Truman

Anoche vi “Truman”, dirigida por Cesc Gay y protagonizada por Ricardo Darín y Javier Cámara. Es un agradable canto a la amistad y a las despedidas.

Julián (R. Darín) padece un cáncer en fase terminal; Tomás (J. Cámara), su amigo del alma, va a pasar cuatro días con él. Paula (Dolores Fonzi) es la prima de Julián y la que, de alguna manera, le ha ido aguantando. Truman es el perro de Julián, el único cabo suelto que le queda.

La historia se va desarrollando con la necesidad de Julián de ir cerrando asuntos pendientes y las despedidas, a veces imprevistas, de algunos familiares, amigos y conocidos; todo ello con la necesidad de encontrar una familia de acogida para Truman como trasfondo. En medio de todo esto vamos descubriendo cómo Julián va afrontando la proximidad de su muerte. La cercanía de Tomás, de quien si hay que decir algo es que en todo momento es el amigo, resulta siempre fiel y cariñosa, aunque a veces tenga la tentación de querer hacer que Julián vea las cosas de otro modo y, en ocasiones, se le escape algún pequeño reproche.

Una hermosa historia para disfrutar de las cosas que no acabamos de decirnos, pero que no pueden esperar más, porque el tiempo se acaba. Una provocación más para seguir planteándonos qué es esto que llamamos vivir y qué sentido tiene y, cómo no, el valor de los amigos. Y no es que esté hecha de grandes reflexiones, no, sólo algunas frases sueltas; lo interesante es el desarrollo de la historia con sus miradas, sus abrazos, sus pequeños y grandes reproches, las reconciliaciones, los reencuentros sabiendo que van a ser los últimos…

Cuando acaba la película, un pequeño silencio. Durante la película no pude evitar recordar a algunos amigos y amigas que pasaron por esto. Emociona y deja una cierta sensación de tranquilidad a pesar de lo difícil del tema. Por supuesto, la aconsejo. Ahí va el tráiler.

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Siempre Alice o el arte de olvidar

Siempre Alice (2014) PosterUna vez escuché a alguien que no veía cine para entretenerse. Pero ¿qué es estar 90 o 120 minutos frente a una pantalla contemplando una historia que no nos pertenece sino entretenimiento? Yo sí veo cine para entretenerme y, la verdad, que lo consigo (o mejor dicho: el cine lo logra conmigo). Pero también es verdad que, de vez en cuando, algunas películas nos ofrecen algo más que mero entretenimiento. Entonces, una vez acabada, la voy recordando, retengo escenas y frases, la comento, quiero preservar, de alguna manera, lo que he sentido mientras la contemplaba. Así, aunque hayan pasado ya algunos días desde que la vi, sigo gozando con ella.

Es lo que me ocurre con “Siempre Alice” (Still Alice). Julianne Moore interpreta, a mi parecer magistralmente, a una mujer de casi 50 años a quien detectan un extraño tipo de alzheimer; extraño, porque no es habitual que a esa edad empiece a manifestarse esta enfermedad. En la película vamos viendo el proceso de degeneración de su memoria (no adelanto nada, una vez ya sabemos que tiene alzheimer). Pero hay un momento especialmente significativo: cuando se atreve a realizar un discurso sobre cómo está viviendo su enfermedad. Ella había trabajado estudiando las palabras, recopilándolas, clasificándolas, recordándolas. Ahora estaba aprendiendo el arte de ir olvidando todo lo aprendido. La frase es más o menos así.

La película resulta muy atractiva por el modo en que nos cuenta el proceso personal de Alice intentando seguir conectada consigo misma, con quien ha sido hasta ahora, y con las personas que ha amado. Ellas son quienes ahora, con su dedicación y su amor, la ayudan a seguir sintiéndose alguien. Así que, además de impregnarnos de las emociones de Alice y su familia, sin hacerlo de una manera explícita, la película nos deja en el aire esas cuestiones sobre quiénes somos, quiénes son realmente importantes en nuestras vidas y qué es eso que llamamos vivir.

