Berlín. La caída: 1945

Beevor, Antony - Berlin-La Caida 1945 - TapaEl anterior libro que leí presentaba información sobre las violaciones de mujeres cometidas por el Ejército Rojo en su avance hacia Berlín. Busqué información y me llevó hasta el libro que ahora comento. “Berlín. La caída: 1945”, de Antony Beevor. No es un libro de historia al estilo de los libros escolares o las enciclopedias. Tampoco es una novela. Por su forma de narrar parece un documental bélico. Va contándonos los acontecimientos desde diferentes perspectivas, incluyendo continuamente testimonios y referencias de las personas que participaron en los mismos.

En los primeros capítulos nos presenta los acuerdos entre los dirigentes aliados con el fin de distribuir el territorio que debían ocupar los diferentes ejércitos. Pero después se centra en el avance del Ejército Rojo hacia Moscú. A lo largo del relato nos habla de las intenciones de Stalin en su conquista de la capital y del empecinamiento de Hitler y el Partido Nazi en prolongar una agonía que carecía totalmente de sentido. Los testimonios referidos son muy interesantes. Hay algunos elementos que quiero destacar:

  • Los generales americanos no tuvieron especial interés en Berlín. Estaban deseosos de acabar la guerra cuanto antes, evitando el mayor número posible de bajas. No pensaban en el posible interés político que tenía la ocupación de la capital.
  • Stalin no tenía ningún problema en ocultar información e incluso mentir a sus aliados con el fin de hacerse con la capital. Aparte del interés por humillar a Alemania, parece que estaba interesado en las investigaciones sobre energía atómica que los alemanes desarrollaban cerca de Berlín. Quería quedarse con el material y los investigadores.
  • Hitler estaba empeñado en arrastrar al pueblo alemán hacia la destrucción total. Habría sido feliz si cada alemán se hubiera suicidado un segundo después de hacerlo él. Creía que él representaba al pueblo alemán. Los militares de carrera querían evitar mayores sufrimientos al pueblo alemán, pero muy pocos y con escasos  resultados se atrevían a contradecir al Führer.
  • Los miembros del Partido Nazi y la SS tenían especial interés en castigar a cualquiera que intentara rendirse ante los aliados. Esperaban el sacrificio de todos y cada uno de los alemanes. Sin embargo, no tuvieron empacho en buscarse formas de escape, dejando abandonados a los soldados y a la población civil.
  • Los alemanes y, especialmente, las alemanas habrían preferido caer en manos de los aliados occidentales. Stalin lo suponía y siempre tuvo miedo de que Alemania capitulara antes ante Gran Bretaña y EEUU y les abriera las puertas de Berlín. Algunos generales alemanes pensaban que esto podría ahorrar muchos sufrimientos a la población alemana.
  • La fuerza desplegada por la URSS fue descomunal. Los generales disputaban entre sí para llegar los primeros a Berlín. Tenían mucha prisa en hacerlo. Los soldados eran sometidos a esfuerzos sobrehumanos. El número de bajas no importaba a Stalin.
  • Una buena parte de los soldados del Ejército Rojo convirtieron los asaltos, los pillajes y las violaciones a las mujeres en su forma habitual de entretenimiento cuando cesaban los ataques. Todo ello bañado abundantemente en alcohol. En un primer momento, la violación sistemática de mujeres parecía tener un carácter de castigo, por cuanto los alemanes habían hecho en la ocupación de la URSS; después pasó a ser una forma más de divertirse. Los testimonios son espeluznantes. Las violaciones se produjeron también con rusas que habían sido hecho presas por los alemanes durante la ocupación. “María Sapoval llegó a decir: “Me he pasado los días y las noches esperando al Ejército rojo. Esperaba que me liberasen, y ahora nuestros soldados nos tratan peor que los alemanes. No estoy feliz de estar con vida”. “Resultaba difícil vivir con los alemanes -aseguró Klavdia Malaschenko-, pero esto es aún peor. Esto no es una liberación. Nos trata de un modo terrible y nos hacen cosas espantosas”.

