Truman

Anoche vi “Truman”, dirigida por Cesc Gay y protagonizada por Ricardo Darín y Javier Cámara. Es un agradable canto a la amistad y a las despedidas.

Julián (R. Darín) padece un cáncer en fase terminal; Tomás (J. Cámara), su amigo del alma, va a pasar cuatro días con él. Paula (Dolores Fonzi) es la prima de Julián y la que, de alguna manera, le ha ido aguantando. Truman es el perro de Julián, el único cabo suelto que le queda.

La historia se va desarrollando con la necesidad de Julián de ir cerrando asuntos pendientes y las despedidas, a veces imprevistas, de algunos familiares, amigos y conocidos; todo ello con la necesidad de encontrar una familia de acogida para Truman como trasfondo. En medio de todo esto vamos descubriendo cómo Julián va afrontando la proximidad de su muerte. La cercanía de Tomás, de quien si hay que decir algo es que en todo momento es el amigo, resulta siempre fiel y cariñosa, aunque a veces tenga la tentación de querer hacer que Julián vea las cosas de otro modo y, en ocasiones, se le escape algún pequeño reproche.

Una hermosa historia para disfrutar de las cosas que no acabamos de decirnos, pero que no pueden esperar más, porque el tiempo se acaba. Una provocación más para seguir planteándonos qué es esto que llamamos vivir y qué sentido tiene y, cómo no, el valor de los amigos. Y no es que esté hecha de grandes reflexiones, no, sólo algunas frases sueltas; lo interesante es el desarrollo de la historia con sus miradas, sus abrazos, sus pequeños y grandes reproches, las reconciliaciones, los reencuentros sabiendo que van a ser los últimos…

Cuando acaba la película, un pequeño silencio. Durante la película no pude evitar recordar a algunos amigos y amigas que pasaron por esto. Emociona y deja una cierta sensación de tranquilidad a pesar de lo difícil del tema. Por supuesto, la aconsejo. Ahí va el tráiler.

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Siempre Alice o el arte de olvidar

Siempre Alice (2014) PosterUna vez escuché a alguien que no veía cine para entretenerse. Pero ¿qué es estar 90 o 120 minutos frente a una pantalla contemplando una historia que no nos pertenece sino entretenimiento? Yo sí veo cine para entretenerme y, la verdad, que lo consigo (o mejor dicho: el cine lo logra conmigo). Pero también es verdad que, de vez en cuando, algunas películas nos ofrecen algo más que mero entretenimiento. Entonces, una vez acabada, la voy recordando, retengo escenas y frases, la comento, quiero preservar, de alguna manera, lo que he sentido mientras la contemplaba. Así, aunque hayan pasado ya algunos días desde que la vi, sigo gozando con ella.

Es lo que me ocurre con “Siempre Alice” (Still Alice). Julianne Moore interpreta, a mi parecer magistralmente, a una mujer de casi 50 años a quien detectan un extraño tipo de alzheimer; extraño, porque no es habitual que a esa edad empiece a manifestarse esta enfermedad. En la película vamos viendo el proceso de degeneración de su memoria (no adelanto nada, una vez ya sabemos que tiene alzheimer). Pero hay un momento especialmente significativo: cuando se atreve a realizar un discurso sobre cómo está viviendo su enfermedad. Ella había trabajado estudiando las palabras, recopilándolas, clasificándolas, recordándolas. Ahora estaba aprendiendo el arte de ir olvidando todo lo aprendido. La frase es más o menos así.

La película resulta muy atractiva por el modo en que nos cuenta el proceso personal de Alice intentando seguir conectada consigo misma, con quien ha sido hasta ahora, y con las personas que ha amado. Ellas son quienes ahora, con su dedicación y su amor, la ayudan a seguir sintiéndose alguien. Así que, además de impregnarnos de las emociones de Alice y su familia, sin hacerlo de una manera explícita, la película nos deja en el aire esas cuestiones sobre quiénes somos, quiénes son realmente importantes en nuestras vidas y qué es eso que llamamos vivir.

