Truman

Anoche vi “Truman”, dirigida por Cesc Gay y protagonizada por Ricardo Darín y Javier Cámara. Es un agradable canto a la amistad y a las despedidas.

Julián (R. Darín) padece un cáncer en fase terminal; Tomás (J. Cámara), su amigo del alma, va a pasar cuatro días con él. Paula (Dolores Fonzi) es la prima de Julián y la que, de alguna manera, le ha ido aguantando. Truman es el perro de Julián, el único cabo suelto que le queda.

La historia se va desarrollando con la necesidad de Julián de ir cerrando asuntos pendientes y las despedidas, a veces imprevistas, de algunos familiares, amigos y conocidos; todo ello con la necesidad de encontrar una familia de acogida para Truman como trasfondo. En medio de todo esto vamos descubriendo cómo Julián va afrontando la proximidad de su muerte. La cercanía de Tomás, de quien si hay que decir algo es que en todo momento es el amigo, resulta siempre fiel y cariñosa, aunque a veces tenga la tentación de querer hacer que Julián vea las cosas de otro modo y, en ocasiones, se le escape algún pequeño reproche.

Una hermosa historia para disfrutar de las cosas que no acabamos de decirnos, pero que no pueden esperar más, porque el tiempo se acaba. Una provocación más para seguir planteándonos qué es esto que llamamos vivir y qué sentido tiene y, cómo no, el valor de los amigos. Y no es que esté hecha de grandes reflexiones, no, sólo algunas frases sueltas; lo interesante es el desarrollo de la historia con sus miradas, sus abrazos, sus pequeños y grandes reproches, las reconciliaciones, los reencuentros sabiendo que van a ser los últimos…

Cuando acaba la película, un pequeño silencio. Durante la película no pude evitar recordar a algunos amigos y amigas que pasaron por esto. Emociona y deja una cierta sensación de tranquilidad a pesar de lo difícil del tema. Por supuesto, la aconsejo. Ahí va el tráiler.

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¿Cuántas veces tengo que perdonar?

El texto que comento hoy es Mt 18,21-35. Seguimos en las reglas para la convivencia en la comunidad cristiana. Este texto puede servirnos para modular en parte el anterior, en el que además de intentar producir la reconciliación, quedaba abierta la puerta para la expulsión de quien no quiere cambiar.

21 Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». 22 Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 23 Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. 24 Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. 26 El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. 27 Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. 28 Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. 29 El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. 30 Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 31 Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32 Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. 33 ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. 34 Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. 35 Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

La pregunta de Pedro no es mezquina, ya que 7 es un número simbólico que representa algo completo, perfecto; así que podría haber preguntado si siempre hemos de perdonar. Y Jesús podría haber contestado simplemente con un “sí”, pero contesta con otro número: setenta veces siete. Es lo desbordante, lo superabundante.

Para aclararnos la situación, Jesús nos presenta una parábola. No hay comparación entre lo que debía el primer deudor y la cantidad del segundo. La primera deuda es impagable; la segunda, no. Creo que la imagen es suficientemente clara y su intención también: si has sido perdonado, perdona tú también. El perdón superabundante que hemos recibido de Dios tiene que traducirse en perdón hacia los demás. No puede haber relación de intimidad con Dios si no se expresa en el amor a los demás. Así que negarse a perdonar es cerrarse al perdón de Dios.

El texto puede provocar algunas dificultades cuando intentamos comprenderlo hoy. A mí, al menos, me las produce:

  1. Algunos comentaristas se liaron pensando si Dios podía quitarnos algo (su perdón) que ya nos había dado. Cuando decimos que Dios nos da su perdón, hemos de recordar que es una expresión aproximada (necesariamente antropomórfica, ya que no podemos hablar de otro modo). Es semejante a cuando decimos que nuestros padres nos han dado mucho amor. No nos referimos a algo, a una cosa, sino a que nos hemos reconocido amados por ellos cuando nos han acompañado, nos han escuchado, nos han corregido, han jugado con nosotros, nos han animado… No son cosas, son formas de estar y de actuar que nos han hecho sentirnos amados por ellos. Así, cuando decimos que Dios nos da su perdón, deberíamos pensar que no es algo que nos da, sino que es Él mismo acercándose, acompañándonos, haciéndonos crecer. Esa cercanía de Dios a nosotros se juega en parte en la cercanía a los demás: si nos negamos a perdonar, nos hacemos extraños a esa cercanía de Dios, nos cerramos a su perdón.
  2. Una segunda dificultad es cuál es esa gran deuda que Dios nos ha perdonado. Si hay algo que nos cuesta entender hoy día es qué es el pecado. A fin de cuentas, la mayoría de nosotros no hemos hecho cosas especialmente malas, como para que la relación con Dios pudiera depender de ello; pero tampoco somos unos santos y, con un poco de atención, encontramos dosis de egoísmo, de envidia, mentira u odio en algunas de nuestras decisiones. Pero no pensamos que nuestra “deuda” sea tan grande. Difícilmente entendemos el perdón si no sabemos de qué nos tienen que perdonar, ni tampoco entendemos muy bien cómo podemos ofender a Dios. Y tampoco es cuestión de que nos sintamos muy pecadores para que así Dios tenga la ocasión de perdonarnos. Si volvemos al lenguaje de la relación personal, igual podemos entenderlo un poco mejor. Lo que nos anuncia Jesús no es que seamos especialmente malos y que solo Dios nos pueda sacar de nuestra situación; lo que anuncia es que Dios se nos acerca y nos ama de una forma totalmente inmerecida por nosotros (porque nos supera). Y es ahí, cuando nos sentimos amados, cuando podemos empezar a reconocernos reconciliados, rehechos, y cuando empezamos a descubrir que aún nos falta mucho por amar.
  3. Y la tercera dificultad es cómo perdonar de corazón. Si perdonar es dejar de sentir aversión o rencor, lo tengo mal, porque no controlo mis emociones. Si se trata de hacer el bien al que te ha hecho daño, se puede convertir en una máscara de bondad, externa y vacía. Quizás se trate de darse una oportunidad para comenzar de nuevo; continuar o reiniciar una relación sin tener siempre presente el lastre del pasado, sin traer de nuevo al hoy el mal que alguien nos hizo ayer o anteayer. Igual consiste en mirar más al futuro, que al pasado.

