El desierto de los tártaros

Un joven teniente, Giovanni Drogo, se dirige hacia su primer destino, la fortaleza Bastiani, un fuerte cerca de la frontera norte y alejado de la ciudad y los cuarteles principales, donde se puede hacer fácilmente carrera. No hay ninguna ilusión en el teniente, no entiende muy bien qué va a hacer allí y, antes de llegar, ya está pensando en la posibilidad de pedir ser reemplazado.

El capitán Ortiz le convence de que espere al menos 4 meses; después podrá arreglar su salida con la excusa de una enfermedad. ¡Qué son 4 meses! Nada para alguien todavía joven como Drogo.

Poco a poco, el teniente va haciendo suya la espera que domina la vida del fuerte: ¿Y si los vecinos del norte deciden atacar? La posición de la fortaleza la convierte en el primer freno a su avance. Todos están convencidos del peligro del enemigo y de la importancia estratégica del fuerte. Poco a poco va acostumbrándose a esa espera, aun cuando no hay indicios del peligro. Los días van pasando sin que pase nada en particular. Unos se sujetan a sus rutinas diarias; otros, al reglamento; todos, a la espera de la aparición de un posible enemigo. Poco a poco, la vida en el fuerte se convierte en su vida, como si no hubiese nada más. Los días de permiso en la ciudad les hacen sentirse cono extraños en casa, como extranjeros en su propio país. Los demás, ni siquiera sus compañeros de academia, no pueden entender la importancia de la fortaleza Bastiani.

Así, esperando, Giovanni Drogo va consumiendo sus días casi sin darse cuenta, va perdiendo su juventud, prendido tan sólo de esa espera. Pero ya ni siquiera el Estado Mayor del Ejército ve peligro en la frontera y decide reducir la dotación de hombres en el fuerte. Entonces Drogo se da cuenta de que ya es demasiado mayor para cambios. Los que quedan, dejan de esperar que algo aparezca por el horizonte. Una falsa alarma hace decaer aún más los ánimos. La esperanza de un enfrentamiento glorioso que dé sentido a su vida militar se difumina en los soldados de Bastiani.

Pero las cosas no siempre ocurren como se les espera ni cuando se les espera. Entonces Giovanni Drogo descubre que el combate verdadero que tiene que afrontar no se va a dar contra un enemigo que ha demostrado no tener ninguna prisa por cumplir sus expectativas, sino ante alguien que siempre ha estado ahí y ante quien todo hombre se tiene que encontrar: su propia muerte. La talla del hombre, del soldado, de este hombre no se va a desvelar en el campo de batalla, ante la mirada cómplice de los amigos y compañeros, sino en la soledad, ante un enemigo que no va a defraudar en su aparición, antes o después.

desierto de los tartaros

Me ha gustado mucho la lectura. Por momentos me recordaba a Albert Camus. Iba a decir que contiene una “reflexión” sobre el tiempo, la espera y la manera en que damos sentido a nuestras vidas; pero la palabra “reflexión” no es la más adecuada. Es un relato, una historia en la que, a través de las expectativas de un joven soldado, podemos ir reconociendo estos temas,  podemos hacerlos nuestros. Las descripciones sobre cómo van viviendo los acontecimientos y el paso del tiempo ocupan, con las variaciones propias de cada etapa de la vida, el desarrollo de todo el libro.

El libro “El desierto de los tártaros” fue escrito por Dino Buzzati en 1940. En 1976 se realizó una película a partir de la novela. Una lectura, a mi entender, muy aconsejable.

Berlín. La caída: 1945

Beevor, Antony - Berlin-La Caida 1945 - TapaEl anterior libro que leí presentaba información sobre las violaciones de mujeres cometidas por el Ejército Rojo en su avance hacia Berlín. Busqué información y me llevó hasta el libro que ahora comento. “Berlín. La caída: 1945”, de Antony Beevor. No es un libro de historia al estilo de los libros escolares o las enciclopedias. Tampoco es una novela. Por su forma de narrar parece un documental bélico. Va contándonos los acontecimientos desde diferentes perspectivas, incluyendo continuamente testimonios y referencias de las personas que participaron en los mismos.

