“La humanidad de Dios”, de José María Castillo

Este es el título del libro que publicó José María Castillo en 2012 (Ed. Trotta). En él trata de desgranar lo fundamental del cristianismo. Lo que pongo a continuación es un resumen y mi visión sobre él. Podría ser que el autor no se sintiera totalmente identificado con lo puesto por mí (aunque tampoco creo que lo vaya a leer), pero ese el problema de reseñar un libro. La entrada es un poco larga y el contenido algo árido, pero a mí me viene bien para llevar un cierto control de mis lecturas y a alguien le puede animar a leer el libro. El texto me ha resultado provocador, ya que junto con algunas afirmaciones con las que concuerdo, hay bastantes con las que no y suponen un cuestionamiento para mi forma de pensar.

En el primer capítulo, el autor muestra la dificultad que tiene hablar de Dios en la actualidad. Hoy ya no se puede hablar de Dios como se hacía en otros tiempos. Hemos de reconocer que no podemos conocer a Dios:

“Dios, lo que es Dios en sí, no está al alcance de los seres humanos… lo que sabemos de Dios no lo sabemos porque el mismo Dios nos lo ha dicho. Con demasiada facilidad afirmamos que los libros sagrados contienen la revelación de Dios, cuando, en realidad “Dios no está disponible en la letra”, en ninguna letra humana, que siempre es y será simplemente humana, inmanente, histórica. Lo que llamamos la “Palabra de Dios” es un hecho cultural, una palabra “vertida en una letra enteramente humana”, que nunca perderá su condición terrena y su origen humano” (p. 20).

La religión es siempre un hecho histórico y, por tanto, inmanente, que pretende conectar a los humanos con lo Trascendente. Según el autor, con frecuencia las “religiones enaltecen a Dios a costa de lo humano”. Lo Trascendente aparece como lo santo y separado, lo que está por encima. Así pues, las creencias religiosas acaban introduciendo divisiones en la realidad y la distorsionan, generando consecuencias negativas en casi todos los ámbitos de la vida y la convivencia.

Acabado el primer capítulo, ya empezaba a pensar si valía la pena seguir. Yo había comenzado intentando aclararme con mi fe pero, al parecer, la religión es un invento humano y, en general, dañino. Coincido con el autor en que la religión es un hecho cultural e histórico, pero no creo que en general sea dañino. Creo que, con un lenguaje simbólico, ayuda a los seres humanos a aclararse con su vida. Eso no quiere decir que no deba ser continuamente revisada y contrastada con la razón y el diálogo.

En el capítulo 2 las cosas no mejoran: “Hablar de Dios en España”. Aquí hablar de Dios está mediado por nuestra experiencia con la Iglesia Católica. La mayoría de la sociedad rechaza a una Iglesia que intentaba someter a su criterio el conocimiento científico (s. XIX); que es vista como afín al poder y determinadas políticas del pasado (por ejemplo, el papel de la Iglesia en la guerra civil); o que defiende posturas morales que resultan escandalosas (Cfr. pp. 33s).

“Pensar al Trascendente desde la inmanencia” es el nombre del tercer capítulo. Aquí el autor va a aclarar algunos de los presupuestos que había usado en el capítulo 1. Si Dios es el Trascendente, no lo podemos conocer en sí, ya que todo nuestro conocimiento es fenoménico e inmanente (aquí vienen bien las distinciones usadas por Kant). A lo sumo, podemos hacernos representaciones de lo Trascendente, pero sólo serán representaciones nuestras (Cfr. pp 36s). Esas representaciones son siempre fenómenos culturales y, como tales, dependen de unas situaciones concretas, unos intereses, y están sujetas al cambio.

La crisis de fe que se vive en Europa no viene tanto del laicismo, sino de que Dios ha sido presentado de una forma falseada (Capítulo 4: “La crisis actual de la fe en Dios”).

“Es mucha la gente que a Dios lo ve, lo piensa, lo entiende, como otro ser, “otra persona”, un “tú”, con el que cada uno puede relacionarse, al que se le pide lo que se necesita; o también al que se le ofende, como se puede ofender a otro ser humano cualquiera”. (p.42)

Con todos estos presupuestos, el autor acaba por hacerse una pregunta (con la que coincido):

“¿Por qué la gente piensa en Dios, busca a Dios, cree en Dios? ¿Qué necesidad tenemos de eso que llamamos “lo trascendente”? ¿No sería mejor prescindir del complicado asunto de Dios y de las religiones para vivir (tranquilamente y sin problemas añadidos) nuestra limitada condición humana?”. (p. 43)

Y la respuesta de Castillo es que en Dios proyectamos nuestros deseos, especialmente los deseos de poder y de sentirnos acogidos (bondad). Nuestra imagen de Dios siempre será una proyección de nosotros mismos. Las consecuencias han sido nefastas: nos ha resultado un Dios violento, y su violencia se ejerce por medio del miedo, la amenaza y el sentimiento de culpa. Pero, además, cada grupo de creyentes se cree en la posesión de la verdad y exige una dignidad e igualdad para los suyos, que a la vez excluye a los otros, generando así división y violencia entre las distintas religiones (Cfr. pp 45ss). En el caso de la Iglesia Católica, esa imagen de poder se ha ejercido por medio del sacerdocio, un poder que exige la desapropiación mental del creyente, quien debe aceptar como verdadero o bueno lo que la jerarquía le presente. (Cfr. pp. 50s)

En el capítulo 5 (“La fe en Dios como saber y como convicción”), José María Castillo va a intentar empezar a salir del embrollo que ha ido creando: ¿cómo escapar de ese Dios violento y contradictorio sin abandonar a Dios? El problema, vuelve a decir, no es Dios, sino cómo nos lo hemos representado. Como la religión es un hecho cultural, el autor parte de la Biblia, ya que forma parte de la herencia cultural de Occidente. En primer lugar, en la fe bíblica lo importante no es creer ciertas cosas sobre Dios, ya que lo importante de la Biblia no son las verdades, sino cómo nos muestra a Dios actuando en la historia. En línea con ello, la fe no consiste en creer un conjunto de verdades, sino en vivir éticamente, o dicho en el lenguaje bíblico: en la fidelidad que se realiza en la práctica de la justicia (Cfr. pp. 54s). Siendo Trascendente, Dios se manifiesta desde la inmanencia, en la historia y la libertad humanas. Nuestro saber sobre Dios no puede expresarse como lo hace la ciencia; de Dios sólo podemos hablar simbólicamente. Pero tampoco la ciencia tiene un lenguaje adecuado para expresar las grandes cuestiones de la existencia.

Aquí quiero señalar lo que a mi entender es un punto débil de toda la argumentación: el único punto de apoyo para pasar de la crisis de fe a la afirmación de la fe en Dios según la Biblia es que forma parte de nuestra cultura. Y este va a ser el punto de arranque del capítulo 6 (“El centro del cristianismo no es Dios, sino Jesús”), en el que, como apunta el título, Castillo va a hablar del cristianismo.

