Entrevista con el Director de Centros

En la entrada “Yo también estudié en clases con 40” hago referencia a una entrevista a Jorge Cabo, Director General de Centros, que apareció en el diario Información el 15 de abril. Como puede resultar difícil encontrar esta entrevista en internet, pero creo que resulta suficientemente “rica” en matices, he decidido colgarla por mi cuenta. Aquí tenéis el enlace. Que os aproveche.

Yo también estudié en clases con 40

Como José Ignacio Wert, Ministro de Educación, y Jorge Cabo, Director General de Centros de Educación de la Comunidad Valenciana, yo también he estudiado en clases con 40 alumnos y, como a ellos, no me ha ido tan mal; lo cual no quiere decir que me haya ido igual de bien que a ellos, pero en realidad no me puedo quejar (de momento). Si estos han sido los resultados, no hay ningún problema en volver a clases con 40 alumnos, ya que, al parecer, la situación actual es muy parecida a la que teníamos cuando yo estudiaba.

Por ejemplo, nosotros, al igual que los alumnos valencianos de hoy, tampoco teníamos en clase un ordenador para cada uno. En realidad, les llamábamos computadoras y sólo las habíamos visto en las películas americanas.

Hasta mi 3º o 4º de EGB, también gobernaba en España un señor por mayoría absoluta; la diferencia es que él no había alcanzado el poder con el respaldo de las urnas, sino mediante una guerra.

Hasta aquí las coincidencias; ¿qué tal si ahora hablamos de las diferencias? Hablando de las virtudes de aquel sistema, en 5º de EGB yo escribía con mayor corrección que lo hacen ahora mis alumnos de 2º de Bachillerato. Es verdad que yo estaba especialmente motivado con la ortografía: mi maestro tenía una vara de madera; durante los dictados, se paseaba por el aula, mirando por encima del hombro de los alumnos; cuando encontraba una falta de ortografía, tocaba el hombro del alumno, éste se levantaba y el maestro le daba con la vara en el culo. ¡Claro que valoraba yo las normas de ortografía, no como los alumnos de ahora! En alguna ocasión escuché a alguna madre decirle a mi maestro que, si su hijo se portaba mal, en lugar de uno, le diera dos palos. Más o menos como ahora. Después tuve otros maestros más sensatos y con unas formas más humanas de motivar.

No teníamos móvil, ni en clase ni fuera de ella. No sabíamos que pudiera existir semejante aparato. Tampoco existían la PSP, ni la WII, ni los MP4, ni nada parecido. ¿Internet? No existía ni la palabra. En realidad, no teníamos tantas cosas con las que despistarnos. Tampoco teníamos una televisión en nuestra habitación, ni ordenador ni nada semejante.

Hasta mi 5º o 6º de EGB, en las familias, en la calle, en la escuela, en las iglesias y en la tele (sólo estaba la 1ª y la UHF) había un mismo ambiente moral, ideológico y, si me apuran, religioso. Todos tenían y mantenían un sentido semejante sobre la autoridad y el respeto.

La escolarización era obligatoria hasta los 14 años. Sólo unos cuantos pasaban al instituto y, en el momento en que repetían, sus padres se ocupaban de sacarlos del centro y ponerlos a trabajar. Nada de estar hasta los 16 años.

Teníamos la mitad de asignaturas y muchísimos menos medios de información o de dispersión. No existían planes de refuerzo ni de atención a la diversidad. Los que no valían para estudiar, iban repitiendo, quedándose atrás, y se salían del colegio en cuanto cumplían los 14 años. Pero esos no cuentan; sólo contamos aquellos a los que no nos ha ido mal.

Nuestra sociedad era mucho menos compleja, menos avanzada, con una estructura familiar más estable, aunque no necesariamente mejor; no se hablaba tanto de los derechos de la mujer ni de los niños. No formábamos parte de la Unión Europea, la mitad de los países que hoy forman parte de Europa no existían más que como partes de otros estados (Checoslovaquia, Yugoslavia o la URSS). Y en España estábamos empezando a entender qué era eso de la democracia.

