Levadura y grano de mostaza

El comentario parte de Mt 13, 31-35, que aparece en la liturgia de hoy (lunes, XVII semana del T.O.).

Parece ser que Jesús pensaba que la llegada del Reino de Dios en plenitud era inminente. Con unos inicios insignificantes, como un grano de mostaza o un poco de levadura en la masa, el Reino acabaría por implantarse. Las dos comparaciones insinúan que el crecimiento procede de un dinamismo interno; sin afirmarlo explícitamente, apunta a que es Dios mismo quien hace crecer el Reino.

Después de 20 siglos, parece que este Reino no ha crecido tanto ni es una realidad. Tal vez Jesus estaba equivocado. Estas comparaciones inspiraron a muchos cristianos, como por ejemplo en los movimientos de Acción Católica, es su presencia en medio del mundo. Desde lo pequeño y calladamente querían ir haciendo presente el Reino de Dios. Hoy, sin embargo, resulta complicado reconocer los signos del Reino en nuestro mundo. Y, sin embargo, creo que este mundo, con sus sombras, es un lugar más humano que el que había en el pasado. Creo que hemos crecido en libertad y en el reconocimiento de la dignidad de la persona. No sé si esto durará mucho. También es verdad que este proceso de humanización ha pasado por fases muy oscuras, de manera que no sabría decir si esto es el proceso del Reino o el aprendizaje de la humanidad ante las catástrofes que ella misma ha generado (podría ser las dos cosas). También hay millones de personas para las que vivir consiste en sobrevivir y, por tanto, oír hablar de un mundo más humano puede resultar casi insultante.

Entonces, ¿el Reino de Dios crece? No lo sé. Y, sin embargo, el Evangelio parece seguir llamándonos a ser semilla y levadura, a seguir haciéndolo presente sin preocuparnos de que el signo sea todavía muy pequeño. Probablemente, al final, el mundo resultará más humano y más habitable con esos signos pequeños del Reino que sin ellos.

Hablar de otras cuestiones

Durante bastante tiempo había dejado de escribir en el blog por varias razones:

  1. Una, porque cuando escribes de cara al público, acabas escribiendo en parte para los demás y dejas de escribir todo lo que realmente piensas o deseas. Al menos a mí me había pasado. Se produce así una cierta impostura. Uno no acaba de decir lo que piensa, sino lo que cree que gustara a otros.
  2. Otra, porque lo que realmente me interesa no estaba en el blog, se había quedado fuera. Me parecía demasiado personal para ir publicándolo.
  3. Cuando escribía, estaba pendiente de las visitas y los “me gusta” de facebook. Es otra forma de estar pendiente de cómo lo que escribes interesa o no a los demás.

Seguramente había más razones. A uno tampoco le gusta ir haciendo desnudo de su intimidad, de sus búsquedas o sus dudas. Pero ahora me apetece introducir otros temas, cosas que me interesan más y, como a fin de cuentas, el blog lo empecé a escribir para organizar mis ideas y para llevar un cierto control de las lecturas que hacía y las películas que veía, pues es el momento de hablar de más cosas.

Durante un tiempo he estado pensando crear un nuevo blog sobre reflexiones acerca de la fe en Dios, la religión o hacer algunos comentarios bíblicos. Incluso, para sentirme menos condicionado, había pensado no poner mi nombre. Pero al final, este blog, “presocratics”, lo he creado yo y mi fe (o mi falta de ella a veces) forma parte de mis ideas y mi forma de ser; así que tampoco tenía mucho sentido tener por ahí otros blogs para desarrollar nuevas reflexiones.

En cierto modo, me he animado a escribir sobre fe, Biblia y religión después de releer algunos escritos que tenía y haber recuperado el contacto con compañeros y amigos del pasado. Creo que estos contactos y las conversaciones que hemos tenido me han hecho bien. Y como ya me siento mayor, voy a escribir de lo que me gusta, no de lo que otros querrían que escribiese. Tampoco voy a sentirme obligado a hacer un comentario semanal, ni nada por el estilo, aun cuando, ponga las referencias que algunos textos tienen en la liturgia de la Iglesia (lo pongo por si puede ser útil a otros o a mí, a la hora de ordenar los comentarios). En realidad, en esto de internet, nadie tiene obligación ni de escribir ni de leer. Si alguien disfruta leyendo el blog, que siga haciéndolo. Lo que no me apetece es entrar en polémicas y sentirme obligado a justificar cada una de las afirmaciones que haga. Que mis ideas no son tan importantes: basta con pasar de ellas o de mí. Y si escribo no es porque piense que tengo que enseñar nada a nadie, sino porque escribir me ayuda a no ser peor.

Como todas mis anteriores reflexiones, aunque siempre hay algunos elementos que permanecen, estas también son provisionales. En la vida vamos cambiando y muchas de las cosas que hemos pensado en otros momentos van siendo revisadas. Podría ser que, en un futuro, revise también lo que hoy escribo.