Y ahora, la reflexión personal, porque, si no, cuento toda la película. A veces nos dedicamos a acumular conocimientos, a leer cosas, a saber más. Nos creamos y creemos la ficción de que así poseemos algo. Acumulamos conocimientos y creemos que estamos haciendo algo importante. A veces escribir sólo pretende ser una forma más de sustentar nuestros recuerdos. Pero nuestra memoria es algo frágil y lo que hemos adquirido con tanto esfuerzo, podemos perderlo en cualquier momento. Al final no sé si tenemos que aprender el arte de aprender o el arte de olvidar; igual sólo tenemos que ir practicando el arte de vivir. Y así, si algún día vamos perdiendo lo aprendido, que al menos quede algo de cuanto hemos amado.

Creo que Ortega y Gasset dijo algo así como que conocer es un instrumento, un medio más para vivir (que es lo realmente importante). A mí saber más cosas, algunas al parecer muy interesantes, también me entretiene; me lo paso bien intentando conocer. Como dice el diccionario de la RAE, entrener es “hacer menos molesto y más llevadero algo”; o bien, “Divertir, recrear el ánimo de alguien”. Así que vivir, aun cuando a veces creemos estar haciendo algo importante, tiene también mucho de entretenimiento, algo de pasar entre dos tiempos, de sostenerse, haciendo más llevadero o más ameno eso que llamamos nuestra vida.

No hace falta decir, a estas alturas de la entrada, que no os la perdáis.

El desierto de los tártaros

Un joven teniente, Giovanni Drogo, se dirige hacia su primer destino, la fortaleza Bastiani, un fuerte cerca de la frontera norte y alejado de la ciudad y los cuarteles principales, donde se puede hacer fácilmente carrera. No hay ninguna ilusión en el teniente, no entiende muy bien qué va a hacer allí y, antes de llegar, ya está pensando en la posibilidad de pedir ser reemplazado.

El capitán Ortiz le convence de que espere al menos 4 meses; después podrá arreglar su salida con la excusa de una enfermedad. ¡Qué son 4 meses! Nada para alguien todavía joven como Drogo.

Poco a poco, el teniente va haciendo suya la espera que domina la vida del fuerte: ¿Y si los vecinos del norte deciden atacar? La posición de la fortaleza la convierte en el primer freno a su avance. Todos están convencidos del peligro del enemigo y de la importancia estratégica del fuerte. Poco a poco va acostumbrándose a esa espera, aun cuando no hay indicios del peligro. Los días van pasando sin que pase nada en particular. Unos se sujetan a sus rutinas diarias; otros, al reglamento; todos, a la espera de la aparición de un posible enemigo. Poco a poco, la vida en el fuerte se convierte en su vida, como si no hubiese nada más. Los días de permiso en la ciudad les hacen sentirse cono extraños en casa, como extranjeros en su propio país. Los demás, ni siquiera sus compañeros de academia, no pueden entender la importancia de la fortaleza Bastiani.

Así, esperando, Giovanni Drogo va consumiendo sus días casi sin darse cuenta, va perdiendo su juventud, prendido tan sólo de esa espera. Pero ya ni siquiera el Estado Mayor del Ejército ve peligro en la frontera y decide reducir la dotación de hombres en el fuerte. Entonces Drogo se da cuenta de que ya es demasiado mayor para cambios. Los que quedan, dejan de esperar que algo aparezca por el horizonte. Una falsa alarma hace decaer aún más los ánimos. La esperanza de un enfrentamiento glorioso que dé sentido a su vida militar se difumina en los soldados de Bastiani.