Y ahora, la reflexión personal, porque, si no, cuento toda la película. A veces nos dedicamos a acumular conocimientos, a leer cosas, a saber más. Nos creamos y creemos la ficción de que así poseemos algo. Acumulamos conocimientos y creemos que estamos haciendo algo importante. A veces escribir sólo pretende ser una forma más de sustentar nuestros recuerdos. Pero nuestra memoria es algo frágil y lo que hemos adquirido con tanto esfuerzo, podemos perderlo en cualquier momento. Al final no sé si tenemos que aprender el arte de aprender o el arte de olvidar; igual sólo tenemos que ir practicando el arte de vivir. Y así, si algún día vamos perdiendo lo aprendido, que al menos quede algo de cuanto hemos amado.

Creo que Ortega y Gasset dijo algo así como que conocer es un instrumento, un medio más para vivir (que es lo realmente importante). A mí saber más cosas, algunas al parecer muy interesantes, también me entretiene; me lo paso bien intentando conocer. Como dice el diccionario de la RAE, entrener es “hacer menos molesto y más llevadero algo”; o bien, “Divertir, recrear el ánimo de alguien”. Así que vivir, aun cuando a veces creemos estar haciendo algo importante, tiene también mucho de entretenimiento, algo de pasar entre dos tiempos, de sostenerse, haciendo más llevadero o más ameno eso que llamamos nuestra vida.

No hace falta decir, a estas alturas de la entrada, que no os la perdáis.

Del sentido de la vida

Anoche acabé el libro de Jean Grondin, “Del sentido de la vida”. Lo he leído después de otras lecturas más densas y extensas (“¿Existe Dios?, de Hans Küng; “Jesús de Nazaret”, de Joachim Gnilka; y “Jesús: la historia de un viviente”, de Edward Schillebeeckx). Tal vez en entradas posteriores me anime a reseñar estos libros. Ahora, de momento, me he animado a volver a compartir mis lecturas a partir de este libro de filosofía con el que he disfrutado estos días. La entrada ha resultado bastante larga. Espero que sirva para que os hagáis una idea sobre el contenido del libro.

El texto comienza alejándose de las filosofías que han renunciado a plantearse las cuestiones de sentido y quieren convertirse únicamente en ayudantes o siervas de las ciencias empíricas. El autor invita a cada uno, siguiendo el ejemplo de Descartes, a afrontar por sí mismo la tarea de plantearse la pregunta sobre el sentido de la vida. A partir de un texto de Spinoza, Grondin vincula la cuestión del sentido de la vida con la aspiración al bien, al sumo Bien. Siendo una tarea que ha de realizar cada uno, no es, sin embargo, algo privado; aspira a hacerse comprensible para los demás, pretende ser un pensamiento universal.

Para Grondin, la cuestión del sentido de la vida es irrenunciable para la filosofía. Aun así, es una cuestión bastante reciente. ¿Por qué? Porque hasta el siglo XIX el sentido de la vida se daba por supuesto; la vida humana aparecía encajada en un orden del mundo, al cual debía conformarse (p. 33). Es en la filosofía contemporánea, a partir de Nietzsche, cuando empieza a ponerse en cuestión. Pero, Jean Grondin, va más allá: la misma afirmación de que la vida no tiene sentido, de alguna manera lo presupone. Hablamos de absurdo o sinsentido, como una falta, como carencia de algo que parece que debería tener, como si esperáramos que lo tuviera (p. 26).

Grondin presenta diferentes significados del término “sentido”:

1. Sentido como dirección u orientación. Nuestra vida aparece como una carrera que se orienta a la muerte. Es precisamente la consciencia de ese término la que nos obliga a plantearnos la cuestión sobre el sentido de la vida.

2. Sentido como significado. Cuando nos preguntamos por el significado de algo, especialmente una palabra, lo hacemos porque ese algo apunta a otra realidad que, en cierto modo, permanece inaccesible, oculta. Así ocurre también con nuestra vida: de alguna manera nos resulta extraña, ajena. Plantear el sentido de la vida supone tratar sobre su significación.

3. Sentido relacionado con sensación. Saber sobre la vida es captar su sabor, gustarla. La pregunta por el sentido es también la capacidad de encontrarle un cierto sabor a la vida (p. 42).

4. Sentido relacionado con capacidad de juzgar o apreciar la vida. Cuando hablamos de una persona con buen sentido, nos referimos a su capacidad para orientarse adecuadamente, para juzgar correctamente las situaciones y tomar la decisión correcta. El sentido se encuentra relacionado con una cierta forma de sabiduría.