Hans Küng: Lo que yo creo

Lo que yo creo” es un libro relativamente corto para lo que suele producir el teólogo Hans Küng. En este libro presenta un resumen de lo que serían sus creencias personales, más allá de su labor como teólogo. Aun así, se reconocen los temas que había desarrollado anteriormente, pero esta vez desde una perspectiva más personal. Las ideas se entremezclan con anécdotas y situaciones vividas. De este modo, la fe que intenta expresar está vinculada con su vida real y concreta. No tenemos, pues, un gran tratado teológico, en el que cada afirmación necesita ser contrastada con la filosofía o la ciencia, o fundamentada en la exégesis bíblica, o criticada desde la razón ilustrada; pero tampoco tenemos un libro plagado de afirmaciones vacuas o poco contrastadas, ya que ese trabajo lo ha hecho el autor en otros textos. Tenemos, más bien, la manera concreta en que todo el saber acumulado y expuesto en libros anteriores, se engarza de manera sencilla en la vida y el pensamiento del hombre Hans Küng. Por ello, sin tener propiamente delante un tratado de teología, uno puede reconocer los temas que el autor ha tratado en libros como “¿Existe Dios?“, “Ser cristiano“, “¿Infalible?“, “El cristianismo. Esencia e historia“, así como su empeño en la construcción de una ética global a partir del encuentro y el diálogo entre las diferentes religiones.

En la primera parte del libro, vuelve a los temas expuestos en “¿Existe Dios?” acerca de la confianza radical en la realidad y la vida como punto de partida para la fe en Dios. En linea con lo expuesto en aquel libro, también habla de la alegría de vivir y del sentido de la vida. Sobre este tema, insiste en la necesidad de encontrar un sentido global, un sentido del todo, capaz de incluir en él, aun con dificultad, a la misma muerte.

Cuando habla de lo que sería su ética personal, introduce también el tema de la relación con la naturaleza y los animales. Habla del respeto a la naturaleza, pero sin endiosarla; del respeto a los animales, pero reconociendo su esencial diferencia respecto del ser humano.

En el libro también aparecen sus esfuerzos, como ya he dicho, sobre la construcción de una ética mundial. Una ética semejante, sin dejar de ser exigente, no pasa de ser una ética de mínimos (usando la terminología de Adela Cortina). Hans Küng reconoce que la ética cristiana va mucho más allá, pero bastante sería que intentáramos llegar a un acuerdo (como ya se ha hecho en varias ocasiones) sobre cuáles serían los principios básicos que toda cultura o religión debería respetar. Y en relación con dicha ética, Küng hace un recorrido por las principales religiones, resaltando sus principales aportaciones, adoptando una actitud crítica ante ellas, y mostrando el papel que pueden seguir jugando en la construcción de un mundo más humano.

Desde una perspectiva más personal, me ha resultado más atractiva la parte en la que intenta, una vez más, mostrar el fundamento de su fe, no racional, pero sí razonable, que la parte en la que trata acerca de las religiones.

Y este es un juicio más subjetivo: tengo la impresión que su teología es una teología muy ilustrada y crítica (y eso me gusta), pero acaba resultando cómoda; con alto grado de compromiso intelectual, pero no mucho más (sin juzgar a la persona, a quien no conozco). Por decirlo de otra manera: algo burguesa, muy occidental, centroeuropea, progresista… me suena a socialdemocracia. Que no está mal, pero resulta todo demasiado equilibrado, demasiado correcto. Quizá por ello me siento tan cómodo leyéndolo y me remueve poco; quizá eso puede hacer que a algunos se les quede corto en sus exigencias y otros lo vean demasiado crítico (pero eso son apreciaciones personales que dependen, en buena medida, de los intereses y los compromisos que cada uno tiene y asume en cada momento).

Dado el carácter personal del libro, en “Lo que yo creo” a veces aparece demasiado el “yo” del autor; al menos así me lo ha parecido cuando habla de que ha participado en determinada conferencia, encuentro o acontecimiento. Pero, por otra parte, eso permite vincular sus afirmaciones con su biografía, lo cual resulta bastante ameno en la primera mitad del libro.

Entonces, ¿me ha gustado? Sí, lo referido a la confianza radical, la fe en Dios, el sentido de la vida, la esperanza, la muerte…; y no tanto, el recorrido por las diferentes religiones, la exposición de la ética mundial o las referencias a la economía. Un libro que está bien para el verano, cuando no siempre apetece hincarle el diente a textos más densos.

