El desierto de los tártaros

Un joven teniente, Giovanni Drogo, se dirige hacia su primer destino, la fortaleza Bastiani, un fuerte cerca de la frontera norte y alejado de la ciudad y los cuarteles principales, donde se puede hacer fácilmente carrera. No hay ninguna ilusión en el teniente, no entiende muy bien qué va a hacer allí y, antes de llegar, ya está pensando en la posibilidad de pedir ser reemplazado.

El capitán Ortiz le convence de que espere al menos 4 meses; después podrá arreglar su salida con la excusa de una enfermedad. ¡Qué son 4 meses! Nada para alguien todavía joven como Drogo.

Poco a poco, el teniente va haciendo suya la espera que domina la vida del fuerte: ¿Y si los vecinos del norte deciden atacar? La posición de la fortaleza la convierte en el primer freno a su avance. Todos están convencidos del peligro del enemigo y de la importancia estratégica del fuerte. Poco a poco va acostumbrándose a esa espera, aun cuando no hay indicios del peligro. Los días van pasando sin que pase nada en particular. Unos se sujetan a sus rutinas diarias; otros, al reglamento; todos, a la espera de la aparición de un posible enemigo. Poco a poco, la vida en el fuerte se convierte en su vida, como si no hubiese nada más. Los días de permiso en la ciudad les hacen sentirse cono extraños en casa, como extranjeros en su propio país. Los demás, ni siquiera sus compañeros de academia, no pueden entender la importancia de la fortaleza Bastiani.

Así, esperando, Giovanni Drogo va consumiendo sus días casi sin darse cuenta, va perdiendo su juventud, prendido tan sólo de esa espera. Pero ya ni siquiera el Estado Mayor del Ejército ve peligro en la frontera y decide reducir la dotación de hombres en el fuerte. Entonces Drogo se da cuenta de que ya es demasiado mayor para cambios. Los que quedan, dejan de esperar que algo aparezca por el horizonte. Una falsa alarma hace decaer aún más los ánimos. La esperanza de un enfrentamiento glorioso que dé sentido a su vida militar se difumina en los soldados de Bastiani.

Pero las cosas no siempre ocurren como se les espera ni cuando se les espera. Entonces Giovanni Drogo descubre que el combate verdadero que tiene que afrontar no se va a dar contra un enemigo que ha demostrado no tener ninguna prisa por cumplir sus expectativas, sino ante alguien que siempre ha estado ahí y ante quien todo hombre se tiene que encontrar: su propia muerte. La talla del hombre, del soldado, de este hombre no se va a desvelar en el campo de batalla, ante la mirada cómplice de los amigos y compañeros, sino en la soledad, ante un enemigo que no va a defraudar en su aparición, antes o después.

desierto de los tartaros

Me ha gustado mucho la lectura. Por momentos me recordaba a Albert Camus. Iba a decir que contiene una “reflexión” sobre el tiempo, la espera y la manera en que damos sentido a nuestras vidas; pero la palabra “reflexión” no es la más adecuada. Es un relato, una historia en la que, a través de las expectativas de un joven soldado, podemos ir reconociendo estos temas,  podemos hacerlos nuestros. Las descripciones sobre cómo van viviendo los acontecimientos y el paso del tiempo ocupan, con las variaciones propias de cada etapa de la vida, el desarrollo de todo el libro.

El libro “El desierto de los tártaros” fue escrito por Dino Buzzati en 1940. En 1976 se realizó una película a partir de la novela. Una lectura, a mi entender, muy aconsejable.

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Berlín. La caída: 1945

Beevor, Antony - Berlin-La Caida 1945 - TapaEl anterior libro que leí presentaba información sobre las violaciones de mujeres cometidas por el Ejército Rojo en su avance hacia Berlín. Busqué información y me llevó hasta el libro que ahora comento. “Berlín. La caída: 1945”, de Antony Beevor. No es un libro de historia al estilo de los libros escolares o las enciclopedias. Tampoco es una novela. Por su forma de narrar parece un documental bélico. Va contándonos los acontecimientos desde diferentes perspectivas, incluyendo continuamente testimonios y referencias de las personas que participaron en los mismos.