En los primeros capítulos nos presenta los acuerdos entre los dirigentes aliados con el fin de distribuir el territorio que debían ocupar los diferentes ejércitos. Pero después se centra en el avance del Ejército Rojo hacia Moscú. A lo largo del relato nos habla de las intenciones de Stalin en su conquista de la capital y del empecinamiento de Hitler y el Partido Nazi en prolongar una agonía que carecía totalmente de sentido. Los testimonios referidos son muy interesantes. Hay algunos elementos que quiero destacar:

  • Los generales americanos no tuvieron especial interés en Berlín. Estaban deseosos de acabar la guerra cuanto antes, evitando el mayor número posible de bajas. No pensaban en el posible interés político que tenía la ocupación de la capital.
  • Stalin no tenía ningún problema en ocultar información e incluso mentir a sus aliados con el fin de hacerse con la capital. Aparte del interés por humillar a Alemania, parece que estaba interesado en las investigaciones sobre energía atómica que los alemanes desarrollaban cerca de Berlín. Quería quedarse con el material y los investigadores.
  • Hitler estaba empeñado en arrastrar al pueblo alemán hacia la destrucción total. Habría sido feliz si cada alemán se hubiera suicidado un segundo después de hacerlo él. Creía que él representaba al pueblo alemán. Los militares de carrera querían evitar mayores sufrimientos al pueblo alemán, pero muy pocos y con escasos  resultados se atrevían a contradecir al Führer.
  • Los miembros del Partido Nazi y la SS tenían especial interés en castigar a cualquiera que intentara rendirse ante los aliados. Esperaban el sacrificio de todos y cada uno de los alemanes. Sin embargo, no tuvieron empacho en buscarse formas de escape, dejando abandonados a los soldados y a la población civil.
  • Los alemanes y, especialmente, las alemanas habrían preferido caer en manos de los aliados occidentales. Stalin lo suponía y siempre tuvo miedo de que Alemania capitulara antes ante Gran Bretaña y EEUU y les abriera las puertas de Berlín. Algunos generales alemanes pensaban que esto podría ahorrar muchos sufrimientos a la población alemana.
  • La fuerza desplegada por la URSS fue descomunal. Los generales disputaban entre sí para llegar los primeros a Berlín. Tenían mucha prisa en hacerlo. Los soldados eran sometidos a esfuerzos sobrehumanos. El número de bajas no importaba a Stalin.
  • Una buena parte de los soldados del Ejército Rojo convirtieron los asaltos, los pillajes y las violaciones a las mujeres en su forma habitual de entretenimiento cuando cesaban los ataques. Todo ello bañado abundantemente en alcohol. En un primer momento, la violación sistemática de mujeres parecía tener un carácter de castigo, por cuanto los alemanes habían hecho en la ocupación de la URSS; después pasó a ser una forma más de divertirse. Los testimonios son espeluznantes. Las violaciones se produjeron también con rusas que habían sido hecho presas por los alemanes durante la ocupación. “María Sapoval llegó a decir: “Me he pasado los días y las noches esperando al Ejército rojo. Esperaba que me liberasen, y ahora nuestros soldados nos tratan peor que los alemanes. No estoy feliz de estar con vida”. “Resultaba difícil vivir con los alemanes -aseguró Klavdia Malaschenko-, pero esto es aún peor. Esto no es una liberación. Nos trata de un modo terrible y nos hacen cosas espantosas”.

