“La humanidad de Dios”, de José María Castillo

Este es el título del libro que publicó José María Castillo en 2012 (Ed. Trotta). En él trata de desgranar lo fundamental del cristianismo. Lo que pongo a continuación es un resumen y mi visión sobre él. Podría ser que el autor no se sintiera totalmente identificado con lo puesto por mí (aunque tampoco creo que lo vaya a leer), pero ese el problema de reseñar un libro. La entrada es un poco larga y el contenido algo árido, pero a mí me viene bien para llevar un cierto control de mis lecturas y a alguien le puede animar a leer el libro. El texto me ha resultado provocador, ya que junto con algunas afirmaciones con las que concuerdo, hay bastantes con las que no y suponen un cuestionamiento para mi forma de pensar.

En el primer capítulo, el autor muestra la dificultad que tiene hablar de Dios en la actualidad. Hoy ya no se puede hablar de Dios como se hacía en otros tiempos. Hemos de reconocer que no podemos conocer a Dios:

“Dios, lo que es Dios en sí, no está al alcance de los seres humanos… lo que sabemos de Dios no lo sabemos porque el mismo Dios nos lo ha dicho. Con demasiada facilidad afirmamos que los libros sagrados contienen la revelación de Dios, cuando, en realidad “Dios no está disponible en la letra”, en ninguna letra humana, que siempre es y será simplemente humana, inmanente, histórica. Lo que llamamos la “Palabra de Dios” es un hecho cultural, una palabra “vertida en una letra enteramente humana”, que nunca perderá su condición terrena y su origen humano” (p. 20).

La religión es siempre un hecho histórico y, por tanto, inmanente, que pretende conectar a los humanos con lo Trascendente. Según el autor, con frecuencia las “religiones enaltecen a Dios a costa de lo humano”. Lo Trascendente aparece como lo santo y separado, lo que está por encima. Así pues, las creencias religiosas acaban introduciendo divisiones en la realidad y la distorsionan, generando consecuencias negativas en casi todos los ámbitos de la vida y la convivencia.

Acabado el primer capítulo, ya empezaba a pensar si valía la pena seguir. Yo había comenzado intentando aclararme con mi fe pero, al parecer, la religión es un invento humano y, en general, dañino. Coincido con el autor en que la religión es un hecho cultural e histórico, pero no creo que en general sea dañino. Creo que, con un lenguaje simbólico, ayuda a los seres humanos a aclararse con su vida. Eso no quiere decir que no deba ser continuamente revisada y contrastada con la razón y el diálogo.

En el capítulo 2 las cosas no mejoran: “Hablar de Dios en España”. Aquí hablar de Dios está mediado por nuestra experiencia con la Iglesia Católica. La mayoría de la sociedad rechaza a una Iglesia que intentaba someter a su criterio el conocimiento científico (s. XIX); que es vista como afín al poder y determinadas políticas del pasado (por ejemplo, el papel de la Iglesia en la guerra civil); o que defiende posturas morales que resultan escandalosas (Cfr. pp. 33s).

“Pensar al Trascendente desde la inmanencia” es el nombre del tercer capítulo. Aquí el autor va a aclarar algunos de los presupuestos que había usado en el capítulo 1. Si Dios es el Trascendente, no lo podemos conocer en sí, ya que todo nuestro conocimiento es fenoménico e inmanente (aquí vienen bien las distinciones usadas por Kant). A lo sumo, podemos hacernos representaciones de lo Trascendente, pero sólo serán representaciones nuestras (Cfr. pp 36s). Esas representaciones son siempre fenómenos culturales y, como tales, dependen de unas situaciones concretas, unos intereses, y están sujetas al cambio.

La crisis de fe que se vive en Europa no viene tanto del laicismo, sino de que Dios ha sido presentado de una forma falseada (Capítulo 4: “La crisis actual de la fe en Dios”).