En los primeros capítulos nos presenta los acuerdos entre los dirigentes aliados con el fin de distribuir el territorio que debían ocupar los diferentes ejércitos. Pero después se centra en el avance del Ejército Rojo hacia Moscú. A lo largo del relato nos habla de las intenciones de Stalin en su conquista de la capital y del empecinamiento de Hitler y el Partido Nazi en prolongar una agonía que carecía totalmente de sentido. Los testimonios referidos son muy interesantes. Hay algunos elementos que quiero destacar:

  • Los generales americanos no tuvieron especial interés en Berlín. Estaban deseosos de acabar la guerra cuanto antes, evitando el mayor número posible de bajas. No pensaban en el posible interés político que tenía la ocupación de la capital.
  • Stalin no tenía ningún problema en ocultar información e incluso mentir a sus aliados con el fin de hacerse con la capital. Aparte del interés por humillar a Alemania, parece que estaba interesado en las investigaciones sobre energía atómica que los alemanes desarrollaban cerca de Berlín. Quería quedarse con el material y los investigadores.
  • Hitler estaba empeñado en arrastrar al pueblo alemán hacia la destrucción total. Habría sido feliz si cada alemán se hubiera suicidado un segundo después de hacerlo él. Creía que él representaba al pueblo alemán. Los militares de carrera querían evitar mayores sufrimientos al pueblo alemán, pero muy pocos y con escasos  resultados se atrevían a contradecir al Führer.
  • Los miembros del Partido Nazi y la SS tenían especial interés en castigar a cualquiera que intentara rendirse ante los aliados. Esperaban el sacrificio de todos y cada uno de los alemanes. Sin embargo, no tuvieron empacho en buscarse formas de escape, dejando abandonados a los soldados y a la población civil.
  • Los alemanes y, especialmente, las alemanas habrían preferido caer en manos de los aliados occidentales. Stalin lo suponía y siempre tuvo miedo de que Alemania capitulara antes ante Gran Bretaña y EEUU y les abriera las puertas de Berlín. Algunos generales alemanes pensaban que esto podría ahorrar muchos sufrimientos a la población alemana.
  • La fuerza desplegada por la URSS fue descomunal. Los generales disputaban entre sí para llegar los primeros a Berlín. Tenían mucha prisa en hacerlo. Los soldados eran sometidos a esfuerzos sobrehumanos. El número de bajas no importaba a Stalin.
  • Una buena parte de los soldados del Ejército Rojo convirtieron los asaltos, los pillajes y las violaciones a las mujeres en su forma habitual de entretenimiento cuando cesaban los ataques. Todo ello bañado abundantemente en alcohol. En un primer momento, la violación sistemática de mujeres parecía tener un carácter de castigo, por cuanto los alemanes habían hecho en la ocupación de la URSS; después pasó a ser una forma más de divertirse. Los testimonios son espeluznantes. Las violaciones se produjeron también con rusas que habían sido hecho presas por los alemanes durante la ocupación. “María Sapoval llegó a decir: “Me he pasado los días y las noches esperando al Ejército rojo. Esperaba que me liberasen, y ahora nuestros soldados nos tratan peor que los alemanes. No estoy feliz de estar con vida”. “Resultaba difícil vivir con los alemanes -aseguró Klavdia Malaschenko-, pero esto es aún peor. Esto no es una liberación. Nos trata de un modo terrible y nos hacen cosas espantosas”.

Y aquí un texto que me ha llamado especialmente la atención:

Un berlinés de dieciséis años llamado Dieter Borkovsky describió lo que había presenciado en un tren… “El rostro de los ocupantes estaba lleno de terror, ira y desesperación. Nunca había oído maldiciones como las de aquel día. De pronto distinguimos una voz por encima del ruido que gritaba: “¡Silencio!”, y vimos a un soldado bajito u sucio con dos Cruces de Hierro y la Cruz Dorada alemana. en una de sus mangas llevaba una insignia con cuatro tanques metálicos, lo que significaba que había derribado cuatro tanques de combate a poca distancia. “Tengo que deciros algo -gritó, y el vagón quedó sumido en silencio-. Aunque no queráis escucharme, dejad de quejaros. Hemos de ganar esta guerra; no podemos perder nuestro valor. Si dejamos que la ganen otros y nos hacen sólo una parte de lo que hemos hecho nosotros en los territorios ocupados, no quedará un solo alemán vivo de aquí a pocas semanas”. El silencio de aquel vagon era tal que podía oírse el vuelo de una mosca.