Siempre Alice o el arte de olvidar

Siempre Alice (2014) PosterUna vez escuché a alguien que no veía cine para entretenerse. Pero ¿qué es estar 90 o 120 minutos frente a una pantalla contemplando una historia que no nos pertenece sino entretenimiento? Yo sí veo cine para entretenerme y, la verdad, que lo consigo (o mejor dicho: el cine lo logra conmigo). Pero también es verdad que, de vez en cuando, algunas películas nos ofrecen algo más que mero entretenimiento. Entonces, una vez acabada, la voy recordando, retengo escenas y frases, la comento, quiero preservar, de alguna manera, lo que he sentido mientras la contemplaba. Así, aunque hayan pasado ya algunos días desde que la vi, sigo gozando con ella.

Es lo que me ocurre con “Siempre Alice” (Still Alice). Julianne Moore interpreta, a mi parecer magistralmente, a una mujer de casi 50 años a quien detectan un extraño tipo de alzheimer; extraño, porque no es habitual que a esa edad empiece a manifestarse esta enfermedad. En la película vamos viendo el proceso de degeneración de su memoria (no adelanto nada, una vez ya sabemos que tiene alzheimer). Pero hay un momento especialmente significativo: cuando se atreve a realizar un discurso sobre cómo está viviendo su enfermedad. Ella había trabajado estudiando las palabras, recopilándolas, clasificándolas, recordándolas. Ahora estaba aprendiendo el arte de ir olvidando todo lo aprendido. La frase es más o menos así.

La película resulta muy atractiva por el modo en que nos cuenta el proceso personal de Alice intentando seguir conectada consigo misma, con quien ha sido hasta ahora, y con las personas que ha amado. Ellas son quienes ahora, con su dedicación y su amor, la ayudan a seguir sintiéndose alguien. Así que, además de impregnarnos de las emociones de Alice y su familia, sin hacerlo de una manera explícita, la película nos deja en el aire esas cuestiones sobre quiénes somos, quiénes son realmente importantes en nuestras vidas y qué es eso que llamamos vivir.

Y ahora, la reflexión personal, porque, si no, cuento toda la película. A veces nos dedicamos a acumular conocimientos, a leer cosas, a saber más. Nos creamos y creemos la ficción de que así poseemos algo. Acumulamos conocimientos y creemos que estamos haciendo algo importante. A veces escribir sólo pretende ser una forma más de sustentar nuestros recuerdos. Pero nuestra memoria es algo frágil y lo que hemos adquirido con tanto esfuerzo, podemos perderlo en cualquier momento. Al final no sé si tenemos que aprender el arte de aprender o el arte de olvidar; igual sólo tenemos que ir practicando el arte de vivir. Y así, si algún día vamos perdiendo lo aprendido, que al menos quede algo de cuanto hemos amado.

Creo que Ortega y Gasset dijo algo así como que conocer es un instrumento, un medio más para vivir (que es lo realmente importante). A mí saber más cosas, algunas al parecer muy interesantes, también me entretiene; me lo paso bien intentando conocer. Como dice el diccionario de la RAE, entrener es “hacer menos molesto y más llevadero algo”; o bien, “Divertir, recrear el ánimo de alguien”. Así que vivir, aun cuando a veces creemos estar haciendo algo importante, tiene también mucho de entretenimiento, algo de pasar entre dos tiempos, de sostenerse, haciendo más llevadero o más ameno eso que llamamos nuestra vida.

No hace falta decir, a estas alturas de la entrada, que no os la perdáis.

Del sentido de la vida

Anoche acabé el libro de Jean Grondin, “Del sentido de la vida”. Lo he leído después de otras lecturas más densas y extensas (“¿Existe Dios?, de Hans Küng; “Jesús de Nazaret”, de Joachim Gnilka; y “Jesús: la historia de un viviente”, de Edward Schillebeeckx). Tal vez en entradas posteriores me anime a reseñar estos libros. Ahora, de momento, me he animado a volver a compartir mis lecturas a partir de este libro de filosofía con el que he disfrutado estos días. La entrada ha resultado bastante larga. Espero que sirva para que os hagáis una idea sobre el contenido del libro.

El texto comienza alejándose de las filosofías que han renunciado a plantearse las cuestiones de sentido y quieren convertirse únicamente en ayudantes o siervas de las ciencias empíricas. El autor invita a cada uno, siguiendo el ejemplo de Descartes, a afrontar por sí mismo la tarea de plantearse la pregunta sobre el sentido de la vida. A partir de un texto de Spinoza, Grondin vincula la cuestión del sentido de la vida con la aspiración al bien, al sumo Bien. Siendo una tarea que ha de realizar cada uno, no es, sin embargo, algo privado; aspira a hacerse comprensible para los demás, pretende ser un pensamiento universal.

