¿Por qué no interesa la ética?

A algunos parece que no les interesa la ética. O les interesa que los demás no la tengan en cuenta (que todo puede ser). Ya en otras entradas hemos hecho alusión a ese empeño por quitar la ética y la filosofía de los planes de estudio (¡Que quiten ya la filosofía! y El Estado justo). En honor a todos los empeñados en tan “honorable” tarea, ahí va otra viñeta.

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¡Que quiten ya la filosofía!

Sí, que la quiten, pues no sirve para nada. Ya puestos, quememos los libros de filosofía. A estas alturas, casi todos saben que la filosofía no sirve para nada.

La primera en caer va a ser la ética. No hay duda de que no sirve para nada: la casta política ha demostrado empíricamente que la ética no hace falta, es más, puede llegar a constituir un obstáculo, para alcanzar el poder y mantenerse en él. ¿Para qué pensar en qué es justo, honesto o correcto? No nos compliquemos la vida. Así que mejor despacharla del plan de estudios, no sea que a la gente le dé por pensar…

Y si se puede vivir sin ética, también sin la filosofía en general. Pero si al final todo se reduce a la productividad y al éxito, medidos en términos económicos, ya no sobra sólo la filosofía. La literatura, la música, el arte, la historia… son muy poco productivas, resultan todas prescindibles. Y sin embargo, nos ayudan a pensar, imaginar, sentir o proyectar que la realidad puede ser más que lo que damos por supuesto; nos hacen creer que el ser humano puede llegar a ser más y mejor que lo que es. Nos hacen sentir y pensar, aunque a veces sólo sea durante unos instantes como ocurre con el arte, que, a pesar de las circunstancias, o mejor, a partir de las circunstancias que nos ha tocado vivir, podemos aspirar a ser mejores.

¿Se puede vivir sin el arte, sin la ficción, sin el pensamiento? Sí, claro. Pero ¿durante cuánto tiempo seguiría siendo una vida digna del ser humano?

Y como hacía tiempo que no dibujaba, ahí va una viñeta.

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P.S.: Me decidí a escribir esta entrada durante el concierto de la Orquesta de Zhejiang. Durante un momento pensé: “Esto no es necesario; se puede vivir sin ello”. Pero después me dije: “¡Pero qué gozada poder disfrutarlo y qué lástima si no estuviera a nuestro alcance!”.

Entrevista con el Director de Centros

En la entrada “Yo también estudié en clases con 40” hago referencia a una entrevista a Jorge Cabo, Director General de Centros, que apareció en el diario Información el 15 de abril. Como puede resultar difícil encontrar esta entrevista en internet, pero creo que resulta suficientemente “rica” en matices, he decidido colgarla por mi cuenta. Aquí tenéis el enlace. Que os aproveche.

Yo también estudié en clases con 40

Como José Ignacio Wert, Ministro de Educación, y Jorge Cabo, Director General de Centros de Educación de la Comunidad Valenciana, yo también he estudiado en clases con 40 alumnos y, como a ellos, no me ha ido tan mal; lo cual no quiere decir que me haya ido igual de bien que a ellos, pero en realidad no me puedo quejar (de momento). Si estos han sido los resultados, no hay ningún problema en volver a clases con 40 alumnos, ya que, al parecer, la situación actual es muy parecida a la que teníamos cuando yo estudiaba.

Por ejemplo, nosotros, al igual que los alumnos valencianos de hoy, tampoco teníamos en clase un ordenador para cada uno. En realidad, les llamábamos computadoras y sólo las habíamos visto en las películas americanas.

Hasta mi 3º o 4º de EGB, también gobernaba en España un señor por mayoría absoluta; la diferencia es que él no había alcanzado el poder con el respaldo de las urnas, sino mediante una guerra.