La forma de contar la historia resulta muy amena, aunque el exceso de datos sobre el avance de las fuerzas puede resultar abrumador y, en más de una ocasión, he estado un poco perdido de por dónde andaba cada ejército. Lo bueno es que cada batalla contada está acompañada por testimonios, palabras, intenciones e interpretaciones que nos recuerdan que nos ayudan a reconocer a las personas que intervinieron en las mismas. Una vez más, en estos hechos podemos reconocer lo mejor y lo peor de los seres humanos.

Mientras leía el libro, iba pensando en lo mal que le habían salido los cálculos a Hitler. El resultado de su locura fue que todo aquello que quería destruir se consolidara:

  • Ocupó la Unión Soviética para frenar el comunismo y consiguió que se extendiera y asentara sobre media Europa.
  • Pretendió extender los territorios alemanes más allá de lo que había poseído antes de la I Guerra Mundial y el resultado fue una Alemania dividida.
  • Quiso exterminar a los judíos y, al provocar su exilio, acabó favoreciendo el nacimiento del Estado de Israel.
  • Convirtió una nación relativamente próspera (los soldados rusos se asombraban de la comida y las construcciones de las granjas alemanas y no entendían qué habían ido a buscar los alemanes en la URSS) en un vertedero de escombros.
  • La supuesta superioridad del pueblo ario dio paso a su sometimiento y humillación, sobre todo ante los rusos.

Algunas de estas ideas aparecen también en el último capítulo del libro. Lo que todavía me sorprende más es que, de vez en cuando, aparezcan personas que todavía admiran a Hitler y su camarilla.

Por casualidad, el final de la lectura ha coincidido con las fechas en que se produjeron estos acontecimientos hace 68 años.

Feliz Navidad

La noche del 22 de abril, La 2 (la UHF de antes) nos ofrecía una joyita de película: “Feliz Navidad” (Joyeux Noel, 2005). Cuenta la historia, basada en un hecho real, de unos soldados alemanes, escoceses y franceses que, durante Nochebuena de 1914, deciden abrir una tregua en los combates que mantenían en las trincheras. Parece ser que este armisticio no oficial se repitió en varios lugares del frente.

Resulta curioso: lo que ocurre, visto desde la lógica de la guerra, una guerra atroz que acabó con la vida de muchos jóvenes en todos los bandos, resulta absurdo. Los soldados comparten sus bebidas, su comida, incluso los juegos, en medio del campo de batalla. Sin embargo, lo realmente absurdo era la situación bélica: que unos jóvenes tuvieran que arriesgar sus vidas y arrebatar las de los enemigos por el sinsentido impuesto por sus gobernantes. En medio de la muerte y el dolor, la celebración de la Navidad permite a los soldados recuperar su humanidad y reconocerla en quienes tienen enfrente. Los soldados son conscientes de haber vivido una experiencia que les marcará el resto de sus vidas, mucho más que el hecho mismo de haber participado en una guerra. El hecho de haber tratado con los otros, ayuda a los soldados a reconocer el absurdo de su situación: ellos tienen que morir y matar para salvar el supuesto honor de unas personas que toman las decisiones sin arriesgar nada más que ese supuesto honor.

Pero el sinsentido de la guerra, con su lógica, vuelve a imponerse. Los superiores no pueden aceptar que los soldados hayan confraternizado, se hayan sentido, por unos días, humanos, vinculados unos con otros, a pesar de encontrarse en bandos opuestos. Con el fin de que no vuelva a ocurrir, los mandos cambian a las tropas de lugar.

La guerra tiene su propia lógica, la de olvidar que cada soldado, de uno y otro bando, es un ser humano; que tras cada uno de ellos hay un entramado de afectos, de relaciones, de vínculos formados por sus familiares y sus amigos, de seres que acabarán extrañándolos. Con su forma de actuar, los soldados rompieron esa lógica y mostraron que, incluso en las circunstancias más atroces, los seres humanos siguen siendo capaces de sacar a la luz la bondad que les permite seguir sintiéndose como tales: humanos.