“Es mucha la gente que a Dios lo ve, lo piensa, lo entiende, como otro ser, “otra persona”, un “tú”, con el que cada uno puede relacionarse, al que se le pide lo que se necesita; o también al que se le ofende, como se puede ofender a otro ser humano cualquiera”. (p.42)

Con todos estos presupuestos, el autor acaba por hacerse una pregunta (con la que coincido):

“¿Por qué la gente piensa en Dios, busca a Dios, cree en Dios? ¿Qué necesidad tenemos de eso que llamamos “lo trascendente”? ¿No sería mejor prescindir del complicado asunto de Dios y de las religiones para vivir (tranquilamente y sin problemas añadidos) nuestra limitada condición humana?”. (p. 43)

Y la respuesta de Castillo es que en Dios proyectamos nuestros deseos, especialmente los deseos de poder y de sentirnos acogidos (bondad). Nuestra imagen de Dios siempre será una proyección de nosotros mismos. Las consecuencias han sido nefastas: nos ha resultado un Dios violento, y su violencia se ejerce por medio del miedo, la amenaza y el sentimiento de culpa. Pero, además, cada grupo de creyentes se cree en la posesión de la verdad y exige una dignidad e igualdad para los suyos, que a la vez excluye a los otros, generando así división y violencia entre las distintas religiones (Cfr. pp 45ss). En el caso de la Iglesia Católica, esa imagen de poder se ha ejercido por medio del sacerdocio, un poder que exige la desapropiación mental del creyente, quien debe aceptar como verdadero o bueno lo que la jerarquía le presente. (Cfr. pp. 50s)

En el capítulo 5 (“La fe en Dios como saber y como convicción”), José María Castillo va a intentar empezar a salir del embrollo que ha ido creando: ¿cómo escapar de ese Dios violento y contradictorio sin abandonar a Dios? El problema, vuelve a decir, no es Dios, sino cómo nos lo hemos representado. Como la religión es un hecho cultural, el autor parte de la Biblia, ya que forma parte de la herencia cultural de Occidente. En primer lugar, en la fe bíblica lo importante no es creer ciertas cosas sobre Dios, ya que lo importante de la Biblia no son las verdades, sino cómo nos muestra a Dios actuando en la historia. En línea con ello, la fe no consiste en creer un conjunto de verdades, sino en vivir éticamente, o dicho en el lenguaje bíblico: en la fidelidad que se realiza en la práctica de la justicia (Cfr. pp. 54s). Siendo Trascendente, Dios se manifiesta desde la inmanencia, en la historia y la libertad humanas. Nuestro saber sobre Dios no puede expresarse como lo hace la ciencia; de Dios sólo podemos hablar simbólicamente. Pero tampoco la ciencia tiene un lenguaje adecuado para expresar las grandes cuestiones de la existencia.

Aquí quiero señalar lo que a mi entender es un punto débil de toda la argumentación: el único punto de apoyo para pasar de la crisis de fe a la afirmación de la fe en Dios según la Biblia es que forma parte de nuestra cultura. Y este va a ser el punto de arranque del capítulo 6 (“El centro del cristianismo no es Dios, sino Jesús”), en el que, como apunta el título, Castillo va a hablar del cristianismo.

“El centro del cristianismo no es el Transcendente, sino un ser humano, un hombre, que nos revela, nos da a conocer y nos explica al Trascendente. Dicho más claramente, el centro del cristianismo no es lo divino, sino lo humano” (p. 61)

“Por eso es exacto afirmar que, en Jesús, Dios ha entrado en nuestra inmanencia y se ha unido a la condición humana. Jesús, por tanto, representa y significa que en lo humano, y solo en lo humano, es donde podemos encontrar a Dios y donde podemos relacionarnos con Dios” (p. 62)

Para reforzar esta afirmación, Castillo va a utilizar la tradición de Pablo, la del evangelio de Juan y la del evangelio de Mateo.  Pablo, concretamente en el himno de la carta a los Filipenses (2, 5-11), nos muestra a un Dios que se ha vaciado de sí mismo y ha tomado la condición de esclavo. No hay aquí expresión alguna de poder; en Jesús, Dios se ha despojado de su rango y se ha puesto a servirnos. Respecto de la tradición de Juan, Castillo se sirve del prólogo del evangelio (1, 1-18), para expresar que Dios se ha hecho carne y, por tanto, a Dios sólo lo podemos conocer por medio de la humanidad. Y a partir de Mateo (en especial, 25, 31-46), el autor nos recuerda que nuestra relación con Dios (lo que tradicionalmente hemos denominado salvación) no se juega en un ámbito separado, sagrado, ni en un conjunto de doctrinas, sino en nuestra relación con los demás, especialmente con los que sufren.

