al personal, va a ir realizando entrevistas al Director General, su secretaria, otros directivos… Poco a poco irá descubriendo qué es lo que preocupa al Director. Con la información de unos y otros, descubrirá que detrás de todos los datos sobre reestructuración de la empresa lo que le preocupa es la cuestión humana, el hecho de que detrás de un lenguaje que intenta ser neutral, aséptico, se encubre el hecho de que cientos de personas se quedan sin trabajo. Las emociones, las preocupaciones, esperanzas, anhelos de las personas… todo ello se reduce al cumplimiento de un plan.

Pero todavía no sabemos por qué le preocupa tanto. Entonces empieza a vislumbrarse un paralelismo: algo parecido hacían los nazis con aquellos a quienes conducían a la muerte. Lo que importaba era ir cumpliendo el plan, lo programado. Había que olvidar que la carga que portaban en los camiones eran seres humanos; había que reducirlos a eso, a carga, y a números. La secretaria nos ayuda a descubrir lo que atormenta al Director General, y no porque él mismo lo hiciera, sino porque su padre había estado implicado. Pero también descubrimos que los intereses del Director adjunto no buscan simplemente el bienestar de la compañía. Su forma de actuar también está relacionada con sus experiencias de la infancia, donde aprendió a decidir y pensar sin tener en cuenta a las personas. El Director General sabe por qué es así y se ha dado cuenta de que todo lo que está haciendo el psicólogo lo hace por encargo del otro directivo.

Finalmente el psicólogo encuentra a quien constituía el alma del cuarteto musical. Vivía en un pequeño pueblo. Había sido despedido con la reestructuración de la empresa. Poco a poco va desentrañando cómo, mediante el lenguaje, hemos ido ocultando la dimensión humana de la realidad, en un intento de hacer una realidad que nos resulte más fácil de sobrellevar, que no cargue excesivamente nuestras conciencias. Nos dice que ya no hay pobres, que ahora sólo hay personas de bajos recursos. Los despidos se convierten en reestructuraciones, en reformas, en adaptaciones a las nuevas condiciones económicas, como si las circunstancias obligaran a dejar de lado a los seres humanos que se ven afectados en cada decisión; como si las decisiones dejaran de ser una cuestión personal y dependieran sólo de los criterios marcados de manera supuestamente objetiva en un programa. Entonces cuenta al psicólogo loo que veía cada noche desde su ventana: los conductores de camiones que, tras el trabajo, tan sólo comentaban que estaban cumpliendo el programa, olvidando que dicho programa consistía en hacer desaparecer a las personas que designaba el III Reich.

Hay una magnifica reflexión sobre el uso del lenguaje para encubrir la realidad. Lo único que no me gusta es que el ritmo resulta excesivamente lento. La película se recrea en cada frase del discurso, en las canciones, en los despertares del psicólogo. El problema es cuando se usa el cine para hacer reflexionar a las personas: es útil, porque algunas personas no van a leer un manifiesto o un libro para reflexionar sobre todo esto; pero puede ser pesado, porque la historia pierde ritmo en función de las ideas que se pretenden transmitir o la reflexión que se quiere provocar. Creo que algo de esto pasa con la conversación final entre el psicólogo y el violinista despedido de la empresa.

Con todo, es una película muy interesante.

De dioses y hombres

Ayer vi la película “De dioses y hombres”, dirigida por Xavier Beauvois (2010). Está basada en un hecho ocurrido en 1996. Cuenta la historia de una comunidad de monjes cistercienses ubicada en Argelia. Se dedican a orar, a trabajar, a compartir su vida con los habitantes del pueblo que surgió alrededor del monasterio, a ofrecer su ayuda en cuanto está a su alcance. Se trata de una vida sencilla y cercana a la gente del pueblo, aun cuando cada uno tenga diferentes creencias. El ritmo narrativo de la película nos permite entrar en el ritmo de la comunidad.

El conflicto surge cuando grupos terroristas movidos por un islamismo fundamentalista empiezan a matar extranjeros. La vida de los monjes corre peligro. El ejército les ofrece protección o la posibilidad de salir del país. Ellos, sin embargo, deciden que deben quedarse y vivir como habían hecho hasta entonces.