Hasta aquí las coincidencias; ¿qué tal si ahora hablamos de las diferencias? Hablando de las virtudes de aquel sistema, en 5º de EGB yo escribía con mayor corrección que lo hacen ahora mis alumnos de 2º de Bachillerato. Es verdad que yo estaba especialmente motivado con la ortografía: mi maestro tenía una vara de madera; durante los dictados, se paseaba por el aula, mirando por encima del hombro de los alumnos; cuando encontraba una falta de ortografía, tocaba el hombro del alumno, éste se levantaba y el maestro le daba con la vara en el culo. ¡Claro que valoraba yo las normas de ortografía, no como los alumnos de ahora! En alguna ocasión escuché a alguna madre decirle a mi maestro que, si su hijo se portaba mal, en lugar de uno, le diera dos palos. Más o menos como ahora. Después tuve otros maestros más sensatos y con unas formas más humanas de motivar.

No teníamos móvil, ni en clase ni fuera de ella. No sabíamos que pudiera existir semejante aparato. Tampoco existían la PSP, ni la WII, ni los MP4, ni nada parecido. ¿Internet? No existía ni la palabra. En realidad, no teníamos tantas cosas con las que despistarnos. Tampoco teníamos una televisión en nuestra habitación, ni ordenador ni nada semejante.

Hasta mi 5º o 6º de EGB, en las familias, en la calle, en la escuela, en las iglesias y en la tele (sólo estaba la 1ª y la UHF) había un mismo ambiente moral, ideológico y, si me apuran, religioso. Todos tenían y mantenían un sentido semejante sobre la autoridad y el respeto.

La escolarización era obligatoria hasta los 14 años. Sólo unos cuantos pasaban al instituto y, en el momento en que repetían, sus padres se ocupaban de sacarlos del centro y ponerlos a trabajar. Nada de estar hasta los 16 años.

Teníamos la mitad de asignaturas y muchísimos menos medios de información o de dispersión. No existían planes de refuerzo ni de atención a la diversidad. Los que no valían para estudiar, iban repitiendo, quedándose atrás, y se salían del colegio en cuanto cumplían los 14 años. Pero esos no cuentan; sólo contamos aquellos a los que no nos ha ido mal.

Nuestra sociedad era mucho menos compleja, menos avanzada, con una estructura familiar más estable, aunque no necesariamente mejor; no se hablaba tanto de los derechos de la mujer ni de los niños. No formábamos parte de la Unión Europea, la mitad de los países que hoy forman parte de Europa no existían más que como partes de otros estados (Checoslovaquia, Yugoslavia o la URSS). Y en España estábamos empezando a entender qué era eso de la democracia.

Hace aproximadamente dos meses, un señor de unos 80 años me dijo que cuando él iba al colegio, eran 40 alumnos para un maestro. Lo decía como un reproche hacia los profesores de hoy. Creo que hablaba así por ignorancia. Le pregunté que si pensaba que los adolescentes y los jóvenes de ahora, o los padres, o la sociedad actual son como eran entonces. Me contestó que no. Este señor hablaba así por ignorancia, y en ese sentido y con esa edad, se le puede disculpar. Esa misma ignorancia no se le puede suponer ni a un señor Ministro de Educación ni a un Director General de Centros. Hablar como si volver a meter 40 alumnos en un aula fuera algo insignificante, que no afectará al rendimiento académico, resulta cínico. Y es cínico porque saben, pero no dicen, que a quienes va a afectar principalmente es a los alumnos que tengan más dificultades para aprender y que quienes quieran aprender van a encontrar más dificultades para conseguirlo. Pondrán 40 alumnos, o 50 si hace falta, y dentro de unos años algunos serán ingenieros, arquitectos o profesores de literatura. “No nos ha ido tan mal”, pensarán. Pero habrán olvidado a los que se hayan ido quedando por el camino.

Pensar que todos estos cambios no han afectado a la educación demuestra o muy poca finura intelectual o mucho cinismo.

No soy un defensor de la LOGSE, pero si la gran aportación del PP a la educación va a ser meter más alumnos por aula y recortar el presupuesto no hace falta ni ministro ni ministerio.

P.S. Las declaraciones del Director General de Centros están recogidas en el diario Información del 15 de abril de 2012. Las del Ministro de Educación en cualquier periódico de tirada nacional del 16 de abril de 2012.

Carta a María José Català. Con cariño.