Hace aproximadamente dos meses, un señor de unos 80 años me dijo que cuando él iba al colegio, eran 40 alumnos para un maestro. Lo decía como un reproche hacia los profesores de hoy. Creo que hablaba así por ignorancia. Le pregunté que si pensaba que los adolescentes y los jóvenes de ahora, o los padres, o la sociedad actual son como eran entonces. Me contestó que no. Este señor hablaba así por ignorancia, y en ese sentido y con esa edad, se le puede disculpar. Esa misma ignorancia no se le puede suponer ni a un señor Ministro de Educación ni a un Director General de Centros. Hablar como si volver a meter 40 alumnos en un aula fuera algo insignificante, que no afectará al rendimiento académico, resulta cínico. Y es cínico porque saben, pero no dicen, que a quienes va a afectar principalmente es a los alumnos que tengan más dificultades para aprender y que quienes quieran aprender van a encontrar más dificultades para conseguirlo. Pondrán 40 alumnos, o 50 si hace falta, y dentro de unos años algunos serán ingenieros, arquitectos o profesores de literatura. “No nos ha ido tan mal”, pensarán. Pero habrán olvidado a los que se hayan ido quedando por el camino.

Pensar que todos estos cambios no han afectado a la educación demuestra o muy poca finura intelectual o mucho cinismo.

No soy un defensor de la LOGSE, pero si la gran aportación del PP a la educación va a ser meter más alumnos por aula y recortar el presupuesto no hace falta ni ministro ni ministerio.

P.S. Las declaraciones del Director General de Centros están recogidas en el diario Información del 15 de abril de 2012. Las del Ministro de Educación en cualquier periódico de tirada nacional del 16 de abril de 2012.

Carta a María José Català. Con cariño.

Estimada María José:

No me gustaría que lo tomaras como un atrevimiento por mi parte, pero… ¿te puedo llamar “mamá”? No se trata de una expresión con dobles intenciones ni me gustaría que buscaras interpretaciones ocultas, es simplemente la palabra que han susurrado mis labios conforme iba desgranando las palabras tan llenas de dulzura que has destilado en tu afectuosa carta.

Por fin alguien me ha dicho que la Consellería de Educación es mi casa. No he podido menos de sentirte a ti, que estás a su cabeza, como la mamá. Sin embargo, percibo que un halo de pudor te ha movido a llamar a los demás profesores “su gente” (de esta casa); cuando lo ideal habría sido que nos llamaras “hermanos” o, pensando en una familia extensa, “primos”. Aun así, a ti sigo viéndote como la madre, la mamá para todos nosotros.

Ahora entiendo tus muchos desvelos. Tú y los tíos, tus compañeros de partido, os habéis preocupado mucho por nuestra salud: “Estos nenes me han salido flojuchos. Siempre están enfermos”. Nuestro tío Felipe se atrevió a decir que el 27% de nosotros siempre estaba enfermo. Pero, mamá, ¡que esto es una casa, no un hospital!  ¡Qué ocurrencia!, ¿verdad? Si es que al tío Felipe nunca se le han dado muy bien las matemáticas.

Debe ser algo de familia, porque todos tenéis esa tendencia a exagerar un poco. ¿Te acuerdas cuándo dijisteis que os estabais gastando con nosotros el triple de lo que se gastan otros padres? Es que no lo podéis evitar. Pero no te culpo: me he dado cuenta de que todos los padres y madres acaban exagerando las cualidades de sus hijos: que si es muy alto para su edad, que si ha salido muy listo…; a veces también exageráis las cualidades negativas, porque así llamáis un poco más la atención: que es muy gandul, que no le gusta leer, que no hay manera de que estudie más… ¡Yo qué sé la de cosas que diréis de nosotros cada vez que os juntéis! Yo sé que exageráis, pero no lo hacéis con mala intención; simplemente, no lo podéis evitar: es el cariño que nos tenéis el que hace que habléis así.