La película nos permite ir descubriendo el proceso de reflexión y de oración que van haciendo los monjes. Viviendo desde su fe, sus decisiones no están exentas de dudas, de miedos. Lo que les mueve es el amor a las personas a las que han acompañado durante todo el tiempo que han estado en el monasterio y la convicción de que tienen que seguir siendo testimonio de una vida que se construye desde el compartir, el respeto, el conocimiento mutuo, la ayuda, el amor. No están en un país islámico para imponer su fe, sino para vivirla en comunidad, para ser testigos de que la vida se puede vivir desde la fraternidad y el respeto.

La película nos cuenta la historia respetando los tiempos, primero para que conozcamos cómo viven, después para que vayamos entrando en el proceso de decisión, con sus dudas, sus motivaciones, su reflexión… Me parece una película genial. Tal vez otros deseen un ritmo más rápido, pero eso no nos permitiría descubrir qué significaban para aquellas personas las decisiones que tuvieron que tomar.

Cuando todo esto ocurrió, recuerdo que lo comenté con un amigo. Su respuesta fue que no veía ningún mérito en que unos monjes ancianos decidieran quedarse en una situación que ponía en riesgo sus vidas, que tendría mérito si se tratara de personas jóvenes. Un alumno, hace poco, hacía un comentario semejante refiriéndose a que en el caso de los cristianos eso no tiene mérito, porque ellos piensan que van a ir al cielo. Me parece que ni uno ni el otro se ha parado a pensar en profundidad sobre la vida y la muerte, y sobre las dudas que le plantean a una persona tener que afrontarla de cerca, más allá de su edad y de su fe.

El despertar de Sharon

Este es el título de una película dirigida por Michael Tolkin en 1991. Sharon trabaja en el servicio de información telefónica. Siente que su vida está vacía e intenta llenarla haciendo intercambio de parejas con personas a quienes acaba de conocer en algún bar. Evidentemente lo pasa bien, pero nada más: la sensación de vacío perdura.

Casualmente, mientras almuerza en el trabajo, escucha una conversación, algo relacionado con un niño, unas profecías, el final de los tiempos… Le llama la atención, pero quienes conversaban callan al percatarse de que está escuchando. Sharon presiente que su vacío podría llenarse por medio de la fe en Jesucristo, pero no siente esa fe; sólo siente indiferencia. Por medio de varios encuentros fortuitos llega a la fe y transforma su vida. Incluso uno de sus amantes se convierte a la fe en Jesucristo en el seno de una comunidad cristiana de corte fundamentalista que escucha las visiones de un niño acerca de la vuelta definitiva de Jesús a la tierra.

Hay dos diálogos que me parecen interesantes. En uno de ellos, su amante le confiesa que en una ocasión mató a un hombre por dinero. Se siente mal por ello. Entonces pregunta: “Si no nos hubieran enseñado que matar está mal, ¿seguiríamos sintiéndonos mal cuando lo hiciéramos?”. Un diálogo semejante se produce cuando Sharon ya se ha convertido a la fe e intenta que todo el mundo haga lo mismo. Una mujer (no sé si es su cuñada) le dice que en qué se apoya para creer y Sharon le dice que en la Biblia. La mujer le contesta que si no se lo hubieran dicho desde pequeños, lo que pone la Biblia no significaría nada.

Y a partir de ahora, si alguien quiere ver la película, mejor que no siga, porque la voy a destripar. Sharon encuentra la fe, se siente llena, feliz y con deseo de que todos lleguen también a la fe en Jesús. Utiliza incluso su trabajo para transmitir su buena nueva. Se casa y tiene una hija. Un empleado mata a su marido. Sharon se mantiene fuerte y mantiene la esperanza de su hija apoyada en la fe. Pero vive la fe como un fundamentalista, olvidando que tiene una inteligencia que usar. Las palabras del niño profeta y lo sueños que tiene se convierten en órdenes que debe cumplir. Toma a su hija y decide ir al desierto, a esperar la llegada del Señor. El Señor no llega y Sharon decide poner la promesa del Señor por encima de su amor. Cuando finalmente tiene que dar el paso definitivo, cuando va a pasar a la presencia de Dios, Sharon es incapaz de expresar su amor por un Dios que resulta inhumano, que exige una entrega total sin tener en cuenta los sentimientos de las personas, que nos priva de aquellos a quienes más amamos. El final nos sitúa al final de los tiempos, con la llegada de Jesús. Al menos así lo parece. También podría ser un sueño de Sharon. Lo que no sé es cuál es su despertar: ¿el despertar a la fe o el reconocer que lo que exige esa fe es inhumano?

