Feliz Navidad

La noche del 22 de abril, La 2 (la UHF de antes) nos ofrecía una joyita de película: “Feliz Navidad” (Joyeux Noel, 2005). Cuenta la historia, basada en un hecho real, de unos soldados alemanes, escoceses y franceses que, durante Nochebuena de 1914, deciden abrir una tregua en los combates que mantenían en las trincheras. Parece ser que este armisticio no oficial se repitió en varios lugares del frente.

Resulta curioso: lo que ocurre, visto desde la lógica de la guerra, una guerra atroz que acabó con la vida de muchos jóvenes en todos los bandos, resulta absurdo. Los soldados comparten sus bebidas, su comida, incluso los juegos, en medio del campo de batalla. Sin embargo, lo realmente absurdo era la situación bélica: que unos jóvenes tuvieran que arriesgar sus vidas y arrebatar las de los enemigos por el sinsentido impuesto por sus gobernantes. En medio de la muerte y el dolor, la celebración de la Navidad permite a los soldados recuperar su humanidad y reconocerla en quienes tienen enfrente. Los soldados son conscientes de haber vivido una experiencia que les marcará el resto de sus vidas, mucho más que el hecho mismo de haber participado en una guerra. El hecho de haber tratado con los otros, ayuda a los soldados a reconocer el absurdo de su situación: ellos tienen que morir y matar para salvar el supuesto honor de unas personas que toman las decisiones sin arriesgar nada más que ese supuesto honor.

Pero el sinsentido de la guerra, con su lógica, vuelve a imponerse. Los superiores no pueden aceptar que los soldados hayan confraternizado, se hayan sentido, por unos días, humanos, vinculados unos con otros, a pesar de encontrarse en bandos opuestos. Con el fin de que no vuelva a ocurrir, los mandos cambian a las tropas de lugar.

La guerra tiene su propia lógica, la de olvidar que cada soldado, de uno y otro bando, es un ser humano; que tras cada uno de ellos hay un entramado de afectos, de relaciones, de vínculos formados por sus familiares y sus amigos, de seres que acabarán extrañándolos. Con su forma de actuar, los soldados rompieron esa lógica y mostraron que, incluso en las circunstancias más atroces, los seres humanos siguen siendo capaces de sacar a la luz la bondad que les permite seguir sintiéndose como tales: humanos.

El momento en que cantan “Noche de Paz”, seguido por “Adeste fideles”, resulta para mí de lo más emocionante, sobre todo, pensando que se refiere a un hecho histórico.

Aquí tenéis un precioso resumen de la película:

Y aquí “Adeste fideles”.

Por ahí he encontrado críticas bastante duras a la película. Está claro que aquella no fue una guerra de mentiras y que los alemanes cometieron tropelías de primer orden, como harían posteriormente en la II Guerra Mundial; pero eso no quita valor al hecho que aquí se narra y que, en su forma de narrarlo, aun hablando de la guerra, pueda tocarnos la fibra sensible.

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El despertar de Sharon

Este es el título de una película dirigida por Michael Tolkin en 1991. Sharon trabaja en el servicio de información telefónica. Siente que su vida está vacía e intenta llenarla haciendo intercambio de parejas con personas a quienes acaba de conocer en algún bar. Evidentemente lo pasa bien, pero nada más: la sensación de vacío perdura.

Casualmente, mientras almuerza en el trabajo, escucha una conversación, algo relacionado con un niño, unas profecías, el final de los tiempos… Le llama la atención, pero quienes conversaban callan al percatarse de que está escuchando. Sharon presiente que su vacío podría llenarse por medio de la fe en Jesucristo, pero no siente esa fe; sólo siente indiferencia. Por medio de varios encuentros fortuitos llega a la fe y transforma su vida. Incluso uno de sus amantes se convierte a la fe en Jesucristo en el seno de una comunidad cristiana de corte fundamentalista que escucha las visiones de un niño acerca de la vuelta definitiva de Jesús a la tierra.

Hay dos diálogos que me parecen interesantes. En uno de ellos, su amante le confiesa que en una ocasión mató a un hombre por dinero. Se siente mal por ello. Entonces pregunta: “Si no nos hubieran enseñado que matar está mal, ¿seguiríamos sintiéndonos mal cuando lo hiciéramos?”. Un diálogo semejante se produce cuando Sharon ya se ha convertido a la fe e intenta que todo el mundo haga lo mismo. Una mujer (no sé si es su cuñada) le dice que en qué se apoya para creer y Sharon le dice que en la Biblia. La mujer le contesta que si no se lo hubieran dicho desde pequeños, lo que pone la Biblia no significaría nada.

Y a partir de ahora, si alguien quiere ver la película, mejor que no siga, porque la voy a destripar. Sharon encuentra la fe, se siente llena, feliz y con deseo de que todos lleguen también a la fe en Jesús. Utiliza incluso su trabajo para transmitir su buena nueva. Se casa y tiene una hija. Un empleado mata a su marido. Sharon se mantiene fuerte y mantiene la esperanza de su hija apoyada en la fe. Pero vive la fe como un fundamentalista, olvidando que tiene una inteligencia que usar. Las palabras del niño profeta y lo sueños que tiene se convierten en órdenes que debe cumplir. Toma a su hija y decide ir al desierto, a esperar la llegada del Señor. El Señor no llega y Sharon decide poner la promesa del Señor por encima de su amor. Cuando finalmente tiene que dar el paso definitivo, cuando va a pasar a la presencia de Dios, Sharon es incapaz de expresar su amor por un Dios que resulta inhumano, que exige una entrega total sin tener en cuenta los sentimientos de las personas, que nos priva de aquellos a quienes más amamos. El final nos sitúa al final de los tiempos, con la llegada de Jesús. Al menos así lo parece. También podría ser un sueño de Sharon. Lo que no sé es cuál es su despertar: ¿el despertar a la fe o el reconocer que lo que exige esa fe es inhumano?

Una fe sin entendimiento deviene fundamentalismo, estupidez, y se torna inhumana. No sé cómo los creyentes no lo entienden. Si Dios ha creado al ser humano y le ha dotado de inteligencia y voluntad, no tiene sentido que después le exija renunciar a su capacidad para entender y amar a quienes les rodean. San Pablo lo tenía claro: la fe sin amor es vacía, no sirve de nada. Y la fe sin entendimiento, sin comprensión, sin una razón abierta y dialogante, se convierte en fanatismo, en el empeño porque todo el mundo piense de la misma manera.