Hay un momento en que he percibido un atisbo de dolor por tu parte: cuando has hablado de intenciones ocultas. No te sientas mal por ello. Yo, que ya soy mayor, sé que los padres y las madres a veces tienen intenciones ocultas en las cosas que les dicen a sus hijos. Si un padre le dice a su hijo que se tiene que acostar pronto, porque si no el ratoncito Pérez no le va a traer ningún regalo, no lo hace porque realmente crea en este simpático roedor, sino porque tiene la intención oculta de animar al niño a acostarse para así él poder dejarle la sorpresa. Su intención oculta está, en realidad, cargada de bondad. Por eso, a mí no me preocupa que alguien piense que detrás de tus actos hay intenciones ocultas, porque sé que, al igual que las demás madres, lo haces por nuestro bien. Lo que sí me preocuparía es que las intenciones, ocultas o expresas, fueran malas, pérfidas, ruines, miserables, malévolas. No, yo nunca creeré, después de leer tu afectuoso escrito, que nada semejante pueda haber detrás ni delante de todas tus manifestaciones, como tampoco creo que a los tíos les haya pasado nada semejante por la cabeza. Cuando habéis volcado información falsa, incompleta, manipulada en los medios de comunicación, nunca ha sido por hacernos daño; sólo para ver si así, como haría cualquier otra madre, nos animabais a cambiar, a mejorar. Han sido como regañinas que, en el fondo, os dolían más a vosotros que a nosotros. Cuando habéis recortado nuestros derechos, lo habéis hecho porque nos estabais malcriando, porque si no, igual sólo buscábamos formarnos, estudiar y prepararnos pensando en la compensación económica, y vosotros queréis que lo hagamos de manera altruista. Cuando habéis intentado poner en nuestra contra a los padres o a la sociedad en general…, no sé, aquí reconozco que me cuesta entenderlo un poco más, pero ahora que te conozco mejor, supongo que ha sido para fortalecer nuestro espíritu, nuestro temple. Gracias, porque no sólo os habéis preocupado por nuestras necesidades económicas, sino, sobre todo, por nuestra formación moral. Habéis sido todo un ejemplo para nosotros.

Me ha gustado mucho eso que dices, que nosotros somos los principales actores. Es muy bonito, pero aquí también te ha traicionado un poco la pasión de madre. Tú sabes que en el teatro o en el cine, la historia la llevan el guionista y el director. El guión creo que os lo ha marcado el tío Mariano. ¿Qué tal está? Ya hace tiempo que no lo vemos por aquí. Y de directora puedes estar tú misma, ¿quién mejor?, ¿por quién vamos a sentirnos mejor dirigidos?

Perdona, mamá, que me haya extendido un poco; pero, tienes razón: hacía tiempo que no nos comunicábamos. Espero que a partir de ahora podamos hacerlo más frecuentemente.

Gracias por hacernos sentir como en casa. Ya nos hacía falta. Espero verte pronto para devolverte el abrazo tan cariñoso que nos has enviado y, si me lo permites, darte también un filial beso.

Tu afectuoso hijo,

Fernando

PD: Afectuosa respuesta a la afectuosa carta que nos ha enviado la Consellera de Educación, Doña María José Català Verdet.

Agradeciendo a médicos y maestros

Tenemos dos hijos. Se trata de las dos personas que más queremos. En esto, como es de suponer, no somos muy originales. El ser padre o madre ha supuesto para nosotros experimentar una serie de preocupaciones y responsabilidades que hace unos años no nos podíamos ni imaginar. En casa intentamos darles el afecto, la atención, el tiempo, la dedicación, el alimento, los cuidados y la educación que creemos que necesitan para ir creciendo como personas. Nos gusta verlos sanos, que se relacionen con los demás, que vayan comprendiendo cada vez más el mundo que les rodea y que vayan teniendo experiencia del afecto y el calor humanos. Pero en casa no se lo podemos dar todo.