Una fe sin entendimiento deviene fundamentalismo, estupidez, y se torna inhumana. No sé cómo los creyentes no lo entienden. Si Dios ha creado al ser humano y le ha dotado de inteligencia y voluntad, no tiene sentido que después le exija renunciar a su capacidad para entender y amar a quienes les rodean. San Pablo lo tenía claro: la fe sin amor es vacía, no sirve de nada. Y la fe sin entendimiento, sin comprensión, sin una razón abierta y dialogante, se convierte en fanatismo, en el empeño porque todo el mundo piense de la misma manera.

La otra vida

Estos días he visto “After life”, dirigida por Agnieszka Vosloo (2010). La película nos presenta a un encargado de funeraria (Liam Neeson) que posee un don peculiar: puede hablar con las personas recientemente fallecidas, con el fin de ayudarles a aceptar el hecho de su muerte. La película gira en torno a la relación que establece con una joven (Cristina Ricci) y las dificultades que tiene para comprender su nueva situación.

Los diálogos están cargados de reflexiones acerca de la vida y la muerte (como no podía ser menos, dado el planteamiento de la película). El responsable de la funeraria cuestiona a la joven si realmente estaba viva antes, si lo que ella vivía realmente podía llamarse vida o no era sino una forma de morir. Le hace descubrir su miedo a amar, a entregarse a otra persona.  La película entera invita a reflexionar sobre el sentido de la vida, pero algunas escenas resultan más densas.

El planteamiento de la situación está muy bien hecho (al menos según mi parecer), rozando a veces el misterio e incluso el miedo. No sabemos muy bien si Neeson tiene un don o es simplemente un loco que retiene a una joven todavía viva. La ambigüedad permanece durante toda la película.

Historia de la filosofía

No, no me refiero a la Historia de la filosofía en general, sino a ese engendro que bajo este nombre se da en 2º de Bachillerato. No sé cuánto tiempo nos tiramos revisando el modelo de examen de selectividad que ya estaba bastante mal y al final creo que el resultado fue peor. Para eso no hacían falta tantas aportaciones sobre autores que había que quitar o añadir, textos y demás historias.

¿De qué sirve saber tanto de un autor, analizar una parte de una obra suya, si después todo eso queda desvinculado del resto de la historia del pensamiento? Los profesores de 2º de bachillerato tienen que explicar en función de la PAU, y eso les hace seleccionar tres o cuatro autores para que los alumnos puedan salvar el examen. Así empiezan explicando a Platón o Séneca, después saltan de 16 a 19 siglos, dependiendo de cuál haya sido el punto de partida, para explicar a Descartes o Hume, y acaban con Kant o con Nietzsche (hay más opciones). Van saltándose los siglos de historia y de pensamiento como si durante todo ese tiempo no hubiera ocurrido nada.

¿Qué problema habría en volver a una historia de la filosofía como la de antes? Es decir, haciendo un recorrido por toda la historia del pensamiento, viendo qué relación hay entre autores, cómo evolucionaba el tratamiento que hacían de los problemas, cómo se establecía así un gran diálogo a lo largo del tiempo…, sin complicarse la vida en unos textos que resultan inaccesibles para los alumnos y que en lugar de acercarlos a la filosofía les alejan de ella; sin necesidad de saber tanto sobre Platón, o Nietzsche, pero sí sabiendo que lo que decían estaba relacionado con otros autores o intentaba contradecirlos. Creo que es preferible saber un poco de todos ellos, pero de manera coherente, a saber mucho de sólo tres o cuatro autores de una manera tan inconexa.

¿Y por qué no una historia de la filosofía en dos cursos? Cuando abordas un problema en la filosofía de 1º te toca hablar de autores de los que los alumnos nunca han tenido noticia. En algunos temas aparecen juntos Aristóteles y Heidegger, o Epicuro y J. Stuart Mill. Sin ningún tipo de perspectiva histórica, los alumnos acaban pensando que son contemporáneos. ¿Por que no hacer una historia de la filosofía en dos bloques, acentuando los temas que en cada período ocupaban el centro de atención? ¿O desarrollando la historia de la filosofía con dos grandes líneas de problemas, una teórica y otra práctica?

Si el modelo que tenemos no sirve para que los alumnos aprendan filosofía, ¿por qué no cambiarlo?