Es curioso: perdón, perdonar… son palabras que usamos de vez en cuando, pero no sabemos muy bien lo que queremos decir con ellas. Aun así, lo veo difícil, muy difícil. A veces, más que perdón, hay desgaste de los recuerdos y las emociones. No podemos estar mirando siempre al pasado, la vida siempre está en cambio. Pero yo no he experimentado el mal en grandes dosis. Si pienso en las personas a las que les han matado un familiar, han sufrido abusos sexuales, palizas, atentados terroristas… no sé cómo se podrá perdonar un daño semejante ni cómo se podrá vivir con ese dolor.

Como en otras ocasiones, este texto me ha animado a emprender nuevas lecturas, en concreto, “El perdón”, de Vladimir Jankelevitch. Cuando lo acabe, igual debo hacer algunas puntualizaciones a lo escrito aquí.

¿Corregir o expulsar? Oración y presencia de Jesús

Lo pongo entre interrogantes porque el texto (Mt 18,15-20) no sólo ofrece un medio de corrección, también conduce a la separación de la comunidad; además, tenemos tres sentencias bastante complicadas.

15 Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. 16 Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. 17 Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. 18 En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. 19 Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Una de las dificultades de este texto es que aparecen varias sentencias y cada una de ellas parece apuntar un tema propio. Otro problema es que el texto entra en conflicto (no sé si aparente) con otros textos que hemos visto anteriormente (y con el siguiente). Si mantenemos el texto unido al anterior (intentando mantener la coherencia en todo el discurso sobre la comunidad), el proceso de corrección fraterna es expresión del esfuerzo personal y comunitario por recuperar a los hermanos que causan discordia en la comunidad. Pero el final es diferente: no hay alegría, pues cabe que el hermano no quiera cambiar. En ese caso, la comunidad debe dejar de tener trato con él (considéralo como un pagano o un publicano).

Aun siendo expresión de la misericordia de Dios, la comunidad cristiana exige unos mínimos para convivir. Ofender al hermano rompe la comunión, la unión de vida que han de tener los seguidores de Jesús. Insistir en esa ofensa puede traer consigo la expulsión de la comunidad. El texto no precisa qué tipo de ofensa, pero parece que es personal. La comunidad interviene para restablecer la unión, pero siempre está la libertad de cada uno y la posibilidad de cerrarse a la reconciliación. Sin unión con los demás, la comunidad deja de ser signo de la presencia de Jesús, de ahí que no pueda aceptar las conductas que dañan a los demás.

Esta advertenca de Mateo pone de manifiesto, una vez más, que a pesar de los ideales que plantea, su comunidad está lejos de ser perfecta: hay tensiones por el poder, disputas y ofensas entre hermanos, desprecio de los pequeños….

La acción directa de la comunidad para restablecer la unión es aplicable en comunidades pequeñas, donde las personas se conocen. Cuando hablamos de Iglesias institucionalizadas, la corrección fraterna se diluye. Las Iglesias han utilizado este texto para justificar el uso de la excomunión. Cada Iglesia plantea una visión concreta de Jesucristo, con una doctrina común y unas formas de vida esenciales. Rechazar ese núcleo de fe o romper las relaciones fraternas dañando al prójimo puede ser causa de expulsión. Pero, con frecuencia, las Iglesias han utilizado la excomunión como instrumento de poder y opresión.

Aún me resultan más difíciles de entender los versículos siguientes. La comunidad cristiana está convencida de la presencia de Jesús resucitado en medio de ella (v. 20); más allá de doctrinas, esto es lo que la constituye en comunidad cristiana. Pero la aplicación a la oración (v. 19) y al poder de atar y desatar (v. 18) me resulta problemática.

Sobre “lo que atéis en la tierra…”. En la confesión de Cesarea, este poder se refiere a Pedro (Mt 16,19); aquí, a toda la comunidad. Resulta paradójico porque en la parábola del trigo y la cizaña (13,36-43) el juicio estaba reservado al Hijo del Hombre. Si el juicio del ser humano es falible (“no sea que con la cizaña arranquéis también el trigo”), ¿acaso Dios se sujeta a la decisión de la comunidad? También con esto las iglesias, especialmente la católica, han cometido abusos. Han olvidado que ese poder lo tienen para continuar la misión de Jesús, para ser signo de su presencia en el mundo y de su anuncio del Reino; y lo han utilizado para disputar el poder entre sí o con los poderes políticos. La comunidad cristiana tiene que “atar y desatar” en unión con Jesús, en actitud de escucha y de servicio (tal vez por ello Mateo ha puesto estas sentencias juntas: corrección fraterna, poder de atar, presencia de Jesús y oración). De otro modo, es fácil que las iglesias caigan en la tentación de ponerse en el lugar de Dios.

“Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo…”. También esta sentencia es complicada. Individual y comuntariamente hemos pedido muchas cosas a Dios; y no siempre sin importancia: la salud de un enfermo, el fin de la guerra, la superación de la pobreza, encontrar a un desaparecido, la conversión de una persona… No estamos pidiendo cosas sin importancia y, sin embargo, los resultados suelen ser escasos. Parece que esta sentencia (¿del mismo Jesús? ¿de Mateo?) sea exagerada. La oración ayuda a la comunidad a recordar la presencia de Jesús en medio de ella, incluso a celebrar dicha presencia; pero la oración del mismo Jesús tampoco lo consiguió todo ni acabó con todos los males. Y no creo que fuera por falta de fe; más bien, si se concediera cualquier cosa, Dios debería estar interviniendo continuamente en el mundo, rompiendo los procesos naturales de la enfermedad o la muerte, o modificando las consecuencias propias del azar y las decisiones humanas. Dios no va a sustituirnos (probablemente más adelante hable de las imágenes de Dios).

