Del sentido de la vida

Anoche acabé el libro de Jean Grondin, “Del sentido de la vida”. Lo he leído después de otras lecturas más densas y extensas (“¿Existe Dios?, de Hans Küng; “Jesús de Nazaret”, de Joachim Gnilka; y “Jesús: la historia de un viviente”, de Edward Schillebeeckx). Tal vez en entradas posteriores me anime a reseñar estos libros. Ahora, de momento, me he animado a volver a compartir mis lecturas a partir de este libro de filosofía con el que he disfrutado estos días. La entrada ha resultado bastante larga. Espero que sirva para que os hagáis una idea sobre el contenido del libro.

El texto comienza alejándose de las filosofías que han renunciado a plantearse las cuestiones de sentido y quieren convertirse únicamente en ayudantes o siervas de las ciencias empíricas. El autor invita a cada uno, siguiendo el ejemplo de Descartes, a afrontar por sí mismo la tarea de plantearse la pregunta sobre el sentido de la vida. A partir de un texto de Spinoza, Grondin vincula la cuestión del sentido de la vida con la aspiración al bien, al sumo Bien. Siendo una tarea que ha de realizar cada uno, no es, sin embargo, algo privado; aspira a hacerse comprensible para los demás, pretende ser un pensamiento universal.

Para Grondin, la cuestión del sentido de la vida es irrenunciable para la filosofía. Aun así, es una cuestión bastante reciente. ¿Por qué? Porque hasta el siglo XIX el sentido de la vida se daba por supuesto; la vida humana aparecía encajada en un orden del mundo, al cual debía conformarse (p. 33). Es en la filosofía contemporánea, a partir de Nietzsche, cuando empieza a ponerse en cuestión. Pero, Jean Grondin, va más allá: la misma afirmación de que la vida no tiene sentido, de alguna manera lo presupone. Hablamos de absurdo o sinsentido, como una falta, como carencia de algo que parece que debería tener, como si esperáramos que lo tuviera (p. 26).

Grondin presenta diferentes significados del término “sentido”:

1. Sentido como dirección u orientación. Nuestra vida aparece como una carrera que se orienta a la muerte. Es precisamente la consciencia de ese término la que nos obliga a plantearnos la cuestión sobre el sentido de la vida.

2. Sentido como significado. Cuando nos preguntamos por el significado de algo, especialmente una palabra, lo hacemos porque ese algo apunta a otra realidad que, en cierto modo, permanece inaccesible, oculta. Así ocurre también con nuestra vida: de alguna manera nos resulta extraña, ajena. Plantear el sentido de la vida supone tratar sobre su significación.

3. Sentido relacionado con sensación. Saber sobre la vida es captar su sabor, gustarla. La pregunta por el sentido es también la capacidad de encontrarle un cierto sabor a la vida (p. 42).

4. Sentido relacionado con capacidad de juzgar o apreciar la vida. Cuando hablamos de una persona con buen sentido, nos referimos a su capacidad para orientarse adecuadamente, para juzgar correctamente las situaciones y tomar la decisión correcta. El sentido se encuentra relacionado con una cierta forma de sabiduría.

El sentido de la vida es la cuestión que está tras todas nuestras decisiones y proyectos. El autor considera que la visión estructuralista, según la cual la cuestión del sentido de la vida y sus respuestas serían una construcción cultural, siendo verdad, resulta insuficiente. El sentido no es simplemente un constructo intelectual; siéndolo, depende de una orientación que ya se encuentra en nuestra libertad y nuestra forma de actuar. Por tanto, la filosofía no tiene que imponer un sentido, sino reconocerlo en la vida misma e intentar articularlo (p. 67). No es que demos un sentido a nuestra vida, como si es ésta no lo poseyera previamente. La naturaleza, todo lo vivo, se orienta por su propia dinámica a perdurar, a seguir viviendo, y en el caso del ser humano, a vivir más. Es en ese horizonte de todo el cosmos en el que hay que reinscribir la pregunta por el sentido (p. 71). En esa dinámica de la vida a la vida, queremos vivir mejor, alcanzar lo mejor; de ahí que ese dinamismo a vivir sea, al mismo tiempo, una tensión hacia el Bien. La orientación a vivir y al Bien es previa a toda reflexión; constituye el fondo o el horizonte desde el que se desarrolla nuestra vida. Ese Bien, en cuanto meta nunca alcanzada, me hace vivir desde la espera y la esperanza. Vivir es un estar orientado, un proyectarse al futuro. La esperanza se constituye en un rechazo de la muerte.