Una buena parte del tiempo la pasan en la escuela. El mayor ya va al colegio; es un colegio público. Su maestra es funcionaria. Si hiciera caso de los comentarios, chistes y caricaturas que corren por ahí sobre los funcionarios, al escuchar o leer esta palabra debería pensar en una persona acomodada, poco preparada, más pendiente de su propia tranquilidad que del bien de los alumnos, negligente a la hora de preparar las clases, ajena a lo que les pase a los demás, que no se sale nunca de su horario… ¡Una privilegiada! Si fuera un padre responsable, debería sacar a mi hijo del colegio. Sin embargo, dejo a mi hijo, a quien tanto quiero, en el colegio y me marcho tranquilo. Pienso que mientras está con su maestra está en buenas manos, que puede aprender muchas cosas y, sobre todo, está aprendiendo lo complicado que a veces resulta convivir con los demás. Y ella le está ayudando a comprender mejor ese mundo que nos rodea, a mi hijo y a los demás niños que están con ella en el aula. Cuando hemos tenido alguna duda, ella nos ha atendido. No hemos encontrado indiferencia ni superioridad; hemos encontrado amabilidad, dedicación y afecto hacia nuestro hijo.

Como muchos otros padres, la otra gran preocupación que tenemos con nuestros hijos es su salud. Cuando están enfermos los llevamos al Centro de Salud público. Nos atiende un pediatra. También es funcionario. Debería ser una persona indolente, ajena al sufrimiento de los demás, pendiente sólo de que los pacientes pasen deprisa para irse antes, que no escucha, aburrido en su trabajo… Pero encuentro a una persona interesada en formarse; que trata a mis hijos con una delicadeza extraordinaria (así que los niños no tienen ningún problema en ir a su consulta, donde se encuentran a gusto); que nos recibe siempre con una sonrisa y unas palabras cargadas de amabilidad, sean las primeras horas de la mañana o las últimas de la tarde; que no tiene inconveniente en decirte “si no ves que mejora, la vuelves a traer” y que nos atiende aun cuando ya ha pasado su horario de consulta. Cuando salgo de la consulta me siento más tranquilo. Pienso que nos ha atendido una persona preparada, que se preocupa de hacer bien su trabajo y que trata a los niños de una manera exquisita.

Me siento agradecido con los dos: con la maestra y con el médico de mis hijos. Me siento agradecido por el tiempo que han dedicado a formarse y porque su formación repercute ahora en el bien de mis hijos. Me siento agradecido no sólo porque trabajan con mis hijos, sino porque cada día se esfuerzan en hacer bien su trabajo. Me siento agradecido con ellos porque tratan a mis hijos como a mí me gusta: sin prisas, con respeto, con cariño. Me siento agradecido porque un día se esforzaron para tener un puesto de trabajo y ahora su trabajo está beneficiando a mis hijos. El pediatra se llama Juan y la maestra Rosi. Gracias a los dos.

Otros habrán tenido otras experiencias; habrá muchos descontentos. Cada uno verá lo que hace. A mí me apetece reconocer y agradecer el bien que ellos están haciendo a mis hijos, que a fin de cuentas, son las personas que más me importan en la vida.

En busca de Bobby Fischer

¿Qué pasa en una casa cuando los padres descubren que un hijo suyo es un genio? El título de la película me sugería algo así como la reconstrucción de la biografía de Bobby Fischer, el ajedrecista americano, pero la búsqueda no es sobre él, sino sobre un posible sucesor suyo, alguien que volviera a jugar como él.

Aquí aparece Josh Waitzkin, quien con 7 años aprende solo a jugar al ajedrez y su capacidad para aprender parece espectacular. Pero él lo vive como algo normal. No así su padre,  quien le busca un profesor. El profesor está más pendiente de hacer de él un nuevo Fischer, olvidando que Josh no es igual. Pretende inculcarle un desprecio hacia los adversarios y un deseo de ganar a toda costa que el niño no posee ni quiere poseer.

La película nos muestra a otros padres que se sienten fuertemente dececpcionados cada vez que sus hijos cometen algún error. El propio padre de Josh entra en esa forma de actuar, hasta que la madre les pone freno.