La comunidad cristiana ha de recordar que es tal por la presencia de Jesús en ella. Esa presencia le otorga un poder, no para creerse superior ni para exigir ningún reconocimiento, sino para continuar la misión de Jesús. La oración ha de ayudarle a reconocer esa presencia y a ser signo de Jesús en medio del mundo. Atar y desatar o expulsar de la comunidad es un poder que tiene la comunidad para identificarse con Jesús y recordar que no cualquier forma de vida (especialmente cuando daña a los demás) es compatible con dicha identidad.

La oveja perdida

Sigo con el comentario a Mateo. El proceso que sigo es leer el texto, consultar algunos comentarios (especialmente el de Ulrich Luz, publicado en Sígueme), reflexionar y escribir en mi cuaderno (a mano). Después dejo que pase el tiempo hasta que lo paso al blog, adaptándolo un poco, para hacerlo más claro. De este modo, voy dándole vueltas al texto y me ayuda a centrarme en mi vida.

El texto de hoy (Mt 18,10-14) sigue a los publicados los días pasados y se encuentra en el mismo discurso sobre la vida cristiana en comunidad.

10 Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial. 12 ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? 13 Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. 14 Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños.

Podríamos enmarcar la parábola entre los versículos 10 y 14, en los que se hace referencia a los pequeños. Es difícil decir quiénes son estos pequeños: personas de bajo status social, ignorantes, débiles en la fe o recién llegados a ella…, cada época y cada comunidad ha ido identificando a sus “pequeños” desde las condiciones sociales y religiosas que vivieron. En el texto anterior habíamos leído la advertencia de llevar mucho cuidado con hacerlos caer. Ahora Mt nos invita a tener una especial atención hacia ellos igual que hizo Jesús.

La parábola de la oveja perdida representa el amor de Dios por su pueblo, Israel. Dios ha ido reuniendo a las ovejas perdidas, desorientadas. En el Antiguo Testamento, este símil se convirtió también en una llamada de atención a los dirigentes de Israel, que se habían despreocupado por su pueblo (todo el capítulo 34 de Ezequiel). Ese amor de Dios por su pueblo se ha manifestado en Jesús, que ha venido a buscar a las ovejas perdidas: pecadores, enfermos, marginados…; todos los que no cuentan en la sociedad. Esta interpretación se encuentra más fácilmente en el texto paralelo de Lucas (Lc 15,1-7), que reúne las parábolas de la misericordia en una misma sección.

Mt sitúa la parábola en el discurso sobre las relaciones en la comunidad, ofreciendo así una nueva perspectiva; concretamente, la enmarca en la referencia a los pequeños. El evangelista viene a decir: “no despreciéis a los pequeños, pues son importantes para Dios; y si alguno se pierde, no lo déis por perdido, id en su búsqueda, igual que hizo Dios con cada uno de vosotros”. La acción de Dios en Jesús se convierte en modelo y motivación para la actuación de la Iglesia.

Los pequeños y el escándalo

He perdido el ritmo de las lecturas de la liturgia de cada día, pero así puedo seguir el desarrollo del evangelio de Mateo. Tal vez, en otro momento, siga otro plan de lectura. Hoy comparto con vosotros la reflexión en torno a Mt 18,6-11.

6 Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. 7 ¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo! 8 Si tu mano o tu pie te induce a pecar, córtatelo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la vida manco o cojo que con las dos manos o los dos pies ser arrojado al fuego eterno. 9 Y si tu ojo te induce a pecar, sácalo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la vida con un solo ojo que con los dos ser arrojado a la gehenna del fuego.
10 Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial.

Es complicado encontrar un desarrollo coherente en todo el capítulo, aun así, lo consideramos dentro del discurso sobre la vida en comunidad. Mateo está preocupado por las relaciones entre los miembros de la comunidad cristiana; es exigente: quiere una comunidad que aspire a la perfección y refleje así la forma de vida de Jesús.

Si unimos este pasaje al anterior, parece que Jesús quiere dar apoyo a los que se han abajado, se han hecho pequeños (aquí ya no habla de los niños). Les viene a decir que ese servicio desinteresado agrada a Dios. Si esta interpretación es correcta, los que escandalizan o hacen tropezar serían los que intentan separarlos de esa actitud. En concreto, ¿a qué se refiere? No lo dice. Podrían ser personas que les incitan a abandonar la fe en Jesús (en ese caso serían personas de fuera de la comunidad), o miembros de la comunidad que menosprecian a los pequeños. En este caso, los pequeños serían personas débiles en su fe o bien que no son importantes dentro de la comunidad (según los criterios del mundo). En ese caso, el texto iría en línea con el pasaje anterior: hay que cambiar de mentalidad. Es complicado, no está claro.

Para seguir con la confusión, nos encontramos con la referencia al ojo y la mano. Estas advertencias ya habían aparecido en el capítulo 5 de este evangelio (Mt 5,29). Allí aparecen en relación con el adulterio y parece que se refieren a la tendencia a pecar. Aquí el contexto no es la ética personal, sino la vida comunitaria. En este caso arrancar es separar. Y de nuevo surgen las dudas sobre a quién o qué se refiere Jesús:

  • Si lo que debilita la fe es la oposición del mundo (vivir desde valores y criterios tan opuestos), lo que propone Mateo es que la comunidad viva sin contacto con el mundo, ajeno a él. Sería una comunidad de puros frente a lo malo del mundo. No parece ese el estilo de Jesús, que vivió metido en la vida de las personas y trató con todos, rompiendo así las barreras sociales y religiosas. No vale una comunidad de buenos, frente a los demás, que son los malos.
  • Si hablamos de relaciones dentro de la comunidad, los que hacen caer deben ser separados de la misma. Esto va bien con el final del pasaje de la corrección fraterna (18,17), pero choca con la parábola de la oveja perdida que viene a continuación (18,12-14).