Y aquí un texto que me ha llamado especialmente la atención:

Un berlinés de dieciséis años llamado Dieter Borkovsky describió lo que había presenciado en un tren… “El rostro de los ocupantes estaba lleno de terror, ira y desesperación. Nunca había oído maldiciones como las de aquel día. De pronto distinguimos una voz por encima del ruido que gritaba: “¡Silencio!”, y vimos a un soldado bajito u sucio con dos Cruces de Hierro y la Cruz Dorada alemana. en una de sus mangas llevaba una insignia con cuatro tanques metálicos, lo que significaba que había derribado cuatro tanques de combate a poca distancia. “Tengo que deciros algo -gritó, y el vagón quedó sumido en silencio-. Aunque no queráis escucharme, dejad de quejaros. Hemos de ganar esta guerra; no podemos perder nuestro valor. Si dejamos que la ganen otros y nos hacen sólo una parte de lo que hemos hecho nosotros en los territorios ocupados, no quedará un solo alemán vivo de aquí a pocas semanas”. El silencio de aquel vagon era tal que podía oírse el vuelo de una mosca.

La forma de contar la historia resulta muy amena, aunque el exceso de datos sobre el avance de las fuerzas puede resultar abrumador y, en más de una ocasión, he estado un poco perdido de por dónde andaba cada ejército. Lo bueno es que cada batalla contada está acompañada por testimonios, palabras, intenciones e interpretaciones que nos recuerdan que nos ayudan a reconocer a las personas que intervinieron en las mismas. Una vez más, en estos hechos podemos reconocer lo mejor y lo peor de los seres humanos.

Mientras leía el libro, iba pensando en lo mal que le habían salido los cálculos a Hitler. El resultado de su locura fue que todo aquello que quería destruir se consolidara:

  • Ocupó la Unión Soviética para frenar el comunismo y consiguió que se extendiera y asentara sobre media Europa.
  • Pretendió extender los territorios alemanes más allá de lo que había poseído antes de la I Guerra Mundial y el resultado fue una Alemania dividida.
  • Quiso exterminar a los judíos y, al provocar su exilio, acabó favoreciendo el nacimiento del Estado de Israel.
  • Convirtió una nación relativamente próspera (los soldados rusos se asombraban de la comida y las construcciones de las granjas alemanas y no entendían qué habían ido a buscar los alemanes en la URSS) en un vertedero de escombros.
  • La supuesta superioridad del pueblo ario dio paso a su sometimiento y humillación, sobre todo ante los rusos.

Algunas de estas ideas aparecen también en el último capítulo del libro. Lo que todavía me sorprende más es que, de vez en cuando, aparezcan personas que todavía admiran a Hitler y su camarilla.

Por casualidad, el final de la lectura ha coincidido con las fechas en que se produjeron estos acontecimientos hace 68 años.

Feliz Navidad

La noche del 22 de abril, La 2 (la UHF de antes) nos ofrecía una joyita de película: “Feliz Navidad” (Joyeux Noel, 2005). Cuenta la historia, basada en un hecho real, de unos soldados alemanes, escoceses y franceses que, durante Nochebuena de 1914, deciden abrir una tregua en los combates que mantenían en las trincheras. Parece ser que este armisticio no oficial se repitió en varios lugares del frente.

Resulta curioso: lo que ocurre, visto desde la lógica de la guerra, una guerra atroz que acabó con la vida de muchos jóvenes en todos los bandos, resulta absurdo. Los soldados comparten sus bebidas, su comida, incluso los juegos, en medio del campo de batalla. Sin embargo, lo realmente absurdo era la situación bélica: que unos jóvenes tuvieran que arriesgar sus vidas y arrebatar las de los enemigos por el sinsentido impuesto por sus gobernantes. En medio de la muerte y el dolor, la celebración de la Navidad permite a los soldados recuperar su humanidad y reconocerla en quienes tienen enfrente. Los soldados son conscientes de haber vivido una experiencia que les marcará el resto de sus vidas, mucho más que el hecho mismo de haber participado en una guerra. El hecho de haber tratado con los otros, ayuda a los soldados a reconocer el absurdo de su situación: ellos tienen que morir y matar para salvar el supuesto honor de unas personas que toman las decisiones sin arriesgar nada más que ese supuesto honor.