La esperanza se ve cuestionada continuamente por la experiencia del mal. Sin embargo, el dolor y el mal no niegan nuestra aspiración a la felicidad; la suponen. Los experimentamos como falta de aquello a lo que tendemos por el propio impulso que posee la vida. Pero la felicidad no es primeramente una conquista humana; en su experiencia entra la suerte, la fortuna, o la gracia. Es algo que nos viene dado. Por ello, más que buscar la propia felicidad, lo que podemos hacer es trabajar por el bien de los demás, en el alivio de sus sufrimientos, con la esperanza de que así puede dársenos el participar de la felicidad (p. 99s).

En el capítulo 9, Grondin se pregunta si hace falta fundamentar la moral. Con lo apuntado hasta ahora, el autor sostiene que un intento de fundamentar racionalmente la moral (como si todo se pudiera fundamentar) resulta infructuoso. La moral (al igual que la religión), nace de ese fondo vital que apunta al Bien, a la felicidad, a seguir viviendo, al alivio del dolor ajeno.

La filosofía debería acercarse a la religión y el arte, para reconocer en ellos expresiones y articulaciones de ese fondo o fundamento del sentido de la vida. La evidencia de lo divino es, según Jean Grondin, una conciencia de los límites, de la muy flagrante debilidad del hombre frente a los poderes de su destino, frente a su propia fatalidad. Sin esa conciencia, no hay humanidad ni sentido de la vida. Es en esa conciencia donde podemos reconocer las fuentes del sentido de la vida. Al reconocer nuestra fragilidad y limitación, reconocemos a la vez la comunidad de nuestra fragilidad: todos nos encontramos en la misma situación de precariedad. Esta es la base de la solidaridad y la generosidad (p. 124). Y, como una segunda fuente, la conciencia de la fragilidad nos hace sentirnos unidos a un mismo origen, ese fondo de sentido que traspasa la vida; fondo que, siendo inabarcable e incomprensible, ha encontrado expresión en la religión y la poesía. La religión, concretamente el cristianismo con la idea de salvación y liberación, expresa esa orientación hacia el Bien, la Vida y la superación del dolor. La filosofía actual, en lugar de mirar exclusivamente a la ciencia, haría bien en volver su mirada a la religión y el arte, como expresiones del sentido profundo de la existencia (pp. 133ss). La ciencia es incapaz de expresar la cuestión del sentido y del bien.

Creo que el siguiente texto puede resumir todo lo que llevamos dicho hasta ahora:

“En un universo de helador sinsentido la interrogación -acuciante- sobre el sentido de la vida me lleva a reconocer que el sentido es mi condición insuperable. Un mundo de sinsentido presupone un mundo consagrado al sentido y al Bien, que funda la conciencia que tengo de mí mismo. Ese sentido ya es el de nuestras vidas, no tenemos que inventarlo; más bien tenemos que reencontrarlo, sentirlo, hacérselo sentir al otro. La experiencia del sinsentido y de la muerte que me espera deja aparecer una nueva solidaridad con el otro, que estrecha los lazos y me ayuda a descubrir y a redescubrir lo esencial: no puedo hacer nada contra mi angustia, no puedo realmente alargar mi modesta vida ni una sola hora, no puedo ni siquiera alcanzar la felicidad, pero puedo socorrer al otro, intentar hacerle feliz y digno de existir. Toda moral conduce a eso. Todo cuanto me apega al sentido, todo cuanto me da esperanza es la esperanza de una vida con sentido para el otro, para que el otro pueda vivir como si la vida tuviese un sentido. Entonces será mi vida la que descubrirá su sentido, más allá de sí misma” (p. 140)

Así, en el esfuerzo por la felicidad del otro, me trasciendo a mí mismo, me proyecto, encuentro el sentido.