Y aquí un texto que me ha llamado especialmente la atención:

Un berlinés de dieciséis años llamado Dieter Borkovsky describió lo que había presenciado en un tren… “El rostro de los ocupantes estaba lleno de terror, ira y desesperación. Nunca había oído maldiciones como las de aquel día. De pronto distinguimos una voz por encima del ruido que gritaba: “¡Silencio!”, y vimos a un soldado bajito u sucio con dos Cruces de Hierro y la Cruz Dorada alemana. en una de sus mangas llevaba una insignia con cuatro tanques metálicos, lo que significaba que había derribado cuatro tanques de combate a poca distancia. “Tengo que deciros algo -gritó, y el vagón quedó sumido en silencio-. Aunque no queráis escucharme, dejad de quejaros. Hemos de ganar esta guerra; no podemos perder nuestro valor. Si dejamos que la ganen otros y nos hacen sólo una parte de lo que hemos hecho nosotros en los territorios ocupados, no quedará un solo alemán vivo de aquí a pocas semanas”. El silencio de aquel vagon era tal que podía oírse el vuelo de una mosca.

La forma de contar la historia resulta muy amena, aunque el exceso de datos sobre el avance de las fuerzas puede resultar abrumador y, en más de una ocasión, he estado un poco perdido de por dónde andaba cada ejército. Lo bueno es que cada batalla contada está acompañada por testimonios, palabras, intenciones e interpretaciones que nos recuerdan que nos ayudan a reconocer a las personas que intervinieron en las mismas. Una vez más, en estos hechos podemos reconocer lo mejor y lo peor de los seres humanos.

Mientras leía el libro, iba pensando en lo mal que le habían salido los cálculos a Hitler. El resultado de su locura fue que todo aquello que quería destruir se consolidara:

  • Ocupó la Unión Soviética para frenar el comunismo y consiguió que se extendiera y asentara sobre media Europa.
  • Pretendió extender los territorios alemanes más allá de lo que había poseído antes de la I Guerra Mundial y el resultado fue una Alemania dividida.
  • Quiso exterminar a los judíos y, al provocar su exilio, acabó favoreciendo el nacimiento del Estado de Israel.
  • Convirtió una nación relativamente próspera (los soldados rusos se asombraban de la comida y las construcciones de las granjas alemanas y no entendían qué habían ido a buscar los alemanes en la URSS) en un vertedero de escombros.
  • La supuesta superioridad del pueblo ario dio paso a su sometimiento y humillación, sobre todo ante los rusos.

Algunas de estas ideas aparecen también en el último capítulo del libro. Lo que todavía me sorprende más es que, de vez en cuando, aparezcan personas que todavía admiran a Hitler y su camarilla.

Por casualidad, el final de la lectura ha coincidido con las fechas en que se produjeron estos acontecimientos hace 68 años.

Feliz Navidad

La noche del 22 de abril, La 2 (la UHF de antes) nos ofrecía una joyita de película: “Feliz Navidad” (Joyeux Noel, 2005). Cuenta la historia, basada en un hecho real, de unos soldados alemanes, escoceses y franceses que, durante Nochebuena de 1914, deciden abrir una tregua en los combates que mantenían en las trincheras. Parece ser que este armisticio no oficial se repitió en varios lugares del frente.

Resulta curioso: lo que ocurre, visto desde la lógica de la guerra, una guerra atroz que acabó con la vida de muchos jóvenes en todos los bandos, resulta absurdo. Los soldados comparten sus bebidas, su comida, incluso los juegos, en medio del campo de batalla. Sin embargo, lo realmente absurdo era la situación bélica: que unos jóvenes tuvieran que arriesgar sus vidas y arrebatar las de los enemigos por el sinsentido impuesto por sus gobernantes. En medio de la muerte y el dolor, la celebración de la Navidad permite a los soldados recuperar su humanidad y reconocerla en quienes tienen enfrente. Los soldados son conscientes de haber vivido una experiencia que les marcará el resto de sus vidas, mucho más que el hecho mismo de haber participado en una guerra. El hecho de haber tratado con los otros, ayuda a los soldados a reconocer el absurdo de su situación: ellos tienen que morir y matar para salvar el supuesto honor de unas personas que toman las decisiones sin arriesgar nada más que ese supuesto honor.

Pero el sinsentido de la guerra, con su lógica, vuelve a imponerse. Los superiores no pueden aceptar que los soldados hayan confraternizado, se hayan sentido, por unos días, humanos, vinculados unos con otros, a pesar de encontrarse en bandos opuestos. Con el fin de que no vuelva a ocurrir, los mandos cambian a las tropas de lugar.