Para Grondin, la cuestión del sentido de la vida es irrenunciable para la filosofía. Aun así, es una cuestión bastante reciente. ¿Por qué? Porque hasta el siglo XIX el sentido de la vida se daba por supuesto; la vida humana aparecía encajada en un orden del mundo, al cual debía conformarse (p. 33). Es en la filosofía contemporánea, a partir de Nietzsche, cuando empieza a ponerse en cuestión. Pero, Jean Grondin, va más allá: la misma afirmación de que la vida no tiene sentido, de alguna manera lo presupone. Hablamos de absurdo o sinsentido, como una falta, como carencia de algo que parece que debería tener, como si esperáramos que lo tuviera (p. 26).

Grondin presenta diferentes significados del término “sentido”:

1. Sentido como dirección u orientación. Nuestra vida aparece como una carrera que se orienta a la muerte. Es precisamente la consciencia de ese término la que nos obliga a plantearnos la cuestión sobre el sentido de la vida.

2. Sentido como significado. Cuando nos preguntamos por el significado de algo, especialmente una palabra, lo hacemos porque ese algo apunta a otra realidad que, en cierto modo, permanece inaccesible, oculta. Así ocurre también con nuestra vida: de alguna manera nos resulta extraña, ajena. Plantear el sentido de la vida supone tratar sobre su significación.

3. Sentido relacionado con sensación. Saber sobre la vida es captar su sabor, gustarla. La pregunta por el sentido es también la capacidad de encontrarle un cierto sabor a la vida (p. 42).

4. Sentido relacionado con capacidad de juzgar o apreciar la vida. Cuando hablamos de una persona con buen sentido, nos referimos a su capacidad para orientarse adecuadamente, para juzgar correctamente las situaciones y tomar la decisión correcta. El sentido se encuentra relacionado con una cierta forma de sabiduría.

El sentido de la vida es la cuestión que está tras todas nuestras decisiones y proyectos. El autor considera que la visión estructuralista, según la cual la cuestión del sentido de la vida y sus respuestas serían una construcción cultural, siendo verdad, resulta insuficiente. El sentido no es simplemente un constructo intelectual; siéndolo, depende de una orientación que ya se encuentra en nuestra libertad y nuestra forma de actuar. Por tanto, la filosofía no tiene que imponer un sentido, sino reconocerlo en la vida misma e intentar articularlo (p. 67). No es que demos un sentido a nuestra vida, como si es ésta no lo poseyera previamente. La naturaleza, todo lo vivo, se orienta por su propia dinámica a perdurar, a seguir viviendo, y en el caso del ser humano, a vivir más. Es en ese horizonte de todo el cosmos en el que hay que reinscribir la pregunta por el sentido (p. 71). En esa dinámica de la vida a la vida, queremos vivir mejor, alcanzar lo mejor; de ahí que ese dinamismo a vivir sea, al mismo tiempo, una tensión hacia el Bien. La orientación a vivir y al Bien es previa a toda reflexión; constituye el fondo o el horizonte desde el que se desarrolla nuestra vida. Ese Bien, en cuanto meta nunca alcanzada, me hace vivir desde la espera y la esperanza. Vivir es un estar orientado, un proyectarse al futuro. La esperanza se constituye en un rechazo de la muerte.

La esperanza se ve cuestionada continuamente por la experiencia del mal. Sin embargo, el dolor y el mal no niegan nuestra aspiración a la felicidad; la suponen. Los experimentamos como falta de aquello a lo que tendemos por el propio impulso que posee la vida. Pero la felicidad no es primeramente una conquista humana; en su experiencia entra la suerte, la fortuna, o la gracia. Es algo que nos viene dado. Por ello, más que buscar la propia felicidad, lo que podemos hacer es trabajar por el bien de los demás, en el alivio de sus sufrimientos, con la esperanza de que así puede dársenos el participar de la felicidad (p. 99s).

En el capítulo 9, Grondin se pregunta si hace falta fundamentar la moral. Con lo apuntado hasta ahora, el autor sostiene que un intento de fundamentar racionalmente la moral (como si todo se pudiera fundamentar) resulta infructuoso. La moral (al igual que la religión), nace de ese fondo vital que apunta al Bien, a la felicidad, a seguir viviendo, al alivio del dolor ajeno.

La filosofía debería acercarse a la religión y el arte, para reconocer en ellos expresiones y articulaciones de ese fondo o fundamento del sentido de la vida. La evidencia de lo divino es, según Jean Grondin, una conciencia de los límites, de la muy flagrante debilidad del hombre frente a los poderes de su destino, frente a su propia fatalidad. Sin esa conciencia, no hay humanidad ni sentido de la vida. Es en esa conciencia donde podemos reconocer las fuentes del sentido de la vida. Al reconocer nuestra fragilidad y limitación, reconocemos a la vez la comunidad de nuestra fragilidad: todos nos encontramos en la misma situación de precariedad. Esta es la base de la solidaridad y la generosidad (p. 124). Y, como una segunda fuente, la conciencia de la fragilidad nos hace sentirnos unidos a un mismo origen, ese fondo de sentido que traspasa la vida; fondo que, siendo inabarcable e incomprensible, ha encontrado expresión en la religión y la poesía. La religión, concretamente el cristianismo con la idea de salvación y liberación, expresa esa orientación hacia el Bien, la Vida y la superación del dolor. La filosofía actual, en lugar de mirar exclusivamente a la ciencia, haría bien en volver su mirada a la religión y el arte, como expresiones del sentido profundo de la existencia (pp. 133ss). La ciencia es incapaz de expresar la cuestión del sentido y del bien.

