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Diálogos filosóficos (I): El Estado justo

Platon estado justo

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El Dr. Jekill y Mr. Hide

Hace un par de días terminé la lectura de “El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hide”. La historia, al menos a grandes rasgos, es de sobra conocida. Sin embargo, hace falta la lectura del libro para conocer lo que mueve al Dr. Jekill a convertirse en Mr. Hide. Me ha recordado varias cosas de Platón y Nietzsche.

El Dr. Jekill es un hombre trabajador, soltero, dedicado al estudio y que, de cuando en cuando, parece que cae en alguna tentación, aunque no sabemos cuál es. Parece vivir en esa permanente contradicción que ya había apuntado San Pablo: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Romanos 7, 15).  El caso es que dichos pecados le producen remordimientos de conciencia, con lo cual, el placer alcanzado en ellos se traduce posteriormente en dolor. Así que no llega a ser tan virtuoso como querría, ni llega tampoco a gozar plenamente de sus caídas. ¿Cómo solucionarlo? Consciente de que va a ser incapaz de superar dicha contradicción, decide convertirse prácticamente en dos sujetos diferentes: uno el que ya es, el Dr. Jekill, hombre virtuoso, mucho más virtuoso que en la actualidad; otro, el mosntruo que todos conocemos, Hide, abocado a todo lo que le apetece, sin importarle las consecuencias. Lo que hace Hide, Jekill no lo vive como propio, con lo cual no le produce remordimientos. La conciencia de Jekill no interviene cuando está presente Hide, con lo cual puede entregarse plenamente a gozar de sus apetitos. Así, siendo dos sucesivamente, puede vivir virtuosamente y como el mayor pecador. Claro, ya podemos suponer que semejante situación no va a verse libre de complicaciones, no previstas por Jekill. Pero para conocerlas al detalle, lo mejor es leerse el libro (que además es bastante corto).

Y aquí es donde he recordado a Platón. Cuando hablamos de su concepción del alma, explicamos que aun sabiendo que si el alma es inmortal, Platón tenía que entenderla sin partes, se ve abocado a diferenciar tres partes en ella para poder explicar la contradicción que vivimos internamente. Aun cuando tenemos claras las cosas que debemos hacer, no siempre las hacemos y, con frecuencia, acabamos haciendo las cosas que reprobamos. Platón lo explica diciendo que las partes irascible y apetitiva no siempre siguen los dictados de la razón. Lo que en Platón son partes, no siempre en concordia, de una misma alma, Jekill, o mejor dicho Stevenson, el autor de la novela, lo convierte en dos sujetos que actúan independientemente.

Pero también cabe recordar a Nietzsche. Jekill representaría la moral platónica, o incluso el rigor del deontologismo kantiano: la obligación de cumplir con el deber moral. Hide representaría la voluntad de poder, el deseo de afirmarse sin ningún freno y de disfrutar la vida plenamente. Una cosa le aleja de Nietzsche: el miedo a la muerte y su dependencia, en este sentido, de Jekill.

Tal vez otros podrían encontrar otros ecos. Estos son los que me ha sugerido esta lectura, de la que he disfrutado mucho. Jekill y Hide constituyen unidos un monstruo mucho más cercano a nosotros que Drácula, de quien también he escrito una entrada. Jekill y Hide representan, en grado sumo, la contradicción que vivimos casi todos y constituye una constante en la humanidad. Antes citaba a San Pablo; también Medea, en la Metamorfosis de Ovidio, dice: “Veo el bien y lo apruebo, pero hago el mal”. ¿Quién puede decir que esto no le afecta?

Como ejemplos reales de Jekill y Hide tenemos a los “monstruos” que de vez en cuando nos presentan los medios de comunicación: violadores, asesinos en serie, maltratadores… que gozaban, sin embargo, de la estima y consideración de quienes les rodeaban y desconocían todas las fechorías que realizaban.

Infancia, educación y filosofía

He acabado la lectura del libro “Infancia. Entre educación y filosofía“, de Walter Omar Kohan (Laertes 2004). Conocía a Walter O. Kohan en un encuentro de Filosofía para niños que se celebró en El Escorial. Él dirigía uno de los talleres. Su posición, tal como aparece en este libro, difiere del programa Filosofía para niños, de Mathew Lipmann.

Kohan plantea que se ha visto la infancia desde la perspectiva del adulto, como un tiempo de preparación para ser adultos y algo pasajero. Él quiere presentar otra imagen de la infancia, que obligue a repensar la educación y la filosofía. El problema para mí es que tiene que reconocer que ese otro tipo de pedagogía y de práctica de la filosofía no cabe en el sistema educativo, en realidad, no cabría en ningún sistema. La conclusión resulta un tanto desesperanzada.

Al menos, la lectura me ha servido para plantearme una vez más qué sentido tiene nuestro trabajo. En realidad no tengo muy claro si la escuela no se ha convertido, o quizá siempre lo ha sido, en una institución para formar buenos ciudadanos (¡es lo que pretendía Platón!). Pero igual de ese modo olvidamos qué significa realmente ser niño y lo reducimos a un período de tránsito, del que hay que salir, para convertirse en un adulto medio, normal, que acepta las reglas del juego, que es capaz de pensar y razonar según una pautas preestablecidas.

Esta es una de las críticas que Kohan dirige al programa de Filosofía para niños. La cuestión para mí es si podemos educar sin tener un objetivo concreto, un modelo que pretendamos conseguir. Pero al tener un modelo, la iniciatia personal, la creatividad, la singularidad, se tienen que sujetar al mismo. En realidad, ¿podemos prescindir en el sistema educativo de formar buenos ciudadanos? Pero al hacerlo, ¿no estamos imponiendo un determinado modelo que tiende a igualar a las personas, a someterlas a lo común y lo políticamente correcto? Hace ya bastantes años, escuché a uno de mis profesores que educar era ayudar a sacar a la luz las capacidades que cada uno tiene. No sé si eso sigue vigente en el sistema educativo. Tendemos a valorar lo igual, lo común, lo que se sujeta a la norma; tendemos a ver la educación como una transmisión de contenidos y entendemos el aprendizaje como la adquisición de unos contenidos previamente aceptados, regulados e impuestos por la sociedad. ¿Dónde queda la creatividad? ¿Y la iniciativa personal? ¿dónde la ruptura? Educamos para formar a los ciudadanos del futuro. Lo mismo que pensó Platón hacer 25 siglos, pero su proyecto político nos parece autoritario. Igual estamos ante los mismos perros pero con distintos collares; igual la sociedad actual tiende a hacernos iguales, aunque con métodos que nos parecen menos perversos. A este respecto es interesante la referencia que Kohan hace a Foucault y su crítica del poder y las instituciones.

Recomiendo la lectura del libro. Podéis encontrar un resumen del mismo pulsando aquí.