Siendo Jesús un hombre religioso, no pretendió fundar ninguna nueva religión, sino humanizar cualquier forma de religiosidad (Cfr. p. 86). Los evangelios no pretenden ofrecer un catálogo de creencias o ritos que observar, sino que nos muestran a Jesús, su vida y su acción; de manera que creer en él, es seguirle, identificarse con su vida (Cfr. p. 87)

El desarrollo posterior del cristianismo condujo a la forja de una religión en consonancia con la estructura social y política del Imperio Bizantino. Así, se produjo un desplazamiento del Dios humanizado en Jesús de Nazaret a un Dios separado; del Padre de misericordia al Todopoderoso; del Dios que hace suya la humanidad, a una divinidad que la anula. Un Dios que sanciona una estructura social y política en la que se valora el dominio y el poder (Cfr. pp. 91-94). No han faltado testigos que a lo largo de la historia han recordado que nuestras representaciones de Dios siempre son insuficientes (Eckhart, San Juan de la Cruz); que en Jesús, Dios se ha metido en el corazón de la humanidad y de nuestra historia, y que es en cada ser humano y en los acontecimientos de cada día donde hay que encontrarle (Bonhoeffer, Tillich, Rahner). Pero tampoco han faltado muestras de poder por parte de la jerarquía católica, sancionando la imagen del Dios Todopoderoso, que exige obediencia y el tributo de nuestro pensamiento bajo un orden superior de cosas (Vaticano I, Pío XII).

La opción de José María Castillo es considerar el cristianismo como movimiento “no-religioso” (cap. 8). Aludiendo de nuevo a que las religiones, aunque han sido positivas en algunos casos, en general producen divisiones y odio, sostiene que Jesús no pretende imponer una doctrina ni unos rituales:

“lo propio y específico de la espiritualidad de Jesús no es la fe, sino la ética que se pone al servicio de la misericordia” (p. 108).

“Frente a este saber proyectivo (propio de la religión), la tradición cristiana, desde el Evangelio, nos dice que la forma de vida de Jesús es el criterio para pensar en Dios y para hablar de Dios” (p. 109)

Y aquí es donde me vienen más dudas: ¿No hay detrás del evangelio una imagen de Dios, una representación (un Padre tenía dos hijos…, Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos)? ¿Realmente se puede separar el cristianismo de una religión, cuando el acceso a Jesús lo tenemos por medio de unos textos (los evangelios y los demás libros del NT) que desde el principio unas comunidades cristianas consideraron como referentes, dejando de lado otros textos que según estas comunidades no reflejaban su fe en Cristo? ¿De verdad no hay algunas afirmaciones básicas que constituyen un núcleo de fe o una doctrina (que no tiene por qué ser algo estático o cerrado y puede encontrar diversas expresiones)? ¿Acaso algunos de los textos incluidos en los evangelios no son reflejo de prácticas rituales (el bautismo y la fracción del pan) que desde el principio tenían las comunidades cristianas? Creo que la relación con Dios nos la jugamos en la relación con los demás, pero el cristianismo no es simplemente una ética. Desde sus orígenes ha realizado un anuncio (Dios resucitó a Jesús de entre los muertos), ha constituido comunidades con personas con diferentes responsabilidades (los Doce, Pablo, los diáconos…), ha tenido que discernir qué normas del judaísmo debían seguir cumpliéndose y cuáles no (como aparece en Hechos o en Gálatas)… Desde el momento en que el seguimiento de Jesús se realiza en comunidad, se ha ido configurando un conjunto de prácticas, una organización, unas creencias y una ética que identificaba a la comunidad y, por medio de todo ello, la comunidad intentaba identificarse con Jesús. Y a la hora de expresar su fe en Jesús, cada comunidad cristiana se ha servido del lenguaje, las costumbres, la cultura de su entorno, así como de sus propias vivencias de fe. Entonces, sí, es verdad que el cristianismo es un hecho cultural (ahora estoy leyendo “El cristianismo: esencia e historia”, de Hans Küng, que trata de cómo el cristianismo se ha ido desarrollando desde diferentes contextos históricos y culturales), pero a Jesús accedemos desde una cultura y una historia concretas y, por tanto, resulta inevitable seguir haciéndonos representaciones de Dios. Lo importante es que sepamos que son representaciones y estemos dispuestos a revisarlas desde el mensaje (Jesús también habló) y la práctica de Jesús (si es que queremos ser cristianos).

En el último capítulo, el autor aborda “el futuro de la Iglesia y la teología”. De esta parte quiero señalar la siguiente afirmación:

“solamente tendrá razón de ser y futuro la teología que sea capaz de aporta algún sentido a la vida. Y así, potenciar la mejor respuesta que podemos dar a nuestros anhelos de humanidad.