Estimada María José:

No me gustaría que lo tomaras como un atrevimiento por mi parte, pero… ¿te puedo llamar “mamá”? No se trata de una expresión con dobles intenciones ni me gustaría que buscaras interpretaciones ocultas, es simplemente la palabra que han susurrado mis labios conforme iba desgranando las palabras tan llenas de dulzura que has destilado en tu afectuosa carta.

Por fin alguien me ha dicho que la Consellería de Educación es mi casa. No he podido menos de sentirte a ti, que estás a su cabeza, como la mamá. Sin embargo, percibo que un halo de pudor te ha movido a llamar a los demás profesores “su gente” (de esta casa); cuando lo ideal habría sido que nos llamaras “hermanos” o, pensando en una familia extensa, “primos”. Aun así, a ti sigo viéndote como la madre, la mamá para todos nosotros.

Ahora entiendo tus muchos desvelos. Tú y los tíos, tus compañeros de partido, os habéis preocupado mucho por nuestra salud: “Estos nenes me han salido flojuchos. Siempre están enfermos”. Nuestro tío Felipe se atrevió a decir que el 27% de nosotros siempre estaba enfermo. Pero, mamá, ¡que esto es una casa, no un hospital!  ¡Qué ocurrencia!, ¿verdad? Si es que al tío Felipe nunca se le han dado muy bien las matemáticas.

Debe ser algo de familia, porque todos tenéis esa tendencia a exagerar un poco. ¿Te acuerdas cuándo dijisteis que os estabais gastando con nosotros el triple de lo que se gastan otros padres? Es que no lo podéis evitar. Pero no te culpo: me he dado cuenta de que todos los padres y madres acaban exagerando las cualidades de sus hijos: que si es muy alto para su edad, que si ha salido muy listo…; a veces también exageráis las cualidades negativas, porque así llamáis un poco más la atención: que es muy gandul, que no le gusta leer, que no hay manera de que estudie más… ¡Yo qué sé la de cosas que diréis de nosotros cada vez que os juntéis! Yo sé que exageráis, pero no lo hacéis con mala intención; simplemente, no lo podéis evitar: es el cariño que nos tenéis el que hace que habléis así.

Hay un momento en que he percibido un atisbo de dolor por tu parte: cuando has hablado de intenciones ocultas. No te sientas mal por ello. Yo, que ya soy mayor, sé que los padres y las madres a veces tienen intenciones ocultas en las cosas que les dicen a sus hijos. Si un padre le dice a su hijo que se tiene que acostar pronto, porque si no el ratoncito Pérez no le va a traer ningún regalo, no lo hace porque realmente crea en este simpático roedor, sino porque tiene la intención oculta de animar al niño a acostarse para así él poder dejarle la sorpresa. Su intención oculta está, en realidad, cargada de bondad. Por eso, a mí no me preocupa que alguien piense que detrás de tus actos hay intenciones ocultas, porque sé que, al igual que las demás madres, lo haces por nuestro bien. Lo que sí me preocuparía es que las intenciones, ocultas o expresas, fueran malas, pérfidas, ruines, miserables, malévolas. No, yo nunca creeré, después de leer tu afectuoso escrito, que nada semejante pueda haber detrás ni delante de todas tus manifestaciones, como tampoco creo que a los tíos les haya pasado nada semejante por la cabeza. Cuando habéis volcado información falsa, incompleta, manipulada en los medios de comunicación, nunca ha sido por hacernos daño; sólo para ver si así, como haría cualquier otra madre, nos animabais a cambiar, a mejorar. Han sido como regañinas que, en el fondo, os dolían más a vosotros que a nosotros. Cuando habéis recortado nuestros derechos, lo habéis hecho porque nos estabais malcriando, porque si no, igual sólo buscábamos formarnos, estudiar y prepararnos pensando en la compensación económica, y vosotros queréis que lo hagamos de manera altruista. Cuando habéis intentado poner en nuestra contra a los padres o a la sociedad en general…, no sé, aquí reconozco que me cuesta entenderlo un poco más, pero ahora que te conozco mejor, supongo que ha sido para fortalecer nuestro espíritu, nuestro temple. Gracias, porque no sólo os habéis preocupado por nuestras necesidades económicas, sino, sobre todo, por nuestra formación moral. Habéis sido todo un ejemplo para nosotros.