Ni en el capítulo 5 ni aquí estas expresiones se han de tomar literalmente (podríamos encontrarnos con un mundo de mutilados innecesariamente). Son comparaciones que hablan de la importancia de no romper la relación con Dios (en este capítulo, por dañar a los pequeños). Queda pendiente aclararnos en otro momento con la expresión “gehenna del fuego”.

“Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños”. Como hemos dicho antes, parece que Jesús quiere alentar a los que se han hecho pequeños. Unido al pasaje anterior, nos vendría a decir que hay que mirar hacia abajo, cambiando los valores que suele mostrar este mundo, para hacerse pequeño y proteger a los pequeños. Esa es la mirada de Dios hacia los pequeños. Es una advertencia a la comunidad de que lleve cuidado en no establecer relaciones de poder, prestigio u opresión, sino que valore el servicio y tenga en cuenta a los que no son tenidos en cuenta en la sociedad.

¿Por qué Mateo insiste en estas cosas? Una razón puede ser por su perfeccionismo: quiere plantear un ideal exigente a los cristianos. Otra, porque su comunidad está lejos de ser ideal. Cuando lanza estas advertencias, probablemente es porque ya estaba pasando en su comunidad. También Pablo en la 1ª Carta a los Corintios (11,17-22) se lamenta de la forma de actuar de algunos sin tener en cuenta a los más pobres durante la celebración de la fracción del pan. Pasado el fervor primero por el anuncio de la resurrección de Jesús y viendo que su vuelta se retrasaba, era fácil volver a los criterios de antes. Mateo invita a volver a mirar a Jesús y a mirar desde los ojos de Dios.

El mayor en el reino

Hoy no voy a comentar el evangelio del día, sólo una parte, ya que en la liturgia han cortado un trozo que quiero comentar más adelante. Me he centrado sólo en la primera parte (Mt 18, 1-5):

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?»
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí.

Mateo empieza aquí uno de los cinco discursos de su evangelio. Anteriormente había hablado de la comunidad hacia afuera, de su misión. Ahora se centra en las normas de convivencia de la comunidad. Como grupo humano, la comunidad de Mateo no está libre de tensiones; algunas pueden estar provocadas por los puestos de poder o de prestigio. Hay que volver a mirar a Jesús.

“¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?”. En Marcos, los discípulos habían estado discutiendo por el camino (9,33); en el evangelio de Mateo se trata sólo de una pregunta genérica. ¿Qué solemos entender por importante?, ¿el poder?, ¿el prestigio?, ¿el conocimiento? Sea lo que fuere lo que se valora en el mundo en cada momento, Jesús plantea un criterio muy diferente.

“Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos”. “Hacerse como…”, “hacerse pequeño o abajarse…”, en lugar de contestar, Jesús interpela a los discípulos, a sus vidas. En lugar de  mirar hacia arriba, hay que mirar hacia abajo.

“Hacerse como los niños”. Como señala Ulrich Luz en su comentario al evangelio de Mateo (III, p. 26), cada época ha interpretado esta expresión proyectando en ella su imagen ideal sobre la infancia o la educación patriarcal. La mayoría se han olvidado de que hay niños que no se ajustan demasiado a esas imágenes ideales. La palabra que usa el evangelio es “país”. Esta expresión sirve para hablar de los niños y de los criados que sirven en casa. El niño y el esclavo representan la condición más baja; no disponen de sí mismos, sino de los amos o los adultos. Sin imágenes románticas de la infancia, hacerse niño es no buscar los puestos de prestigio, sino abajarse, ponerse al servicio de los demás; hacerse insignificante a los ojos de los demás, como lo eran los niños en la sociedad de aquel tiempo, sin esperar ningún reconocimiento.

En teoría resulta fácil de entender, pero en el día a día es difícil de practicar. Aunque pensándolo bien, los reconocimientos de este mundo (a no ser que te den un premio Nobel), suelen pasar pronto.

“El que acoge a un niño de estos en mi nombre, a mí me acoge”. Mt recoge este dicho pensando en su comunidad, una comunidad cristiana. Lo que recuerda es que Jesús se identifica con los pequeños, con los niños. Los que parecen insignificantes se convierten en signo de la presencia de Jesús. En lugar de buscar reconocimiento, hay que buscar a Jesús en los pequeños. Un cambio total de perspectiva respecto de lo que preguntaban los discípulos. A la vez, el criado, el que sirve, se convierte en signo de Jesús en medio de la comunidad, porque es lo mismo que hizo Jesús.

Hasta aquí el comentario al evangelio; un comentario que podría haber hecho cualquier persona (con un poco de preparación). Pero la cuestión (para mí) es si realmente me lo creo, porque lo de servir sin esperar ningún reconocimiento me resulta muy complicado (vamos: como que no me apetece mucho). Y, además, cuando lo hago por obligación, desde fuera, acaba amargándome. Como dice Hans Küng en “El cristianismo: esencia e historia” (p. 72):

La obligación sin amor pone de mal humor;
La obligación ejercida con amor hace persistente.

Bueno, ahí lo dejo. Si a alguien le ayuda, me alegro. Si no, al menos me ha servido a mí.