“El centro del cristianismo no es el Transcendente, sino un ser humano, un hombre, que nos revela, nos da a conocer y nos explica al Trascendente. Dicho más claramente, el centro del cristianismo no es lo divino, sino lo humano” (p. 61)

“Por eso es exacto afirmar que, en Jesús, Dios ha entrado en nuestra inmanencia y se ha unido a la condición humana. Jesús, por tanto, representa y significa que en lo humano, y solo en lo humano, es donde podemos encontrar a Dios y donde podemos relacionarnos con Dios” (p. 62)

Para reforzar esta afirmación, Castillo va a utilizar la tradición de Pablo, la del evangelio de Juan y la del evangelio de Mateo.  Pablo, concretamente en el himno de la carta a los Filipenses (2, 5-11), nos muestra a un Dios que se ha vaciado de sí mismo y ha tomado la condición de esclavo. No hay aquí expresión alguna de poder; en Jesús, Dios se ha despojado de su rango y se ha puesto a servirnos. Respecto de la tradición de Juan, Castillo se sirve del prólogo del evangelio (1, 1-18), para expresar que Dios se ha hecho carne y, por tanto, a Dios sólo lo podemos conocer por medio de la humanidad. Y a partir de Mateo (en especial, 25, 31-46), el autor nos recuerda que nuestra relación con Dios (lo que tradicionalmente hemos denominado salvación) no se juega en un ámbito separado, sagrado, ni en un conjunto de doctrinas, sino en nuestra relación con los demás, especialmente con los que sufren.

Siendo Jesús un hombre religioso, no pretendió fundar ninguna nueva religión, sino humanizar cualquier forma de religiosidad (Cfr. p. 86). Los evangelios no pretenden ofrecer un catálogo de creencias o ritos que observar, sino que nos muestran a Jesús, su vida y su acción; de manera que creer en él, es seguirle, identificarse con su vida (Cfr. p. 87)

El desarrollo posterior del cristianismo condujo a la forja de una religión en consonancia con la estructura social y política del Imperio Bizantino. Así, se produjo un desplazamiento del Dios humanizado en Jesús de Nazaret a un Dios separado; del Padre de misericordia al Todopoderoso; del Dios que hace suya la humanidad, a una divinidad que la anula. Un Dios que sanciona una estructura social y política en la que se valora el dominio y el poder (Cfr. pp. 91-94). No han faltado testigos que a lo largo de la historia han recordado que nuestras representaciones de Dios siempre son insuficientes (Eckhart, San Juan de la Cruz); que en Jesús, Dios se ha metido en el corazón de la humanidad y de nuestra historia, y que es en cada ser humano y en los acontecimientos de cada día donde hay que encontrarle (Bonhoeffer, Tillich, Rahner). Pero tampoco han faltado muestras de poder por parte de la jerarquía católica, sancionando la imagen del Dios Todopoderoso, que exige obediencia y el tributo de nuestro pensamiento bajo un orden superior de cosas (Vaticano I, Pío XII).

La opción de José María Castillo es considerar el cristianismo como movimiento “no-religioso” (cap. 8). Aludiendo de nuevo a que las religiones, aunque han sido positivas en algunos casos, en general producen divisiones y odio, sostiene que Jesús no pretende imponer una doctrina ni unos rituales:

“lo propio y específico de la espiritualidad de Jesús no es la fe, sino la ética que se pone al servicio de la misericordia” (p. 108).

“Frente a este saber proyectivo (propio de la religión), la tradición cristiana, desde el Evangelio, nos dice que la forma de vida de Jesús es el criterio para pensar en Dios y para hablar de Dios” (p. 109)

Y aquí es donde me vienen más dudas: ¿No hay detrás del evangelio una imagen de Dios, una representación (un Padre tenía dos hijos…, Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos)? ¿Realmente se puede separar el cristianismo de una religión, cuando el acceso a Jesús lo tenemos por medio de unos textos (los evangelios y los demás libros del NT) que desde el principio unas comunidades cristianas consideraron como referentes, dejando de lado otros textos que según estas comunidades no reflejaban su fe en Cristo? ¿De verdad no hay algunas afirmaciones básicas que constituyen un núcleo de fe o una doctrina (que no tiene por qué ser algo estático o cerrado y puede encontrar diversas expresiones)? ¿Acaso algunos de los textos incluidos en los evangelios no son reflejo de prácticas rituales (el bautismo y la fracción del pan) que desde el principio tenían las comunidades cristianas? Creo que la relación con Dios nos la jugamos en la relación con los demás, pero el cristianismo no es simplemente una ética. Desde sus orígenes ha realizado un anuncio (Dios resucitó a Jesús de entre los muertos), ha constituido comunidades con personas con diferentes responsabilidades (los Doce, Pablo, los diáconos…), ha tenido que discernir qué normas del judaísmo debían seguir cumpliéndose y cuáles no (como aparece en Hechos o en Gálatas)… Desde el momento en que el seguimiento de Jesús se realiza en comunidad, se ha ido configurando un conjunto de prácticas, una organización, unas creencias y una ética que identificaba a la comunidad y, por medio de todo ello, la comunidad intentaba identificarse con Jesús. Y a la hora de expresar su fe en Jesús, cada comunidad cristiana se ha servido del lenguaje, las costumbres, la cultura de su entorno, así como de sus propias vivencias de fe. Entonces, sí, es verdad que el cristianismo es un hecho cultural (ahora estoy leyendo “El cristianismo: esencia e historia”, de Hans Küng, que trata de cómo el cristianismo se ha ido desarrollando desde diferentes contextos históricos y culturales), pero a Jesús accedemos desde una cultura y una historia concretas y, por tanto, resulta inevitable seguir haciéndonos representaciones de Dios. Lo importante es que sepamos que son representaciones y estemos dispuestos a revisarlas desde el mensaje (Jesús también habló) y la práctica de Jesús (si es que queremos ser cristianos).

En el último capítulo, el autor aborda “el futuro de la Iglesia y la teología”. De esta parte quiero señalar la siguiente afirmación:

“solamente tendrá razón de ser y futuro la teología que sea capaz de aporta algún sentido a la vida. Y así, potenciar la mejor respuesta que podemos dar a nuestros anhelos de humanidad.

El problema concreto, con el que hoy se encuentra la teología católica, está en que los mencionados anhelos de humanidad, que se palpan en tanta gente de buena voluntad, no encuentran respuesta y solución en la mayor parte de la teología que, en las últimas décadas, se viene produciendo y publicando” (pp. 117s)

Según Castillo, la razón de esta situación es el miedo de los teólogos a ser censurados (de nuevo el poder).