Pero el sinsentido de la guerra, con su lógica, vuelve a imponerse. Los superiores no pueden aceptar que los soldados hayan confraternizado, se hayan sentido, por unos días, humanos, vinculados unos con otros, a pesar de encontrarse en bandos opuestos. Con el fin de que no vuelva a ocurrir, los mandos cambian a las tropas de lugar.

La guerra tiene su propia lógica, la de olvidar que cada soldado, de uno y otro bando, es un ser humano; que tras cada uno de ellos hay un entramado de afectos, de relaciones, de vínculos formados por sus familiares y sus amigos, de seres que acabarán extrañándolos. Con su forma de actuar, los soldados rompieron esa lógica y mostraron que, incluso en las circunstancias más atroces, los seres humanos siguen siendo capaces de sacar a la luz la bondad que les permite seguir sintiéndose como tales: humanos.

El momento en que cantan “Noche de Paz”, seguido por “Adeste fideles”, resulta para mí de lo más emocionante, sobre todo, pensando que se refiere a un hecho histórico.

Aquí tenéis un precioso resumen de la película:

Y aquí “Adeste fideles”.

Por ahí he encontrado críticas bastante duras a la película. Está claro que aquella no fue una guerra de mentiras y que los alemanes cometieron tropelías de primer orden, como harían posteriormente en la II Guerra Mundial; pero eso no quita valor al hecho que aquí se narra y que, en su forma de narrarlo, aun hablando de la guerra, pueda tocarnos la fibra sensible.

Ante el dolor de los demás

Hace unos días terminé la lectura del libro de Susan Sontag “Ante el dolor de los demás”. No era exactamente lo que esperaba. Pensaba que iba a encontrarme ante algo así como una descripción de las reacciones ante el sufrimiento humano, una fenomenología de la compasión o algo semejante. Sin embargo, el libro se centra en las imágenes sobre el sufrimiento humano, al principio en las reproducciones pictóricas y después en la fotografía. No hace un tratamiento del sufrimiento en el cine. En cada capítulo la autora describe diferentes usos que ha tenido la imagen del sufrimiento y cómo repercute (o deja de repercutir) en quienes la observan. Sontag habla, sobre todo, del sufrimiento relacionado con la tortura o la guerra.

Las primeras representaciones del sufrimiento podían alentar una cierta curiosidad morbosa en quienes las contemplaban. Esa curiosidad es superada en las representaciones de Goya sobre los desastres de la guerra. Aquí la curiosidad es substituida por la intención del autor de hacer manifiesto el sinsentido de la guerra, el absurdo de semejantes crueldades. Los textos al pie de las pinturas nos ayudan a entender esta intención del pintor.

Un primer uso que tuvo la fotografía bélica fue el de animar a los jóvenes a alistarse en el ejército. Por ello se evitaban las fotos de víctimas de los propios ejércitos, a quienes se mostraba siempre en actitud alegre y marcial, y sólo se presentaban las víctimas del enemigo. La cosa cambió cuando los fotógrafos dejaron de ser reporteros encargados por los gobiernos e intentaron reflejar la realidad de la guerra.

¿Cómo interpretar el sufrimiento mostrado en las fotografías de guerra? Susan Sontag nos advierte de que la interpretación de las imágenes depende en buena medida de los textos que las acompañan y de la memoria que tengamos de los acontecimientos que las rodean. Sin texto, la fuerza evocadora de la imagen, la repercusión que puede tener en quienes la observan, queda a medio gas.