“La humanidad de Dios”, de José María Castillo

Este es el título del libro que publicó José María Castillo en 2012 (Ed. Trotta). En él trata de desgranar lo fundamental del cristianismo. Lo que pongo a continuación es un resumen y mi visión sobre él. Podría ser que el autor no se sintiera totalmente identificado con lo puesto por mí (aunque tampoco creo que lo vaya a leer), pero ese el problema de reseñar un libro. La entrada es un poco larga y el contenido algo árido, pero a mí me viene bien para llevar un cierto control de mis lecturas y a alguien le puede animar a leer el libro. El texto me ha resultado provocador, ya que junto con algunas afirmaciones con las que concuerdo, hay bastantes con las que no y suponen un cuestionamiento para mi forma de pensar.

En el primer capítulo, el autor muestra la dificultad que tiene hablar de Dios en la actualidad. Hoy ya no se puede hablar de Dios como se hacía en otros tiempos. Hemos de reconocer que no podemos conocer a Dios:

“Dios, lo que es Dios en sí, no está al alcance de los seres humanos… lo que sabemos de Dios no lo sabemos porque el mismo Dios nos lo ha dicho. Con demasiada facilidad afirmamos que los libros sagrados contienen la revelación de Dios, cuando, en realidad “Dios no está disponible en la letra”, en ninguna letra humana, que siempre es y será simplemente humana, inmanente, histórica. Lo que llamamos la “Palabra de Dios” es un hecho cultural, una palabra “vertida en una letra enteramente humana”, que nunca perderá su condición terrena y su origen humano” (p. 20).

La religión es siempre un hecho histórico y, por tanto, inmanente, que pretende conectar a los humanos con lo Trascendente. Según el autor, con frecuencia las “religiones enaltecen a Dios a costa de lo humano”. Lo Trascendente aparece como lo santo y separado, lo que está por encima. Así pues, las creencias religiosas acaban introduciendo divisiones en la realidad y la distorsionan, generando consecuencias negativas en casi todos los ámbitos de la vida y la convivencia.

Acabado el primer capítulo, ya empezaba a pensar si valía la pena seguir. Yo había comenzado intentando aclararme con mi fe pero, al parecer, la religión es un invento humano y, en general, dañino. Coincido con el autor en que la religión es un hecho cultural e histórico, pero no creo que en general sea dañino. Creo que, con un lenguaje simbólico, ayuda a los seres humanos a aclararse con su vida. Eso no quiere decir que no deba ser continuamente revisada y contrastada con la razón y el diálogo.

En el capítulo 2 las cosas no mejoran: “Hablar de Dios en España”. Aquí hablar de Dios está mediado por nuestra experiencia con la Iglesia Católica. La mayoría de la sociedad rechaza a una Iglesia que intentaba someter a su criterio el conocimiento científico (s. XIX); que es vista como afín al poder y determinadas políticas del pasado (por ejemplo, el papel de la Iglesia en la guerra civil); o que defiende posturas morales que resultan escandalosas (Cfr. pp. 33s).

“Pensar al Trascendente desde la inmanencia” es el nombre del tercer capítulo. Aquí el autor va a aclarar algunos de los presupuestos que había usado en el capítulo 1. Si Dios es el Trascendente, no lo podemos conocer en sí, ya que todo nuestro conocimiento es fenoménico e inmanente (aquí vienen bien las distinciones usadas por Kant). A lo sumo, podemos hacernos representaciones de lo Trascendente, pero sólo serán representaciones nuestras (Cfr. pp 36s). Esas representaciones son siempre fenómenos culturales y, como tales, dependen de unas situaciones concretas, unos intereses, y están sujetas al cambio.

La crisis de fe que se vive en Europa no viene tanto del laicismo, sino de que Dios ha sido presentado de una forma falseada (Capítulo 4: “La crisis actual de la fe en Dios”).

“Es mucha la gente que a Dios lo ve, lo piensa, lo entiende, como otro ser, “otra persona”, un “tú”, con el que cada uno puede relacionarse, al que se le pide lo que se necesita; o también al que se le ofende, como se puede ofender a otro ser humano cualquiera”. (p.42)

Con todos estos presupuestos, el autor acaba por hacerse una pregunta (con la que coincido):

“¿Por qué la gente piensa en Dios, busca a Dios, cree en Dios? ¿Qué necesidad tenemos de eso que llamamos “lo trascendente”? ¿No sería mejor prescindir del complicado asunto de Dios y de las religiones para vivir (tranquilamente y sin problemas añadidos) nuestra limitada condición humana?”. (p. 43)

Y la respuesta de Castillo es que en Dios proyectamos nuestros deseos, especialmente los deseos de poder y de sentirnos acogidos (bondad). Nuestra imagen de Dios siempre será una proyección de nosotros mismos. Las consecuencias han sido nefastas: nos ha resultado un Dios violento, y su violencia se ejerce por medio del miedo, la amenaza y el sentimiento de culpa. Pero, además, cada grupo de creyentes se cree en la posesión de la verdad y exige una dignidad e igualdad para los suyos, que a la vez excluye a los otros, generando así división y violencia entre las distintas religiones (Cfr. pp 45ss). En el caso de la Iglesia Católica, esa imagen de poder se ha ejercido por medio del sacerdocio, un poder que exige la desapropiación mental del creyente, quien debe aceptar como verdadero o bueno lo que la jerarquía le presente. (Cfr. pp. 50s)

En el capítulo 5 (“La fe en Dios como saber y como convicción”), José María Castillo va a intentar empezar a salir del embrollo que ha ido creando: ¿cómo escapar de ese Dios violento y contradictorio sin abandonar a Dios? El problema, vuelve a decir, no es Dios, sino cómo nos lo hemos representado. Como la religión es un hecho cultural, el autor parte de la Biblia, ya que forma parte de la herencia cultural de Occidente. En primer lugar, en la fe bíblica lo importante no es creer ciertas cosas sobre Dios, ya que lo importante de la Biblia no son las verdades, sino cómo nos muestra a Dios actuando en la historia. En línea con ello, la fe no consiste en creer un conjunto de verdades, sino en vivir éticamente, o dicho en el lenguaje bíblico: en la fidelidad que se realiza en la práctica de la justicia (Cfr. pp. 54s). Siendo Trascendente, Dios se manifiesta desde la inmanencia, en la historia y la libertad humanas. Nuestro saber sobre Dios no puede expresarse como lo hace la ciencia; de Dios sólo podemos hablar simbólicamente. Pero tampoco la ciencia tiene un lenguaje adecuado para expresar las grandes cuestiones de la existencia.