Pero las cosas no siempre ocurren como se les espera ni cuando se les espera. Entonces Giovanni Drogo descubre que el combate verdadero que tiene que afrontar no se va a dar contra un enemigo que ha demostrado no tener ninguna prisa por cumplir sus expectativas, sino ante alguien que siempre ha estado ahí y ante quien todo hombre se tiene que encontrar: su propia muerte. La talla del hombre, del soldado, de este hombre no se va a desvelar en el campo de batalla, ante la mirada cómplice de los amigos y compañeros, sino en la soledad, ante un enemigo que no va a defraudar en su aparición, antes o después.

desierto de los tartaros

Me ha gustado mucho la lectura. Por momentos me recordaba a Albert Camus. Iba a decir que contiene una “reflexión” sobre el tiempo, la espera y la manera en que damos sentido a nuestras vidas; pero la palabra “reflexión” no es la más adecuada. Es un relato, una historia en la que, a través de las expectativas de un joven soldado, podemos ir reconociendo estos temas,  podemos hacerlos nuestros. Las descripciones sobre cómo van viviendo los acontecimientos y el paso del tiempo ocupan, con las variaciones propias de cada etapa de la vida, el desarrollo de todo el libro.

El libro “El desierto de los tártaros” fue escrito por Dino Buzzati en 1940. En 1976 se realizó una película a partir de la novela. Una lectura, a mi entender, muy aconsejable.

Amor bajo el espino blanco

Hacía más de dos meses que no escribía en el blog; y eso que no han faltado ocasiones: una huelga, varios libros, películas, una conferencia (sobre la cual intenté hacer una entrada, pero no la acabé), la celebración de la Navidad… Es que, aunque no lo parezca, hacer una entrada en el blog supone tiempo para pensar, escribir y releer lo escrito (al menos para mí lo supone), y tengo que sentirme bien para intentar escribir bien. Ahora, una película, como en otras ocasiones, puede servir de motivo para escribir un poco.

“Amor bajo el espino blanco” nos cuenta la historia del amor entre dos jóvenes. Zhang Yimou nos la presenta en el marco de la revolución cultural china. El miedo a ser descubiertos es permanente. El padre de la chica está preso por tener ideas de derechas. La chica está estudiando para ser maestra pero, tal como insiste su madre, debe tener mucho cuidado en no cometer ningún fallo que supondría la pérdida de sus estudios o de su futuro trabajo. Siendo hija de un disidente, tiene que demostrar continuamente lo agradecida que se siente por todas las oportunidades que le ofrece la revolución. Bajo esa presión, los jóvenes van acercándose, hablando, quedando para verse. A escondidas de la gente y de la familia. Después las cosas se van complicando.

La película se recrea en los planos cortos, en las miradas, en el tiempo (lento, lento, lento para mi gusto), pero con el cine chino, si no es de kung-fu, parece que no hay prisa. Y la historia, sin ser demasiado complicada, nos va metiendo poco a poco en la relación amorosa de los jóvenes. Hay momentos de duda, de respeto, de inquietud, de dolor… pero sin grandes manifestaciones emocionales, como muy contenido todo. Igual contada de otra manera daría para alguna lágrima que otra o igual a mí no me ha cogido en un momento especialmente sensible. Pero, sin ser muy llamativa, me ha gustado y entretenido. Eso sí: hay que mirarla sin prisa (son dos horitas).

Sólo es el principio

¿Pero a quién se le puede ocurrir hacer un documental sobre un grupo de niños que asisten a clase en un aula de infantil? Y encima, ¿pretenden que paguemos por ello? Pues parece que sí. Pero, la verdad, no defrauda. ¿El resultado? Una película que se presenta muy sencilla, pero elaborada con la paciencia necesaria para acompañar a una profesora y su grupo de alumnos (que empiezan con 4 años) durante dos cursos.