En el niño los adultos vuelcan sus expectativas y sus proyectos (como es el caso del padre, representado por Joe Mantegna) o sus miedos y sus fracasos (como el profesor, interpretado por Ben Kingsley). Sólo la madre les hace recordar que Josh es sobre todo un niño y, además, un niño con un buen corazón, que no necesita verse sometido a la presión de la competición ni tiene por qué tener ese deseo de ganar. Él disfruta jugando al ajedrez en el parque, con gente que aprovecha lo que gana en las partidas para ir tirando, aunque su juego no resulte demasiado ortodoxo. La madre quiere ver a su hijo disfrutando con ello, sin que tenga que ser alguien más que él mismo. Y así es como mejor juega el niño.

Al final, la película nos informa de que Josh ha llegado a ser el menor de 18 años mejor clasificado en los torneos de EEUU. Ha aprendido más sobre el ajedrez, pero no ha dejado de jugar al beisbol, al fútbol ni ha dejado la pesca. El ajedrez o cualquier otra actividad puede ser muy interesante, puede llegar a ser un arte. Algunos niños pueden ser genios en él, pero siguen siendo niños que necesitan muchas más cosas y sobre todo la atención y el cariño de sus padres por encima de sus victorias o derrotas, por encima del puesto que ocupen en el ranking.

Me parece un reflexión muy interesante. A los padres nos gustaría tener hijos que destacaran en algún ámbito (el deporte, la ciencia, el arte…); seguramente pensando en nosotros mismos, en lo que nos habría gustado ser o alcanzar. Pero los niños no son una proyección de nosotros mismos y, sobre todo, siguen siendo niños aunque en alguna de estas cosas superen a muchos adultos. Necesitan seguir siendo niños, con sus juegos, sus fantasías, sus ilusiones (no las de sus padres) y con el tiempo que sus padres les puedan brindar para sentirse protegidos y queridos por ellos. Nadie necesita ser otra persona, nos basta con ser nosotros mismos.

La película nos muestra a otros padres que se sienten fuertemente dececpcionados cada vez que sus hijos cometen algún error. El propio padre de Josh entra en esa forma de actuar, hasta que la madre les pone freno.

Una más de educación en la Comunitat Valenciana

Según recoge El Mundo en su edición del 16 de junio, nuestro adorable Conseller de Educación  ha dicho:

A su juicio, los resultados “ponen de manifiesto las deficiencias en el sistema en conjunto, a nivel nacional, y nosotros tenemos bien claro el diagnóstico: si los gobiernos se gastan el dinero incrementando los profesores, construyendo nuevas infraestructuras educativas y todo lo que toca, algo está fallando”.

“Hay que cambiar el modelo educativo español, la ley básica, porque ésta es una nueva prueba de que el sistema no funciona o funciona indebidamente a todos los niveles y en todas las comunidades”, dijo

Lo primero que tenemos que cuestionar es si realmente los gobiernos, sean centrales o autonómicos, están haciendo lo que realmente toca. El nuestro parece que no.

Lo segundo es que la conclusión que se deriva de lo dicho por el Conseller es que si no podemos cambiar el sistema, ya que ellos no están gobernando, lo mejor será hacer lo posible por cargárselo. Evidentemente el PP valenciano dirá que no, pero las grandes contribuciones del Conseller a la educación valenciana han sido intentar boicotear la Educación para la Ciudadanía, no sólo creando una polémica inútil, sino paralizando la normalidad del inicio de curso en secundaria por la ocurrencia (por no decir otra cosa, ya que iba con mala idea) de impartir la asignatura en inglés. Medio curso de tonterías y el curso siguiente, este que acabamos, con profesores de horario compartido sólo para esta asignatura. Después ofertar la gran optativa de futuro, el chino, de amplia demanda en todos los centros escolares. Y para el año próximo, la guinda de la sinvergonzonería: aumentar la ratio (el número de alumnos por aula), reducir los desdobles y quitar así 5 o 6 profesores por centro. La gente no se entera de todo esto, pero no se dan cuenta de que así baja la calidad de enseñanza de los alumnos. Los profesores tendrán grupos más amplios, con más problemas de convivencia (pues los alumnos que van a los institutos a liarla tendrán más compinches y más espectadores) y, por consiguiente, con más dificultades para dedicar su atención a los alumnos que realmente quieren aprender. A ver si así revienta el sistema. Algunos padres se confunden pensando que es simplemente cuestión de aumentar un poco el trabajo de los profesores, pero no tienen ni idea de lo que para algunos profesores supone intentar trabajar cuando hay alumnos empeñados en molestar. Yo creo que la mayoría de los profesores quieren hacer bien su trabajo, enseñar; pero ningún profesional aguantaría que mientras trabaja hubiera alguien interrumpiéndole continuamente. Pues si no era suficiente, ahora, más alumnos por grupo. Enhorabuena, señor Conseller. Buena contribución para confirmar que el sistema no funciona.