Las fotografías no siempre son un reflejo fiel de la realidad. El fotógrafo asume una perspectiva, muestra unos detalles y abandona otros. En algunos casos, el fotógrafo ha compuesto la escena, modificando algunos elementos (como la famosa fotografía de Iwo Jima, en el monte Suribachi). En otros, la intervención del fotógrafo es imposible (como el bombardeo de Napalm en Vietnam).

Otro elemento que analiza el libro es el uso de la fotografía en museos y exposiciones. El dolor se convierte así en objeto estético o incluso de consumo, y en algo que vamos contemplando y pasando, como en cualquier otra exposición.

Sontag también llama la atención en la exposición de imágenes sobre acontecimientos que han sucedido lejos de la propia tierra o sufrimientos perpetrados por otros pueblos. Por ejemplo, en EEUU hay un museo sobre el Holocausto, pero no sobre la esclavitud de los negros. Las imágenes sobre guerras nos ayudan a pensar hasta qué punto los seres humanos somos capaces de las mayores atrocidades, pero queremos pensar que esos seres humanos tan crueles siempre han sido otros, no nosotros ni los nuestros. Resulta más fácil pensar que las atrocidades las han cometido los alemanes, los talibanes o los serbios, poniéndoles apellidos o nacionalidades, como si de este modo pudiéramos vacunarnos contra semejante inhumanidad. Esto me ha recordado la película “En el valle de Elah”, en la que se cuestiona la actuación de los soldados americanos en la invasión de Irak, a partir de la investigación que un padre hace sobre la muerte de su hijo.

Esto sólo son pinceladas sobre el contenido del libro. Ya he dicho que no era lo que me esperaba, aunque tampoco ha resultado decepcionante. Siempre se puede aprender algo nuevo. Una de las cosas a que me ha animado ha sido a empezar la lectura de un nuevo libro, “Berlín: La caída, 1945”, de Anthony Beevor, a partir de la referencia que hace sobre las violaciones de mujeres alemanas cometidas por soldados del Ejército Rojo. Por lo pronto, este texto me está enganchando más.

La cuestión humana

En algún blog leí que se trataba de una obra maestra. A mi no me lo ha parecido, aunque sí es una película de lo más interesante. Está dirigida por Nikolas Klotz (2007). Me apareció a partir de búsquedas entre los actores de “De dioses y de hombres”.

El protagonista de la historia es un psicólogo encargado del departamento de recursos humanos en la filial francesa de una gran empresa alemana. Uno de los méritos de este psicólogo ha sido el de precisar los criterios que servirían para hacer una reestructuración de la plantilla, eliminando 1300 puestos de trabajo. Viendo lo eficaz que ha resultado su trabajo, el Director adjunto le encarga una nueva tarea: debe investigar la conducta del Director General y elaborar un informe. Parece afectado por problemas emocionales que pueden volverse en contra de los intereses de la empresa.

Con el fin de conocer al Director General, el psicólogo investiga posibles vías de acceso. Descubre que en la empresa hubo un cuarteto musical, en el que el mismo Director General estuvo implicado. Con la excusa de hacer una nueva actividad musical que sirva para unir al personal, va a ir realizando entrevistas al Director General, su secretaria, otros directivos… Poco a poco irá descubriendo qué es lo que preocupa al Director. Con la información de unos y otros, descubrirá que detrás de todos los datos sobre reestructuración de la empresa lo que le preocupa es la cuestión humana, el hecho de que detrás de un lenguaje que intenta ser neutral, aséptico, se encubre el hecho de que cientos de personas se quedan sin trabajo. Las emociones, las preocupaciones, esperanzas, anhelos de las personas… todo ello se reduce al cumplimiento de un plan.