Creo que el siguiente texto puede resumir todo lo que llevamos dicho hasta ahora:

“En un universo de helador sinsentido la interrogación -acuciante- sobre el sentido de la vida me lleva a reconocer que el sentido es mi condición insuperable. Un mundo de sinsentido presupone un mundo consagrado al sentido y al Bien, que funda la conciencia que tengo de mí mismo. Ese sentido ya es el de nuestras vidas, no tenemos que inventarlo; más bien tenemos que reencontrarlo, sentirlo, hacérselo sentir al otro. La experiencia del sinsentido y de la muerte que me espera deja aparecer una nueva solidaridad con el otro, que estrecha los lazos y me ayuda a descubrir y a redescubrir lo esencial: no puedo hacer nada contra mi angustia, no puedo realmente alargar mi modesta vida ni una sola hora, no puedo ni siquiera alcanzar la felicidad, pero puedo socorrer al otro, intentar hacerle feliz y digno de existir. Toda moral conduce a eso. Todo cuanto me apega al sentido, todo cuanto me da esperanza es la esperanza de una vida con sentido para el otro, para que el otro pueda vivir como si la vida tuviese un sentido. Entonces será mi vida la que descubrirá su sentido, más allá de sí misma” (p. 140)

Así, en el esfuerzo por la felicidad del otro, me trasciendo a mí mismo, me proyecto, encuentro el sentido.

El desierto de los tártaros

Un joven teniente, Giovanni Drogo, se dirige hacia su primer destino, la fortaleza Bastiani, un fuerte cerca de la frontera norte y alejado de la ciudad y los cuarteles principales, donde se puede hacer fácilmente carrera. No hay ninguna ilusión en el teniente, no entiende muy bien qué va a hacer allí y, antes de llegar, ya está pensando en la posibilidad de pedir ser reemplazado.

El capitán Ortiz le convence de que espere al menos 4 meses; después podrá arreglar su salida con la excusa de una enfermedad. ¡Qué son 4 meses! Nada para alguien todavía joven como Drogo.

Poco a poco, el teniente va haciendo suya la espera que domina la vida del fuerte: ¿Y si los vecinos del norte deciden atacar? La posición de la fortaleza la convierte en el primer freno a su avance. Todos están convencidos del peligro del enemigo y de la importancia estratégica del fuerte. Poco a poco va acostumbrándose a esa espera, aun cuando no hay indicios del peligro. Los días van pasando sin que pase nada en particular. Unos se sujetan a sus rutinas diarias; otros, al reglamento; todos, a la espera de la aparición de un posible enemigo. Poco a poco, la vida en el fuerte se convierte en su vida, como si no hubiese nada más. Los días de permiso en la ciudad les hacen sentirse cono extraños en casa, como extranjeros en su propio país. Los demás, ni siquiera sus compañeros de academia, no pueden entender la importancia de la fortaleza Bastiani.

Así, esperando, Giovanni Drogo va consumiendo sus días casi sin darse cuenta, va perdiendo su juventud, prendido tan sólo de esa espera. Pero ya ni siquiera el Estado Mayor del Ejército ve peligro en la frontera y decide reducir la dotación de hombres en el fuerte. Entonces Drogo se da cuenta de que ya es demasiado mayor para cambios. Los que quedan, dejan de esperar que algo aparezca por el horizonte. Una falsa alarma hace decaer aún más los ánimos. La esperanza de un enfrentamiento glorioso que dé sentido a su vida militar se difumina en los soldados de Bastiani.

Pero las cosas no siempre ocurren como se les espera ni cuando se les espera. Entonces Giovanni Drogo descubre que el combate verdadero que tiene que afrontar no se va a dar contra un enemigo que ha demostrado no tener ninguna prisa por cumplir sus expectativas, sino ante alguien que siempre ha estado ahí y ante quien todo hombre se tiene que encontrar: su propia muerte. La talla del hombre, del soldado, de este hombre no se va a desvelar en el campo de batalla, ante la mirada cómplice de los amigos y compañeros, sino en la soledad, ante un enemigo que no va a defraudar en su aparición, antes o después.

desierto de los tartaros

Me ha gustado mucho la lectura. Por momentos me recordaba a Albert Camus. Iba a decir que contiene una “reflexión” sobre el tiempo, la espera y la manera en que damos sentido a nuestras vidas; pero la palabra “reflexión” no es la más adecuada. Es un relato, una historia en la que, a través de las expectativas de un joven soldado, podemos ir reconociendo estos temas,  podemos hacerlos nuestros. Las descripciones sobre cómo van viviendo los acontecimientos y el paso del tiempo ocupan, con las variaciones propias de cada etapa de la vida, el desarrollo de todo el libro.