Aquí quiero señalar lo que a mi entender es un punto débil de toda la argumentación: el único punto de apoyo para pasar de la crisis de fe a la afirmación de la fe en Dios según la Biblia es que forma parte de nuestra cultura. Y este va a ser el punto de arranque del capítulo 6 (“El centro del cristianismo no es Dios, sino Jesús”), en el que, como apunta el título, Castillo va a hablar del cristianismo.

“El centro del cristianismo no es el Transcendente, sino un ser humano, un hombre, que nos revela, nos da a conocer y nos explica al Trascendente. Dicho más claramente, el centro del cristianismo no es lo divino, sino lo humano” (p. 61)

“Por eso es exacto afirmar que, en Jesús, Dios ha entrado en nuestra inmanencia y se ha unido a la condición humana. Jesús, por tanto, representa y significa que en lo humano, y solo en lo humano, es donde podemos encontrar a Dios y donde podemos relacionarnos con Dios” (p. 62)

Para reforzar esta afirmación, Castillo va a utilizar la tradición de Pablo, la del evangelio de Juan y la del evangelio de Mateo.  Pablo, concretamente en el himno de la carta a los Filipenses (2, 5-11), nos muestra a un Dios que se ha vaciado de sí mismo y ha tomado la condición de esclavo. No hay aquí expresión alguna de poder; en Jesús, Dios se ha despojado de su rango y se ha puesto a servirnos. Respecto de la tradición de Juan, Castillo se sirve del prólogo del evangelio (1, 1-18), para expresar que Dios se ha hecho carne y, por tanto, a Dios sólo lo podemos conocer por medio de la humanidad. Y a partir de Mateo (en especial, 25, 31-46), el autor nos recuerda que nuestra relación con Dios (lo que tradicionalmente hemos denominado salvación) no se juega en un ámbito separado, sagrado, ni en un conjunto de doctrinas, sino en nuestra relación con los demás, especialmente con los que sufren.

Siendo Jesús un hombre religioso, no pretendió fundar ninguna nueva religión, sino humanizar cualquier forma de religiosidad (Cfr. p. 86). Los evangelios no pretenden ofrecer un catálogo de creencias o ritos que observar, sino que nos muestran a Jesús, su vida y su acción; de manera que creer en él, es seguirle, identificarse con su vida (Cfr. p. 87)

El desarrollo posterior del cristianismo condujo a la forja de una religión en consonancia con la estructura social y política del Imperio Bizantino. Así, se produjo un desplazamiento del Dios humanizado en Jesús de Nazaret a un Dios separado; del Padre de misericordia al Todopoderoso; del Dios que hace suya la humanidad, a una divinidad que la anula. Un Dios que sanciona una estructura social y política en la que se valora el dominio y el poder (Cfr. pp. 91-94). No han faltado testigos que a lo largo de la historia han recordado que nuestras representaciones de Dios siempre son insuficientes (Eckhart, San Juan de la Cruz); que en Jesús, Dios se ha metido en el corazón de la humanidad y de nuestra historia, y que es en cada ser humano y en los acontecimientos de cada día donde hay que encontrarle (Bonhoeffer, Tillich, Rahner). Pero tampoco han faltado muestras de poder por parte de la jerarquía católica, sancionando la imagen del Dios Todopoderoso, que exige obediencia y el tributo de nuestro pensamiento bajo un orden superior de cosas (Vaticano I, Pío XII).

La opción de José María Castillo es considerar el cristianismo como movimiento “no-religioso” (cap. 8). Aludiendo de nuevo a que las religiones, aunque han sido positivas en algunos casos, en general producen divisiones y odio, sostiene que Jesús no pretende imponer una doctrina ni unos rituales:

“lo propio y específico de la espiritualidad de Jesús no es la fe, sino la ética que se pone al servicio de la misericordia” (p. 108).

“Frente a este saber proyectivo (propio de la religión), la tradición cristiana, desde el Evangelio, nos dice que la forma de vida de Jesús es el criterio para pensar en Dios y para hablar de Dios” (p. 109)

Y aquí es donde me vienen más dudas: ¿No hay detrás del evangelio una imagen de Dios, una representación (un Padre tenía dos hijos…, Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos)? ¿Realmente se puede separar el cristianismo de una religión, cuando el acceso a Jesús lo tenemos por medio de unos textos (los evangelios y los demás libros del NT) que desde el principio unas comunidades cristianas consideraron como referentes, dejando de lado otros textos que según estas comunidades no reflejaban su fe en Cristo? ¿De verdad no hay algunas afirmaciones básicas que constituyen un núcleo de fe o una doctrina (que no tiene por qué ser algo estático o cerrado y puede encontrar diversas expresiones)? ¿Acaso algunos de los textos incluidos en los evangelios no son reflejo de prácticas rituales (el bautismo y la fracción del pan) que desde el principio tenían las comunidades cristianas? Creo que la relación con Dios nos la jugamos en la relación con los demás, pero el cristianismo no es simplemente una ética. Desde sus orígenes ha realizado un anuncio (Dios resucitó a Jesús de entre los muertos), ha constituido comunidades con personas con diferentes responsabilidades (los Doce, Pablo, los diáconos…), ha tenido que discernir qué normas del judaísmo debían seguir cumpliéndose y cuáles no (como aparece en Hechos o en Gálatas)… Desde el momento en que el seguimiento de Jesús se realiza en comunidad, se ha ido configurando un conjunto de prácticas, una organización, unas creencias y una ética que identificaba a la comunidad y, por medio de todo ello, la comunidad intentaba identificarse con Jesús. Y a la hora de expresar su fe en Jesús, cada comunidad cristiana se ha servido del lenguaje, las costumbres, la cultura de su entorno, así como de sus propias vivencias de fe. Entonces, sí, es verdad que el cristianismo es un hecho cultural (ahora estoy leyendo “El cristianismo: esencia e historia”, de Hans Küng, que trata de cómo el cristianismo se ha ido desarrollando desde diferentes contextos históricos y culturales), pero a Jesús accedemos desde una cultura y una historia concretas y, por tanto, resulta inevitable seguir haciéndonos representaciones de Dios. Lo importante es que sepamos que son representaciones y estemos dispuestos a revisarlas desde el mensaje (Jesús también habló) y la práctica de Jesús (si es que queremos ser cristianos).