Ojo: yo creo que el sistema hay que cambiarlo. Pero lo que están haciendo, en lugar de ayudar a mejorarlo o evitar problemas mayores, lo único que hace es contribuir al deterioro de la convivencia y la enseñanza en los centros. Después vendrán inaugurando institutos de investigación y cosas por el estilo. La I+D+I empieza en los centros escolares; si no, en el futuro, vendrán de fuera a investigar por nosotros.

Historia de la filosofía

No, no me refiero a la Historia de la filosofía en general, sino a ese engendro que bajo este nombre se da en 2º de Bachillerato. No sé cuánto tiempo nos tiramos revisando el modelo de examen de selectividad que ya estaba bastante mal y al final creo que el resultado fue peor. Para eso no hacían falta tantas aportaciones sobre autores que había que quitar o añadir, textos y demás historias.

¿De qué sirve saber tanto de un autor, analizar una parte de una obra suya, si después todo eso queda desvinculado del resto de la historia del pensamiento? Los profesores de 2º de bachillerato tienen que explicar en función de la PAU, y eso les hace seleccionar tres o cuatro autores para que los alumnos puedan salvar el examen. Así empiezan explicando a Platón o Séneca, después saltan de 16 a 19 siglos, dependiendo de cuál haya sido el punto de partida, para explicar a Descartes o Hume, y acaban con Kant o con Nietzsche (hay más opciones). Van saltándose los siglos de historia y de pensamiento como si durante todo ese tiempo no hubiera ocurrido nada.

¿Qué problema habría en volver a una historia de la filosofía como la de antes? Es decir, haciendo un recorrido por toda la historia del pensamiento, viendo qué relación hay entre autores, cómo evolucionaba el tratamiento que hacían de los problemas, cómo se establecía así un gran diálogo a lo largo del tiempo…, sin complicarse la vida en unos textos que resultan inaccesibles para los alumnos y que en lugar de acercarlos a la filosofía les alejan de ella; sin necesidad de saber tanto sobre Platón, o Nietzsche, pero sí sabiendo que lo que decían estaba relacionado con otros autores o intentaba contradecirlos. Creo que es preferible saber un poco de todos ellos, pero de manera coherente, a saber mucho de sólo tres o cuatro autores de una manera tan inconexa.

¿Y por qué no una historia de la filosofía en dos cursos? Cuando abordas un problema en la filosofía de 1º te toca hablar de autores de los que los alumnos nunca han tenido noticia. En algunos temas aparecen juntos Aristóteles y Heidegger, o Epicuro y J. Stuart Mill. Sin ningún tipo de perspectiva histórica, los alumnos acaban pensando que son contemporáneos. ¿Por que no hacer una historia de la filosofía en dos bloques, acentuando los temas que en cada período ocupaban el centro de atención? ¿O desarrollando la historia de la filosofía con dos grandes líneas de problemas, una teórica y otra práctica?

Si el modelo que tenemos no sirve para que los alumnos aprendan filosofía, ¿por qué no cambiarlo?

Igual para el 2020, cuando ya hayamos tenido cuatro o cinco reformas de educación tenemos algo así. Pero para eso hace falta que nos dejemos llevar por el sentido común. 

Eso si antes no quitan la filosofía de los institutos.