El libro “El desierto de los tártaros” fue escrito por Dino Buzzati en 1940. En 1976 se realizó una película a partir de la novela. Una lectura, a mi entender, muy aconsejable.

Berlín. La caída: 1945

Beevor, Antony - Berlin-La Caida 1945 - TapaEl anterior libro que leí presentaba información sobre las violaciones de mujeres cometidas por el Ejército Rojo en su avance hacia Berlín. Busqué información y me llevó hasta el libro que ahora comento. “Berlín. La caída: 1945”, de Antony Beevor. No es un libro de historia al estilo de los libros escolares o las enciclopedias. Tampoco es una novela. Por su forma de narrar parece un documental bélico. Va contándonos los acontecimientos desde diferentes perspectivas, incluyendo continuamente testimonios y referencias de las personas que participaron en los mismos.

En los primeros capítulos nos presenta los acuerdos entre los dirigentes aliados con el fin de distribuir el territorio que debían ocupar los diferentes ejércitos. Pero después se centra en el avance del Ejército Rojo hacia Moscú. A lo largo del relato nos habla de las intenciones de Stalin en su conquista de la capital y del empecinamiento de Hitler y el Partido Nazi en prolongar una agonía que carecía totalmente de sentido. Los testimonios referidos son muy interesantes. Hay algunos elementos que quiero destacar:

  • Los generales americanos no tuvieron especial interés en Berlín. Estaban deseosos de acabar la guerra cuanto antes, evitando el mayor número posible de bajas. No pensaban en el posible interés político que tenía la ocupación de la capital.
  • Stalin no tenía ningún problema en ocultar información e incluso mentir a sus aliados con el fin de hacerse con la capital. Aparte del interés por humillar a Alemania, parece que estaba interesado en las investigaciones sobre energía atómica que los alemanes desarrollaban cerca de Berlín. Quería quedarse con el material y los investigadores.
  • Hitler estaba empeñado en arrastrar al pueblo alemán hacia la destrucción total. Habría sido feliz si cada alemán se hubiera suicidado un segundo después de hacerlo él. Creía que él representaba al pueblo alemán. Los militares de carrera querían evitar mayores sufrimientos al pueblo alemán, pero muy pocos y con escasos  resultados se atrevían a contradecir al Führer.
  • Los miembros del Partido Nazi y la SS tenían especial interés en castigar a cualquiera que intentara rendirse ante los aliados. Esperaban el sacrificio de todos y cada uno de los alemanes. Sin embargo, no tuvieron empacho en buscarse formas de escape, dejando abandonados a los soldados y a la población civil.
  • Los alemanes y, especialmente, las alemanas habrían preferido caer en manos de los aliados occidentales. Stalin lo suponía y siempre tuvo miedo de que Alemania capitulara antes ante Gran Bretaña y EEUU y les abriera las puertas de Berlín. Algunos generales alemanes pensaban que esto podría ahorrar muchos sufrimientos a la población alemana.
  • La fuerza desplegada por la URSS fue descomunal. Los generales disputaban entre sí para llegar los primeros a Berlín. Tenían mucha prisa en hacerlo. Los soldados eran sometidos a esfuerzos sobrehumanos. El número de bajas no importaba a Stalin.
  • Una buena parte de los soldados del Ejército Rojo convirtieron los asaltos, los pillajes y las violaciones a las mujeres en su forma habitual de entretenimiento cuando cesaban los ataques. Todo ello bañado abundantemente en alcohol. En un primer momento, la violación sistemática de mujeres parecía tener un carácter de castigo, por cuanto los alemanes habían hecho en la ocupación de la URSS; después pasó a ser una forma más de divertirse. Los testimonios son espeluznantes. Las violaciones se produjeron también con rusas que habían sido hecho presas por los alemanes durante la ocupación. “María Sapoval llegó a decir: “Me he pasado los días y las noches esperando al Ejército rojo. Esperaba que me liberasen, y ahora nuestros soldados nos tratan peor que los alemanes. No estoy feliz de estar con vida”. “Resultaba difícil vivir con los alemanes -aseguró Klavdia Malaschenko-, pero esto es aún peor. Esto no es una liberación. Nos trata de un modo terrible y nos hacen cosas espantosas”.