Sólo es el principio, pero ¿el principio de qué? De caminar juntos, de pensar, de discutir, de cuestionar nuestras ideas, de indagar en el pensamiento, de dialogar como medio para descubrir la verdad, de hacer, en una palabra, filosofía, aunque sólo tengan 4 años. Los inicios no son fáciles, pero el resultado sí es sorprendente. Quizás no nos lo acabemos de creer, pero es una realidad, y el formato documental nos ayuda a descubrirla. Los diálogos son los que se producen entre los niños, guiados por su maestra. Y con sólo 3 o 4 años, son capaces de reflexionar sobre la pobreza, la libertad, el poder, el amor o la muerte.

Resulta también muy interesante ver cómo después los niños continúan los diálogos con los padres, cuestionando las cosas con ellos y dejándose cuestionar por ellos.

Hay poca teoría; nos la presentan en pequeñas dosis a través de los diálogos de las maestras. Pero fijándonos un poco, podemos reconocer cómo los niños van aventurando definiciones de conceptos abstractos, cómo argumentan desde la experiencia, cómo presentan razones, cómo cuestionan las opiniones de los demás, cómo la maestra ayuda a afianzar los significados alcanzados o a desvelar las posibles contradicciones, cómo ayuda a centrarse en el tema escogido… Son muchas cosas que van a apareciendo, filtrándose entre los diálogos de los niños.

Los franceses han tenido el valor de hacer de ese trabajo una película, pero también es una realidad en algunos lugares de España, donde, bajo la inspiración de los trabajos de M. Lipmann y A. Sharp, se viene trabajando en Filosofía para Niños, y donde se han ido creando proyectos propios, como es el caso del Proyecto Noria. Fue un gusto ver la película, acompañado por amigas y compañeras de trabajo, por personas interesadas en seguir buscando otras formas de educar y de ayudar a los niños y jóvenes a poner en marcha sus cabezas.

Hay momentos en que la película nos ofrece imágenes del barrio, de la escuela, al amanecer o anochecer, de personas que pasan… Hacen falta para reposar el contenido de los diálogos, para tomar conciencia del ritmo que van siguiendo los niños en su acercamiento a la filosofía, en definitiva, en su acercamiento a pensar por sí mismos de manera más crítica y, a la vez, en contacto con los demás.

No es una película común, pero no por ello resulta menos interesante. En Petrer, hemos tenido la suerte de contar con la única sala en la que se ha proyectado en la provincia de Alicante (habrá que hacer algo de publicidad, la proyectan en Cinesmax, Bassa el Moro), pero no sé lo que durará en pantalla. Creo que, para quienes se mueven en el mundo de la educación, resulta más que interesante.

Y aquí el enlace de cómo la presentaron en “Días de Cine”.http://www.rtve.es/alacarta/videos/dias-de-cine/dias-cine-solo-principio/1522243/

Las nieves del Kilimanjaro

Reestructuración en la empresa; momentos de despidos. Un sorteo: los que ganan, pierden. Los nombres que aparecen son los de quienes se tienen que ir a la calle. Entre ellos, el de la persona que va sacando los papeles y leyendo los nombres. Un sindicalista que podía haber evitado estar en la urna, pero para él eso habría sido un privilegio.

Treinta años casado. Los amigos le acompañan en la fiesta y le regalan un viaje a África y dinero para gastarlo. Sin trabajo, pero feliz en la compañía de su familia y sus amigos. Tranquilo porque sabe que, a pesar de todo, ha hecho las cosas como debía.

Michel es el sindicalista, ahora despedido; Marie Claire, su esposa; Raoul, amigo de la infancia, cuñado y compañero de trabajo y luchas sindicales; Denisse, hermana de Marie Claire. Disfrutan de una velada juntos, jugando a las cartas. De pronto alguien irrumpe en casa. Les golpean, les roban. Pero es mucho más que el dinero lo que se pone en juego, lo que se puede perder.

Toda una vida luchando por unos ideales y ahora, poco a poco, parece que empiezan a desmoronarse. Una lucha que ni siquiera tiene el reconocimiento de aquellos que disfrutan de sus logros. Aparecen reacciones que nunca podrían haber imaginado. Hacer lo correcto, lo justo y, sin embargo, tener la sensación de que algo queda pendiente. Hacer lo que todos harían, pero saber que está siempre a medio camino.