Como ya he manifestado antes, no estoy de acuerdo con la tesis de que las religiones son dañinas y que de Dios sólo nos hacemos una imagen proyectiva (creo que es interesante leer la crítica que Hans Küng hace a Feuerbach y Freud en “¿Existe Dios?”). Me parece que el autor carga demasiado las tintas en los aspectos negativos y, muy de pasada,  cita algún efecto positivo. Coincido en que de Dios sólo podemos tener representaciones; pero el lenguaje simbólico de las religiones tiene la capacidad de hacernos vislumbrar algo de lo que sea ese Dios. No creo que todas las religiones sean igualmente válidas (aunque esto no lo dice Castillo), por ello creo que a favor del cristianismo hay algo más que el hecho de que forme parte de nuestra herencia cultural (aunque yo sé que en principio soy cristiano porque me han educado así). Cuando el autor opta por Jesús para mostrar una imagen de Dios, de alguna manera considera que ésta es preferible a otras imágenes que nos hemos ido creando.

La lectura ha resultado suficientemente provocadora como para que me plantee ir elaborando mis propias ideas al respecto. Lo intentaré en otra entrada.

Hans Küng: Lo que yo creo

Lo que yo creo” es un libro relativamente corto para lo que suele producir el teólogo Hans Küng. En este libro presenta un resumen de lo que serían sus creencias personales, más allá de su labor como teólogo. Aun así, se reconocen los temas que había desarrollado anteriormente, pero esta vez desde una perspectiva más personal. Las ideas se entremezclan con anécdotas y situaciones vividas. De este modo, la fe que intenta expresar está vinculada con su vida real y concreta. No tenemos, pues, un gran tratado teológico, en el que cada afirmación necesita ser contrastada con la filosofía o la ciencia, o fundamentada en la exégesis bíblica, o criticada desde la razón ilustrada; pero tampoco tenemos un libro plagado de afirmaciones vacuas o poco contrastadas, ya que ese trabajo lo ha hecho el autor en otros textos. Tenemos, más bien, la manera concreta en que todo el saber acumulado y expuesto en libros anteriores, se engarza de manera sencilla en la vida y el pensamiento del hombre Hans Küng. Por ello, sin tener propiamente delante un tratado de teología, uno puede reconocer los temas que el autor ha tratado en libros como “¿Existe Dios?“, “Ser cristiano“, “¿Infalible?“, “El cristianismo. Esencia e historia“, así como su empeño en la construcción de una ética global a partir del encuentro y el diálogo entre las diferentes religiones.

En la primera parte del libro, vuelve a los temas expuestos en “¿Existe Dios?” acerca de la confianza radical en la realidad y la vida como punto de partida para la fe en Dios. En linea con lo expuesto en aquel libro, también habla de la alegría de vivir y del sentido de la vida. Sobre este tema, insiste en la necesidad de encontrar un sentido global, un sentido del todo, capaz de incluir en él, aun con dificultad, a la misma muerte.

Cuando habla de lo que sería su ética personal, introduce también el tema de la relación con la naturaleza y los animales. Habla del respeto a la naturaleza, pero sin endiosarla; del respeto a los animales, pero reconociendo su esencial diferencia respecto del ser humano.

En el libro también aparecen sus esfuerzos, como ya he dicho, sobre la construcción de una ética mundial. Una ética semejante, sin dejar de ser exigente, no pasa de ser una ética de mínimos (usando la terminología de Adela Cortina). Hans Küng reconoce que la ética cristiana va mucho más allá, pero bastante sería que intentáramos llegar a un acuerdo (como ya se ha hecho en varias ocasiones) sobre cuáles serían los principios básicos que toda cultura o religión debería respetar. Y en relación con dicha ética, Küng hace un recorrido por las principales religiones, resaltando sus principales aportaciones, adoptando una actitud crítica ante ellas, y mostrando el papel que pueden seguir jugando en la construcción de un mundo más humano.

Desde una perspectiva más personal, me ha resultado más atractiva la parte en la que intenta, una vez más, mostrar el fundamento de su fe, no racional, pero sí razonable, que la parte en la que trata acerca de las religiones.

Y este es un juicio más subjetivo: tengo la impresión que su teología es una teología muy ilustrada y crítica (y eso me gusta), pero acaba resultando cómoda; con alto grado de compromiso intelectual, pero no mucho más (sin juzgar a la persona, a quien no conozco). Por decirlo de otra manera: algo burguesa, muy occidental, centroeuropea, progresista… me suena a socialdemocracia. Que no está mal, pero resulta todo demasiado equilibrado, demasiado correcto. Quizá por ello me siento tan cómodo leyéndolo y me remueve poco; quizá eso puede hacer que a algunos se les quede corto en sus exigencias y otros lo vean demasiado crítico (pero eso son apreciaciones personales que dependen, en buena medida, de los intereses y los compromisos que cada uno tiene y asume en cada momento).

Dado el carácter personal del libro, en “Lo que yo creo” a veces aparece demasiado el “yo” del autor; al menos así me lo ha parecido cuando habla de que ha participado en determinada conferencia, encuentro o acontecimiento. Pero, por otra parte, eso permite vincular sus afirmaciones con su biografía, lo cual resulta bastante ameno en la primera mitad del libro.

Entonces, ¿me ha gustado? Sí, lo referido a la confianza radical, la fe en Dios, el sentido de la vida, la esperanza, la muerte…; y no tanto, el recorrido por las diferentes religiones, la exposición de la ética mundial o las referencias a la economía. Un libro que está bien para el verano, cuando no siempre apetece hincarle el diente a textos más densos.

Del sentido de la vida

Anoche acabé el libro de Jean Grondin, “Del sentido de la vida”. Lo he leído después de otras lecturas más densas y extensas (“¿Existe Dios?, de Hans Küng; “Jesús de Nazaret”, de Joachim Gnilka; y “Jesús: la historia de un viviente”, de Edward Schillebeeckx). Tal vez en entradas posteriores me anime a reseñar estos libros. Ahora, de momento, me he animado a volver a compartir mis lecturas a partir de este libro de filosofía con el que he disfrutado estos días. La entrada ha resultado bastante larga. Espero que sirva para que os hagáis una idea sobre el contenido del libro.

El texto comienza alejándose de las filosofías que han renunciado a plantearse las cuestiones de sentido y quieren convertirse únicamente en ayudantes o siervas de las ciencias empíricas. El autor invita a cada uno, siguiendo el ejemplo de Descartes, a afrontar por sí mismo la tarea de plantearse la pregunta sobre el sentido de la vida. A partir de un texto de Spinoza, Grondin vincula la cuestión del sentido de la vida con la aspiración al bien, al sumo Bien. Siendo una tarea que ha de realizar cada uno, no es, sin embargo, algo privado; aspira a hacerse comprensible para los demás, pretende ser un pensamiento universal.