Igual para el 2020, cuando ya hayamos tenido cuatro o cinco reformas de educación tenemos algo así. Pero para eso hace falta que nos dejemos llevar por el sentido común. 

Eso si antes no quitan la filosofía de los institutos.

El misterio de Eleusis

La semana pasada acabé la lectura de “Titus Flaminius: El misterio de Eleusis”, de Jean Francois Nahmias. El libro sería parte de una obra que recoge varias aventuras de un joven abogado romano. En este caso, Titus Flaminius viaja a Atenas, cuna de la filosofía occidental, con el fin de conocer de cerca el pensamiento griego y adentrarse en los misterios de Eleusis.

Durante su estancia en Grecia, es testigo de varios asesinatos y decide investigarlos, con el fin de vengar a las víctimas. El desarrollo de los acontecimientos es aprovechado por el autor para ir contándonos cómo se desarrollaban los misterios, quiénes participaban, cuáles eran las principales escuelas de pensamiento… Para quienes deseen conocer algo de todo esto, no está mal. Pero no nos encontramos ante una gran novela. Los personajes aparecen descritos de una manera superficial, sin contrastes y sin rasgos que los definan de manera individual. Si en la novela de Faulkner las descripciones resultaban casi tediosas, aquí prácticamente desaparecen. Parece que el interés del autor era mostrarnos cómo era Grecia, más que hacer una buena novela.

La novela incluye también ciertas apreciaciones, a mi entender extemporáneas, acerca del papel de la mujer en Grecia.

En definitiva, en mi parecer, una novela para pasar el rato, sin demasiadas pretensiones y, si después entra la curiosidad sobre los misterios de Eleusis, leer algún libro especializado sobre los mismos.

El Dr. Jekill y Mr. Hide

Hace un par de días terminé la lectura de “El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hide”. La historia, al menos a grandes rasgos, es de sobra conocida. Sin embargo, hace falta la lectura del libro para conocer lo que mueve al Dr. Jekill a convertirse en Mr. Hide. Me ha recordado varias cosas de Platón y Nietzsche.

El Dr. Jekill es un hombre trabajador, soltero, dedicado al estudio y que, de cuando en cuando, parece que cae en alguna tentación, aunque no sabemos cuál es. Parece vivir en esa permanente contradicción que ya había apuntado San Pablo: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Romanos 7, 15).  El caso es que dichos pecados le producen remordimientos de conciencia, con lo cual, el placer alcanzado en ellos se traduce posteriormente en dolor. Así que no llega a ser tan virtuoso como querría, ni llega tampoco a gozar plenamente de sus caídas. ¿Cómo solucionarlo? Consciente de que va a ser incapaz de superar dicha contradicción, decide convertirse prácticamente en dos sujetos diferentes: uno el que ya es, el Dr. Jekill, hombre virtuoso, mucho más virtuoso que en la actualidad; otro, el mosntruo que todos conocemos, Hide, abocado a todo lo que le apetece, sin importarle las consecuencias. Lo que hace Hide, Jekill no lo vive como propio, con lo cual no le produce remordimientos. La conciencia de Jekill no interviene cuando está presente Hide, con lo cual puede entregarse plenamente a gozar de sus apetitos. Así, siendo dos sucesivamente, puede vivir virtuosamente y como el mayor pecador. Claro, ya podemos suponer que semejante situación no va a verse libre de complicaciones, no previstas por Jekill. Pero para conocerlas al detalle, lo mejor es leerse el libro (que además es bastante corto).

Y aquí es donde he recordado a Platón. Cuando hablamos de su concepción del alma, explicamos que aun sabiendo que si el alma es inmortal, Platón tenía que entenderla sin partes, se ve abocado a diferenciar tres partes en ella para poder explicar la contradicción que vivimos internamente. Aun cuando tenemos claras las cosas que debemos hacer, no siempre las hacemos y, con frecuencia, acabamos haciendo las cosas que reprobamos. Platón lo explica diciendo que las partes irascible y apetitiva no siempre siguen los dictados de la razón. Lo que en Platón son partes, no siempre en concordia, de una misma alma, Jekill, o mejor dicho Stevenson, el autor de la novela, lo convierte en dos sujetos que actúan independientemente.