Pero todavía no sabemos por qué le preocupa tanto. Entonces empieza a vislumbrarse un paralelismo: algo parecido hacían los nazis con aquellos a quienes conducían a la muerte. Lo que importaba era ir cumpliendo el plan, lo programado. Había que olvidar que la carga que portaban en los camiones eran seres humanos; había que reducirlos a eso, a carga, y a números. La secretaria nos ayuda a descubrir lo que atormenta al Director General, y no porque él mismo lo hiciera, sino porque su padre había estado implicado. Pero también descubrimos que los intereses del Director adjunto no buscan simplemente el bienestar de la compañía. Su forma de actuar también está relacionada con sus experiencias de la infancia, donde aprendió a decidir y pensar sin tener en cuenta a las personas. El Director General sabe por qué es así y se ha dado cuenta de que todo lo que está haciendo el psicólogo lo hace por encargo del otro directivo.

Finalmente el psicólogo encuentra a quien constituía el alma del cuarteto musical. Vivía en un pequeño pueblo. Había sido despedido con la reestructuración de la empresa. Poco a poco va desentrañando cómo, mediante el lenguaje, hemos ido ocultando la dimensión humana de la realidad, en un intento de hacer una realidad que nos resulte más fácil de sobrellevar, que no cargue excesivamente nuestras conciencias. Nos dice que ya no hay pobres, que ahora sólo hay personas de bajos recursos. Los despidos se convierten en reestructuraciones, en reformas, en adaptaciones a las nuevas condiciones económicas, como si las circunstancias obligaran a dejar de lado a los seres humanos que se ven afectados en cada decisión; como si las decisiones dejaran de ser una cuestión personal y dependieran sólo de los criterios marcados de manera supuestamente objetiva en un programa. Entonces cuenta al psicólogo loo que veía cada noche desde su ventana: los conductores de camiones que, tras el trabajo, tan sólo comentaban que estaban cumpliendo el programa, olvidando que dicho programa consistía en hacer desaparecer a las personas que designaba el III Reich.

Hay una magnifica reflexión sobre el uso del lenguaje para encubrir la realidad. Lo único que no me gusta es que el ritmo resulta excesivamente lento. La película se recrea en cada frase del discurso, en las canciones, en los despertares del psicólogo. El problema es cuando se usa el cine para hacer reflexionar a las personas: es útil, porque algunas personas no van a leer un manifiesto o un libro para reflexionar sobre todo esto; pero puede ser pesado, porque la historia pierde ritmo en función de las ideas que se pretenden transmitir o la reflexión que se quiere provocar. Creo que algo de esto pasa con la conversación final entre el psicólogo y el violinista despedido de la empresa.

Con todo, es una película muy interesante.

Ciudad de vida y muerte

La película de Lu Chuan narra la invasión japonesa de la ciudad china de Nanjing. Nos muestra a seres humanos capaces de las mayores atrocidades: asesinar prisioneros de guerra, violar masivamente a las mujeres, no respetar la zona de refugiados, matar niños… La película no ahorra nada en sufrimiento. Parece ser que los hechos fueron así. Evidentemente hay personajes ficticios que ayudan a mantener el relato o a invitar al espectador a una reflexión sobre lo ocurrido. Yo he pensado en dos niveles:

  1. De una parte los hechos y su valoración. La actuación del ejército japonés es brutal. Es un ejército de salvajes guiados por salvajes o por superiores dispuestos a justificarlo todo. No sienten ningún respeto por la vida ajena; no existe nada parecido al concepto de dignidad.
  2. Por otra parte, la distancia moral que pretende tomar un soldado japonés que se ve inmerso en una barbarie a la que no encuentra justificación. ¿Se puede seguir actuando moralmente en medio de tanto salvaje? ¿Se puede vivir así?

Más que ciudad de vida y muerte, me ha parecido sólo ciudad de muerte, pues los únicos que permiten que la vida permanezca (este soldado japonés, los extranjeros que organizan la zona de refugiados…) tienen que abandonar el país, son exterminados o deciden dejar de vivir.