El sentido de la vida es la cuestión que está tras todas nuestras decisiones y proyectos. El autor considera que la visión estructuralista, según la cual la cuestión del sentido de la vida y sus respuestas serían una construcción cultural, siendo verdad, resulta insuficiente. El sentido no es simplemente un constructo intelectual; siéndolo, depende de una orientación que ya se encuentra en nuestra libertad y nuestra forma de actuar. Por tanto, la filosofía no tiene que imponer un sentido, sino reconocerlo en la vida misma e intentar articularlo (p. 67). No es que demos un sentido a nuestra vida, como si es ésta no lo poseyera previamente. La naturaleza, todo lo vivo, se orienta por su propia dinámica a perdurar, a seguir viviendo, y en el caso del ser humano, a vivir más. Es en ese horizonte de todo el cosmos en el que hay que reinscribir la pregunta por el sentido (p. 71). En esa dinámica de la vida a la vida, queremos vivir mejor, alcanzar lo mejor; de ahí que ese dinamismo a vivir sea, al mismo tiempo, una tensión hacia el Bien. La orientación a vivir y al Bien es previa a toda reflexión; constituye el fondo o el horizonte desde el que se desarrolla nuestra vida. Ese Bien, en cuanto meta nunca alcanzada, me hace vivir desde la espera y la esperanza. Vivir es un estar orientado, un proyectarse al futuro. La esperanza se constituye en un rechazo de la muerte.

La esperanza se ve cuestionada continuamente por la experiencia del mal. Sin embargo, el dolor y el mal no niegan nuestra aspiración a la felicidad; la suponen. Los experimentamos como falta de aquello a lo que tendemos por el propio impulso que posee la vida. Pero la felicidad no es primeramente una conquista humana; en su experiencia entra la suerte, la fortuna, o la gracia. Es algo que nos viene dado. Por ello, más que buscar la propia felicidad, lo que podemos hacer es trabajar por el bien de los demás, en el alivio de sus sufrimientos, con la esperanza de que así puede dársenos el participar de la felicidad (p. 99s).

En el capítulo 9, Grondin se pregunta si hace falta fundamentar la moral. Con lo apuntado hasta ahora, el autor sostiene que un intento de fundamentar racionalmente la moral (como si todo se pudiera fundamentar) resulta infructuoso. La moral (al igual que la religión), nace de ese fondo vital que apunta al Bien, a la felicidad, a seguir viviendo, al alivio del dolor ajeno.

La filosofía debería acercarse a la religión y el arte, para reconocer en ellos expresiones y articulaciones de ese fondo o fundamento del sentido de la vida. La evidencia de lo divino es, según Jean Grondin, una conciencia de los límites, de la muy flagrante debilidad del hombre frente a los poderes de su destino, frente a su propia fatalidad. Sin esa conciencia, no hay humanidad ni sentido de la vida. Es en esa conciencia donde podemos reconocer las fuentes del sentido de la vida. Al reconocer nuestra fragilidad y limitación, reconocemos a la vez la comunidad de nuestra fragilidad: todos nos encontramos en la misma situación de precariedad. Esta es la base de la solidaridad y la generosidad (p. 124). Y, como una segunda fuente, la conciencia de la fragilidad nos hace sentirnos unidos a un mismo origen, ese fondo de sentido que traspasa la vida; fondo que, siendo inabarcable e incomprensible, ha encontrado expresión en la religión y la poesía. La religión, concretamente el cristianismo con la idea de salvación y liberación, expresa esa orientación hacia el Bien, la Vida y la superación del dolor. La filosofía actual, en lugar de mirar exclusivamente a la ciencia, haría bien en volver su mirada a la religión y el arte, como expresiones del sentido profundo de la existencia (pp. 133ss). La ciencia es incapaz de expresar la cuestión del sentido y del bien.

Creo que el siguiente texto puede resumir todo lo que llevamos dicho hasta ahora:

“En un universo de helador sinsentido la interrogación -acuciante- sobre el sentido de la vida me lleva a reconocer que el sentido es mi condición insuperable. Un mundo de sinsentido presupone un mundo consagrado al sentido y al Bien, que funda la conciencia que tengo de mí mismo. Ese sentido ya es el de nuestras vidas, no tenemos que inventarlo; más bien tenemos que reencontrarlo, sentirlo, hacérselo sentir al otro. La experiencia del sinsentido y de la muerte que me espera deja aparecer una nueva solidaridad con el otro, que estrecha los lazos y me ayuda a descubrir y a redescubrir lo esencial: no puedo hacer nada contra mi angustia, no puedo realmente alargar mi modesta vida ni una sola hora, no puedo ni siquiera alcanzar la felicidad, pero puedo socorrer al otro, intentar hacerle feliz y digno de existir. Toda moral conduce a eso. Todo cuanto me apega al sentido, todo cuanto me da esperanza es la esperanza de una vida con sentido para el otro, para que el otro pueda vivir como si la vida tuviese un sentido. Entonces será mi vida la que descubrirá su sentido, más allá de sí misma” (p. 140)