La guerra tiene su propia lógica, la de olvidar que cada soldado, de uno y otro bando, es un ser humano; que tras cada uno de ellos hay un entramado de afectos, de relaciones, de vínculos formados por sus familiares y sus amigos, de seres que acabarán extrañándolos. Con su forma de actuar, los soldados rompieron esa lógica y mostraron que, incluso en las circunstancias más atroces, los seres humanos siguen siendo capaces de sacar a la luz la bondad que les permite seguir sintiéndose como tales: humanos.

El momento en que cantan “Noche de Paz”, seguido por “Adeste fideles”, resulta para mí de lo más emocionante, sobre todo, pensando que se refiere a un hecho histórico.

Aquí tenéis un precioso resumen de la película:

Y aquí “Adeste fideles”.

Por ahí he encontrado críticas bastante duras a la película. Está claro que aquella no fue una guerra de mentiras y que los alemanes cometieron tropelías de primer orden, como harían posteriormente en la II Guerra Mundial; pero eso no quita valor al hecho que aquí se narra y que, en su forma de narrarlo, aun hablando de la guerra, pueda tocarnos la fibra sensible.

¿Por qué no interesa la ética?

A algunos parece que no les interesa la ética. O les interesa que los demás no la tengan en cuenta (que todo puede ser). Ya en otras entradas hemos hecho alusión a ese empeño por quitar la ética y la filosofía de los planes de estudio (¡Que quiten ya la filosofía! y El Estado justo). En honor a todos los empeñados en tan “honorable” tarea, ahí va otra viñeta.

cerdos y etica

Eichmann en Jerusalén

Este es el título de un libro escrito por Hanna Arendt, a raíz del juicio de Adolf Eichmann en esta ciudad. El libro pretendía ser un informe sobre dicho juicio, pero la autora va introduciendo sus reflexiones sobre todo lo ocurrido. Yo empecé a leerlo buscando una cita sobre Eichmann que he utilizado en los apuntes de ética y, al final, lo he leído entero.

En los primeros capítulos, Arendt intenta profundizar en la personalidad del acusado. Eichmann fue el encargado de organizar la selección y transporte de los judíos de los territorios ocupados por los nazis hasta los campos de concentración. El acusado se escudaba continuamente en que su tarea consistía en cumplir órdenes del modo más cuidadoso posible. No lo hacía por odio a los judíos, pues se había preocupado por estudiar su historia y tratar amigablemente con algunos de ellos. Pero eran órdenes que procedían, en última instancia, del mismo Fuhrer, a quien él admiraba notablemente, y había que cumplirlas.

Arendt reflexiona también sobre la legitimidad del juicio, precedido por el secuestro de Eichmann en Argentina. Pone de manifiesto que el Estado de Israel pretendía tener su propio juicio sobre la persecución y exterminio de los judíos, cosa que no había quedado tratada en exclusiva en los juicios de Nuremberg. Hay una intencionalidad política en este juicio, que se trasluce en algunas palabras del fiscal o, incluso, del Primer Ministro Ben Gurión.

Después el libro hace un recorrido por los distintos países en los que intervino Eichmann para organizar las deportaciones. Una de las cosas que más me ha llamado la atención ha sido la afirmación de que sin la colaboración de los judíos notables de cada país, la tarea de Eichmann no habría podido ser tan exitosa. Ya había oído hace algunos años que en Polonia, los judíos más ricos e influyentes tuvieron la oportunidad de escapar del exterminio. Ahora, tras la lectura de este libro, veo que se trataba de algo muy conocido pero que apenas se suele nombrar. Una de las cosas que hacía Eichmann para organizar las deportaciones, era contactar con los Consejos de Judíos. Ellos eran quienes convocaban a los judíos a ir a las estaciones de tren. La máquina funcionaba bien, porque eran también judíos quienes seleccionaban y llamaban a las familias que debían ser deportadas. En muchos casos esta colaboración se debía sobre todo a la ignorancia, aunque a algunos les sirvió para salvarse de los campos. En otros casos, sobre todo al final de la guerra, la colaboración no podía escudarse ya en esa ignorancia y quienes colaboraron con los nazis debían ser plenamente conscientes del destino de sus compatriotas.