Las nieves del Kilimanjaro

Reestructuración en la empresa; momentos de despidos. Un sorteo: los que ganan, pierden. Los nombres que aparecen son los de quienes se tienen que ir a la calle. Entre ellos, el de la persona que va sacando los papeles y leyendo los nombres. Un sindicalista que podía haber evitado estar en la urna, pero para él eso habría sido un privilegio.

Treinta años casado. Los amigos le acompañan en la fiesta y le regalan un viaje a África y dinero para gastarlo. Sin trabajo, pero feliz en la compañía de su familia y sus amigos. Tranquilo porque sabe que, a pesar de todo, ha hecho las cosas como debía.

Michel es el sindicalista, ahora despedido; Marie Claire, su esposa; Raoul, amigo de la infancia, cuñado y compañero de trabajo y luchas sindicales; Denisse, hermana de Marie Claire. Disfrutan de una velada juntos, jugando a las cartas. De pronto alguien irrumpe en casa. Les golpean, les roban. Pero es mucho más que el dinero lo que se pone en juego, lo que se puede perder.

Toda una vida luchando por unos ideales y ahora, poco a poco, parece que empiezan a desmoronarse. Una lucha que ni siquiera tiene el reconocimiento de aquellos que disfrutan de sus logros. Aparecen reacciones que nunca podrían haber imaginado. Hacer lo correcto, lo justo y, sin embargo, tener la sensación de que algo queda pendiente. Hacer lo que todos harían, pero saber que está siempre a medio camino.

En un momento en que los ideales por los que han luchado son cuestionados incluso desde su familia, Michel y Marie Claire descubren que hay algo mucho más importante: las personas concretas a quienes afectan sus decisiones. Se sienten responsables, no porque vayan a solucionar el mundo, como igual pensaban que harían en otro momento, sino simplemente porque en ese momento son ellos dos los que están ahí, los que se encuentran con ellas.

No hay discursos ideológicos, salvadores, que nos dicen lo que hay que hacer, qué es lo correcto. Nos encontramos, simplemente, con dos personas que sienten cómo las grandes ideas han ido cayendo, y ahora piensan en las personas concretas que se han cruzado en sus vidas.

Hay seis o siete diálogos muy interesantes:

  • El de Marie Claire con un camarero (muy simpático). Cada situación requiere de una bebida.
  • El de Marie Claire con una madre que no quiere saber nada de sus hijos (muy duro). Cuestiona lo que pensamos que debe hacer una madre que no quiere serlo.
  • Dos de Michel y el ladrón, donde se cuestiona hasta qué punto los demás reconocen o siquiera se interesan por aquello por lo que Michel ha luchado.
  • El de Michel y Marie Claire sobre sus ideales, sus luchas y su situación actual.
  • El de Michel y Raoul, donde se cuestiona si, cuando los problemas nos tocan directamente, estamos dispuestos a mantener la forma de actuar que en otros momentos considerábamos correcta.
  • El de Michel y Marie Claire con sus hijos, donde se cuestiona qué ha quedado de sus luchas del pasado y a qué viene ahora intervenir en una situación que no  debería afectarles.

No he podido dejar de relacionar la película con dos libros: el de Irene Comins “Filosofía del cuidar” y, más intensamente, con “Ética de la compasión” de Joan Carles Melich. La Ilustración fundó la ética sobre la razón y los derechos humanos. Necesarios, pero a veces insuficientes; sobre todo, cuando las personas son tratadas como realidades abstractas y no como seres de carne y hueso que nos interpelan desde el mismo momento en que se cruzan con nosotros. Y no vale preguntarse por qué me ha tocado a mí, por qué tenía que estar yo en ese momento. Y la pregunta no es quién debe hacer algo, sino qué puedo hacer yo. Y la respuesta no se plantea desde ideas abstractas, sino desde las necesidades particulares del otro.

Esto último me ha quedado un poco desgarbado, pero invito a ver la película y leer alguno de estos libros (al menos en parte). Después de ver la película, con la que además lo he pasado bien, vuelve a aparecer ese sentimiento de que se puede ser mejor y que no es un trabajo absurdo ni inútil, sino que vale la pena. No está mal, acabar una película o un libro, con ganas de mejorar.