Así, en el esfuerzo por la felicidad del otro, me trasciendo a mí mismo, me proyecto, encuentro el sentido.

El desierto de los tártaros

Un joven teniente, Giovanni Drogo, se dirige hacia su primer destino, la fortaleza Bastiani, un fuerte cerca de la frontera norte y alejado de la ciudad y los cuarteles principales, donde se puede hacer fácilmente carrera. No hay ninguna ilusión en el teniente, no entiende muy bien qué va a hacer allí y, antes de llegar, ya está pensando en la posibilidad de pedir ser reemplazado.

El capitán Ortiz le convence de que espere al menos 4 meses; después podrá arreglar su salida con la excusa de una enfermedad. ¡Qué son 4 meses! Nada para alguien todavía joven como Drogo.

Poco a poco, el teniente va haciendo suya la espera que domina la vida del fuerte: ¿Y si los vecinos del norte deciden atacar? La posición de la fortaleza la convierte en el primer freno a su avance. Todos están convencidos del peligro del enemigo y de la importancia estratégica del fuerte. Poco a poco va acostumbrándose a esa espera, aun cuando no hay indicios del peligro. Los días van pasando sin que pase nada en particular. Unos se sujetan a sus rutinas diarias; otros, al reglamento; todos, a la espera de la aparición de un posible enemigo. Poco a poco, la vida en el fuerte se convierte en su vida, como si no hubiese nada más. Los días de permiso en la ciudad les hacen sentirse cono extraños en casa, como extranjeros en su propio país. Los demás, ni siquiera sus compañeros de academia, no pueden entender la importancia de la fortaleza Bastiani.

Así, esperando, Giovanni Drogo va consumiendo sus días casi sin darse cuenta, va perdiendo su juventud, prendido tan sólo de esa espera. Pero ya ni siquiera el Estado Mayor del Ejército ve peligro en la frontera y decide reducir la dotación de hombres en el fuerte. Entonces Drogo se da cuenta de que ya es demasiado mayor para cambios. Los que quedan, dejan de esperar que algo aparezca por el horizonte. Una falsa alarma hace decaer aún más los ánimos. La esperanza de un enfrentamiento glorioso que dé sentido a su vida militar se difumina en los soldados de Bastiani.

Pero las cosas no siempre ocurren como se les espera ni cuando se les espera. Entonces Giovanni Drogo descubre que el combate verdadero que tiene que afrontar no se va a dar contra un enemigo que ha demostrado no tener ninguna prisa por cumplir sus expectativas, sino ante alguien que siempre ha estado ahí y ante quien todo hombre se tiene que encontrar: su propia muerte. La talla del hombre, del soldado, de este hombre no se va a desvelar en el campo de batalla, ante la mirada cómplice de los amigos y compañeros, sino en la soledad, ante un enemigo que no va a defraudar en su aparición, antes o después.

desierto de los tartaros

Me ha gustado mucho la lectura. Por momentos me recordaba a Albert Camus. Iba a decir que contiene una “reflexión” sobre el tiempo, la espera y la manera en que damos sentido a nuestras vidas; pero la palabra “reflexión” no es la más adecuada. Es un relato, una historia en la que, a través de las expectativas de un joven soldado, podemos ir reconociendo estos temas,  podemos hacerlos nuestros. Las descripciones sobre cómo van viviendo los acontecimientos y el paso del tiempo ocupan, con las variaciones propias de cada etapa de la vida, el desarrollo de todo el libro.

El libro “El desierto de los tártaros” fue escrito por Dino Buzzati en 1940. En 1976 se realizó una película a partir de la novela. Una lectura, a mi entender, muy aconsejable.