El problema concreto, con el que hoy se encuentra la teología católica, está en que los mencionados anhelos de humanidad, que se palpan en tanta gente de buena voluntad, no encuentran respuesta y solución en la mayor parte de la teología que, en las últimas décadas, se viene produciendo y publicando” (pp. 117s)

Según Castillo, la razón de esta situación es el miedo de los teólogos a ser censurados (de nuevo el poder).

Como ya he manifestado antes, no estoy de acuerdo con la tesis de que las religiones son dañinas y que de Dios sólo nos hacemos una imagen proyectiva (creo que es interesante leer la crítica que Hans Küng hace a Feuerbach y Freud en “¿Existe Dios?”). Me parece que el autor carga demasiado las tintas en los aspectos negativos y, muy de pasada,  cita algún efecto positivo. Coincido en que de Dios sólo podemos tener representaciones; pero el lenguaje simbólico de las religiones tiene la capacidad de hacernos vislumbrar algo de lo que sea ese Dios. No creo que todas las religiones sean igualmente válidas (aunque esto no lo dice Castillo), por ello creo que a favor del cristianismo hay algo más que el hecho de que forme parte de nuestra herencia cultural (aunque yo sé que en principio soy cristiano porque me han educado así). Cuando el autor opta por Jesús para mostrar una imagen de Dios, de alguna manera considera que ésta es preferible a otras imágenes que nos hemos ido creando.

La lectura ha resultado suficientemente provocadora como para que me plantee ir elaborando mis propias ideas al respecto. Lo intentaré en otra entrada.

Hablar de otras cuestiones

Durante bastante tiempo había dejado de escribir en el blog por varias razones:

  1. Una, porque cuando escribes de cara al público, acabas escribiendo en parte para los demás y dejas de escribir todo lo que realmente piensas o deseas. Al menos a mí me había pasado. Se produce así una cierta impostura. Uno no acaba de decir lo que piensa, sino lo que cree que gustara a otros.
  2. Otra, porque lo que realmente me interesa no estaba en el blog, se había quedado fuera. Me parecía demasiado personal para ir publicándolo.
  3. Cuando escribía, estaba pendiente de las visitas y los “me gusta” de facebook. Es otra forma de estar pendiente de cómo lo que escribes interesa o no a los demás.

Seguramente había más razones. A uno tampoco le gusta ir haciendo desnudo de su intimidad, de sus búsquedas o sus dudas. Pero ahora me apetece introducir otros temas, cosas que me interesan más y, como a fin de cuentas, el blog lo empecé a escribir para organizar mis ideas y para llevar un cierto control de las lecturas que hacía y las películas que veía, pues es el momento de hablar de más cosas.

Durante un tiempo he estado pensando crear un nuevo blog sobre reflexiones acerca de la fe en Dios, la religión o hacer algunos comentarios bíblicos. Incluso, para sentirme menos condicionado, había pensado no poner mi nombre. Pero al final, este blog, “presocratics”, lo he creado yo y mi fe (o mi falta de ella a veces) forma parte de mis ideas y mi forma de ser; así que tampoco tenía mucho sentido tener por ahí otros blogs para desarrollar nuevas reflexiones.

En cierto modo, me he animado a escribir sobre fe, Biblia y religión después de releer algunos escritos que tenía y haber recuperado el contacto con compañeros y amigos del pasado. Creo que estos contactos y las conversaciones que hemos tenido me han hecho bien. Y como ya me siento mayor, voy a escribir de lo que me gusta, no de lo que otros querrían que escribiese. Tampoco voy a sentirme obligado a hacer un comentario semanal, ni nada por el estilo, aun cuando, ponga las referencias que algunos textos tienen en la liturgia de la Iglesia (lo pongo por si puede ser útil a otros o a mí, a la hora de ordenar los comentarios). En realidad, en esto de internet, nadie tiene obligación ni de escribir ni de leer. Si alguien disfruta leyendo el blog, que siga haciéndolo. Lo que no me apetece es entrar en polémicas y sentirme obligado a justificar cada una de las afirmaciones que haga. Que mis ideas no son tan importantes: basta con pasar de ellas o de mí. Y si escribo no es porque piense que tengo que enseñar nada a nadie, sino porque escribir me ayuda a no ser peor.

Como todas mis anteriores reflexiones, aunque siempre hay algunos elementos que permanecen, estas también son provisionales. En la vida vamos cambiando y muchas de las cosas que hemos pensado en otros momentos van siendo revisadas. Podría ser que, en un futuro, revise también lo que hoy escribo.