Para Grondin, la cuestión del sentido de la vida es irrenunciable para la filosofía. Aun así, es una cuestión bastante reciente. ¿Por qué? Porque hasta el siglo XIX el sentido de la vida se daba por supuesto; la vida humana aparecía encajada en un orden del mundo, al cual debía conformarse (p. 33). Es en la filosofía contemporánea, a partir de Nietzsche, cuando empieza a ponerse en cuestión. Pero, Jean Grondin, va más allá: la misma afirmación de que la vida no tiene sentido, de alguna manera lo presupone. Hablamos de absurdo o sinsentido, como una falta, como carencia de algo que parece que debería tener, como si esperáramos que lo tuviera (p. 26).

Grondin presenta diferentes significados del término “sentido”:

1. Sentido como dirección u orientación. Nuestra vida aparece como una carrera que se orienta a la muerte. Es precisamente la consciencia de ese término la que nos obliga a plantearnos la cuestión sobre el sentido de la vida.

2. Sentido como significado. Cuando nos preguntamos por el significado de algo, especialmente una palabra, lo hacemos porque ese algo apunta a otra realidad que, en cierto modo, permanece inaccesible, oculta. Así ocurre también con nuestra vida: de alguna manera nos resulta extraña, ajena. Plantear el sentido de la vida supone tratar sobre su significación.

3. Sentido relacionado con sensación. Saber sobre la vida es captar su sabor, gustarla. La pregunta por el sentido es también la capacidad de encontrarle un cierto sabor a la vida (p. 42).

4. Sentido relacionado con capacidad de juzgar o apreciar la vida. Cuando hablamos de una persona con buen sentido, nos referimos a su capacidad para orientarse adecuadamente, para juzgar correctamente las situaciones y tomar la decisión correcta. El sentido se encuentra relacionado con una cierta forma de sabiduría.

El sentido de la vida es la cuestión que está tras todas nuestras decisiones y proyectos. El autor considera que la visión estructuralista, según la cual la cuestión del sentido de la vida y sus respuestas serían una construcción cultural, siendo verdad, resulta insuficiente. El sentido no es simplemente un constructo intelectual; siéndolo, depende de una orientación que ya se encuentra en nuestra libertad y nuestra forma de actuar. Por tanto, la filosofía no tiene que imponer un sentido, sino reconocerlo en la vida misma e intentar articularlo (p. 67). No es que demos un sentido a nuestra vida, como si es ésta no lo poseyera previamente. La naturaleza, todo lo vivo, se orienta por su propia dinámica a perdurar, a seguir viviendo, y en el caso del ser humano, a vivir más. Es en ese horizonte de todo el cosmos en el que hay que reinscribir la pregunta por el sentido (p. 71). En esa dinámica de la vida a la vida, queremos vivir mejor, alcanzar lo mejor; de ahí que ese dinamismo a vivir sea, al mismo tiempo, una tensión hacia el Bien. La orientación a vivir y al Bien es previa a toda reflexión; constituye el fondo o el horizonte desde el que se desarrolla nuestra vida. Ese Bien, en cuanto meta nunca alcanzada, me hace vivir desde la espera y la esperanza. Vivir es un estar orientado, un proyectarse al futuro. La esperanza se constituye en un rechazo de la muerte.

La esperanza se ve cuestionada continuamente por la experiencia del mal. Sin embargo, el dolor y el mal no niegan nuestra aspiración a la felicidad; la suponen. Los experimentamos como falta de aquello a lo que tendemos por el propio impulso que posee la vida. Pero la felicidad no es primeramente una conquista humana; en su experiencia entra la suerte, la fortuna, o la gracia. Es algo que nos viene dado. Por ello, más que buscar la propia felicidad, lo que podemos hacer es trabajar por el bien de los demás, en el alivio de sus sufrimientos, con la esperanza de que así puede dársenos el participar de la felicidad (p. 99s).

En el capítulo 9, Grondin se pregunta si hace falta fundamentar la moral. Con lo apuntado hasta ahora, el autor sostiene que un intento de fundamentar racionalmente la moral (como si todo se pudiera fundamentar) resulta infructuoso. La moral (al igual que la religión), nace de ese fondo vital que apunta al Bien, a la felicidad, a seguir viviendo, al alivio del dolor ajeno.

La filosofía debería acercarse a la religión y el arte, para reconocer en ellos expresiones y articulaciones de ese fondo o fundamento del sentido de la vida. La evidencia de lo divino es, según Jean Grondin, una conciencia de los límites, de la muy flagrante debilidad del hombre frente a los poderes de su destino, frente a su propia fatalidad. Sin esa conciencia, no hay humanidad ni sentido de la vida. Es en esa conciencia donde podemos reconocer las fuentes del sentido de la vida. Al reconocer nuestra fragilidad y limitación, reconocemos a la vez la comunidad de nuestra fragilidad: todos nos encontramos en la misma situación de precariedad. Esta es la base de la solidaridad y la generosidad (p. 124). Y, como una segunda fuente, la conciencia de la fragilidad nos hace sentirnos unidos a un mismo origen, ese fondo de sentido que traspasa la vida; fondo que, siendo inabarcable e incomprensible, ha encontrado expresión en la religión y la poesía. La religión, concretamente el cristianismo con la idea de salvación y liberación, expresa esa orientación hacia el Bien, la Vida y la superación del dolor. La filosofía actual, en lugar de mirar exclusivamente a la ciencia, haría bien en volver su mirada a la religión y el arte, como expresiones del sentido profundo de la existencia (pp. 133ss). La ciencia es incapaz de expresar la cuestión del sentido y del bien.

Creo que el siguiente texto puede resumir todo lo que llevamos dicho hasta ahora:

“En un universo de helador sinsentido la interrogación -acuciante- sobre el sentido de la vida me lleva a reconocer que el sentido es mi condición insuperable. Un mundo de sinsentido presupone un mundo consagrado al sentido y al Bien, que funda la conciencia que tengo de mí mismo. Ese sentido ya es el de nuestras vidas, no tenemos que inventarlo; más bien tenemos que reencontrarlo, sentirlo, hacérselo sentir al otro. La experiencia del sinsentido y de la muerte que me espera deja aparecer una nueva solidaridad con el otro, que estrecha los lazos y me ayuda a descubrir y a redescubrir lo esencial: no puedo hacer nada contra mi angustia, no puedo realmente alargar mi modesta vida ni una sola hora, no puedo ni siquiera alcanzar la felicidad, pero puedo socorrer al otro, intentar hacerle feliz y digno de existir. Toda moral conduce a eso. Todo cuanto me apega al sentido, todo cuanto me da esperanza es la esperanza de una vida con sentido para el otro, para que el otro pueda vivir como si la vida tuviese un sentido. Entonces será mi vida la que descubrirá su sentido, más allá de sí misma” (p. 140)

Así, en el esfuerzo por la felicidad del otro, me trasciendo a mí mismo, me proyecto, encuentro el sentido.

