Eichmann en Jerusalén

Este es el título de un libro escrito por Hanna Arendt, a raíz del juicio de Adolf Eichmann en esta ciudad. El libro pretendía ser un informe sobre dicho juicio, pero la autora va introduciendo sus reflexiones sobre todo lo ocurrido. Yo empecé a leerlo buscando una cita sobre Eichmann que he utilizado en los apuntes de ética y, al final, lo he leído entero.

En los primeros capítulos, Arendt intenta profundizar en la personalidad del acusado. Eichmann fue el encargado de organizar la selección y transporte de los judíos de los territorios ocupados por los nazis hasta los campos de concentración. El acusado se escudaba continuamente en que su tarea consistía en cumplir órdenes del modo más cuidadoso posible. No lo hacía por odio a los judíos, pues se había preocupado por estudiar su historia y tratar amigablemente con algunos de ellos. Pero eran órdenes que procedían, en última instancia, del mismo Fuhrer, a quien él admiraba notablemente, y había que cumplirlas.

Arendt reflexiona también sobre la legitimidad del juicio, precedido por el secuestro de Eichmann en Argentina. Pone de manifiesto que el Estado de Israel pretendía tener su propio juicio sobre la persecución y exterminio de los judíos, cosa que no había quedado tratada en exclusiva en los juicios de Nuremberg. Hay una intencionalidad política en este juicio, que se trasluce en algunas palabras del fiscal o, incluso, del Primer Ministro Ben Gurión.

Después el libro hace un recorrido por los distintos países en los que intervino Eichmann para organizar las deportaciones. Una de las cosas que más me ha llamado la atención ha sido la afirmación de que sin la colaboración de los judíos notables de cada país, la tarea de Eichmann no habría podido ser tan exitosa. Ya había oído hace algunos años que en Polonia, los judíos más ricos e influyentes tuvieron la oportunidad de escapar del exterminio. Ahora, tras la lectura de este libro, veo que se trataba de algo muy conocido pero que apenas se suele nombrar. Una de las cosas que hacía Eichmann para organizar las deportaciones, era contactar con los Consejos de Judíos. Ellos eran quienes convocaban a los judíos a ir a las estaciones de tren. La máquina funcionaba bien, porque eran también judíos quienes seleccionaban y llamaban a las familias que debían ser deportadas. En muchos casos esta colaboración se debía sobre todo a la ignorancia, aunque a algunos les sirvió para salvarse de los campos. En otros casos, sobre todo al final de la guerra, la colaboración no podía escudarse ya en esa ignorancia y quienes colaboraron con los nazis debían ser plenamente conscientes del destino de sus compatriotas.

Otra de las cosas que pone de manifiesto Hanna Arendt es que en aquellos países en que los políticos y los ciudadanos se opusieron a las deportaciones, los nazis tuvieron muy poco éxito. El caso más llamativo fue el de Dinamarca, donde desde el principio se negaron a señalar a los judíos con la estrella sobre la ropa. Amenazaron con que, si les obligaban, todos los daneses, incluido el rey, se pondrían la estrella. Luego, con dinero de algunos ciudadanos ricos, ayudaron a los judíos a escapar a Suecia. Y lo más curioso era que, cuando no tenían apoyo local, algunos nazis iban perdiendo su empeño inicial, dejando de cumplir las órdenes que les llegaban desde Alemania. Sin el apoyo de los Consejos Judíos o los políticos locales, los alemanes ni siquiera se preocupaban en castigar los países ocupados por falta de colaboración.

Otro ejemplo, más simpático en medio de tanto sufrimiento, fue el de los italianos. Podrían ser fascistas y antisemitas, pero no estaban dispuestos a colaborar con el asesinato de los judíos. Fueron inventando excusas, escondiendo a los judíos, ayudándoles a salir del país, organizando sus propios guettos y campos, con el fin de alejar a los judíos de las manos de los nazis. De este modo lograron que el número de judíos deportados desde Italia o los territorios ocupados por los italianos fuera mucho menor que en los países directamente ocupados por los alemanes. También Bulgaria siguió una política similar a la de Italia.

El libro presenta también ejemplos de especial maldad, como la celosa colaboración del Consejo Judío de Holanda para deportar a los judíos extranjeros y el empeño del Gobierno Rumano en ir dos pasos por delante de los nazis en la iniciativa por acabar con los judíos.

En el epílogo, la autora presenta varias reflexiones sobre lo tratado en el juicio. En algunos momentos, me he perdido entre la discusión puramente jurídica, pero el libro me ha resultado muy interesante y clarificador.