Me ha gustado mucho eso que dices, que nosotros somos los principales actores. Es muy bonito, pero aquí también te ha traicionado un poco la pasión de madre. Tú sabes que en el teatro o en el cine, la historia la llevan el guionista y el director. El guión creo que os lo ha marcado el tío Mariano. ¿Qué tal está? Ya hace tiempo que no lo vemos por aquí. Y de directora puedes estar tú misma, ¿quién mejor?, ¿por quién vamos a sentirnos mejor dirigidos?

Perdona, mamá, que me haya extendido un poco; pero, tienes razón: hacía tiempo que no nos comunicábamos. Espero que a partir de ahora podamos hacerlo más frecuentemente.

Gracias por hacernos sentir como en casa. Ya nos hacía falta. Espero verte pronto para devolverte el abrazo tan cariñoso que nos has enviado y, si me lo permites, darte también un filial beso.

Tu afectuoso hijo,

Fernando

PD: Afectuosa respuesta a la afectuosa carta que nos ha enviado la Consellera de Educación, Doña María José Català Verdet.

Agradeciendo a médicos y maestros

Tenemos dos hijos. Se trata de las dos personas que más queremos. En esto, como es de suponer, no somos muy originales. El ser padre o madre ha supuesto para nosotros experimentar una serie de preocupaciones y responsabilidades que hace unos años no nos podíamos ni imaginar. En casa intentamos darles el afecto, la atención, el tiempo, la dedicación, el alimento, los cuidados y la educación que creemos que necesitan para ir creciendo como personas. Nos gusta verlos sanos, que se relacionen con los demás, que vayan comprendiendo cada vez más el mundo que les rodea y que vayan teniendo experiencia del afecto y el calor humanos. Pero en casa no se lo podemos dar todo.

Una buena parte del tiempo la pasan en la escuela. El mayor ya va al colegio; es un colegio público. Su maestra es funcionaria. Si hiciera caso de los comentarios, chistes y caricaturas que corren por ahí sobre los funcionarios, al escuchar o leer esta palabra debería pensar en una persona acomodada, poco preparada, más pendiente de su propia tranquilidad que del bien de los alumnos, negligente a la hora de preparar las clases, ajena a lo que les pase a los demás, que no se sale nunca de su horario… ¡Una privilegiada! Si fuera un padre responsable, debería sacar a mi hijo del colegio. Sin embargo, dejo a mi hijo, a quien tanto quiero, en el colegio y me marcho tranquilo. Pienso que mientras está con su maestra está en buenas manos, que puede aprender muchas cosas y, sobre todo, está aprendiendo lo complicado que a veces resulta convivir con los demás. Y ella le está ayudando a comprender mejor ese mundo que nos rodea, a mi hijo y a los demás niños que están con ella en el aula. Cuando hemos tenido alguna duda, ella nos ha atendido. No hemos encontrado indiferencia ni superioridad; hemos encontrado amabilidad, dedicación y afecto hacia nuestro hijo.

Como muchos otros padres, la otra gran preocupación que tenemos con nuestros hijos es su salud. Cuando están enfermos los llevamos al Centro de Salud público. Nos atiende un pediatra. También es funcionario. Debería ser una persona indolente, ajena al sufrimiento de los demás, pendiente sólo de que los pacientes pasen deprisa para irse antes, que no escucha, aburrido en su trabajo… Pero encuentro a una persona interesada en formarse; que trata a mis hijos con una delicadeza extraordinaria (así que los niños no tienen ningún problema en ir a su consulta, donde se encuentran a gusto); que nos recibe siempre con una sonrisa y unas palabras cargadas de amabilidad, sean las primeras horas de la mañana o las últimas de la tarde; que no tiene inconveniente en decirte “si no ves que mejora, la vuelves a traer” y que nos atiende aun cuando ya ha pasado su horario de consulta. Cuando salgo de la consulta me siento más tranquilo. Pienso que nos ha atendido una persona preparada, que se preocupa de hacer bien su trabajo y que trata a los niños de una manera exquisita.