En un momento en que los ideales por los que han luchado son cuestionados incluso desde su familia, Michel y Marie Claire descubren que hay algo mucho más importante: las personas concretas a quienes afectan sus decisiones. Se sienten responsables, no porque vayan a solucionar el mundo, como igual pensaban que harían en otro momento, sino simplemente porque en ese momento son ellos dos los que están ahí, los que se encuentran con ellas.

No hay discursos ideológicos, salvadores, que nos dicen lo que hay que hacer, qué es lo correcto. Nos encontramos, simplemente, con dos personas que sienten cómo las grandes ideas han ido cayendo, y ahora piensan en las personas concretas que se han cruzado en sus vidas.

Hay seis o siete diálogos muy interesantes:

  • El de Marie Claire con un camarero (muy simpático). Cada situación requiere de una bebida.
  • El de Marie Claire con una madre que no quiere saber nada de sus hijos (muy duro). Cuestiona lo que pensamos que debe hacer una madre que no quiere serlo.
  • Dos de Michel y el ladrón, donde se cuestiona hasta qué punto los demás reconocen o siquiera se interesan por aquello por lo que Michel ha luchado.
  • El de Michel y Marie Claire sobre sus ideales, sus luchas y su situación actual.
  • El de Michel y Raoul, donde se cuestiona si, cuando los problemas nos tocan directamente, estamos dispuestos a mantener la forma de actuar que en otros momentos considerábamos correcta.
  • El de Michel y Marie Claire con sus hijos, donde se cuestiona qué ha quedado de sus luchas del pasado y a qué viene ahora intervenir en una situación que no  debería afectarles.

No he podido dejar de relacionar la película con dos libros: el de Irene Comins “Filosofía del cuidar” y, más intensamente, con “Ética de la compasión” de Joan Carles Melich. La Ilustración fundó la ética sobre la razón y los derechos humanos. Necesarios, pero a veces insuficientes; sobre todo, cuando las personas son tratadas como realidades abstractas y no como seres de carne y hueso que nos interpelan desde el mismo momento en que se cruzan con nosotros. Y no vale preguntarse por qué me ha tocado a mí, por qué tenía que estar yo en ese momento. Y la pregunta no es quién debe hacer algo, sino qué puedo hacer yo. Y la respuesta no se plantea desde ideas abstractas, sino desde las necesidades particulares del otro.

Esto último me ha quedado un poco desgarbado, pero invito a ver la película y leer alguno de estos libros (al menos en parte). Después de ver la película, con la que además lo he pasado bien, vuelve a aparecer ese sentimiento de que se puede ser mejor y que no es un trabajo absurdo ni inútil, sino que vale la pena. No está mal, acabar una película o un libro, con ganas de mejorar.

Si alguien quiere ver un comentario bastante diferente, puede ver la crítica de Sergi Sánchez en la Razón: Guediguián y la mala conciencia. Igual hay que proteger la conciencia para que no nos afecten las consecuencias de las decisiones que tomamos. Igual hay que pensar que no somos responsables prácticamente de nada, que siempre hay una causa impersonal para vivir así tranquilos. Sí, mejor no tener mala conciencia o, ya puestos, no tener conciencia. La cinta no ofrece un discurso fácil de buenos y malos, ni de personas que tienen siempre claro lo que deben hacer.

Intocable

¡Qué pedazo película! ¡Qué historia más bonita! También aquí hay juguetes rotos, pero es una película totalmente distinta a la anterior. Se trata de una comedia de un gusto exquisito.