Cambiar en educación

Ya sé que es Sábado Santo y que estoy de vacaciones, pero es que tengo una amiga que, de vez en cuando, me envía presentaciones de esas de powerpoint y una tenía unos cuantos chistes. He buscado en la página y me ha gustado esta.

Yo creo que no siempre estoy en el mismo lado de la isla o con un pie en la barca. No siempre tenemos los ánimos igual. Para estar en vísperas de la Pascua, no es que el chiste resulte demasiado esperanzador, pero bueno, es un chiste y tiene su miga. Eso no se puede negar.

 

La autoridad en la educación

No, no se preocupen. No es que yo también esté ahora con la historia de la autoridad porque se le ha ocurrido a nuestros políticos. Incluso el Rey habla ahora de un pacto de Estado sobre la educación. Y el Defensor del Pueblo.

Se trata del título del último libro que he leído. Es de Gérard Guillot, de la Editorial Popular, y tiene el subtítulo “Salir de la crisis”. El autor, frente al autoritarismo y el laissez-faire, apuesta por recuperar una autoridad del buen trato.

El autor se aleja de aquellas posturas que rechazan el ejercicio de la autoridad por complejos del pasado. Guillot sostiene que la educación se orienta a formar personas realmente libres, pero para ello hacen falta límites. Si no se ponen en el momento y la forma debidos, la persona acaba siendo esclava de sus deseos, necesitada de su satisfacción inmediata, e incapaz de soportar la frustración o simplemente la satisfacción diferida en el tiempo. Los limites y la autoridad son necesarios para que las personas crezcan. Cuando no existen, surgen los nuevos dictadores.

Por otro lado, el autor rechaza el ejercicio de autoridad basado en la pura tradición. Considera que la autoridad debe tener un respaldo legal. El profesor y el padre no pueden estar al mismo nivel que los alumnos. Pero su acción está sujeta también al derecho. No se trata de volver a ejercicios de autoridad del pasado. Se trata de una autoridad que parte del respeto a las personas, pero que no tiene por qué tolerar su conducta, cuando ésta resulta perjudicial para la persona o para quienes le rodean.

Según Gérard Guillot, la autoridad tiene algo de arte. Pero, ojo, el arte tampoco se improvisa. Es preciso prepararse, revisar prácticas, cuestionarse…; exige profesionalidad. Junto a esto, no hay que olvidar que tanto el profesor, como el padre, como el alumno o hijo son personas. Los resultados no son automáticos. Se producen avances y, con frecuencia, retrocesos. Nos podemos sorprender con conductas que se alejan del respeto, con pérdidas de control o con unos nervios exasperados. Hay que contar con que eso puede ocurrir. Es cuestión de no echar la toalla.

Ahora los políticos abogan por el reconocimiento del profesor como autoridad pública. Está bien, pero será insuficiente. El desencadenante ha sido la reflexión hecha por Enrique Múgica, el Defensor del Pueblo, a raíz de los conflictos que se produjeron en Pozuelo de Alarcón. El Defensor del Pueblo hablaba de recuperar el respeto al profesor, empezando por hablarle de usted. Pero hay una cierta falta de lógica en todo lo que se ha montado después: a fin de cuentas, los jóvenes que lanzaban botellas contra la policía estaban atentando contra una autoridad pública, y no parecía importarles demasiado. Los resultados penales han quedado en casi nada. Mientras el respeto a la autoridad no se vaya gestando en casa, desde pequeños, difícilmente tendrá resultados, aunque se haga a golpe de decretos. El apoyo legal es necesario, pero resultará siempre insuficiente.

Por lo menos, la lectura del libro, me ha animado a revisar algunas prácticas personales, a volver a plantearme cambios en el trabajo, y a animarme a empezar el curso de otro modo. Después ya iré encontrándome con esas situaciones y esos alumnos que se sienten ya de vuelta del sistema educativo y habrá que ver qué hacer con ellos, sin tener que estar permanentemente culpabilizándonos de que el sistema educativo ya no puede con ellos. A fin de cuentas, educar es algo que los profesores, por sí solos, no pueden hacer.