El desierto de los tártaros

Un joven teniente, Giovanni Drogo, se dirige hacia su primer destino, la fortaleza Bastiani, un fuerte cerca de la frontera norte y alejado de la ciudad y los cuarteles principales, donde se puede hacer fácilmente carrera. No hay ninguna ilusión en el teniente, no entiende muy bien qué va a hacer allí y, antes de llegar, ya está pensando en la posibilidad de pedir ser reemplazado.

El capitán Ortiz le convence de que espere al menos 4 meses; después podrá arreglar su salida con la excusa de una enfermedad. ¡Qué son 4 meses! Nada para alguien todavía joven como Drogo.

Poco a poco, el teniente va haciendo suya la espera que domina la vida del fuerte: ¿Y si los vecinos del norte deciden atacar? La posición de la fortaleza la convierte en el primer freno a su avance. Todos están convencidos del peligro del enemigo y de la importancia estratégica del fuerte. Poco a poco va acostumbrándose a esa espera, aun cuando no hay indicios del peligro. Los días van pasando sin que pase nada en particular. Unos se sujetan a sus rutinas diarias; otros, al reglamento; todos, a la espera de la aparición de un posible enemigo. Poco a poco, la vida en el fuerte se convierte en su vida, como si no hubiese nada más. Los días de permiso en la ciudad les hacen sentirse cono extraños en casa, como extranjeros en su propio país. Los demás, ni siquiera sus compañeros de academia, no pueden entender la importancia de la fortaleza Bastiani.

Así, esperando, Giovanni Drogo va consumiendo sus días casi sin darse cuenta, va perdiendo su juventud, prendido tan sólo de esa espera. Pero ya ni siquiera el Estado Mayor del Ejército ve peligro en la frontera y decide reducir la dotación de hombres en el fuerte. Entonces Drogo se da cuenta de que ya es demasiado mayor para cambios. Los que quedan, dejan de esperar que algo aparezca por el horizonte. Una falsa alarma hace decaer aún más los ánimos. La esperanza de un enfrentamiento glorioso que dé sentido a su vida militar se difumina en los soldados de Bastiani.

Pero las cosas no siempre ocurren como se les espera ni cuando se les espera. Entonces Giovanni Drogo descubre que el combate verdadero que tiene que afrontar no se va a dar contra un enemigo que ha demostrado no tener ninguna prisa por cumplir sus expectativas, sino ante alguien que siempre ha estado ahí y ante quien todo hombre se tiene que encontrar: su propia muerte. La talla del hombre, del soldado, de este hombre no se va a desvelar en el campo de batalla, ante la mirada cómplice de los amigos y compañeros, sino en la soledad, ante un enemigo que no va a defraudar en su aparición, antes o después.

desierto de los tartaros

Me ha gustado mucho la lectura. Por momentos me recordaba a Albert Camus. Iba a decir que contiene una “reflexión” sobre el tiempo, la espera y la manera en que damos sentido a nuestras vidas; pero la palabra “reflexión” no es la más adecuada. Es un relato, una historia en la que, a través de las expectativas de un joven soldado, podemos ir reconociendo estos temas,  podemos hacerlos nuestros. Las descripciones sobre cómo van viviendo los acontecimientos y el paso del tiempo ocupan, con las variaciones propias de cada etapa de la vida, el desarrollo de todo el libro.

El libro “El desierto de los tártaros” fue escrito por Dino Buzzati en 1940. En 1976 se realizó una película a partir de la novela. Una lectura, a mi entender, muy aconsejable.

Berlín. La caída: 1945

Beevor, Antony - Berlin-La Caida 1945 - TapaEl anterior libro que leí presentaba información sobre las violaciones de mujeres cometidas por el Ejército Rojo en su avance hacia Berlín. Busqué información y me llevó hasta el libro que ahora comento. “Berlín. La caída: 1945”, de Antony Beevor. No es un libro de historia al estilo de los libros escolares o las enciclopedias. Tampoco es una novela. Por su forma de narrar parece un documental bélico. Va contándonos los acontecimientos desde diferentes perspectivas, incluyendo continuamente testimonios y referencias de las personas que participaron en los mismos.

En los primeros capítulos nos presenta los acuerdos entre los dirigentes aliados con el fin de distribuir el territorio que debían ocupar los diferentes ejércitos. Pero después se centra en el avance del Ejército Rojo hacia Moscú. A lo largo del relato nos habla de las intenciones de Stalin en su conquista de la capital y del empecinamiento de Hitler y el Partido Nazi en prolongar una agonía que carecía totalmente de sentido. Los testimonios referidos son muy interesantes. Hay algunos elementos que quiero destacar:

  • Los generales americanos no tuvieron especial interés en Berlín. Estaban deseosos de acabar la guerra cuanto antes, evitando el mayor número posible de bajas. No pensaban en el posible interés político que tenía la ocupación de la capital.
  • Stalin no tenía ningún problema en ocultar información e incluso mentir a sus aliados con el fin de hacerse con la capital. Aparte del interés por humillar a Alemania, parece que estaba interesado en las investigaciones sobre energía atómica que los alemanes desarrollaban cerca de Berlín. Quería quedarse con el material y los investigadores.
  • Hitler estaba empeñado en arrastrar al pueblo alemán hacia la destrucción total. Habría sido feliz si cada alemán se hubiera suicidado un segundo después de hacerlo él. Creía que él representaba al pueblo alemán. Los militares de carrera querían evitar mayores sufrimientos al pueblo alemán, pero muy pocos y con escasos  resultados se atrevían a contradecir al Führer.
  • Los miembros del Partido Nazi y la SS tenían especial interés en castigar a cualquiera que intentara rendirse ante los aliados. Esperaban el sacrificio de todos y cada uno de los alemanes. Sin embargo, no tuvieron empacho en buscarse formas de escape, dejando abandonados a los soldados y a la población civil.
  • Los alemanes y, especialmente, las alemanas habrían preferido caer en manos de los aliados occidentales. Stalin lo suponía y siempre tuvo miedo de que Alemania capitulara antes ante Gran Bretaña y EEUU y les abriera las puertas de Berlín. Algunos generales alemanes pensaban que esto podría ahorrar muchos sufrimientos a la población alemana.
  • La fuerza desplegada por la URSS fue descomunal. Los generales disputaban entre sí para llegar los primeros a Berlín. Tenían mucha prisa en hacerlo. Los soldados eran sometidos a esfuerzos sobrehumanos. El número de bajas no importaba a Stalin.
  • Una buena parte de los soldados del Ejército Rojo convirtieron los asaltos, los pillajes y las violaciones a las mujeres en su forma habitual de entretenimiento cuando cesaban los ataques. Todo ello bañado abundantemente en alcohol. En un primer momento, la violación sistemática de mujeres parecía tener un carácter de castigo, por cuanto los alemanes habían hecho en la ocupación de la URSS; después pasó a ser una forma más de divertirse. Los testimonios son espeluznantes. Las violaciones se produjeron también con rusas que habían sido hecho presas por los alemanes durante la ocupación. “María Sapoval llegó a decir: “Me he pasado los días y las noches esperando al Ejército rojo. Esperaba que me liberasen, y ahora nuestros soldados nos tratan peor que los alemanes. No estoy feliz de estar con vida”. “Resultaba difícil vivir con los alemanes -aseguró Klavdia Malaschenko-, pero esto es aún peor. Esto no es una liberación. Nos trata de un modo terrible y nos hacen cosas espantosas”.