Si alguien quiere ver un comentario bastante diferente, puede ver la crítica de Sergi Sánchez en la Razón: Guediguián y la mala conciencia. Igual hay que proteger la conciencia para que no nos afecten las consecuencias de las decisiones que tomamos. Igual hay que pensar que no somos responsables prácticamente de nada, que siempre hay una causa impersonal para vivir así tranquilos. Sí, mejor no tener mala conciencia o, ya puestos, no tener conciencia. La cinta no ofrece un discurso fácil de buenos y malos, ni de personas que tienen siempre claro lo que deben hacer.

Intocable

¡Qué pedazo película! ¡Qué historia más bonita! También aquí hay juguetes rotos, pero es una película totalmente distinta a la anterior. Se trata de una comedia de un gusto exquisito.

Philipppe, un francés de pura cepa, blanco, cuidadoso, educado, con buen gusto y notablemente rico, pero rico, excesivamente rico. Sólo tiene un problema (o eso pensamos al principio): es tetrapléjico. Necesita un acompañante, alguien que le cuide durante el día y la noche. Aparece Driss, un senegalés, joven, fuerte, no muy fino en el trato ni las maneras, directo, burlón, negro, negro (con perdón), un tipo que no parece de fiar. Sólo está allí para que le firmen los papeles como que ha acudido a la oferta de trabajo, para evitar perder el subsidio de desempleo. Al día siguiente, cuando acude por sus papeles se encuentra con una oferta formal de trabajo: un mes de prueba.

A mitad de la película descubrimos que la tetraplejia de Philippe fue provocada por un accidente de parapente, pero su mayor dolor no es ese, sino haber perdido a su esposa por causa de una enfermedad. “¡La amaba tanto!”, exclama Philippe, con ella podría sobrellevar su discapacidad.

También descubrimos algo más sobre la vida de Driss. Su presencia va a cambiar algo más que la forma en que se cuida a un enfermo. Todo el entorno se ve afectado.

Cuando las dos personas han conectado, cuando vemos que ha surgido una sincera amistad, Philippe invita a Driss a marcharse, a volver a casa, porque sabe que tiene asuntos que arreglar, personas a las que volver a tratar, responsabilidades para con los suyos. Él es feliz con su cuidador, pero sabe que Driss tiene cosas que hacer y hay que dejarle ir.

Dos formas totalmente distintas de entender la vida, dos historias totalmente ajenas a la suerte del otro; pero coinciden. Los dos son tocados por esta relación, los dos se enriquecen. Los dos cambian después de este encuentro.

Ha coincidido que he visto esta película el mismo día en que he acabado el libro de Irene Comins “Filosofía del cuidar”. Esta película puede ser un buen ejemplo de ese trato cuidadoso, que atiende a las personas desde sus necesidades concretas, no como realidades abstractas, sino como seres de carne y hueso, con sus aspiraciones, sus deseos, sus dolores, su historia personal. Y en ese encuentro, cuidado y cuidador se enriquecen mutuamente, crecen como personas.

La película deja muy buen sabor de boca. Se pasa muy bien todo el tiempo, contemplando la conexión que se produce entre dos vidas, en principio, tan distantes.

Yo confieso

Tranquilos, que es el nombre de una novela, no voy a hacer ahora públicos mis pecados. La novela es de Jaume Cabré. La publicó en catalán, pero yo la he leído en la traducción castellana.

¿Qué tienen que ver una medalla de la Virgen, un violín, un pergamino y un cuadro de un monasterio? ¿Y qué relación puede haber entre un monje cartujo, un especialista en maderas, un asesino, un luthier, un inquisidor, un médico de la SS, un sacerdote y un comprador de objetos antiguos? ¿Cómo se unen las historias de unos judíos separados por cinco siglos? Hay muchos más personajes y muchas más historias. Hay que leer la novela para saber qué pasa. Hay al principio un recurso que me ha gustado mucho: los objetos sugieren historias, nos conectan con personas y con hechos del pasado. Pero no lo descubrimos todo a la vez, de golpe; el acercamiento se va realizando poco a poco, como si tuviéramos una memoria fragmentaria de lo ocurrido y fuéramos recuperando recuerdos poco a poco, relacionándolos con otros hechos que nos los sugieren o evocan.