Aborto con 16 años

Ya he expressado en entradas anteriores que el aborto me parece una barbaridad. Sin embargo, el gobierno y sus portavoces (¿o según la lógica de la ministra miembra tendré que decir “portavozas”?) pretenden hacernos ver que se trata de algo trivial, baladí, o sea, carente de importancia. Si no fuera así, no entiendo por qué no ven ningún problema en que una chica con 16 pudiera abortar sin consentimiento de sus padres. Uno que todos los días se cruza con chicos y chicas de 16 años y sabe cómo están de plagadas de hormonas esas cabezas se pregunta en qué piensan, si es que lo hacen alguna vez, estos señores que dicen gobernar para el bien de nuestro país. Para facilitar la digestión de semejante burrada, nos dicen que con esa edad pueden hacer otras cosas, como ponerse tetas. Para ellas, todo es lo mismo. ¿Por qué? Porque consideran el aborto como un derecho de la mujer, sin más; como algo que la mujer puede decidir por sí misma, como si no afectara a nadie más. Como dije en entradas anteriores, todo el discurso del gobierno y sus secuaces se centra tan solo en los supuestos derechos de la mujer y mantiene ocultos los derechos del feto, no los cita o se los niega, al negarle, como hizo la miembra Aído, su pertenencia a la especia humana.

La encantadora Pajín, expresión sublime de la ideología sociata que todo progre debería compartir, dijo que la reforma de la ley del aborto permite a las mujeres disfrutar del sexo de forma segura. Uno intenta reconstruir la argumentación que le ha podido llevar a semejante conclusión y le cuesta encontrar cuáles pueden ser las premisas. En realidad, me cuesta suponer que tras semejante afirmación haya algo de racionalidad. A no ser que el embarazo, y no tanto las enfermedades de transmisión sexual, sean ahora la amenaza. Es decir, la seguridad que plantea la sublime Pajín parece ser una invitación a practicar sexo de cualquier manera porque en caso de que la amenaza del embarazo se convierta en realidad se podrán deshacer fácilmente de ella. Pero me cuesta ver dónde está la seguridad del sexo ahí. Supongo que sería más fácil prevenir antes y evitar así no sólo embarazos no deseados, sino también el contagio de enfermedades de transmisión sexual. Pero lo que importa es lanzar eslogans y repetirlos, a ver si así la gente, que tampoco tiene muchas ganas de pensar, acaba creyéndoselos y después los suelta por ahí, mientras habla en la calle, en el mercado o en el bar.

Nos falta que el metafísico, el hermano del periodista Gabilondo, nos explique qué es un ser humano. Cuando le preguntaron qué opinaba sobre las declaraciones de la máxima representante de la progreantropología, léase la miembra, cuando dijo que no hay ninguna prueba científica que demuestre que un feto de 13 semanas sea un ser humano, el ministro de Educación contestó que él era metafísico y podrían hablar durante horas de qué es un ser humano. O sea, la mejor forma de decir: mejor que no hablemos de ello. Posibles interpretaciones:

  1. Yo sé tanto y te puedo decir tantas cosas que no cabrán en un corte de televisión o radio.

  2. Mi compañera ministra es una bocazas que no sabe lo que dice, pero no puedo descalificarla, porque no estoy seguro si lo que dice lo dice por sí misma o por voluntad del ventrílocuo, que dicta todo lo que han de decir sus “portavozas”.

  3. Como no estoy seguro, me salgo por la tangente, no sea que el jefe y protector de todos nosotros, el presidente Rodríguez, me llame la atención. Y, a fin de cuentas, yo soy el último que ha llegado a esta casa.

  4. Igual estoy de acuerdo con lo que dice la estimable miembra, pero no me atrevo a decirlo. No sea que los colegas (o excolegas) salten diciendo que lástima de metafísica enseñada o estudiada, si al final el único criterio que vamos a tener para definir lo humano es la ciencia, como si esta constituyera el único saber acerca del hombre (y la mujer).

Y con esto creo que ya tenemos bastante por hoy. A fin de cuentas, esto es un blog personal y de vez en cuando viene bien soltarse un poco.