El mayor en el reino

Hoy no voy a comentar el evangelio del día, sólo una parte, ya que en la liturgia han cortado un trozo que quiero comentar más adelante. Me he centrado sólo en la primera parte (Mt 18, 1-5):

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?»
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí.

Mateo empieza aquí uno de los cinco discursos de su evangelio. Anteriormente había hablado de la comunidad hacia afuera, de su misión. Ahora se centra en las normas de convivencia de la comunidad. Como grupo humano, la comunidad de Mateo no está libre de tensiones; algunas pueden estar provocadas por los puestos de poder o de prestigio. Hay que volver a mirar a Jesús.

“¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?”. En Marcos, los discípulos habían estado discutiendo por el camino (9,33); en el evangelio de Mateo se trata sólo de una pregunta genérica. ¿Qué solemos entender por importante?, ¿el poder?, ¿el prestigio?, ¿el conocimiento? Sea lo que fuere lo que se valora en el mundo en cada momento, Jesús plantea un criterio muy diferente.

“Os aseguro que si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos”. “Hacerse como…”, “hacerse pequeño o abajarse…”, en lugar de contestar, Jesús interpela a los discípulos, a sus vidas. En lugar de  mirar hacia arriba, hay que mirar hacia abajo.

“Hacerse como los niños”. Como señala Ulrich Luz en su comentario al evangelio de Mateo (III, p. 26), cada época ha interpretado esta expresión proyectando en ella su imagen ideal sobre la infancia o la educación patriarcal. La mayoría se han olvidado de que hay niños que no se ajustan demasiado a esas imágenes ideales. La palabra que usa el evangelio es “país”. Esta expresión sirve para hablar de los niños y de los criados que sirven en casa. El niño y el esclavo representan la condición más baja; no disponen de sí mismos, sino de los amos o los adultos. Sin imágenes románticas de la infancia, hacerse niño es no buscar los puestos de prestigio, sino abajarse, ponerse al servicio de los demás; hacerse insignificante a los ojos de los demás, como lo eran los niños en la sociedad de aquel tiempo, sin esperar ningún reconocimiento.

En teoría resulta fácil de entender, pero en el día a día es difícil de practicar. Aunque pensándolo bien, los reconocimientos de este mundo (a no ser que te den un premio Nobel), suelen pasar pronto.

“El que acoge a un niño de estos en mi nombre, a mí me acoge”. Mt recoge este dicho pensando en su comunidad, una comunidad cristiana. Lo que recuerda es que Jesús se identifica con los pequeños, con los niños. Los que parecen insignificantes se convierten en signo de la presencia de Jesús. En lugar de buscar reconocimiento, hay que buscar a Jesús en los pequeños. Un cambio total de perspectiva respecto de lo que preguntaban los discípulos. A la vez, el criado, el que sirve, se convierte en signo de Jesús en medio de la comunidad, porque es lo mismo que hizo Jesús.

Hasta aquí el comentario al evangelio; un comentario que podría haber hecho cualquier persona (con un poco de preparación). Pero la cuestión (para mí) es si realmente me lo creo, porque lo de servir sin esperar ningún reconocimiento me resulta muy complicado (vamos: como que no me apetece mucho). Y, además, cuando lo hago por obligación, desde fuera, acaba amargándome. Como dice Hans Küng en “El cristianismo: esencia e historia” (p. 72):

La obligación sin amor pone de mal humor;
La obligación ejercida con amor hace persistente.

Bueno, ahí lo dejo. Si a alguien le ayuda, me alegro. Si no, al menos me ha servido a mí.

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El Reino es como un tesoro escondido

En el evangelio de hoy (Mt 13, 44-46), Jesús compara el Reino de Dios con dos buscadores dispuestos a dejarlo todo para comprar un campo o una perla (Miércoles de la XVII semana del T.O.). Vale la pena leer directamente el texto del evangelio, pues la comparación que pone Jesús es mucho más provocativa y evocadora que cualquier comentario o reflexión personal. La verdad es que cuando intento explicármelo a mí mismo, tengo la sensación de que le estoy quitando aristas, de que lo estoy dulcificando. Pero, el problema de verdad es si me lo creo; es decir, si acepto que el Reino de Dios es realmente tan valioso como sugiere el texto.

Y ahora sí, voy a intentar entresacar algunas ideas, aunque así se pierda algo de la viveza y la frescura de la comparación de Jesús:

  • Lo que destaca es la alegría por el hallazgo, no la pena por lo que se deja atrás.
  • El Reino se convierte en el centro de interés; todo lo demás se relativiza. Quizás podría decir que desde la perspectiva del Reino todo lo demás adquiere el valor justo.

Así, en abstracto, las ideas resultan claras. La cuestión es cómo poner el Reino en el centro, qué supone concretamente en mi vida. ¿Significa poner la confianza sólo en Dios? ¿Eso sería como vivir a la intemperie, sin ahorrar, sin preocuparse por el futuro? (hay textos en el evangelio que podrían dar pie a esas interpretaciones). Pero, ¿se puede vivir así hoy día? ¿Y teniendo familia? Como siempre, las aplicaciones en concreto resultan problemáticas, así que lo de poner el Reino de Dios en el centro siempre aparece como algo en tensión, nunca alcanzado.