El momento en que cantan “Noche de Paz”, seguido por “Adeste fideles”, resulta para mí de lo más emocionante, sobre todo, pensando que se refiere a un hecho histórico.

Aquí tenéis un precioso resumen de la película:

Y aquí “Adeste fideles”.

Por ahí he encontrado críticas bastante duras a la película. Está claro que aquella no fue una guerra de mentiras y que los alemanes cometieron tropelías de primer orden, como harían posteriormente en la II Guerra Mundial; pero eso no quita valor al hecho que aquí se narra y que, en su forma de narrarlo, aun hablando de la guerra, pueda tocarnos la fibra sensible.

Ante el dolor de los demás

Hace unos días terminé la lectura del libro de Susan Sontag “Ante el dolor de los demás”. No era exactamente lo que esperaba. Pensaba que iba a encontrarme ante algo así como una descripción de las reacciones ante el sufrimiento humano, una fenomenología de la compasión o algo semejante. Sin embargo, el libro se centra en las imágenes sobre el sufrimiento humano, al principio en las reproducciones pictóricas y después en la fotografía. No hace un tratamiento del sufrimiento en el cine. En cada capítulo la autora describe diferentes usos que ha tenido la imagen del sufrimiento y cómo repercute (o deja de repercutir) en quienes la observan. Sontag habla, sobre todo, del sufrimiento relacionado con la tortura o la guerra.

Las primeras representaciones del sufrimiento podían alentar una cierta curiosidad morbosa en quienes las contemplaban. Esa curiosidad es superada en las representaciones de Goya sobre los desastres de la guerra. Aquí la curiosidad es substituida por la intención del autor de hacer manifiesto el sinsentido de la guerra, el absurdo de semejantes crueldades. Los textos al pie de las pinturas nos ayudan a entender esta intención del pintor.

Un primer uso que tuvo la fotografía bélica fue el de animar a los jóvenes a alistarse en el ejército. Por ello se evitaban las fotos de víctimas de los propios ejércitos, a quienes se mostraba siempre en actitud alegre y marcial, y sólo se presentaban las víctimas del enemigo. La cosa cambió cuando los fotógrafos dejaron de ser reporteros encargados por los gobiernos e intentaron reflejar la realidad de la guerra.

¿Cómo interpretar el sufrimiento mostrado en las fotografías de guerra? Susan Sontag nos advierte de que la interpretación de las imágenes depende en buena medida de los textos que las acompañan y de la memoria que tengamos de los acontecimientos que las rodean. Sin texto, la fuerza evocadora de la imagen, la repercusión que puede tener en quienes la observan, queda a medio gas.

Las fotografías no siempre son un reflejo fiel de la realidad. El fotógrafo asume una perspectiva, muestra unos detalles y abandona otros. En algunos casos, el fotógrafo ha compuesto la escena, modificando algunos elementos (como la famosa fotografía de Iwo Jima, en el monte Suribachi). En otros, la intervención del fotógrafo es imposible (como el bombardeo de Napalm en Vietnam).

Otro elemento que analiza el libro es el uso de la fotografía en museos y exposiciones. El dolor se convierte así en objeto estético o incluso de consumo, y en algo que vamos contemplando y pasando, como en cualquier otra exposición.

Sontag también llama la atención en la exposición de imágenes sobre acontecimientos que han sucedido lejos de la propia tierra o sufrimientos perpetrados por otros pueblos. Por ejemplo, en EEUU hay un museo sobre el Holocausto, pero no sobre la esclavitud de los negros. Las imágenes sobre guerras nos ayudan a pensar hasta qué punto los seres humanos somos capaces de las mayores atrocidades, pero queremos pensar que esos seres humanos tan crueles siempre han sido otros, no nosotros ni los nuestros. Resulta más fácil pensar que las atrocidades las han cometido los alemanes, los talibanes o los serbios, poniéndoles apellidos o nacionalidades, como si de este modo pudiéramos vacunarnos contra semejante inhumanidad. Esto me ha recordado la película “En el valle de Elah”, en la que se cuestiona la actuación de los soldados americanos en la invasión de Irak, a partir de la investigación que un padre hace sobre la muerte de su hijo.