Philipppe, un francés de pura cepa, blanco, cuidadoso, educado, con buen gusto y notablemente rico, pero rico, excesivamente rico. Sólo tiene un problema (o eso pensamos al principio): es tetrapléjico. Necesita un acompañante, alguien que le cuide durante el día y la noche. Aparece Driss, un senegalés, joven, fuerte, no muy fino en el trato ni las maneras, directo, burlón, negro, negro (con perdón), un tipo que no parece de fiar. Sólo está allí para que le firmen los papeles como que ha acudido a la oferta de trabajo, para evitar perder el subsidio de desempleo. Al día siguiente, cuando acude por sus papeles se encuentra con una oferta formal de trabajo: un mes de prueba.

A mitad de la película descubrimos que la tetraplejia de Philippe fue provocada por un accidente de parapente, pero su mayor dolor no es ese, sino haber perdido a su esposa por causa de una enfermedad. “¡La amaba tanto!”, exclama Philippe, con ella podría sobrellevar su discapacidad.

También descubrimos algo más sobre la vida de Driss. Su presencia va a cambiar algo más que la forma en que se cuida a un enfermo. Todo el entorno se ve afectado.

Cuando las dos personas han conectado, cuando vemos que ha surgido una sincera amistad, Philippe invita a Driss a marcharse, a volver a casa, porque sabe que tiene asuntos que arreglar, personas a las que volver a tratar, responsabilidades para con los suyos. Él es feliz con su cuidador, pero sabe que Driss tiene cosas que hacer y hay que dejarle ir.

Dos formas totalmente distintas de entender la vida, dos historias totalmente ajenas a la suerte del otro; pero coinciden. Los dos son tocados por esta relación, los dos se enriquecen. Los dos cambian después de este encuentro.

Ha coincidido que he visto esta película el mismo día en que he acabado el libro de Irene Comins “Filosofía del cuidar”. Esta película puede ser un buen ejemplo de ese trato cuidadoso, que atiende a las personas desde sus necesidades concretas, no como realidades abstractas, sino como seres de carne y hueso, con sus aspiraciones, sus deseos, sus dolores, su historia personal. Y en ese encuentro, cuidado y cuidador se enriquecen mutuamente, crecen como personas.

La película deja muy buen sabor de boca. Se pasa muy bien todo el tiempo, contemplando la conexión que se produce entre dos vidas, en principio, tan distantes.

Redención (Tirannosaur)

Nos encontramos con juguetes rotos, aunque, al principio no lo sabemos. Joseph, un hombre ya mayor, sin llegar a anciano, pero bastante mayor, solitario, que a veces saca su mal carácter y se pone violento, y borrachín. Él mismo se califica como un hombre malo, que acaba haciendo daño a las personas con quien se relaciona. Hannah, una mujer tranquila, muy religiosa, que trabaja en una tienda que parece algo así como un almacén de cosas usadas o un ropero de Cáritas (no sé si la gente paga por llevarse cosas). Las dos personas se cruzan. Joseph se relaciona con la mujer de forma burlona, fría y distante; como si estuviera por encima de todo (o quizá por debajo), porque se siente de vuelta de todo, fracasado. Sólo se relaciona abiertamente con un niño, vecino suyo, y sus compañeros de cervezas.

Joseph se burla de la fe de la mujer; pero cuando un amigo suyo está a punto de morir, le pide que le acompañe a su casa y rece por él. El hombre encuentra en la mujer alguien que le sonríe de vez en cuando. La mujer vive sujeta a sus oraciones y su fe. Pero la vida de la mujer no es tan tranquila ni serena como aparenta. También ella es un juguete roto, una mujer maltratada por su marido. Un hombre celoso, violento y desequilibrado, a quien, sin embargo, los demás consideran una persona ejemplar.

Ella reza, pero su fe no le libra del dolor; parece que tiene que aceptarlo, incluso perdonando al marido. Pero no se puede aguantar todo ni siempre.

Al final, Joseph y Hannah pueden ir cerrando heridas, redimiendo sus errores o sus pecados. Parece que pueden encontrar de nuevo su sitio en la vida. Pero nada ocurre de manera fácil, ni rápida, ni mágica. El proceso de redención, de volver a ordenar unas vidas tan tocadas (por las propias decisiones o las ajenas), no se produce sin dolor.