Y aquí un texto que me ha llamado especialmente la atención:

Un berlinés de dieciséis años llamado Dieter Borkovsky describió lo que había presenciado en un tren… “El rostro de los ocupantes estaba lleno de terror, ira y desesperación. Nunca había oído maldiciones como las de aquel día. De pronto distinguimos una voz por encima del ruido que gritaba: “¡Silencio!”, y vimos a un soldado bajito u sucio con dos Cruces de Hierro y la Cruz Dorada alemana. en una de sus mangas llevaba una insignia con cuatro tanques metálicos, lo que significaba que había derribado cuatro tanques de combate a poca distancia. “Tengo que deciros algo -gritó, y el vagón quedó sumido en silencio-. Aunque no queráis escucharme, dejad de quejaros. Hemos de ganar esta guerra; no podemos perder nuestro valor. Si dejamos que la ganen otros y nos hacen sólo una parte de lo que hemos hecho nosotros en los territorios ocupados, no quedará un solo alemán vivo de aquí a pocas semanas”. El silencio de aquel vagon era tal que podía oírse el vuelo de una mosca.

La forma de contar la historia resulta muy amena, aunque el exceso de datos sobre el avance de las fuerzas puede resultar abrumador y, en más de una ocasión, he estado un poco perdido de por dónde andaba cada ejército. Lo bueno es que cada batalla contada está acompañada por testimonios, palabras, intenciones e interpretaciones que nos recuerdan que nos ayudan a reconocer a las personas que intervinieron en las mismas. Una vez más, en estos hechos podemos reconocer lo mejor y lo peor de los seres humanos.

Mientras leía el libro, iba pensando en lo mal que le habían salido los cálculos a Hitler. El resultado de su locura fue que todo aquello que quería destruir se consolidara:

  • Ocupó la Unión Soviética para frenar el comunismo y consiguió que se extendiera y asentara sobre media Europa.
  • Pretendió extender los territorios alemanes más allá de lo que había poseído antes de la I Guerra Mundial y el resultado fue una Alemania dividida.
  • Quiso exterminar a los judíos y, al provocar su exilio, acabó favoreciendo el nacimiento del Estado de Israel.
  • Convirtió una nación relativamente próspera (los soldados rusos se asombraban de la comida y las construcciones de las granjas alemanas y no entendían qué habían ido a buscar los alemanes en la URSS) en un vertedero de escombros.
  • La supuesta superioridad del pueblo ario dio paso a su sometimiento y humillación, sobre todo ante los rusos.

Algunas de estas ideas aparecen también en el último capítulo del libro. Lo que todavía me sorprende más es que, de vez en cuando, aparezcan personas que todavía admiran a Hitler y su camarilla.

Por casualidad, el final de la lectura ha coincidido con las fechas en que se produjeron estos acontecimientos hace 68 años.

Ante el dolor de los demás

Hace unos días terminé la lectura del libro de Susan Sontag “Ante el dolor de los demás”. No era exactamente lo que esperaba. Pensaba que iba a encontrarme ante algo así como una descripción de las reacciones ante el sufrimiento humano, una fenomenología de la compasión o algo semejante. Sin embargo, el libro se centra en las imágenes sobre el sufrimiento humano, al principio en las reproducciones pictóricas y después en la fotografía. No hace un tratamiento del sufrimiento en el cine. En cada capítulo la autora describe diferentes usos que ha tenido la imagen del sufrimiento y cómo repercute (o deja de repercutir) en quienes la observan. Sontag habla, sobre todo, del sufrimiento relacionado con la tortura o la guerra.

Las primeras representaciones del sufrimiento podían alentar una cierta curiosidad morbosa en quienes las contemplaban. Esa curiosidad es superada en las representaciones de Goya sobre los desastres de la guerra. Aquí la curiosidad es substituida por la intención del autor de hacer manifiesto el sinsentido de la guerra, el absurdo de semejantes crueldades. Los textos al pie de las pinturas nos ayudan a entender esta intención del pintor.

Un primer uso que tuvo la fotografía bélica fue el de animar a los jóvenes a alistarse en el ejército. Por ello se evitaban las fotos de víctimas de los propios ejércitos, a quienes se mostraba siempre en actitud alegre y marcial, y sólo se presentaban las víctimas del enemigo. La cosa cambió cuando los fotógrafos dejaron de ser reporteros encargados por los gobiernos e intentaron reflejar la realidad de la guerra.

¿Cómo interpretar el sufrimiento mostrado en las fotografías de guerra? Susan Sontag nos advierte de que la interpretación de las imágenes depende en buena medida de los textos que las acompañan y de la memoria que tengamos de los acontecimientos que las rodean. Sin texto, la fuerza evocadora de la imagen, la repercusión que puede tener en quienes la observan, queda a medio gas.

Las fotografías no siempre son un reflejo fiel de la realidad. El fotógrafo asume una perspectiva, muestra unos detalles y abandona otros. En algunos casos, el fotógrafo ha compuesto la escena, modificando algunos elementos (como la famosa fotografía de Iwo Jima, en el monte Suribachi). En otros, la intervención del fotógrafo es imposible (como el bombardeo de Napalm en Vietnam).

Otro elemento que analiza el libro es el uso de la fotografía en museos y exposiciones. El dolor se convierte así en objeto estético o incluso de consumo, y en algo que vamos contemplando y pasando, como en cualquier otra exposición.

Sontag también llama la atención en la exposición de imágenes sobre acontecimientos que han sucedido lejos de la propia tierra o sufrimientos perpetrados por otros pueblos. Por ejemplo, en EEUU hay un museo sobre el Holocausto, pero no sobre la esclavitud de los negros. Las imágenes sobre guerras nos ayudan a pensar hasta qué punto los seres humanos somos capaces de las mayores atrocidades, pero queremos pensar que esos seres humanos tan crueles siempre han sido otros, no nosotros ni los nuestros. Resulta más fácil pensar que las atrocidades las han cometido los alemanes, los talibanes o los serbios, poniéndoles apellidos o nacionalidades, como si de este modo pudiéramos vacunarnos contra semejante inhumanidad. Esto me ha recordado la película “En el valle de Elah”, en la que se cuestiona la actuación de los soldados americanos en la invasión de Irak, a partir de la investigación que un padre hace sobre la muerte de su hijo.