Reconozco que este tipo de películas me gusta, aunque algunos las consideren como propaganda. Creo que, al igual que con lo que hicieron los alemanes en Europa, es bueno que, de vez en cuando, recordemos las atrocidades que Japón cometió en Asia. Unos países que aparecen ahora como modelo, fueron capaces de embarcarse en aventuras imperialistas que causaron las mayores atrocidades del siglo XX (si añadimos también la aportación de Stalin, aunque Rusia no sea actualmente modelo de nada bueno). Es verdad que en el fondo estas películas hablan de la condición humana (título de otra película centrada en la invasión de Manchuria), pero de una condición humana que se encarnó en las decisiones de unas personas concretas y unas naciones.

El misterio de Eleusis

La semana pasada acabé la lectura de “Titus Flaminius: El misterio de Eleusis”, de Jean Francois Nahmias. El libro sería parte de una obra que recoge varias aventuras de un joven abogado romano. En este caso, Titus Flaminius viaja a Atenas, cuna de la filosofía occidental, con el fin de conocer de cerca el pensamiento griego y adentrarse en los misterios de Eleusis.

Durante su estancia en Grecia, es testigo de varios asesinatos y decide investigarlos, con el fin de vengar a las víctimas. El desarrollo de los acontecimientos es aprovechado por el autor para ir contándonos cómo se desarrollaban los misterios, quiénes participaban, cuáles eran las principales escuelas de pensamiento… Para quienes deseen conocer algo de todo esto, no está mal. Pero no nos encontramos ante una gran novela. Los personajes aparecen descritos de una manera superficial, sin contrastes y sin rasgos que los definan de manera individual. Si en la novela de Faulkner las descripciones resultaban casi tediosas, aquí prácticamente desaparecen. Parece que el interés del autor era mostrarnos cómo era Grecia, más que hacer una buena novela.

La novela incluye también ciertas apreciaciones, a mi entender extemporáneas, acerca del papel de la mujer en Grecia.

En definitiva, en mi parecer, una novela para pasar el rato, sin demasiadas pretensiones y, si después entra la curiosidad sobre los misterios de Eleusis, leer algún libro especializado sobre los mismos.

Ágora y Celda 211

Las he visto con una semana de separación. La primera, después de ver Invictus. No me provocó nada especial. Una película prescindible. No emociona, salvo los 10 últimos minutos. Ni emociona la historia, ni la protagonista, ni los supuestos descubrimientos astronómicos. Sobre esto último, dudo bastante que ella se acercara a la elipse que propuso Kepler como modelo y que durante doce siglos, si no hago mal las cuentas, no hubiera ningún otro testimonio a su favor.

Celda 211 es totalmente distinta. No te deja respirar un momento. Las emociones, la tensión te mantienen durante toda la película. Igual no nos enseña grandes cosas, ni nos hace pensar en la intolerancia que se vivió en el siglo IV, pero hace sentir, aunque sea miedo, rabia o preocupación. Y el cine no tiene por qué ser un documental, más o menos manipulado, como la imagen que pretende ofrecernos Amenábar en Ágora, sino un tiempo para tener experiencias y sentir emociones que de otro modo no estarían a nuestro alcance en el ámbito de nuestra vida cotidiana. Ahora entiendo la diferencia en los premios.

Y otra cosa: ya estaba bien de ideologización del cine a base de memoria (o amnesia) histórica y curas malos. Aunque no sé si de manera indirecta algo de esto sigue habiendo en el relato de Amenábar (a quien por otro lado admiro por su película “Los otros”).

El árbol de decisión

He acabado hace unos días la lectura del libro de Juan Antonio Rivera “El gobierno de la fortuna”. En este libro encontramos muchas de las ideas que, relacionadas con el cine, el autor desarrolla en sus dos libros “Lo que Sócrates diría a Woody Allen” y “Carta abierta de Woody Allen a Platón“. Hay una idea que el autor desarrolla y que me resulta especialmente agradable: es el árbol de la decisión.