En el último capítulo, el autor aborda “el futuro de la Iglesia y la teología”. De esta parte quiero señalar la siguiente afirmación:

“solamente tendrá razón de ser y futuro la teología que sea capaz de aporta algún sentido a la vida. Y así, potenciar la mejor respuesta que podemos dar a nuestros anhelos de humanidad.

El problema concreto, con el que hoy se encuentra la teología católica, está en que los mencionados anhelos de humanidad, que se palpan en tanta gente de buena voluntad, no encuentran respuesta y solución en la mayor parte de la teología que, en las últimas décadas, se viene produciendo y publicando” (pp. 117s)

Según Castillo, la razón de esta situación es el miedo de los teólogos a ser censurados (de nuevo el poder).

Como ya he manifestado antes, no estoy de acuerdo con la tesis de que las religiones son dañinas y que de Dios sólo nos hacemos una imagen proyectiva (creo que es interesante leer la crítica que Hans Küng hace a Feuerbach y Freud en “¿Existe Dios?”). Me parece que el autor carga demasiado las tintas en los aspectos negativos y, muy de pasada,  cita algún efecto positivo. Coincido en que de Dios sólo podemos tener representaciones; pero el lenguaje simbólico de las religiones tiene la capacidad de hacernos vislumbrar algo de lo que sea ese Dios. No creo que todas las religiones sean igualmente válidas (aunque esto no lo dice Castillo), por ello creo que a favor del cristianismo hay algo más que el hecho de que forme parte de nuestra herencia cultural (aunque yo sé que en principio soy cristiano porque me han educado así). Cuando el autor opta por Jesús para mostrar una imagen de Dios, de alguna manera considera que ésta es preferible a otras imágenes que nos hemos ido creando.

La lectura ha resultado suficientemente provocadora como para que me plantee ir elaborando mis propias ideas al respecto. Lo intentaré en otra entrada.

Cargar con su cruz y seguirle

Una vez más voy a comentar el evangelio del día: Mt, 16, 24-28 (viernes de la XVIII semana del T.O.). Para ello, voy a tener en cuenta el marco del texto y luego me centraré en una idea.

La secuencia del evangelio de Mateo es idéntica a la que presenta Marcos: confesión de Pedro en Cesarea, anuncio de la Pasión, advertencia del seguimiento para los discípulos, Transfiguración, curación de un chico con ataques y segundo anuncio de la Pasión.

La confesión de Pedro ante la pregunta de Jesús: “¿Y vosotros quién decís que soy yo?”, empieza a dejar claro que, a pesar de los signos realizados, muchos abandonan a Jesús. Tal vez esperaban otro tipo de Mesías. Este proceso de desencantamiento aparece también en el evangelio de Juan, en el capítulo 6, donde narra la multiplicación de los panes y presenta el discurso del pan de vida.

A los que deciden quedarse, Jesús les anuncia que su misión va a pasar por el rechazo y la muerte. Es lo que ya había ocurrido con Juan el Bautista.

A continuación, Jesús les advierte de que seguirle significa contar con ese horizonte. No es que haya que coger la cruz y seguirle (como dice el texto); sino que hay que seguirle aun cuando aparezca la cruz y contando con que aparecerá. No se trata de hacerse una cruz a medida, buscando sacrificios adicionales. Esto, con frecuencia, es sólo una manera de acomodar el mensaje de Jesús a nuestros intereses: nos creamos nuestra cruz y nos creemos mejores.

También a veces algunos han utilizado este texto u otros semejantes para intentar justificarse: “Me rechazan; también a Jesús lo persiguieron”; sin analizar si el rechazo que sufre uno está provocado por la fidelidad al Evangelio, a la verdad o a la justicia, o simplemente porque se trata de una persona insoportable. Hay que llevar cuidado con eso de buscar justificaciones en el Evangelio; más vale dejarse interpelar. La cruz de Jesús viene por su fidelidad al Padre, por anunciar el Reino de Dios, por su cercanía a los marginados (enfermos, pobres, pecadores…), por su práctica de la justicia…, porque con todo ello ponía en cuestión la religión vigente y el sistema de poder dominante. Pero con todo, no por unas cuantas entradas en facebook o twiter en donde nos colocamos la etiqueta de conciencia social o ética (hablo por mí, que nadie se moleste).

Algunas de nuestras cruces no pasan de ser de cartón-piedra comparadas con el sufrimiento que ha tocado en suerte (mala) a otras personas. Porque, aparte de la cruz propia del seguimiento de Jesús, están esos sufrimientos que nos sobrevienen por el hecho de ser humanos, especialmente la enfermedad y la muerte (sobre todo de seres queridos, de personas jóvenes…). Estos sufrimientos no están causados ni por la fidelidad a una causa, ni por asemejarnos a Jesús, ni por el rechazo de los otros; sin embargo, parece que ahí Jesús nos invite a seguir confiando en que, al igual que la suya, nuestras vidas también están en manos de Dios Padre. Y esto resulta relativamente fácil decirlo cuando no se ha pasado por pruebas realmente difíciles (como creo que es mi caso, aunque no sé qué puede pasar en el futuro), pero puede ser una prueba muy dura para quien está en medio de semejante dolor.