Esto sólo son pinceladas sobre el contenido del libro. Ya he dicho que no era lo que me esperaba, aunque tampoco ha resultado decepcionante. Siempre se puede aprender algo nuevo. Una de las cosas a que me ha animado ha sido a empezar la lectura de un nuevo libro, “Berlín: La caída, 1945”, de Anthony Beevor, a partir de la referencia que hace sobre las violaciones de mujeres alemanas cometidas por soldados del Ejército Rojo. Por lo pronto, este texto me está enganchando más.

Libia y la guerra

Cuando la primera guerra del Golfo, cuando G. Bush padre decidió atacar Irak, yo estaba en contra de la guerra. En aquel momento se había producido la invasión de Kuwait, un estado soberano. Ahora ya no sé si pensaría lo mismo.

El caso de Libia me resulta más complejo. Cuando en Egipto y Túnez se han producido levantamientos en contra de sus gobiernos (probablemente más aceptables que el de Gadafi), los hemos saludado como muestra de un nuevo aire de libertad y democracia para los países del norte de África. Hasta entonces no se nos había ocurrido pensar que estos estados estaban controlados por dictadores. Estos aires se han extendido también por Bahrein, Yemen e incluso Marruecos. Cuando empezaron a producirse manifestaciones en Libia pensamos que el cambio político iba a producirse como en Egipto y Túnez. Volvíamos a pensar en que estos movimientos expresaban un sentimiento creciente de libertad. Pero nuestros políticos no tuvieron prisa en animar el cotarro, en animar al dictador a marcharse y dejar que el pueblo libio encaminara su futuro político de otro modo. Esperaron hasta que Gadafi estuviera encerrado en la capital mientras los “rebeldes” ocupaban el resto del país. “¡Ya está, ya va a caer!, -pensarían-, igual que han caído los otros”. Mubarak se enrocó ante la presión del pueblo, pero la jugada le salió mal y finalmente se tuvo que marchar. Gadafi se había enrocado en Trípoli; ahora su caída sólo era cuestión de tiempo, y probablemente no demasiado. Así que los líderes europeos y americanos, con cierto retraso, se lanzaron a pedir que se marchara y dejara a los libios tranquilos. Tampoco podían lanzarse enseguida a presionarle hasta que no vieran por dónde podían ir los acontecimientos, ya que muchas veces se habían reunido y fotografiado con él y habían cerrado muchos y cuantiosos negocios. Él nos daba petroleo y nosotros armas. Pero había llegado ya el momento de decir de qué parte estábamos: del pueblo que se levanta contra su dictador. A la partida debía quedarle poco. Pero, ¡sorpresa!, desde su enroque en Trípoli, Gadafi le da la vuelta a la partida y, poco a poco, va ganando terreno hasta tener acorralados a los rebeldes. Parece que habíamos previsto mal. Tardamos en decir de qué parte estábamos, intentando prever quién llevaba las de ganar, y cuando lo decimos se da la vuelta a la tortilla y ya no se ve tan claro si hemos apostado por el ganador. Como ya hemos dicho que Gadafi se tiene que ir, pero como parece que tiene pocas ganas de hacerlo, ahora, cuando ya hemos comprometido la palabra, falta saber qué hacer. Se ha optado por impedir que los aviones de Gadafi ataquen las poblaciones que controlan los rebeldes. Es una manera de limitar su capacidad militar. Pero no parece que suponga mucho más. Por tierra Gadafi sigue teniendo un ejército más numeroso, mejor preparado y equipado que los rebeldes. Si no se hace nada más es probable que una guerra que va ganando Gadafi y que podría acabar en unas semanas, se convierta en una guerra larga, en la que probablemente Gadafi se llevará la victoria. Esto dejaría a quienes ya han manifestado su apuesta en una situación bastante embarazosa. Si ya hemos dicho que es un dictador al que hay que derrocar, si gana, ¿volveremos a hacer negocios con él? ¿Lo invitaremos a nuestras reuniones? ¿Le dejaremos volver a montar su jaima en nuestros jardines? Pero de momento, nuestros políticos necesitan darse tiempo: no se atreven a enviar ya un ejército de ocupación/liberación (según se mire) y desean que, de un modo u otro, la situación se despeje por sí sola, o sea, que los libios acaben por sí mismos con esta guerra. Pero si la situación se alarga, tendrán que volver a decidir qué hacer, y a estas alturas es difícil retroceder.