Esto sólo son pinceladas sobre el contenido del libro. Ya he dicho que no era lo que me esperaba, aunque tampoco ha resultado decepcionante. Siempre se puede aprender algo nuevo. Una de las cosas a que me ha animado ha sido a empezar la lectura de un nuevo libro, “Berlín: La caída, 1945”, de Anthony Beevor, a partir de la referencia que hace sobre las violaciones de mujeres alemanas cometidas por soldados del Ejército Rojo. Por lo pronto, este texto me está enganchando más.

Eichmann en Jerusalén

Este es el título de un libro escrito por Hanna Arendt, a raíz del juicio de Adolf Eichmann en esta ciudad. El libro pretendía ser un informe sobre dicho juicio, pero la autora va introduciendo sus reflexiones sobre todo lo ocurrido. Yo empecé a leerlo buscando una cita sobre Eichmann que he utilizado en los apuntes de ética y, al final, lo he leído entero.

En los primeros capítulos, Arendt intenta profundizar en la personalidad del acusado. Eichmann fue el encargado de organizar la selección y transporte de los judíos de los territorios ocupados por los nazis hasta los campos de concentración. El acusado se escudaba continuamente en que su tarea consistía en cumplir órdenes del modo más cuidadoso posible. No lo hacía por odio a los judíos, pues se había preocupado por estudiar su historia y tratar amigablemente con algunos de ellos. Pero eran órdenes que procedían, en última instancia, del mismo Fuhrer, a quien él admiraba notablemente, y había que cumplirlas.

Arendt reflexiona también sobre la legitimidad del juicio, precedido por el secuestro de Eichmann en Argentina. Pone de manifiesto que el Estado de Israel pretendía tener su propio juicio sobre la persecución y exterminio de los judíos, cosa que no había quedado tratada en exclusiva en los juicios de Nuremberg. Hay una intencionalidad política en este juicio, que se trasluce en algunas palabras del fiscal o, incluso, del Primer Ministro Ben Gurión.

Después el libro hace un recorrido por los distintos países en los que intervino Eichmann para organizar las deportaciones. Una de las cosas que más me ha llamado la atención ha sido la afirmación de que sin la colaboración de los judíos notables de cada país, la tarea de Eichmann no habría podido ser tan exitosa. Ya había oído hace algunos años que en Polonia, los judíos más ricos e influyentes tuvieron la oportunidad de escapar del exterminio. Ahora, tras la lectura de este libro, veo que se trataba de algo muy conocido pero que apenas se suele nombrar. Una de las cosas que hacía Eichmann para organizar las deportaciones, era contactar con los Consejos de Judíos. Ellos eran quienes convocaban a los judíos a ir a las estaciones de tren. La máquina funcionaba bien, porque eran también judíos quienes seleccionaban y llamaban a las familias que debían ser deportadas. En muchos casos esta colaboración se debía sobre todo a la ignorancia, aunque a algunos les sirvió para salvarse de los campos. En otros casos, sobre todo al final de la guerra, la colaboración no podía escudarse ya en esa ignorancia y quienes colaboraron con los nazis debían ser plenamente conscientes del destino de sus compatriotas.

Otra de las cosas que pone de manifiesto Hanna Arendt es que en aquellos países en que los políticos y los ciudadanos se opusieron a las deportaciones, los nazis tuvieron muy poco éxito. El caso más llamativo fue el de Dinamarca, donde desde el principio se negaron a señalar a los judíos con la estrella sobre la ropa. Amenazaron con que, si les obligaban, todos los daneses, incluido el rey, se pondrían la estrella. Luego, con dinero de algunos ciudadanos ricos, ayudaron a los judíos a escapar a Suecia. Y lo más curioso era que, cuando no tenían apoyo local, algunos nazis iban perdiendo su empeño inicial, dejando de cumplir las órdenes que les llegaban desde Alemania. Sin el apoyo de los Consejos Judíos o los políticos locales, los alemanes ni siquiera se preocupaban en castigar los países ocupados por falta de colaboración.

Otro ejemplo, más simpático en medio de tanto sufrimiento, fue el de los italianos. Podrían ser fascistas y antisemitas, pero no estaban dispuestos a colaborar con el asesinato de los judíos. Fueron inventando excusas, escondiendo a los judíos, ayudándoles a salir del país, organizando sus propios guettos y campos, con el fin de alejar a los judíos de las manos de los nazis. De este modo lograron que el número de judíos deportados desde Italia o los territorios ocupados por los italianos fuera mucho menor que en los países directamente ocupados por los alemanes. También Bulgaria siguió una política similar a la de Italia.

El libro presenta también ejemplos de especial maldad, como la celosa colaboración del Consejo Judío de Holanda para deportar a los judíos extranjeros y el empeño del Gobierno Rumano en ir dos pasos por delante de los nazis en la iniciativa por acabar con los judíos.

En el epílogo, la autora presenta varias reflexiones sobre lo tratado en el juicio. En algunos momentos, me he perdido entre la discusión puramente jurídica, pero el libro me ha resultado muy interesante y clarificador.

Intocable

¡Qué pedazo película! ¡Qué historia más bonita! También aquí hay juguetes rotos, pero es una película totalmente distinta a la anterior. Se trata de una comedia de un gusto exquisito.

Philipppe, un francés de pura cepa, blanco, cuidadoso, educado, con buen gusto y notablemente rico, pero rico, excesivamente rico. Sólo tiene un problema (o eso pensamos al principio): es tetrapléjico. Necesita un acompañante, alguien que le cuide durante el día y la noche. Aparece Driss, un senegalés, joven, fuerte, no muy fino en el trato ni las maneras, directo, burlón, negro, negro (con perdón), un tipo que no parece de fiar. Sólo está allí para que le firmen los papeles como que ha acudido a la oferta de trabajo, para evitar perder el subsidio de desempleo. Al día siguiente, cuando acude por sus papeles se encuentra con una oferta formal de trabajo: un mes de prueba.

A mitad de la película descubrimos que la tetraplejia de Philippe fue provocada por un accidente de parapente, pero su mayor dolor no es ese, sino haber perdido a su esposa por causa de una enfermedad. “¡La amaba tanto!”, exclama Philippe, con ella podría sobrellevar su discapacidad.

También descubrimos algo más sobre la vida de Driss. Su presencia va a cambiar algo más que la forma en que se cuida a un enfermo. Todo el entorno se ve afectado.

Cuando las dos personas han conectado, cuando vemos que ha surgido una sincera amistad, Philippe invita a Driss a marcharse, a volver a casa, porque sabe que tiene asuntos que arreglar, personas a las que volver a tratar, responsabilidades para con los suyos. Él es feliz con su cuidador, pero sabe que Driss tiene cosas que hacer y hay que dejarle ir.