El Reino es como un tesoro escondido

En el evangelio de hoy (Mt 13, 44-46), Jesús compara el Reino de Dios con dos buscadores dispuestos a dejarlo todo para comprar un campo o una perla (Miércoles de la XVII semana del T.O.). Vale la pena leer directamente el texto del evangelio, pues la comparación que pone Jesús es mucho más provocativa y evocadora que cualquier comentario o reflexión personal. La verdad es que cuando intento explicármelo a mí mismo, tengo la sensación de que le estoy quitando aristas, de que lo estoy dulcificando. Pero, el problema de verdad es si me lo creo; es decir, si acepto que el Reino de Dios es realmente tan valioso como sugiere el texto.

Y ahora sí, voy a intentar entresacar algunas ideas, aunque así se pierda algo de la viveza y la frescura de la comparación de Jesús:

  • Lo que destaca es la alegría por el hallazgo, no la pena por lo que se deja atrás.
  • El Reino se convierte en el centro de interés; todo lo demás se relativiza. Quizás podría decir que desde la perspectiva del Reino todo lo demás adquiere el valor justo.

Así, en abstracto, las ideas resultan claras. La cuestión es cómo poner el Reino en el centro, qué supone concretamente en mi vida. ¿Significa poner la confianza sólo en Dios? ¿Eso sería como vivir a la intemperie, sin ahorrar, sin preocuparse por el futuro? (hay textos en el evangelio que podrían dar pie a esas interpretaciones). Pero, ¿se puede vivir así hoy día? ¿Y teniendo familia? Como siempre, las aplicaciones en concreto resultan problemáticas, así que lo de poner el Reino de Dios en el centro siempre aparece como algo en tensión, nunca alcanzado.

Pero, ¿qué significa poner el Reino en el centro? ¿Vivir de otro modo? ¿Poner en el centro a las personas? ¿Actuar en favor de cada persona? ¿Tratarles según su dignidad? Muchas cosas y, algunas, a veces resultan incómodas. Igual es ahí, en el trato con cada persona, donde se manifiesta que el Reino de Dios ocupa el centro. Igual mirando cómo actuaba Jesús se va perfilando qué es eso del Reino de Dios o en qué consiste vivir según el Reino de Dios.

De todos modos, esa expresión, “Reino de Dios”, nos resulta bastante extraña. Jesús mismo no intentó definirla; ofrecía pistas por medio de comparaciones que más que ayudar a entender, intentaban provocar una respuesta práctica, vivencial, en sus oyentes. No es fácil esto, ni tengo claro que lo que propone Jesús sea realmente tan importante en mi vida. Probablemente tenga otros centros. La teoría resulta más o menos fácil; lo complicado es vivir. Pero, como puse en otra entrada, escribir no me hace mejor, sólo me ayuda a no ser peor (y a aclararme con mis ideas).

Trigo y cizaña crecen juntos

Ayer, (martes de la XVII semana T.O.), el evangelio continuaba las comparaciones que Jesús exponía para hablar del Reino de Dios (Mt, 13, 36-43). Jesús compara el Reino a un campo en el que el dueño ha sembrado trigo, pero alguien, por la noche, siembra también cizaña, esperando que la cosecha se malogre. La comparación aparece un poco antes, aquí, Mateo nos ofrece la explicación. ¿Qué me provoca esta comparación?

En nuestra historia hay mal y bien. Jesús inicia el Reino, pero está también la actuación del mal. No está todo claro; la situación es ambigua y puede llevar a confusión. Hay que esperar al final. De hecho, sólo al final se ve lo que ha sido la vida de una persona. Pero, mientras, ¿no hacemos nada? Mientras habrá que seguir sembrando trigo y luchar contra el mal, llevando cuidado de no juzgar a las personas.

Es fácil ver que en el mundo hay mucho mal. A la vez, también conozco muchas personas buenas. Pero, ¿quién es qué? Probablemente nadie sea totalmente bueno ni totalmente malo (aun cuando siento la tentación de pensar que algunos personajes históricos sí lo han sido). Es muy difícil juzgar a una persona, porque no sabemos ni qué es lo que hace ni por qué lo hace. Eso no quita que, a veces, experimentemos su bondad o su maldad y, entonces, nos atrevamos a juzgarlos. Pero nuestro conocimiento siempre será parcial.

Por otra parte, a algunos se nos han ofrecido más facilidades para ser buenos. Pensemos en las personas que se han criado en ambientes especialmente violentos. Se puede ver la película “Ciudad de Dios”, sobre las favelas de Río de Janeiro para hacerse una idea. En un ambiente así, debe ser complicado ser medianamente bueno.

¿Eso quiere decir que no hay juicio sobre las personas? Eso quiere decir que el juicio sobre la vida de las personas corresponde sólo a Dios. Decir quién se salva o quién se condena (con lo complicados que resultan estos términos hoy día) es cosa de Dios.

Juzgar resulta casi inevitable, pero la advertencia de Jesús me ayuda a recordar que trigo y cizaña también andan mezclados en mí y que, si hay juicio, también lo habrá para mí; también yo habré de presentarme un día ante Dios. Y sabré que no soy digno de Él. Y esperaré que me juzgue con misericordia. Y supongo que siempre será mejor ser juzgado por un Padre de misericordia que por los hombres.

Quizá, en otro momento, me anime a hablar de cómo entiendo esto del juicio de Dios.