Otra de las cosas que pone de manifiesto Hanna Arendt es que en aquellos países en que los políticos y los ciudadanos se opusieron a las deportaciones, los nazis tuvieron muy poco éxito. El caso más llamativo fue el de Dinamarca, donde desde el principio se negaron a señalar a los judíos con la estrella sobre la ropa. Amenazaron con que, si les obligaban, todos los daneses, incluido el rey, se pondrían la estrella. Luego, con dinero de algunos ciudadanos ricos, ayudaron a los judíos a escapar a Suecia. Y lo más curioso era que, cuando no tenían apoyo local, algunos nazis iban perdiendo su empeño inicial, dejando de cumplir las órdenes que les llegaban desde Alemania. Sin el apoyo de los Consejos Judíos o los políticos locales, los alemanes ni siquiera se preocupaban en castigar los países ocupados por falta de colaboración.

Otro ejemplo, más simpático en medio de tanto sufrimiento, fue el de los italianos. Podrían ser fascistas y antisemitas, pero no estaban dispuestos a colaborar con el asesinato de los judíos. Fueron inventando excusas, escondiendo a los judíos, ayudándoles a salir del país, organizando sus propios guettos y campos, con el fin de alejar a los judíos de las manos de los nazis. De este modo lograron que el número de judíos deportados desde Italia o los territorios ocupados por los italianos fuera mucho menor que en los países directamente ocupados por los alemanes. También Bulgaria siguió una política similar a la de Italia.

El libro presenta también ejemplos de especial maldad, como la celosa colaboración del Consejo Judío de Holanda para deportar a los judíos extranjeros y el empeño del Gobierno Rumano en ir dos pasos por delante de los nazis en la iniciativa por acabar con los judíos.

En el epílogo, la autora presenta varias reflexiones sobre lo tratado en el juicio. En algunos momentos, me he perdido entre la discusión puramente jurídica, pero el libro me ha resultado muy interesante y clarificador.

Las nieves del Kilimanjaro

Reestructuración en la empresa; momentos de despidos. Un sorteo: los que ganan, pierden. Los nombres que aparecen son los de quienes se tienen que ir a la calle. Entre ellos, el de la persona que va sacando los papeles y leyendo los nombres. Un sindicalista que podía haber evitado estar en la urna, pero para él eso habría sido un privilegio.

Treinta años casado. Los amigos le acompañan en la fiesta y le regalan un viaje a África y dinero para gastarlo. Sin trabajo, pero feliz en la compañía de su familia y sus amigos. Tranquilo porque sabe que, a pesar de todo, ha hecho las cosas como debía.

Michel es el sindicalista, ahora despedido; Marie Claire, su esposa; Raoul, amigo de la infancia, cuñado y compañero de trabajo y luchas sindicales; Denisse, hermana de Marie Claire. Disfrutan de una velada juntos, jugando a las cartas. De pronto alguien irrumpe en casa. Les golpean, les roban. Pero es mucho más que el dinero lo que se pone en juego, lo que se puede perder.

Toda una vida luchando por unos ideales y ahora, poco a poco, parece que empiezan a desmoronarse. Una lucha que ni siquiera tiene el reconocimiento de aquellos que disfrutan de sus logros. Aparecen reacciones que nunca podrían haber imaginado. Hacer lo correcto, lo justo y, sin embargo, tener la sensación de que algo queda pendiente. Hacer lo que todos harían, pero saber que está siempre a medio camino.

En un momento en que los ideales por los que han luchado son cuestionados incluso desde su familia, Michel y Marie Claire descubren que hay algo mucho más importante: las personas concretas a quienes afectan sus decisiones. Se sienten responsables, no porque vayan a solucionar el mundo, como igual pensaban que harían en otro momento, sino simplemente porque en ese momento son ellos dos los que están ahí, los que se encuentran con ellas.