Me siento agradecido con los dos: con la maestra y con el médico de mis hijos. Me siento agradecido por el tiempo que han dedicado a formarse y porque su formación repercute ahora en el bien de mis hijos. Me siento agradecido no sólo porque trabajan con mis hijos, sino porque cada día se esfuerzan en hacer bien su trabajo. Me siento agradecido con ellos porque tratan a mis hijos como a mí me gusta: sin prisas, con respeto, con cariño. Me siento agradecido porque un día se esforzaron para tener un puesto de trabajo y ahora su trabajo está beneficiando a mis hijos. El pediatra se llama Juan y la maestra Rosi. Gracias a los dos.

Otros habrán tenido otras experiencias; habrá muchos descontentos. Cada uno verá lo que hace. A mí me apetece reconocer y agradecer el bien que ellos están haciendo a mis hijos, que a fin de cuentas, son las personas que más me importan en la vida.

En busca de Bobby Fischer

¿Qué pasa en una casa cuando los padres descubren que un hijo suyo es un genio? El título de la película me sugería algo así como la reconstrucción de la biografía de Bobby Fischer, el ajedrecista americano, pero la búsqueda no es sobre él, sino sobre un posible sucesor suyo, alguien que volviera a jugar como él.

Aquí aparece Josh Waitzkin, quien con 7 años aprende solo a jugar al ajedrez y su capacidad para aprender parece espectacular. Pero él lo vive como algo normal. No así su padre,  quien le busca un profesor. El profesor está más pendiente de hacer de él un nuevo Fischer, olvidando que Josh no es igual. Pretende inculcarle un desprecio hacia los adversarios y un deseo de ganar a toda costa que el niño no posee ni quiere poseer.

La película nos muestra a otros padres que se sienten fuertemente dececpcionados cada vez que sus hijos cometen algún error. El propio padre de Josh entra en esa forma de actuar, hasta que la madre les pone freno.

En el niño los adultos vuelcan sus expectativas y sus proyectos (como es el caso del padre, representado por Joe Mantegna) o sus miedos y sus fracasos (como el profesor, interpretado por Ben Kingsley). Sólo la madre les hace recordar que Josh es sobre todo un niño y, además, un niño con un buen corazón, que no necesita verse sometido a la presión de la competición ni tiene por qué tener ese deseo de ganar. Él disfruta jugando al ajedrez en el parque, con gente que aprovecha lo que gana en las partidas para ir tirando, aunque su juego no resulte demasiado ortodoxo. La madre quiere ver a su hijo disfrutando con ello, sin que tenga que ser alguien más que él mismo. Y así es como mejor juega el niño.

Al final, la película nos informa de que Josh ha llegado a ser el menor de 18 años mejor clasificado en los torneos de EEUU. Ha aprendido más sobre el ajedrez, pero no ha dejado de jugar al beisbol, al fútbol ni ha dejado la pesca. El ajedrez o cualquier otra actividad puede ser muy interesante, puede llegar a ser un arte. Algunos niños pueden ser genios en él, pero siguen siendo niños que necesitan muchas más cosas y sobre todo la atención y el cariño de sus padres por encima de sus victorias o derrotas, por encima del puesto que ocupen en el ranking.

Me parece un reflexión muy interesante. A los padres nos gustaría tener hijos que destacaran en algún ámbito (el deporte, la ciencia, el arte…); seguramente pensando en nosotros mismos, en lo que nos habría gustado ser o alcanzar. Pero los niños no son una proyección de nosotros mismos y, sobre todo, siguen siendo niños aunque en alguna de estas cosas superen a muchos adultos. Necesitan seguir siendo niños, con sus juegos, sus fantasías, sus ilusiones (no las de sus padres) y con el tiempo que sus padres les puedan brindar para sentirse protegidos y queridos por ellos. Nadie necesita ser otra persona, nos basta con ser nosotros mismos.

La película nos muestra a otros padres que se sienten fuertemente dececpcionados cada vez que sus hijos cometen algún error. El propio padre de Josh entra en esa forma de actuar, hasta que la madre les pone freno.