Hans Küng: Lo que yo creo

Lo que yo creo” es un libro relativamente corto para lo que suele producir el teólogo Hans Küng. En este libro presenta un resumen de lo que serían sus creencias personales, más allá de su labor como teólogo. Aun así, se reconocen los temas que había desarrollado anteriormente, pero esta vez desde una perspectiva más personal. Las ideas se entremezclan con anécdotas y situaciones vividas. De este modo, la fe que intenta expresar está vinculada con su vida real y concreta. No tenemos, pues, un gran tratado teológico, en el que cada afirmación necesita ser contrastada con la filosofía o la ciencia, o fundamentada en la exégesis bíblica, o criticada desde la razón ilustrada; pero tampoco tenemos un libro plagado de afirmaciones vacuas o poco contrastadas, ya que ese trabajo lo ha hecho el autor en otros textos. Tenemos, más bien, la manera concreta en que todo el saber acumulado y expuesto en libros anteriores, se engarza de manera sencilla en la vida y el pensamiento del hombre Hans Küng. Por ello, sin tener propiamente delante un tratado de teología, uno puede reconocer los temas que el autor ha tratado en libros como “¿Existe Dios?“, “Ser cristiano“, “¿Infalible?“, “El cristianismo. Esencia e historia“, así como su empeño en la construcción de una ética global a partir del encuentro y el diálogo entre las diferentes religiones.

En la primera parte del libro, vuelve a los temas expuestos en “¿Existe Dios?” acerca de la confianza radical en la realidad y la vida como punto de partida para la fe en Dios. En linea con lo expuesto en aquel libro, también habla de la alegría de vivir y del sentido de la vida. Sobre este tema, insiste en la necesidad de encontrar un sentido global, un sentido del todo, capaz de incluir en él, aun con dificultad, a la misma muerte.

Cuando habla de lo que sería su ética personal, introduce también el tema de la relación con la naturaleza y los animales. Habla del respeto a la naturaleza, pero sin endiosarla; del respeto a los animales, pero reconociendo su esencial diferencia respecto del ser humano.

En el libro también aparecen sus esfuerzos, como ya he dicho, sobre la construcción de una ética mundial. Una ética semejante, sin dejar de ser exigente, no pasa de ser una ética de mínimos (usando la terminología de Adela Cortina). Hans Küng reconoce que la ética cristiana va mucho más allá, pero bastante sería que intentáramos llegar a un acuerdo (como ya se ha hecho en varias ocasiones) sobre cuáles serían los principios básicos que toda cultura o religión debería respetar. Y en relación con dicha ética, Küng hace un recorrido por las principales religiones, resaltando sus principales aportaciones, adoptando una actitud crítica ante ellas, y mostrando el papel que pueden seguir jugando en la construcción de un mundo más humano.

Desde una perspectiva más personal, me ha resultado más atractiva la parte en la que intenta, una vez más, mostrar el fundamento de su fe, no racional, pero sí razonable, que la parte en la que trata acerca de las religiones.

Y este es un juicio más subjetivo: tengo la impresión que su teología es una teología muy ilustrada y crítica (y eso me gusta), pero acaba resultando cómoda; con alto grado de compromiso intelectual, pero no mucho más (sin juzgar a la persona, a quien no conozco). Por decirlo de otra manera: algo burguesa, muy occidental, centroeuropea, progresista… me suena a socialdemocracia. Que no está mal, pero resulta todo demasiado equilibrado, demasiado correcto. Quizá por ello me siento tan cómodo leyéndolo y me remueve poco; quizá eso puede hacer que a algunos se les quede corto en sus exigencias y otros lo vean demasiado crítico (pero eso son apreciaciones personales que dependen, en buena medida, de los intereses y los compromisos que cada uno tiene y asume en cada momento).

Dado el carácter personal del libro, en “Lo que yo creo” a veces aparece demasiado el “yo” del autor; al menos así me lo ha parecido cuando habla de que ha participado en determinada conferencia, encuentro o acontecimiento. Pero, por otra parte, eso permite vincular sus afirmaciones con su biografía, lo cual resulta bastante ameno en la primera mitad del libro.

Entonces, ¿me ha gustado? Sí, lo referido a la confianza radical, la fe en Dios, el sentido de la vida, la esperanza, la muerte…; y no tanto, el recorrido por las diferentes religiones, la exposición de la ética mundial o las referencias a la economía. Un libro que está bien para el verano, cuando no siempre apetece hincarle el diente a textos más densos.