No hay discursos ideológicos, salvadores, que nos dicen lo que hay que hacer, qué es lo correcto. Nos encontramos, simplemente, con dos personas que sienten cómo las grandes ideas han ido cayendo, y ahora piensan en las personas concretas que se han cruzado en sus vidas.

Hay seis o siete diálogos muy interesantes:

  • El de Marie Claire con un camarero (muy simpático). Cada situación requiere de una bebida.
  • El de Marie Claire con una madre que no quiere saber nada de sus hijos (muy duro). Cuestiona lo que pensamos que debe hacer una madre que no quiere serlo.
  • Dos de Michel y el ladrón, donde se cuestiona hasta qué punto los demás reconocen o siquiera se interesan por aquello por lo que Michel ha luchado.
  • El de Michel y Marie Claire sobre sus ideales, sus luchas y su situación actual.
  • El de Michel y Raoul, donde se cuestiona si, cuando los problemas nos tocan directamente, estamos dispuestos a mantener la forma de actuar que en otros momentos considerábamos correcta.
  • El de Michel y Marie Claire con sus hijos, donde se cuestiona qué ha quedado de sus luchas del pasado y a qué viene ahora intervenir en una situación que no  debería afectarles.

No he podido dejar de relacionar la película con dos libros: el de Irene Comins “Filosofía del cuidar” y, más intensamente, con “Ética de la compasión” de Joan Carles Melich. La Ilustración fundó la ética sobre la razón y los derechos humanos. Necesarios, pero a veces insuficientes; sobre todo, cuando las personas son tratadas como realidades abstractas y no como seres de carne y hueso que nos interpelan desde el mismo momento en que se cruzan con nosotros. Y no vale preguntarse por qué me ha tocado a mí, por qué tenía que estar yo en ese momento. Y la pregunta no es quién debe hacer algo, sino qué puedo hacer yo. Y la respuesta no se plantea desde ideas abstractas, sino desde las necesidades particulares del otro.

Esto último me ha quedado un poco desgarbado, pero invito a ver la película y leer alguno de estos libros (al menos en parte). Después de ver la película, con la que además lo he pasado bien, vuelve a aparecer ese sentimiento de que se puede ser mejor y que no es un trabajo absurdo ni inútil, sino que vale la pena. No está mal, acabar una película o un libro, con ganas de mejorar.

Si alguien quiere ver un comentario bastante diferente, puede ver la crítica de Sergi Sánchez en la Razón: Guediguián y la mala conciencia. Igual hay que proteger la conciencia para que no nos afecten las consecuencias de las decisiones que tomamos. Igual hay que pensar que no somos responsables prácticamente de nada, que siempre hay una causa impersonal para vivir así tranquilos. Sí, mejor no tener mala conciencia o, ya puestos, no tener conciencia. La cinta no ofrece un discurso fácil de buenos y malos, ni de personas que tienen siempre claro lo que deben hacer.

Intocable

¡Qué pedazo película! ¡Qué historia más bonita! También aquí hay juguetes rotos, pero es una película totalmente distinta a la anterior. Se trata de una comedia de un gusto exquisito.

Philipppe, un francés de pura cepa, blanco, cuidadoso, educado, con buen gusto y notablemente rico, pero rico, excesivamente rico. Sólo tiene un problema (o eso pensamos al principio): es tetrapléjico. Necesita un acompañante, alguien que le cuide durante el día y la noche. Aparece Driss, un senegalés, joven, fuerte, no muy fino en el trato ni las maneras, directo, burlón, negro, negro (con perdón), un tipo que no parece de fiar. Sólo está allí para que le firmen los papeles como que ha acudido a la oferta de trabajo, para evitar perder el subsidio de desempleo. Al día siguiente, cuando acude por sus papeles se encuentra con una oferta formal de trabajo: un mes de prueba.