Pero también cabe recordar a Nietzsche. Jekill representaría la moral platónica, o incluso el rigor del deontologismo kantiano: la obligación de cumplir con el deber moral. Hide representaría la voluntad de poder, el deseo de afirmarse sin ningún freno y de disfrutar la vida plenamente. Una cosa le aleja de Nietzsche: el miedo a la muerte y su dependencia, en este sentido, de Jekill.

Tal vez otros podrían encontrar otros ecos. Estos son los que me ha sugerido esta lectura, de la que he disfrutado mucho. Jekill y Hide constituyen unidos un monstruo mucho más cercano a nosotros que Drácula, de quien también he escrito una entrada. Jekill y Hide representan, en grado sumo, la contradicción que vivimos casi todos y constituye una constante en la humanidad. Antes citaba a San Pablo; también Medea, en la Metamorfosis de Ovidio, dice: “Veo el bien y lo apruebo, pero hago el mal”. ¿Quién puede decir que esto no le afecta?

Como ejemplos reales de Jekill y Hide tenemos a los “monstruos” que de vez en cuando nos presentan los medios de comunicación: violadores, asesinos en serie, maltratadores… que gozaban, sin embargo, de la estima y consideración de quienes les rodeaban y desconocían todas las fechorías que realizaban.

El Señor de las moscas

He visto varias veces la película homónima de Harry Hook y, tal vez eso, me hacía echarme para atrás cada vez que cogía el libro. He de reconocerlo: soy un gandul. Si tengo la historia en un par de horas, porque dedicar varios días. Ahora he retomado el gusto por la narrativa (soy lector habitual, pero casi siempre de libros de ensayo o filosofía) y, como ya había pasado un buen tiempo desde que vi la película por última vez, me animé a leer el libro de William Golding. Es verdad que sabía lo que iba a ocurrir, pero eso no me ha impedido disfrutar del relato. El texto escrito permite adentrarte en los sentimientos y las reflexiones de los personajes de un modo distinto a como lo hace la película. Otra pega de haber visto previamente la película es que ya tengo imágenes de la isla, de la playa (el escenario ya está montado, de ahí que las descripciones del mismo no me interesaran demasiado) y cuando veo los nombres de los personajes no puedo evitar ponerles la cara que había visto en la pantalla.

La historia es de sobra conocida. El avión en el que viaja un grupo de niños de varios colegios es derribado durante un ataque y los niños alcanzan una isla. Allí, sin ningún adulto, tienen que organizar la convivencia, la forma de alimentarse y el mantenimiento de una hoguera para señalizar su presencia a barcos que pudieran pasar por allí.

En seguida destacan dos líderes: Ralph y Jack. Ralph es más reflexivo; Jack más enérgico, activo, y pronto se convertirá en el lider de los cazadores. Las tensiones entre los líderes provocarán la división del grupo: unos preocupados por mantener la hoguera; los otros, empeñados en cazar. La tensión irá en aumento hasta límites insospechados. Los niños ponen de manifiesto que la supuesta inocencia infantil no es más que eso: un supuesto, y bien lejos de la realidad. El mundo adulto aparece como un imaginario que serviría para poner orden en la realidad caótica y violenta que están produciendo los niños. La fuerza se impone a la razón; la violencia se justifica; la muerte se oculta.

El texto nos abre a una reflexión sobre el ser humano. ¿Es bueno por naturaleza? Es verdad que estos niños no estaban privados totalmente de civilización; pero cuando pueden quedar fuera de ella, lo hacen, como si se emanciparan de una carga. El resultado no es mejor que lo que ya tenían: líderes opresivos, uso de la violencia, burlas, desprecio a los diferentes y pequeños, dejadez en la responsabilidad… Tal vez el hombre civilizado y el salvaje no sean tan diferentes; coinciden en algo fundamental: ambos son hombres.

El libro resulta también interesante desde la perspectiva antropológica. Aparecen elementos como el uso del miedo como fuente de cohesión social en torno a un lider, la organización entre los cazadores y recolectores, la aparición de tabús y ritos, el uso de chivos expiatorios para reducir la tensión ante el peso de conciencia por los crímenes cometidos…

En resumen, el libro es muy aconsejable desde los diversos puntos de vista que he presentado y, por supuesto, como relato de ficción. Después, además, se cuenta con dos adaptaciones al cine: la citada arriba, de 1990, y otra, más ajustada al texto original, de Peter Brook, de 1963.