Y aquí un texto que me ha llamado especialmente la atención:

Un berlinés de dieciséis años llamado Dieter Borkovsky describió lo que había presenciado en un tren… “El rostro de los ocupantes estaba lleno de terror, ira y desesperación. Nunca había oído maldiciones como las de aquel día. De pronto distinguimos una voz por encima del ruido que gritaba: “¡Silencio!”, y vimos a un soldado bajito u sucio con dos Cruces de Hierro y la Cruz Dorada alemana. en una de sus mangas llevaba una insignia con cuatro tanques metálicos, lo que significaba que había derribado cuatro tanques de combate a poca distancia. “Tengo que deciros algo -gritó, y el vagón quedó sumido en silencio-. Aunque no queráis escucharme, dejad de quejaros. Hemos de ganar esta guerra; no podemos perder nuestro valor. Si dejamos que la ganen otros y nos hacen sólo una parte de lo que hemos hecho nosotros en los territorios ocupados, no quedará un solo alemán vivo de aquí a pocas semanas”. El silencio de aquel vagon era tal que podía oírse el vuelo de una mosca.

La forma de contar la historia resulta muy amena, aunque el exceso de datos sobre el avance de las fuerzas puede resultar abrumador y, en más de una ocasión, he estado un poco perdido de por dónde andaba cada ejército. Lo bueno es que cada batalla contada está acompañada por testimonios, palabras, intenciones e interpretaciones que nos recuerdan que nos ayudan a reconocer a las personas que intervinieron en las mismas. Una vez más, en estos hechos podemos reconocer lo mejor y lo peor de los seres humanos.

Mientras leía el libro, iba pensando en lo mal que le habían salido los cálculos a Hitler. El resultado de su locura fue que todo aquello que quería destruir se consolidara:

  • Ocupó la Unión Soviética para frenar el comunismo y consiguió que se extendiera y asentara sobre media Europa.
  • Pretendió extender los territorios alemanes más allá de lo que había poseído antes de la I Guerra Mundial y el resultado fue una Alemania dividida.
  • Quiso exterminar a los judíos y, al provocar su exilio, acabó favoreciendo el nacimiento del Estado de Israel.
  • Convirtió una nación relativamente próspera (los soldados rusos se asombraban de la comida y las construcciones de las granjas alemanas y no entendían qué habían ido a buscar los alemanes en la URSS) en un vertedero de escombros.
  • La supuesta superioridad del pueblo ario dio paso a su sometimiento y humillación, sobre todo ante los rusos.

Algunas de estas ideas aparecen también en el último capítulo del libro. Lo que todavía me sorprende más es que, de vez en cuando, aparezcan personas que todavía admiran a Hitler y su camarilla.

Por casualidad, el final de la lectura ha coincidido con las fechas en que se produjeron estos acontecimientos hace 68 años.

Feliz Navidad

La noche del 22 de abril, La 2 (la UHF de antes) nos ofrecía una joyita de película: “Feliz Navidad” (Joyeux Noel, 2005). Cuenta la historia, basada en un hecho real, de unos soldados alemanes, escoceses y franceses que, durante Nochebuena de 1914, deciden abrir una tregua en los combates que mantenían en las trincheras. Parece ser que este armisticio no oficial se repitió en varios lugares del frente.

Resulta curioso: lo que ocurre, visto desde la lógica de la guerra, una guerra atroz que acabó con la vida de muchos jóvenes en todos los bandos, resulta absurdo. Los soldados comparten sus bebidas, su comida, incluso los juegos, en medio del campo de batalla. Sin embargo, lo realmente absurdo era la situación bélica: que unos jóvenes tuvieran que arriesgar sus vidas y arrebatar las de los enemigos por el sinsentido impuesto por sus gobernantes. En medio de la muerte y el dolor, la celebración de la Navidad permite a los soldados recuperar su humanidad y reconocerla en quienes tienen enfrente. Los soldados son conscientes de haber vivido una experiencia que les marcará el resto de sus vidas, mucho más que el hecho mismo de haber participado en una guerra. El hecho de haber tratado con los otros, ayuda a los soldados a reconocer el absurdo de su situación: ellos tienen que morir y matar para salvar el supuesto honor de unas personas que toman las decisiones sin arriesgar nada más que ese supuesto honor.

Pero el sinsentido de la guerra, con su lógica, vuelve a imponerse. Los superiores no pueden aceptar que los soldados hayan confraternizado, se hayan sentido, por unos días, humanos, vinculados unos con otros, a pesar de encontrarse en bandos opuestos. Con el fin de que no vuelva a ocurrir, los mandos cambian a las tropas de lugar.

La guerra tiene su propia lógica, la de olvidar que cada soldado, de uno y otro bando, es un ser humano; que tras cada uno de ellos hay un entramado de afectos, de relaciones, de vínculos formados por sus familiares y sus amigos, de seres que acabarán extrañándolos. Con su forma de actuar, los soldados rompieron esa lógica y mostraron que, incluso en las circunstancias más atroces, los seres humanos siguen siendo capaces de sacar a la luz la bondad que les permite seguir sintiéndose como tales: humanos.