No es una película para pasar un buen rato. La historia está muy bien contada, pero hay muy pocas sonrisas y muchas situaciones desagradables. Son juguetes rotos, por su propio pasado o por la violencia de los demás, que tienen dificultades para amar, expresarse y relacionarse con los demás de una forma franca.

¿Aconsejable? Sí, pero sabiendo que no vas a pasarlo muy bien. Hay redención, pero llega al final. No te deja muy buen cuerpo.

El espectacular Spiderman

Hoy ha tocado cine. Ya podéis adivinar la película con el título de la entrada, además en 3D. La historia es de sobra conocida, tanto por los cómics, la serie de dibujos, como la anterior serie de películas. Cuando era un adolescente (y de eso ya han pasado bastantes años), era un lector asiduo de cómics, sobre todo en verano. Spiderman no podía faltar, como los 4 Fantásticos, Thor, el Hombre Enmascarado, el Príncipe Valiente, el Motorista Fantasma, Flash Gordon, Superman, Rip Kirby, Hazañas Bélicas, Big Ben Bolt… y alguno que se me habrá quedado oculto en la memoria. Igual cuando me haga más viejo empiezo a recordarlo, por aquello de recordar cosas muy pasadas.

De Spiderman ya habían hecho una trilogía en cine y, con esta película, vuelven a los orígenes del superhéroe. Las otras películas las había visto incompletas, como de pasada, cuando las emitieron por TV. Pero ha valido la pena ir al cine. La historia, si te gustan las historias de superhéroes, no defrauda.

Evidentemente hay muchos efectos especiales, pero se entra en la película muy bien. De hecho, lo menos creíble para mí es que Gwen Stacy, la novia de Peter Parker, tenga sólo 17 años (no cuela). Y, por supuesto, luchas contra malvados, si no, no sería un superhéroe digno de mención.

Hay algunas llamadas a la reflexión: a la responsabilidad sobre nuestros actos y decisiones; a la responsabilidad por los dones que hemos recibido; a la bondad. El tío Ben, quien debe hacer las funciones de padre, tiene que recordárselo al joven Peter Parker. En toda la película subyace el tema del poder y su uso: Peter es llamado a usarlo en bien de los demás, para protegerlos, mientras que el Dr. Curtis Connors lo usa en su propio bien, al principio, pero pierde el control sobre él y se convierte en una herramienta de destrucción. El poder puede usarse de muchos modos, pero no deja de ser una herramienta peligrosa. En una de las películas anteriores (la 3 de la saga anterior), el mismo Spiderman experimenta la capacidad destructiva de su poder. Al final, con algunos guiños al público adolescente, como la relación con Gwen, uno sale del cine con la sensación de que es bueno ser bueno. Hay mucha maldad en el mundo, pero vale la pena obrar bien y cada uno es responsable de mejorar el mundo que le envuelve en la medida de sus posibilidades, aunque no podamos ir tirando tela de araña por ahí (que hay que ver qué cochino queda todo después) y columpiándonos entre rascacielos.

Al final nos encontramos en una clase sobre literatura de ficción. La profesora lanza una idea: según determinado autor, existen diez tipos de tramas en la literatura de ficción. La profesora replica: en realidad sólo hay una trama, la cuestión de quién soy yo. Los superhéroes, a su manera, nos interpelan: tú, ¿quién eres? ¿qué puedes hacer? E incluso, por momentos, nos hacen sentir que podemos ser mejores.

Y ahora que nadie me oye (o me lee), he de confesar que ha habido tres o cuatro momentos en que me he emocionado (aunque no ha llegado a escaparse ninguna lágrima, pero ha faltado poco). Y no han sido los momentos del enamoramiento entre Peter y Gwen, sino las llamadas a la responsabilidad y la bondad. A su manera, el cine enseña más ética que muchos libros.