Aparte de todas las críticas a la política que han desarrollado anteriormente los países de Europa y Norteamérica con Libia (parece que hasta hace unos meses sólo nos encontrábamos con Jefes de Estado, no con dictadores, y eso nos permitía hacer negocios con ellos), parece que hemos llegado tarde a todo. Nadar y querer guardar la ropa puede resultar muy complicado cuando el río sigue su curso, en este caso, cuando dos ejércitos están enfrentándose. Hemos llegado tarde al reconocimiento de las exigencias de los rebeldes frente a Gadafi y hemos llegado tarde a la intervención militar aérea. El siguiente paso aún resultará más complicado. Pero creo que, si realmente nos creemos que Gadafi es un dictador y los rebeldes van a implantar una democracia (cosa que habrá que ver), no nos quedan más opciones. Aunque tarde, creo que estamos haciendo lo que había que hacer. No hacer nada es darle la razón a Gadafi. La guerra es mala, pero la guerra ya está en marcha, en este caso entre los mismo libios. No intervenir es ya una manera de decir que siga la guerra y que gane no quien creemos que tiene razón, sino quien en este momento tiene más medios (los que nosotros y algunos más le hemos proporcionado). Será todo muy cínico, hipócrita y lo que queramos, pero es la única alternativa que parece que nos queda. Ahora la cuestión no es si somos partidarios o no de la guerra; la cuestión es si dejamos que Gadafi masacre o no a una parte de la población. Diciendo que no queremos la guerra, esta no se va a parar automáticamente. Preocupado debe estar Gadafi de lo que algunos escribimos en internet.

Ciudad de vida y muerte

La película de Lu Chuan narra la invasión japonesa de la ciudad china de Nanjing. Nos muestra a seres humanos capaces de las mayores atrocidades: asesinar prisioneros de guerra, violar masivamente a las mujeres, no respetar la zona de refugiados, matar niños… La película no ahorra nada en sufrimiento. Parece ser que los hechos fueron así. Evidentemente hay personajes ficticios que ayudan a mantener el relato o a invitar al espectador a una reflexión sobre lo ocurrido. Yo he pensado en dos niveles:

  1. De una parte los hechos y su valoración. La actuación del ejército japonés es brutal. Es un ejército de salvajes guiados por salvajes o por superiores dispuestos a justificarlo todo. No sienten ningún respeto por la vida ajena; no existe nada parecido al concepto de dignidad.
  2. Por otra parte, la distancia moral que pretende tomar un soldado japonés que se ve inmerso en una barbarie a la que no encuentra justificación. ¿Se puede seguir actuando moralmente en medio de tanto salvaje? ¿Se puede vivir así?

Más que ciudad de vida y muerte, me ha parecido sólo ciudad de muerte, pues los únicos que permiten que la vida permanezca (este soldado japonés, los extranjeros que organizan la zona de refugiados…) tienen que abandonar el país, son exterminados o deciden dejar de vivir.

Reconozco que este tipo de películas me gusta, aunque algunos las consideren como propaganda. Creo que, al igual que con lo que hicieron los alemanes en Europa, es bueno que, de vez en cuando, recordemos las atrocidades que Japón cometió en Asia. Unos países que aparecen ahora como modelo, fueron capaces de embarcarse en aventuras imperialistas que causaron las mayores atrocidades del siglo XX (si añadimos también la aportación de Stalin, aunque Rusia no sea actualmente modelo de nada bueno). Es verdad que en el fondo estas películas hablan de la condición humana (título de otra película centrada en la invasión de Manchuria), pero de una condición humana que se encarnó en las decisiones de unas personas concretas y unas naciones.