Me ha gustado mucho, pero es un poco complicada. Los hilos argumentales se entrecruzan continuamente, vamos cambiando no sólo de personajes, a veces como interrumpiendo una conversación, sino también de lugares y tiempos. Al final vamos atando cabos, como se atan en la cabeza de nuestro narrador-protagonista, Adrià Ardèvol. Y todo esto, con una melodía de fondo: la de un amor que siempre tropieza con obstáculos, una felicidad que no se consuma, una vida que va perdiéndose en el olvido y se aferra a la escritura como una forma de perpetuar la memoria de ese amor. Pero para llegar a esto, hay que leer bastante, no hay que decaer ante la primera dificultad. Ha valido la pena. Ahí va una cita.

Después de pasarme la vida intentando reflexionar sobre la historia cultural de la humanidad y tocar bien un instrumento que no se deja tocar, quiero decirte que somos, todos nosotros, nosotros y nuestros afectos, una pputa casualidad. Y que los hechos se entrelazan con los actos y los sucesos; y las personas chocamos, nos encontramos o nos desconocemos y nos pasamos por alto también por casualidad. El azar lo es todo; o quizá nada es azaroso, sino que ya está dibujado. No sé con qué afirmación quedarme porque ambas son ciertas. Y si no creo en Dios tampoco puedo creer en un plan previo, se llame destino o como se llame.

Mientras duermes

El jueves pasado vi “Mientras duermes”. Me gustó bastante. Jaume Balagueró nos hace desconfiar de las personas con quienes tratamos amigablemente cada día. No es que eso sea algo bueno, pero para el cine sí lo es, porque nos cuestiona, nos pone en jaque, nos crea tensión. Yo no tengo portero en mi comunidad de vecinos, lo cual probablemente sea una ventaja, pero ¿qué puede esconder esa persona que amablemente nos saluda por la mañana, recoge el correo o echa una mirada al fregadero de nuestra casa porque parece que hay un atasco? Este portero tiene las llaves de cada vivienda por si algún vecino las pierde; y eso le da acceso a ellas para realizar pequeñas reparaciones o para otras cosas…

El portero, interpretado magníficamente por Luis Tosar, no es feliz. ¿Podrá encontrar la felicidad en el amor, en un amor oculto, distante o platónico hacia una vecina? ¿Tiene su ilusión en que algún día ese amor podrá salir a la luz, se podrá realizar? Viendo a la vecinita, nos parece un poco iluso, ¿iluso? A lo mejor, no. Sabemos, porque él mismo nos lo dice al principio, que él nunca ha sido feliz, que es consciente de que nunca podrá llegar a ser feliz, como si tuviera una tara genética que se lo impidiera. El portero encuentra en su trabajo un medio para hacer daño a otras personas, una manera de colaborar en su infelicidad. ¿Y qué motivos puede tener para actuar así? Es el único alivio para su propio malestar. En definitiva, la envidia. Si yo no lo puedo tener, por qué van a disfrutarlo otros.

Lo que nos ofrece Balagueró es una versión refinada de la envidia, tan refinada que nos cuesta llegar a descubrirla; y no viene sola, está aderezada con sadismo y un punto de cinismo, y si no, estén atentos al diálogo que mantiene con Verónica  (Petra Martínez), la anciana soltera que vive pendiente de dos perritos y que gusta de hacer escapadas al bingo, un diálogo totalmente correcto, como quien da consejos, pero de una mala uva de primera. Y así in crescendo hasta la escena final.

Al hablar de la envidia, empezaba a perderme en una reflexión sobre la misma, pero la entrada iba a quedar muy larga, así que lo he suprimido. Igual, más adelante, me atrevo con algo que damos por sentado que es tan nuestro.

La película no es imprescindible, pero sí más que interesante. Muy buena para pasar un mal rato.