Presentación de la conferencia de Fernando Savater

El pasado viernes, 29 de enero, Fernando Savater realizó una conferencia en Petrer, bajo el título “La decandencia del progreso”. Tuve el placer de presentar al conferenciante. A continuación os copio el texto de la presentación.

Lo que voy a ofrecerles son tan sólo algunos retazos de la vida y obra de Fernando Savater, lo suficiente para que tengan ganas de escucharlo hoy y de seguir leyendo mañana.

Fernando Savater es un adulto con una infancia feliz. Una infancia que se inicia en San Sebastián y que está preñada de aventuras, de misterios, de intriga, de fantasía, de magia, porque es una infancia plagada de relatos: los cuentos de su madre, los tebeos que iba comprando meticulosamente cada sábado con la paga semanal, los libros de aventuras y las películas de terror que le contaba Orencio, el peluquero de la familia. Las historias y la lectura se convierten en la principal fuente de placer. Placer que luego continúa en los juegos con sus hermanos, donde las historias escuchadas y leídas se recrean, se representan. Si Savater hoy es un lector apasionado, es porque dicha pasión se inició en la feliz infancia y ya nunca le abandonó. En San Sebastián, con diez años, inició su vocación literaria. Sus primeras obras eran novelitas de aventuras que escribía en pequeñas libretas, numeraba por tomos e ilustraba con dibujos recortados de tebeos. Su edición era muy limitada (una edición, un ejemplar) y sus lectores también (su madre, su amigo Jesús y él mismo), pero Fernando Savater se sentía orgulloso de lo que era capaz de empezar a crear.

Todo lo bueno llega a su fin. Por motivos de trabajo y con el fin de poder asegurar los estudios universitarios en el futuro, la familia se desplaza a Madrid, donde el padre va a ocupar una plaza vacante de notario. Dejar San Sebastián es dejar la cuna; no es sólo crecer, es sentirse obligado a crecer. Pero Madrid abre nuevas posibilidades y nuevas amistades. En Madrid, Savater se inicia en el teatro, primero como actor en el colegio, y luego, con un grupo de amigos, como escritor.

Tras el bachillerato, llega la universidad. Y Fernando Savater llega a la Facultad de Filosofía y Letras huyendo de la carrera de derecho, a la que parecía apuntar la tradición familiar, y como una forma de alimentar su verdadero anhelo: convertirse en escritor.

Es el tiempo de las revueltas estudiantiles, de los panfletos y las tomas de cátedras. Y, claro, si había lío, Savater no podía faltar, aunque fuera para discutir con los ortodoxos comunistas o maoístas. Siendo un anarquista moderado, como constaba en su ficha policial, la Dirección General de Seguridad considera que había hecho suficientes méritos para pasar una temporada en la prisión de Carabanchel.

Con 23 años, de la mano de Jesús Aguirre, a quien después España entera conocería por otros asuntos, publicó “Nihilismo y acción”. Después vendrían las traducciones de Cioran y Bataille. Dos años como profesor no numerario en la Autónoma de Madrid. Después la revista “Triunfo”, que reunía a los intelectuales de izquierda y donde Fernando Savater empezó escribiendo sobre algo tan poco progre como las carreras de caballos. Pero era lo que a él le gustaba.

Decidido a redactar su tesis, optó por la filosofía de Emile Cioran. Había tantas suspicacias con lo que hacía Savater que surgió el rumor de que el tal Cioran no existía y no era más que una creación literaria que Savater utilizaba para hablar de lo que le apeteciera. Savater tuvo que pedir al mismo Cioran que le remitiera algún escrito que testificara su existencia: “No les desmienta”, le contestó.

Si las cuentas no me fallan, 1975 fue el año en que Fernando Savater vivió una experiencia totalmente nueva: el nacimiento de su hijo. A él le dedicaría años después uno de sus libros más famosos, “Ética para Amador”.

En 1980 volvió al País Vasco, ahora como profesor de la recién inaugurada universidad, donde permaneció una década. Eran momentos en que ETA mataba un día sí y otro también, y donde la mayoría miraba hacia otro lado. Savater empezó a tomar posición en contra de los que ejercían la violencia. Después vendrían las pintadas con ataúdes y los insultos porque se le ocurrió decir que lo que hacía ETA con sus secuestrados era tortura pura y dura. Fue el tiempo de participar en Gesto por la Paz, Basta ya y el Foro de Ermua. Fue su manera de decir, junto con muchos otros, que quería un País Vasco que no fuera el coto privado ni de los violentos ni de los nacionalistas.