El momento en que cantan “Noche de Paz”, seguido por “Adeste fideles”, resulta para mí de lo más emocionante, sobre todo, pensando que se refiere a un hecho histórico.

Aquí tenéis un precioso resumen de la película:

Y aquí “Adeste fideles”.

Por ahí he encontrado críticas bastante duras a la película. Está claro que aquella no fue una guerra de mentiras y que los alemanes cometieron tropelías de primer orden, como harían posteriormente en la II Guerra Mundial; pero eso no quita valor al hecho que aquí se narra y que, en su forma de narrarlo, aun hablando de la guerra, pueda tocarnos la fibra sensible.

Ante el dolor de los demás

Hace unos días terminé la lectura del libro de Susan Sontag “Ante el dolor de los demás”. No era exactamente lo que esperaba. Pensaba que iba a encontrarme ante algo así como una descripción de las reacciones ante el sufrimiento humano, una fenomenología de la compasión o algo semejante. Sin embargo, el libro se centra en las imágenes sobre el sufrimiento humano, al principio en las reproducciones pictóricas y después en la fotografía. No hace un tratamiento del sufrimiento en el cine. En cada capítulo la autora describe diferentes usos que ha tenido la imagen del sufrimiento y cómo repercute (o deja de repercutir) en quienes la observan. Sontag habla, sobre todo, del sufrimiento relacionado con la tortura o la guerra.

Las primeras representaciones del sufrimiento podían alentar una cierta curiosidad morbosa en quienes las contemplaban. Esa curiosidad es superada en las representaciones de Goya sobre los desastres de la guerra. Aquí la curiosidad es substituida por la intención del autor de hacer manifiesto el sinsentido de la guerra, el absurdo de semejantes crueldades. Los textos al pie de las pinturas nos ayudan a entender esta intención del pintor.

Un primer uso que tuvo la fotografía bélica fue el de animar a los jóvenes a alistarse en el ejército. Por ello se evitaban las fotos de víctimas de los propios ejércitos, a quienes se mostraba siempre en actitud alegre y marcial, y sólo se presentaban las víctimas del enemigo. La cosa cambió cuando los fotógrafos dejaron de ser reporteros encargados por los gobiernos e intentaron reflejar la realidad de la guerra.

¿Cómo interpretar el sufrimiento mostrado en las fotografías de guerra? Susan Sontag nos advierte de que la interpretación de las imágenes depende en buena medida de los textos que las acompañan y de la memoria que tengamos de los acontecimientos que las rodean. Sin texto, la fuerza evocadora de la imagen, la repercusión que puede tener en quienes la observan, queda a medio gas.

Las fotografías no siempre son un reflejo fiel de la realidad. El fotógrafo asume una perspectiva, muestra unos detalles y abandona otros. En algunos casos, el fotógrafo ha compuesto la escena, modificando algunos elementos (como la famosa fotografía de Iwo Jima, en el monte Suribachi). En otros, la intervención del fotógrafo es imposible (como el bombardeo de Napalm en Vietnam).

Otro elemento que analiza el libro es el uso de la fotografía en museos y exposiciones. El dolor se convierte así en objeto estético o incluso de consumo, y en algo que vamos contemplando y pasando, como en cualquier otra exposición.

Sontag también llama la atención en la exposición de imágenes sobre acontecimientos que han sucedido lejos de la propia tierra o sufrimientos perpetrados por otros pueblos. Por ejemplo, en EEUU hay un museo sobre el Holocausto, pero no sobre la esclavitud de los negros. Las imágenes sobre guerras nos ayudan a pensar hasta qué punto los seres humanos somos capaces de las mayores atrocidades, pero queremos pensar que esos seres humanos tan crueles siempre han sido otros, no nosotros ni los nuestros. Resulta más fácil pensar que las atrocidades las han cometido los alemanes, los talibanes o los serbios, poniéndoles apellidos o nacionalidades, como si de este modo pudiéramos vacunarnos contra semejante inhumanidad. Esto me ha recordado la película “En el valle de Elah”, en la que se cuestiona la actuación de los soldados americanos en la invasión de Irak, a partir de la investigación que un padre hace sobre la muerte de su hijo.

Esto sólo son pinceladas sobre el contenido del libro. Ya he dicho que no era lo que me esperaba, aunque tampoco ha resultado decepcionante. Siempre se puede aprender algo nuevo. Una de las cosas a que me ha animado ha sido a empezar la lectura de un nuevo libro, “Berlín: La caída, 1945”, de Anthony Beevor, a partir de la referencia que hace sobre las violaciones de mujeres alemanas cometidas por soldados del Ejército Rojo. Por lo pronto, este texto me está enganchando más.