El libro de Eli

Otra película sobre el tiempo después de la Guerra. No se trata de la II Guerra Mundial, sino de la guerra que está por venir y que acabará con nuestra civilización, en la linea de “The road“. La diferencia es que la de Viggo Mortensen es mucho más pesimista. El libro de Eli nos situa también en ese escenario grisáceo, sin color, en el que los hombres han perdido todo horizonte y se dedican al pillaje, el asesinato y a comerse unos a otros. Denzel Washington es un viajero solitario con trazas de superheroe al estilo del monje de Chow Yun-Fat, pero con un barniz cristiano. Eli tiene también algo que proteger: se trata de un libro que lee cada noche y tiene que llevar al Oeste.

En su camino llega a un poblado, donde un jefe impone su ley. Quiere reconstruir la civilización, pero para ello necesita un libro que a lo largo de la historia ha servido para dominar las conciencias de los hombres. Él sabe que sólo con la fuerza es imposible crecer y construir ciudades; necesita que las personas se dejen guiar desde dentro.  A esas alturas de la película ya se imagina uno que el libro es la Biblia y, ¡cómo no!, es el libro que esconde Eli. El mismo libro sirve como guía para uno y como poder de dominio para el otro. La película, que empieza en plan peleitas de superhéroe, se decanta por la moralina.

¿A qué viene este interés por los libros? Porque después de la guerra, los libros fueron quemados, pues los hombres pensaron que habían sido la causa de las disputas entre ellos y el desencadenante de la destrucción. Sólo algunos ejemplares se salvaron.

Algunos, sin embargo, quieren reconstruir la civilización perdida y piensan que para volver a humanizar la vida de los hombres, necesitan recuperar el legado que había en los libros.

La película transpira moralina de afroamericano evangélico y, a mi entender, eso le hace perder fuerza, porque en vez de contarnos una historia pretende enseñarnos algo. Algunas de las cosas que sugiere la peli:

  • La biblia puede ser utilizada como guía espiritual y como instrumento de dominación.
  • Nuestra cultura ha mamado de las tres grandes tradiciones religiosas monoteístas (esto se ve al final).
  • Aunque esa tradición cultural ha conducido a la humanidad al desastre, lo que queda cuando prescindimos de ella es peor. Así que si queremos seguir siendo humanos, deberíamos recuperar esas fuentes, pero alejadas de su instrumentalización.
  • Hay, por tanto, toda una reflexión sobre la cultura occidental, sobre su origen, sus aspectos negativos y su capacidad creadora. Por mala que sea, es peor olvidarla.

La cuestión no es que no esté de acuerdo con lo que pretende enseñar; es que ahora no me apetecen películas que pretendan enseñarme cosas que yo ya pienso y de una manera tan obvia. Quizás por ello prefiero “The road”, porque no enseña nada, o lo que enseña es cómo el hombre puede llegar a ser el peor enemigo del hombre (aquello del homo homini lupus), sin tener que ofrecer una esperanza ni un final feliz. La única esperanza que ofrece “The road” es que hay otros tan desorientados como los protagonistas, que también están en búsqueda. Pero no sabemos si llegan a encontrar nada.

Una vez escuché algo sobre el cine: en tiempos de crisis aparecen películas de monstruos y cada vez son más temibles. Quien lo dijo (que ahora no sé quién fue) iba relacionando a King Kong, los dinosaurios de Parque Jurásico, Godzilla y otros con períodos de crisis económica. Yo no tengo ahora ganas de hacer ese esfuerzo, seguro que en internet alguien lo ha puesto ya. Pero con estas películas debemos aventurar que la crisis actual es de las gordas, pero muy gordas, pues aquí ya no hay monstruos que destruyen una ciudad o atacan a un grupo de humanos atolondrados; sino que acabamos con todas las ciudades y con eso que se llama civilización. Esto ya lo habíamos visto en Mad Max II y III; así que el planteamiento no es del todo nuevo.

Espero que ZP no dure tanto, porque habrá que hacer algo antes de que todo eso suceda.