Los hijos nos hacen sentir el tiempo

El jueves pasado celebrábamos la jubilación de un compañero del instituto, de Ángel González. Había sido maestro mío en “Primo de Rivera”, y ahora era compañero en el IES Paco Mollá. En la sobremesa, me senté junto a Pepe, compañero y amigo, y le comenté que cada vez que veía a Ángel por los pasillos, lo recordaba cuando estaba en el colegio, llevando también el cartabón y el compás de plástico para dibujar en la pizarra. Le dije también que igual el compartir trabajo con alguien que había sido mi maestro me hacía un poco más joven, aunque no sé si a él le hacía sentirse a la vez un poco más viejo. Las fotos lo cambiaban. Yo lo recordaba como ahora, pero al vez las fotos tuve que tomar conciencia de que ya no era del todo el mismo que yo había conocido, que había cambiado bastante. Después volví a una reflexión que viene a mí con cierta frecuencia, cada vez que veo un cambio en uno de mis hijos.

Le decía a Pepe, mi amigo, que los hijos son quienes nos hacen tomar conciencia del tiempo. Los miramos y recordamos situaciones que para nosotros parecen recientes y, sin embargo, hace tiempo que las han superado. De repente, casi sin darnos cuenta, empiezan a hacer cosas que, hace unos meses, eran simplemente imposibles. Ellos rompen la rutina del tiempo en la que, con el paso de los años, se va acomodando nuestra vida. Casi sin darnos cuenta se van haciendo mayores. Aún recordamos el primer día que lo llevamos a la guardería y ahora va a empezar segundo de primaria; tenemos marcado en la memoria el día de su nacimiento y ya le estamos quitando el pañal. Lo que vivo ahora con mi hija, renueva constantemente en mí el recuerdo de todo lo que he ido viviendo con mi hijo. Cogemos las fotos, para impedir que ese pasado, para ellos tan lejano y para nosotros aún cercano, no se vaya nunca del todo. Pero ellos crecen y así nos obligan a decir: si ya han pasado dos, o tres, o seis, o siete años. Y dentro de nada nos sorprenderán con otra cosa, y pensaremos, mi hijo, mi hija está creciendo. Y me sentiré un poco mayor. Y si miro una foto, descubriré que el tiempo también ha pasado para mí, que ya no soy del todo el mismo; y me sentiré aún más mayor.

¿Qué quedará entonces? El tiempo que hayamos compartido y nos hayamos amado. Si eso es lo que va a quedar, más vale aprovecharlo mientras esté en nuestras manos.

La naturaleza de la felicidad

Un libro más sobre la felicidad, pero esta vez escrito por un zoólogo, Desmond Morris, conocido sobre todo por su libro “El mono desnudo”. El libro se aleja de cualquier recetario para vivir bien. Se mueve en el terreno de la biología e intenta describir y explicar desde la biología diferentes tipos de felicidad.

Para Morris, la felicidad consiste en momentos de placer muy intenso. No es necesario que se trate de un estado permanente o estable en las personas. Podemos experimentar pequeñas dosis de felicidad, aun cuando algunos de los tipos de felicidad que presenta, pueden acabar produciendo mayor malestar. Así, el autor nos habla de la felicidad que procede de buscar un objetivo o finalidad, de la competición, de la cooperación (todas ellas vinculadas con nuestro pasado como cazadores), de la felicidad por la prole (genética), la felicidad vinculada a los sentidos (comer, beber, sexo…), la felicidad intelectual (que se produce durante la investigación o la resolución de problemas, aun cuando sea como un juego), la felicidad del ritmo (asociada a la producción de endorfinas mientras bailamos o seguimos movimientos acompasados), la felicidad del dolor (asociada a la negación del placer y su imposición a otras personas), la felicidad del riesgo (asociada a nuestro pasado como cazadores, pues nos permite revivir la tensión que teníamos entonces), la felicidad contemplativa y la devota (relacionadas con la meditación o las experiencias religiosas, que son hacia las que Morris parece mostrarse menos comprensivo), la felicidad química (producida por el consumo de drogas), la felicidad de la ficción (en la que creamos la experiencia gratificante mediante la imaginación), la felicidad cómica (relacionada con la risa) y la felicidad casual (producida por algún acontecimiento fortuito).