Cabe otro tipo de lectura, más crítica con este tipo de cine. Como casi todos sabemos, los superhéroes tenían una especial atracción por los Estados Unidos (todos van a parar allí, incluso Thor, que podría haberse presentado en Suecia o Noruega para sentirse como en casa). Al final parece que es bueno que haya alguien con un poder especial, pero que sea de los nuestros. ¿Por qué? Porque los otros, los malos, también pueden acceder a determinados poderes y puede ser necesario pararles los pies. No sé si tanto superhéroe tiene algo que ver con la época de la guerra fría, con la necesidad de armarse más y mejor, de tener poder en nuestras manos (en este caso la de los americanos), no sea que los enemigos se adelanten. No lo sé, pero el paralelismo no parece desbocado. A fin de cuentas, esa forma de pensar está detrás de algunas intervenciones militares. Los países que más arsenal atómico tienen, se sienten con el derecho a hacerle la guerra a otros países que podrían crear armas atómicas. Nosotros tenemos un poder, pero somos los buenos; ellos son los malos, mejor que no tengan siquiera la posibilidad de crearlo. Ya digo: este paralelismo se me ha ocurrido después y no sé hasta qué punto hace justicia a la intención (consciente o no) de quienes se dedicaron  a crear estos seres fantásticos. Con todo, sin perderme en estas comparaciones, la película me ha gustado mucho. Y el cine, sobre todo, está para entretener.

Mientras duermes

El jueves pasado vi “Mientras duermes”. Me gustó bastante. Jaume Balagueró nos hace desconfiar de las personas con quienes tratamos amigablemente cada día. No es que eso sea algo bueno, pero para el cine sí lo es, porque nos cuestiona, nos pone en jaque, nos crea tensión. Yo no tengo portero en mi comunidad de vecinos, lo cual probablemente sea una ventaja, pero ¿qué puede esconder esa persona que amablemente nos saluda por la mañana, recoge el correo o echa una mirada al fregadero de nuestra casa porque parece que hay un atasco? Este portero tiene las llaves de cada vivienda por si algún vecino las pierde; y eso le da acceso a ellas para realizar pequeñas reparaciones o para otras cosas…

El portero, interpretado magníficamente por Luis Tosar, no es feliz. ¿Podrá encontrar la felicidad en el amor, en un amor oculto, distante o platónico hacia una vecina? ¿Tiene su ilusión en que algún día ese amor podrá salir a la luz, se podrá realizar? Viendo a la vecinita, nos parece un poco iluso, ¿iluso? A lo mejor, no. Sabemos, porque él mismo nos lo dice al principio, que él nunca ha sido feliz, que es consciente de que nunca podrá llegar a ser feliz, como si tuviera una tara genética que se lo impidiera. El portero encuentra en su trabajo un medio para hacer daño a otras personas, una manera de colaborar en su infelicidad. ¿Y qué motivos puede tener para actuar así? Es el único alivio para su propio malestar. En definitiva, la envidia. Si yo no lo puedo tener, por qué van a disfrutarlo otros.

Lo que nos ofrece Balagueró es una versión refinada de la envidia, tan refinada que nos cuesta llegar a descubrirla; y no viene sola, está aderezada con sadismo y un punto de cinismo, y si no, estén atentos al diálogo que mantiene con Verónica  (Petra Martínez), la anciana soltera que vive pendiente de dos perritos y que gusta de hacer escapadas al bingo, un diálogo totalmente correcto, como quien da consejos, pero de una mala uva de primera. Y así in crescendo hasta la escena final.

Al hablar de la envidia, empezaba a perderme en una reflexión sobre la misma, pero la entrada iba a quedar muy larga, así que lo he suprimido. Igual, más adelante, me atrevo con algo que damos por sentado que es tan nuestro.

La película no es imprescindible, pero sí más que interesante. Muy buena para pasar un mal rato.