Ya hace años, hablando con los alumnos sobre qué es la vida, recuerdo que les dije que para mí la vida es como un relato. Ese relato se entrecruza con los relatos de otras personas. Y así se va configurando nuestra vida. Con el paso del tiempo, mirando hacia atrás, descubrimos que lo que somos (nos guste o no lo que somos) es el resultado de miles de interacciones que se han producido en el pasado. Cuando hace años tomamos una decisión, actuamos de una determinada manera, no podíamos prever las consecuencias de aquellas elecciones. Dejamos de lado un conjunto de posibilidades y se nos abría otro. Y así en cada una de las elecciones que hemos realizado. Pero sería demasiado pensar que somos principalmente fruto de nuestras decisiones. Hay que dejar paso al azar. El azar a veces puede jugarnos malas pasadas. Con frecuencia pienso en los accidentes de coche. Si en lugar de estar en ese momento ante un determinado obstáculo llegas un segundo antes o un segundo después, igual no ocurre el accidente. Pero no lo sabemos hasta que ha pasado todo. ¡Cuántos encuentros se dan en nuestras vidas sin que podamos preverlos! ¡Y cómo condicionan nuestras decisiones! Más de una vez tenemos la sensación de que no deberíamos estar ahí; pero estamos. Con el paso del tiempo nos creamos la ficción de que todo esto tiene un sentido, está dotado de unidad, como ocurre con las novelas, en que al final descubrimos la relación que guardaba cada uno de los elementos que aparecía con el conjunto del relato. Pero eso es sólo una ficción. Cuando estamos metidos en el ajo de las decisiones, no sabemos dónde nos pueden llevar y lo que prevemos es muy limitado.

Son reflexiones sueltas. Invito a leer el libro. Ojo: no es tan fácil de leer como los otros dos que he citado. Ni tan ameno. Es preferible empezar por los otros. A su favor tiene que sólo cuesta 3 euros en Paris Valencia.

Amar en tiempos revueltos

De quan en quan veig esta sèrie que emet RTVE. Cada dia em sembla més espesa. Els diàlegs estan carregats de la ideologia oficial. Els personatges principals parlen com si estigueren adoctrinant els espectadors, per a que tots sapien qui eren els bons i qui els malos. Qualsevol diria que el guió està dictat des de Ferraz o des de Moncloa, amb les intervencions adequades per a reforçar l’Educació per a la Ciutadania. Amb esta sèrie i “Cuéntame”, no cal plantejar-se ni classes d’història ni Educació per a la Ciutadania, ni dins de poc, d’ètica. La tele ens donarà la versió oficial.

Valkiria

Ja fa uns dies que vaig vore esta pel·lícual protagonitzada per Tom Cruise. Les impressiones van ser molt bones. El tema ja és conegut: arreplega l’intent de colp d’estat i d’assassinat de Hitler, per part d’un grup d’oficials de l’exèrcit alemany. Un dels dilemes que es plantegen és renunciar al jurament de fidelitat al Fuhrer per a ser fidels a la pàtria. Hitler s’ha convertit en el major enemic d’Alemanya. La guerra està pràcticament perduda i l’únic que produix és destrucció, mort i joves mutilats. La pel·lícula conta, amb molt bon ritme narratiu, l’intent d’assassinat perpetrat pel coronel Klaus von Stauffenberg. Ja sabem que va fracassar, però és just, com repetix la pel·lícula que no tots els alemanys van ser com els nazis.

Hi ha un escena que m’ha agradat molt: la de l’hospital. Es veu una sala d’hospital, amb els llits perfectament situats, plens de joves ferits i mutilats. Von Stauffenberg (Tom Cruise), acaba de posar-se amb dificultat el seu traje de gala i va recorrent la sala per a condecorar els joves soldats. Tot transcorre en silenci. Les mirades dels soldats, el primer pla de Cruise i d’una medalla, la panoràmica de la sala… tot parla de la guerra, del que realment suposa la guerra, sense necessitat de recòrrer a bombes i explossions. La guerra no es veu només durant l’acció; les seues conseqüències perduren molt de temps després.