Después regresó a Madrid, a la Complutense, donde había cursado su carrera de Filosofía. Savater ha continuado su compromiso político, ahora desde Unión, Progreso y Democracia. Y el año pasado se jubiló como profesor.

En medio de estos trabajos y hasta hoy, Savater ha encontrado tiempo para hacer lo que realmente quería:

  • Leer, pasión que no ha abandonado desde niño hasta hoy.
  • Escribir, y lo ha hecho en abundancia y con reconocimiento. En 1982 su obra Invitación a la ética, recibió el premio Anagrama de Ensayo; y La tarea del héroe, el premio nacional de ensayo. Ha escrito novelas. Con El Jardín de las dudas fue finalista del Planeta en 1993, y premio Planeta en 2008, con La hermandad de la buena suerte, en donde deja traslucir sobradamente otra de sus pasiones, las carreras de caballos. Pero esto es sólo lo más conocido. Ha escrito teatro, narrativa juvenil, prólogos para los libros más diversos, y artículos de opinión para El País. Y cómo no, filosofía, mucha filosofía. Ha abierto de nuevo las grandes cuestiones de la historia de la filosofía, presentándolas con un lenguaje claro, alejado de tecnicismos.
  • Sus otras pasiones eran las carreras de caballos, como ya he dicho, dormir la siesta y hablar.

 Cuenta en Mira por dónde, su autobiografía razonada, que nunca quiso trabajar. Así que tuvo que ver la manera de hacer lo que realmente le gustaba y a la vez ganar algún dinero por ello. De entre estas pasiones que acabo de citar, pensó que sólo escribir y hablar podían servir a este objetivo. Y aquí es donde creo que debo hacerle un reproche al señor Savater: ¿Por qué no lo intentó con la siesta? ¿Se imagina dónde podríamos haber llegado si hubiera convertido la siesta en algo económicamente productivo igual que hizo con escribir y hablar? Ahí perdimos una oportunidad histórica para España.

 Bueno, es momento de terminar. Para ser un hombre que no quería trabajar, ya han visto que no ha parado un momento. Ahora a él le toca hablar y a nosotros escuchar. Confío en que nos hará disfrutar igual que disfrutamos cuando le leemos.

Aprender a vivir

“Aprender a vivir” es el título de un libro de Luc Ferry. En él, el autor se propone explicar lo fundamental de la filosofía de manera que resulte asequible para cualquier persona. Para ello, el autor hace un recorrido por el estoicismo, la filosofía cristiana, la Ilustración y Nietzsche, para acabar presentándonos su propia propuesta, la de un humanismo trascendente.

Cada filosofía se presenta desde tres perspectivas, vinculadas entre sí: teoría, ética y salvación o sabiduría. Luc Ferry insiste en que este último aspecto, el de la doctrina de la salvación o sabiduría estuvo presente en los primeros momentos de la filosofía, pero ha quedado apartado del interés de la filosofía moderna. Con otras denominaciones, el autor pretende mostrar que sigue siendo una de las dimensiones fundamentales del pensar filosófico.

Tras la deconstrucción operada por Nietzsche, Ferry nos presenta un humanismo abierto a la trascendencia. Según él, el materialismo tiene una contradicción muy grave: la de afirmar a la vez que sólo somos materia y el mundo carece de sentido, y seguir aceptando que en la práctica hay valores por los que puede ser necesario sacrificar la vida. Debe haber, por tanto, valores que nos trascienden, valores que son previos a que nosotros los valoremos o no, que de alguna manera nos vienen dados y no son creados por nosotros. Reconozco que en esta última parte, el autor me ha resultado menos preciso. Puede ser por falta de familiaridad con el pensamiento de E. Husserl, a quien Luc Ferry toma como punto de partida para explicar el cambio de perspectiva respecto a Nietzsche. En algunos momentos resulta algo poético, falto de claridad.

Un aspecto a resaltar es que Ferry intenta mostrar la aportación positiva que presenta cada una de las filosofías expuestas. De cada una de ellas se puede aprender algo, si bien las posteriores se plantean como superación de las anteriores.

El libro resulta interesante y, aunque sólo ofrece pinceladas sobre algunas teorías, intenta mediante ellas abarcar todos los momentos de la historia de la filosofía teniendo en cuenta todas su dimensiones.