Valkiria

Ja fa uns dies que vaig vore esta pel·lícual protagonitzada per Tom Cruise. Les impressiones van ser molt bones. El tema ja és conegut: arreplega l’intent de colp d’estat i d’assassinat de Hitler, per part d’un grup d’oficials de l’exèrcit alemany. Un dels dilemes que es plantegen és renunciar al jurament de fidelitat al Fuhrer per a ser fidels a la pàtria. Hitler s’ha convertit en el major enemic d’Alemanya. La guerra està pràcticament perduda i l’únic que produix és destrucció, mort i joves mutilats. La pel·lícula conta, amb molt bon ritme narratiu, l’intent d’assassinat perpetrat pel coronel Klaus von Stauffenberg. Ja sabem que va fracassar, però és just, com repetix la pel·lícula que no tots els alemanys van ser com els nazis.

Hi ha un escena que m’ha agradat molt: la de l’hospital. Es veu una sala d’hospital, amb els llits perfectament situats, plens de joves ferits i mutilats. Von Stauffenberg (Tom Cruise), acaba de posar-se amb dificultat el seu traje de gala i va recorrent la sala per a condecorar els joves soldats. Tot transcorre en silenci. Les mirades dels soldats, el primer pla de Cruise i d’una medalla, la panoràmica de la sala… tot parla de la guerra, del que realment suposa la guerra, sense necessitat de recòrrer a bombes i explossions. La guerra no es veu només durant l’acció; les seues conseqüències perduren molt de temps després.

El lector

Ens trobem a l’Alemanya de la postguerra. Un jove de quinze anys es troba malalt i es ajudat per un dona (Kate Winslet). Poc després comencen una relació marcada pel sexe i la literatura, però amb una peculiaritat: ell ha de llegir-li cada dia una part d’una obra. Poc després, quan el xic comença a estudiar, es desvetla el passat de la dona. Poc a poc descobrim el seu secret (que evidentment no vaig a dir ací). El jove es troba davant d’un dilema: dir el que sap, encara que la dona no ha volgut utilitzar-ho, o callar i que les conseqüències per a ella siguen pitjors.
Més endavant el xic, ja no tant jove i convertit en un advocat d’èxit que acaba de separar-se de la seua dona, reiniciarà la relació literària.
M’ha agradat molt la pel·lícula; especialment la interpretació de la protagonista. Per a mi, la cinta parla de com la literatura pot ajudar-nos a viure. A diferència del que planteja “Cien clavos”, que he comentat abans, els llibres també tenen vida entre les seues pàgines. I no una vida, sinó moltes. La literatura ens pot ajudar a viure experiències que d’altra manera ens resultarien inaccessibles. I eixa necessitat d’experiències alternatives pot ser molt més urgent quan has format part d’una guerra i has d’assumir les conseqüències de les teues decisions en ella.

Dirigida per Stephen Daldry i protagonitzada per Kate Winslet, David Cross i Ralph Fiennes.

Resistencia

resistenciaHe vist la pel·lícula “Resistencia”, d’Edward Zwick (2008). Ens conta com un grup de jueus escapa a la persecució i l’extermini desenrotllat pels nazis. Per a això han d’amagar-se en mig dels boscos de Bielorrùssia. Allí organitzen un campament on han de lluitar contra la fam, el fred, els conflictes de la convivència i la por a ser agafats pels seus perseguidors. Apareix la tensió entre salvar el major nombre possible de jueus o garantir la seguretat i la supervivència dels que es troben al campament; entre sobreviure o participar en la lluita directa contra els alemanys i els seus col·laboradors.

L’antisemitisme no apareix tant sols per part dels nazis: també es troba entre alguns dels seus veïns i entre les tropes soviètiques. La història reproduïx l’esquema del relat de l’Èxode, quan els hebreus van fugir de l’esclavitud que patien a Egipte. També en mig del fred hivern es posa a prova la fe i apareix la temptació de tornar a la falsa seguretat del ghetto. Un rabí, en mig del dolor que suposa vore com els amics i els familiars van morint per causa de la fam i les malalties, li demana a Déu que deixe de considerar-los el seu poble escollit; li demana que els retire el seu don, la santedat, i que li’l done a un altre poble, perquè ells ja no tenen ni llàgrimes ni pregàries per a oferir-li.