Dos formas totalmente distintas de entender la vida, dos historias totalmente ajenas a la suerte del otro; pero coinciden. Los dos son tocados por esta relación, los dos se enriquecen. Los dos cambian después de este encuentro.

Ha coincidido que he visto esta película el mismo día en que he acabado el libro de Irene Comins “Filosofía del cuidar”. Esta película puede ser un buen ejemplo de ese trato cuidadoso, que atiende a las personas desde sus necesidades concretas, no como realidades abstractas, sino como seres de carne y hueso, con sus aspiraciones, sus deseos, sus dolores, su historia personal. Y en ese encuentro, cuidado y cuidador se enriquecen mutuamente, crecen como personas.

La película deja muy buen sabor de boca. Se pasa muy bien todo el tiempo, contemplando la conexión que se produce entre dos vidas, en principio, tan distantes.

Yo confieso

Tranquilos, que es el nombre de una novela, no voy a hacer ahora públicos mis pecados. La novela es de Jaume Cabré. La publicó en catalán, pero yo la he leído en la traducción castellana.

¿Qué tienen que ver una medalla de la Virgen, un violín, un pergamino y un cuadro de un monasterio? ¿Y qué relación puede haber entre un monje cartujo, un especialista en maderas, un asesino, un luthier, un inquisidor, un médico de la SS, un sacerdote y un comprador de objetos antiguos? ¿Cómo se unen las historias de unos judíos separados por cinco siglos? Hay muchos más personajes y muchas más historias. Hay que leer la novela para saber qué pasa. Hay al principio un recurso que me ha gustado mucho: los objetos sugieren historias, nos conectan con personas y con hechos del pasado. Pero no lo descubrimos todo a la vez, de golpe; el acercamiento se va realizando poco a poco, como si tuviéramos una memoria fragmentaria de lo ocurrido y fuéramos recuperando recuerdos poco a poco, relacionándolos con otros hechos que nos los sugieren o evocan.

Me ha gustado mucho, pero es un poco complicada. Los hilos argumentales se entrecruzan continuamente, vamos cambiando no sólo de personajes, a veces como interrumpiendo una conversación, sino también de lugares y tiempos. Al final vamos atando cabos, como se atan en la cabeza de nuestro narrador-protagonista, Adrià Ardèvol. Y todo esto, con una melodía de fondo: la de un amor que siempre tropieza con obstáculos, una felicidad que no se consuma, una vida que va perdiéndose en el olvido y se aferra a la escritura como una forma de perpetuar la memoria de ese amor. Pero para llegar a esto, hay que leer bastante, no hay que decaer ante la primera dificultad. Ha valido la pena. Ahí va una cita.

Después de pasarme la vida intentando reflexionar sobre la historia cultural de la humanidad y tocar bien un instrumento que no se deja tocar, quiero decirte que somos, todos nosotros, nosotros y nuestros afectos, una pputa casualidad. Y que los hechos se entrelazan con los actos y los sucesos; y las personas chocamos, nos encontramos o nos desconocemos y nos pasamos por alto también por casualidad. El azar lo es todo; o quizá nada es azaroso, sino que ya está dibujado. No sé con qué afirmación quedarme porque ambas son ciertas. Y si no creo en Dios tampoco puedo creer en un plan previo, se llame destino o como se llame.

Maldito karma

Hace diez minutos he acabado de leer esta novela de David Safier (Seix Barral, 2009). Ya es tarde y eso es un buen síntoma de que me ha gustado. Si a eso le añades que he leído 170 páginas entre la tarde y la noche, que no he enchufado la tele (ni me ha hecho falta), ni el ordenador o la radio; es decir, que me he centrado sólo en leer, en continuar leyendo, entonces es que me ha enganchado y bien.

No es una novela complicada; no hay que esforzarse en seguir la trama. Y además, lo he pasado bien. No tiene grandes frases, pero sí algunas caídas muy buenas. ¿Y el final? El final es muy bonito y hay que llegar hasta él.

¿Que de qué va? Va de una presentadora de televisión de éxito que, en el día en que recibe un prestigioso premio, sufre un curioso accidente y muere. Como ha vivido muy centrada en sí misma, va a tener que reencarnarse en otras especies para acumular buen karma y poder entrar así en el nirvana. La contemplamos convertida en hormiga, cobaya, ardilla, vaca, perro… Siempre después de una conversación con Buda. El compañero de camino es Giaccomo Casanova, también necesitado de acumular buen karma, aunque a él parece no importarle demasiado. Desde las sucesivas reencarnaciones, la protagonista va redescubriendo aspectos de su vida y de las personas de su entorno que desconocía. Al final, sólo me da un poco de pena Nina, ex-amiga de la protagonista y compañera del marido-viudo.

¿Aconsejable? Por supuesto.

Aquí va un diálogo entre Buda y Kim Lange, cuando ya debería entrar en el nirvana.

“—Éste es el lugar donde hablo con las personas antes de que vayan hacia el nirvana.

—¿Ahora entraré en el nirvana?

Buda asintió.

—Pero yo todavía no soy una persona serena, en paz consigo misma. Alguien que viva en armonía con el mundo y ame a todas las personas del mundo, sin importar quién o qué son.

—Acumular karma consiste única y exclusivamente en ayudar a otros seres. Y eso has hecho.

—Pero no he sido precisamente una Madre Teresa… —relativicé.

—Eso no puedo juzgarlo yo. La Madre Teresa era competencia de otro —puntualizó Buda.

Mis pensamientos formaron un signo de interrogación en mi cabeza.

—La vida posterior está organizada de manera diferenciada —comenzó a aclarar Buda—. Las almas de los creyentes cristianos son administradas por Jesús, las de los creyentes islámicos por Mahoma, etcétera.

—¿Etcétera…? —pregunté desconcertada.

—Bueno, por ejemplo, los que creen en el dios escandinavo Odín, van a Valhala.

—¿Quién cree hoy en día en Odín? —pregunté.

—Casi nadie. Y, créeme, el pobre está muy deprimido.

Desconcertada, imaginé a Odín explicando sus penas en una cena con Jesús y Buda, y pensando seriamente en contratar a un experto en relaciones públicas para volver a popularizar la fe en él.

—La vida posterior a la muerte que recibe todo el mundo depende de lo que creía —concluyó el gordo de Buda desnudo; y me pareció justo.

Todo aquello planteaba una sola cuestión:

—Yo nunca he creído en el nirvana. Entonces, ¿por qué estoy aquí?

—Yo soy el responsable de las almas que creen en el budismo y también de todas las almas que no creen en nada —respondió Buda.

—¿Y por qué?

—Porque, conmigo, los que no creen no pueden ser castigados por no creer.

Eso era convincente. Si Buda se ocupaba de todos los aconfesionales, los demás señores no se enfrentaban a la desagradable situación de tener que condenar almas sólo porque no eran creyentes.”