Pero, ¿qué significa poner el Reino en el centro? ¿Vivir de otro modo? ¿Poner en el centro a las personas? ¿Actuar en favor de cada persona? ¿Tratarles según su dignidad? Muchas cosas y, algunas, a veces resultan incómodas. Igual es ahí, en el trato con cada persona, donde se manifiesta que el Reino de Dios ocupa el centro. Igual mirando cómo actuaba Jesús se va perfilando qué es eso del Reino de Dios o en qué consiste vivir según el Reino de Dios.

De todos modos, esa expresión, “Reino de Dios”, nos resulta bastante extraña. Jesús mismo no intentó definirla; ofrecía pistas por medio de comparaciones que más que ayudar a entender, intentaban provocar una respuesta práctica, vivencial, en sus oyentes. No es fácil esto, ni tengo claro que lo que propone Jesús sea realmente tan importante en mi vida. Probablemente tenga otros centros. La teoría resulta más o menos fácil; lo complicado es vivir. Pero, como puse en otra entrada, escribir no me hace mejor, sólo me ayuda a no ser peor (y a aclararme con mis ideas).

Trigo y cizaña crecen juntos

Ayer, (martes de la XVII semana T.O.), el evangelio continuaba las comparaciones que Jesús exponía para hablar del Reino de Dios (Mt, 13, 36-43). Jesús compara el Reino a un campo en el que el dueño ha sembrado trigo, pero alguien, por la noche, siembra también cizaña, esperando que la cosecha se malogre. La comparación aparece un poco antes, aquí, Mateo nos ofrece la explicación. ¿Qué me provoca esta comparación?

En nuestra historia hay mal y bien. Jesús inicia el Reino, pero está también la actuación del mal. No está todo claro; la situación es ambigua y puede llevar a confusión. Hay que esperar al final. De hecho, sólo al final se ve lo que ha sido la vida de una persona. Pero, mientras, ¿no hacemos nada? Mientras habrá que seguir sembrando trigo y luchar contra el mal, llevando cuidado de no juzgar a las personas.

Es fácil ver que en el mundo hay mucho mal. A la vez, también conozco muchas personas buenas. Pero, ¿quién es qué? Probablemente nadie sea totalmente bueno ni totalmente malo (aun cuando siento la tentación de pensar que algunos personajes históricos sí lo han sido). Es muy difícil juzgar a una persona, porque no sabemos ni qué es lo que hace ni por qué lo hace. Eso no quita que, a veces, experimentemos su bondad o su maldad y, entonces, nos atrevamos a juzgarlos. Pero nuestro conocimiento siempre será parcial.

Por otra parte, a algunos se nos han ofrecido más facilidades para ser buenos. Pensemos en las personas que se han criado en ambientes especialmente violentos. Se puede ver la película “Ciudad de Dios”, sobre las favelas de Río de Janeiro para hacerse una idea. En un ambiente así, debe ser complicado ser medianamente bueno.

¿Eso quiere decir que no hay juicio sobre las personas? Eso quiere decir que el juicio sobre la vida de las personas corresponde sólo a Dios. Decir quién se salva o quién se condena (con lo complicados que resultan estos términos hoy día) es cosa de Dios.

Juzgar resulta casi inevitable, pero la advertencia de Jesús me ayuda a recordar que trigo y cizaña también andan mezclados en mí y que, si hay juicio, también lo habrá para mí; también yo habré de presentarme un día ante Dios. Y sabré que no soy digno de Él. Y esperaré que me juzgue con misericordia. Y supongo que siempre será mejor ser juzgado por un Padre de misericordia que por los hombres.

Quizá, en otro momento, me anime a hablar de cómo entiendo esto del juicio de Dios.

Levadura y grano de mostaza

El comentario parte de Mt 13, 31-35, que aparece en la liturgia de hoy (lunes, XVII semana del T.O.).

Parece ser que Jesús pensaba que la llegada del Reino de Dios en plenitud era inminente. Con unos inicios insignificantes, como un grano de mostaza o un poco de levadura en la masa, el Reino acabaría por implantarse. Las dos comparaciones insinúan que el crecimiento procede de un dinamismo interno; sin afirmarlo explícitamente, apunta a que es Dios mismo quien hace crecer el Reino.

Después de 20 siglos, parece que este Reino no ha crecido tanto ni es una realidad. Tal vez Jesus estaba equivocado. Estas comparaciones inspiraron a muchos cristianos, como por ejemplo en los movimientos de Acción Católica, es su presencia en medio del mundo. Desde lo pequeño y calladamente querían ir haciendo presente el Reino de Dios. Hoy, sin embargo, resulta complicado reconocer los signos del Reino en nuestro mundo. Y, sin embargo, creo que este mundo, con sus sombras, es un lugar más humano que el que había en el pasado. Creo que hemos crecido en libertad y en el reconocimiento de la dignidad de la persona. No sé si esto durará mucho. También es verdad que este proceso de humanización ha pasado por fases muy oscuras, de manera que no sabría decir si esto es el proceso del Reino o el aprendizaje de la humanidad ante las catástrofes que ella misma ha generado (podría ser las dos cosas). También hay millones de personas para las que vivir consiste en sobrevivir y, por tanto, oír hablar de un mundo más humano puede resultar casi insultante.

Entonces, ¿el Reino de Dios crece? No lo sé. Y, sin embargo, el Evangelio parece seguir llamándonos a ser semilla y levadura, a seguir haciéndolo presente sin preocuparnos de que el signo sea todavía muy pequeño. Probablemente, al final, el mundo resultará más humano y más habitable con esos signos pequeños del Reino que sin ellos.