A mitad de la película descubrimos que la tetraplejia de Philippe fue provocada por un accidente de parapente, pero su mayor dolor no es ese, sino haber perdido a su esposa por causa de una enfermedad. “¡La amaba tanto!”, exclama Philippe, con ella podría sobrellevar su discapacidad.

También descubrimos algo más sobre la vida de Driss. Su presencia va a cambiar algo más que la forma en que se cuida a un enfermo. Todo el entorno se ve afectado.

Cuando las dos personas han conectado, cuando vemos que ha surgido una sincera amistad, Philippe invita a Driss a marcharse, a volver a casa, porque sabe que tiene asuntos que arreglar, personas a las que volver a tratar, responsabilidades para con los suyos. Él es feliz con su cuidador, pero sabe que Driss tiene cosas que hacer y hay que dejarle ir.

Dos formas totalmente distintas de entender la vida, dos historias totalmente ajenas a la suerte del otro; pero coinciden. Los dos son tocados por esta relación, los dos se enriquecen. Los dos cambian después de este encuentro.

Ha coincidido que he visto esta película el mismo día en que he acabado el libro de Irene Comins “Filosofía del cuidar”. Esta película puede ser un buen ejemplo de ese trato cuidadoso, que atiende a las personas desde sus necesidades concretas, no como realidades abstractas, sino como seres de carne y hueso, con sus aspiraciones, sus deseos, sus dolores, su historia personal. Y en ese encuentro, cuidado y cuidador se enriquecen mutuamente, crecen como personas.

La película deja muy buen sabor de boca. Se pasa muy bien todo el tiempo, contemplando la conexión que se produce entre dos vidas, en principio, tan distantes.

Redención (Tirannosaur)

Nos encontramos con juguetes rotos, aunque, al principio no lo sabemos. Joseph, un hombre ya mayor, sin llegar a anciano, pero bastante mayor, solitario, que a veces saca su mal carácter y se pone violento, y borrachín. Él mismo se califica como un hombre malo, que acaba haciendo daño a las personas con quien se relaciona. Hannah, una mujer tranquila, muy religiosa, que trabaja en una tienda que parece algo así como un almacén de cosas usadas o un ropero de Cáritas (no sé si la gente paga por llevarse cosas). Las dos personas se cruzan. Joseph se relaciona con la mujer de forma burlona, fría y distante; como si estuviera por encima de todo (o quizá por debajo), porque se siente de vuelta de todo, fracasado. Sólo se relaciona abiertamente con un niño, vecino suyo, y sus compañeros de cervezas.

Joseph se burla de la fe de la mujer; pero cuando un amigo suyo está a punto de morir, le pide que le acompañe a su casa y rece por él. El hombre encuentra en la mujer alguien que le sonríe de vez en cuando. La mujer vive sujeta a sus oraciones y su fe. Pero la vida de la mujer no es tan tranquila ni serena como aparenta. También ella es un juguete roto, una mujer maltratada por su marido. Un hombre celoso, violento y desequilibrado, a quien, sin embargo, los demás consideran una persona ejemplar.

Ella reza, pero su fe no le libra del dolor; parece que tiene que aceptarlo, incluso perdonando al marido. Pero no se puede aguantar todo ni siempre.

Al final, Joseph y Hannah pueden ir cerrando heridas, redimiendo sus errores o sus pecados. Parece que pueden encontrar de nuevo su sitio en la vida. Pero nada ocurre de manera fácil, ni rápida, ni mágica. El proceso de redención, de volver a ordenar unas vidas tan tocadas (por las propias decisiones o las ajenas), no se produce sin dolor.

No es una película para pasar un buen rato. La historia está muy bien contada, pero hay muy pocas sonrisas y muchas situaciones desagradables. Son juguetes rotos, por su propio pasado o por la violencia de los demás, que tienen dificultades para amar, expresarse y relacionarse con los demás de una forma franca.

¿Aconsejable? Sí, pero sabiendo que no vas a pasarlo muy bien. Hay redención, pero llega al final. No te deja muy buen cuerpo.