Aunque advierte de los riesgos de ciertos tipos de felicidad (la producida por las drogas) o se muestra crítico con quienes disfrutan con las felicidades sádicas, contemplativa o devota, el autor viene a decir que cada uno debe encontrar su manera de sentirse feliz. No hay un modelo único de felicidad ni tampoco una felicidad con mayúsculas, como si se tratara de un estado permanente del ser humano. Sólo encontramos un placer especialmente intenso asociado a determinadas conductas o situaciones y eso es suficiente para considerarnos felices durante unos instantes.

El libro está bastante alejado de cualquier libro de autoayuda; se limita a explicarnos por qué ciertas conductas nos producen placer. Para intentar aclararnos un poco más con ese concepto de la felicidad y no quedarse en esta felicidad de bajo nivel, prefiero el libro de Eduardo Punset “El viaje a la felicidad”, que también se mueve en el terreno de la divulgación científica, aunque resulta algo más complicado de leer que las descripciones que nos ofrece Desmond Morris.

Gordos

Una comedia atractiva, entretenida y bien hecha sobre un tema sobre el que tanto nos cargamos la cabeza. La gordura a veces sirve para ocultar conflictos que no tenemos resueltos, pero el deseo de adelgazar puede servir también para taparlos. El tema de la obesidad y el deseo de adelgazar sirve como pretexto para desgranar cinco historias personales, cada una con sus conflictos y con su manera peculiar de sobrellevarlos o de sobrevivir a ellos.

Muy bien para pasar un buen rato y, de paso pensar, aunque sólo sea un poco.

Bienvenidos al Norte

Un director de l’oficina de correus participa en el concurs de trasllats. Fa tot el possible per a que l’envien a la Costa Blava, però l’intent fracasa i l’envien a la regió Nord-Pas-de-Calais, a un poble on, entre altres coses, la gent tè una molt peculiar manera de parlar. Al Sud, tots parlen dels costums d’aquella gent i es preocupen per la sort del funcionari. El canvi no resulta tan dificultos i, una vegada superades les primeres confusions, comença a ser gratificant per al nou director de l’oficina. El tracte directe, la distància respecte de la família, l’aprenentatge dels nous costums… van canviant les idees que tenia sobre la regió.
És una comèdia molt ben feta; on les situacions còmiques estas molt equilibrades i mantenen un bon ritme en la història. Molt agradable de vore i, per tant, molt recomanable.

El millonario

Continuant amb el cine, estos dies he vist “El millonario”, de Ronald Neame (1953). La pel·lícula està basada en un conte de Mark Twain. Jo la desconeixia, però la lectura de “Carta abierta de Woody Allen a Platón” em va animar a buscar-la i vore-la. Juan Antonio Rivera la utilitza per a reflexionar sobre el paper del diner en la societat: com apareix, el valor que li atorguem, les altres formes de diners, com les accions, etc… També apareix en el film la consideració social que reb la persona que té diners i com, per l’únic fet de posseir-los, es convertix en un referent per a l’actuar de la resta de persones. Hi ha un moment de la pel·lícula en què el protagonista ha perdut el paper que confirma que posseïx un milió de lliures. Totes les persones que creien en ell, ara rebutgen les seues opinions; però, en quant apareix de nou el xec, tots segueixen el que diu. Podria vindre bé vore la pel·lícula en estos moments en que parlem tant de crisi. El valor que atorguem als diners depén de la confiança. El paper que utilitzem ja no representa una quantitat d’or, com els primers bitllets, sinó el reconeixement social que li donem, el fet que, de forma oficial i acceptada per tots el membres d’una societat, coincidim en utilitzar-lo com a mitjà per a intercanviar béns entre tots. Eixa dependència dels diners respecte de la confiança social es veu més clarament quan parlem de les accions d’una empresa o una entitat bancària. Són coses que, de vegades, pugen i baixen més per l’ànim o la por, que pel valor real que puguen tindre. Aconselle dues coses: llegir el capítol del llibre de Juan Antonio Rivera i vore la pel·lícula. Un i altra ens fan reflexionar d’una manera molt amena.