Feliz Navidad

La noche del 22 de abril, La 2 (la UHF de antes) nos ofrecía una joyita de película: “Feliz Navidad” (Joyeux Noel, 2005). Cuenta la historia, basada en un hecho real, de unos soldados alemanes, escoceses y franceses que, durante Nochebuena de 1914, deciden abrir una tregua en los combates que mantenían en las trincheras. Parece ser que este armisticio no oficial se repitió en varios lugares del frente.

Resulta curioso: lo que ocurre, visto desde la lógica de la guerra, una guerra atroz que acabó con la vida de muchos jóvenes en todos los bandos, resulta absurdo. Los soldados comparten sus bebidas, su comida, incluso los juegos, en medio del campo de batalla. Sin embargo, lo realmente absurdo era la situación bélica: que unos jóvenes tuvieran que arriesgar sus vidas y arrebatar las de los enemigos por el sinsentido impuesto por sus gobernantes. En medio de la muerte y el dolor, la celebración de la Navidad permite a los soldados recuperar su humanidad y reconocerla en quienes tienen enfrente. Los soldados son conscientes de haber vivido una experiencia que les marcará el resto de sus vidas, mucho más que el hecho mismo de haber participado en una guerra. El hecho de haber tratado con los otros, ayuda a los soldados a reconocer el absurdo de su situación: ellos tienen que morir y matar para salvar el supuesto honor de unas personas que toman las decisiones sin arriesgar nada más que ese supuesto honor.

Pero el sinsentido de la guerra, con su lógica, vuelve a imponerse. Los superiores no pueden aceptar que los soldados hayan confraternizado, se hayan sentido, por unos días, humanos, vinculados unos con otros, a pesar de encontrarse en bandos opuestos. Con el fin de que no vuelva a ocurrir, los mandos cambian a las tropas de lugar.

La guerra tiene su propia lógica, la de olvidar que cada soldado, de uno y otro bando, es un ser humano; que tras cada uno de ellos hay un entramado de afectos, de relaciones, de vínculos formados por sus familiares y sus amigos, de seres que acabarán extrañándolos. Con su forma de actuar, los soldados rompieron esa lógica y mostraron que, incluso en las circunstancias más atroces, los seres humanos siguen siendo capaces de sacar a la luz la bondad que les permite seguir sintiéndose como tales: humanos.

El momento en que cantan “Noche de Paz”, seguido por “Adeste fideles”, resulta para mí de lo más emocionante, sobre todo, pensando que se refiere a un hecho histórico.

Aquí tenéis un precioso resumen de la película:

Y aquí “Adeste fideles”.

Por ahí he encontrado críticas bastante duras a la película. Está claro que aquella no fue una guerra de mentiras y que los alemanes cometieron tropelías de primer orden, como harían posteriormente en la II Guerra Mundial; pero eso no quita valor al hecho que aquí se narra y que, en su forma de narrarlo, aun hablando de la guerra, pueda tocarnos la fibra sensible.

¡Que quiten ya la filosofía!

Sí, que la quiten, pues no sirve para nada. Ya puestos, quememos los libros de filosofía. A estas alturas, casi todos saben que la filosofía no sirve para nada.

La primera en caer va a ser la ética. No hay duda de que no sirve para nada: la casta política ha demostrado empíricamente que la ética no hace falta, es más, puede llegar a constituir un obstáculo, para alcanzar el poder y mantenerse en él. ¿Para qué pensar en qué es justo, honesto o correcto? No nos compliquemos la vida. Así que mejor despacharla del plan de estudios, no sea que a la gente le dé por pensar…

Y si se puede vivir sin ética, también sin la filosofía en general. Pero si al final todo se reduce a la productividad y al éxito, medidos en términos económicos, ya no sobra sólo la filosofía. La literatura, la música, el arte, la historia… son muy poco productivas, resultan todas prescindibles. Y sin embargo, nos ayudan a pensar, imaginar, sentir o proyectar que la realidad puede ser más que lo que damos por supuesto; nos hacen creer que el ser humano puede llegar a ser más y mejor que lo que es. Nos hacen sentir y pensar, aunque a veces sólo sea durante unos instantes como ocurre con el arte, que, a pesar de las circunstancias, o mejor, a partir de las circunstancias que nos ha tocado vivir, podemos aspirar a ser mejores.

¿Se puede vivir sin el arte, sin la ficción, sin el pensamiento? Sí, claro. Pero ¿durante cuánto tiempo seguiría siendo una vida digna del ser humano?

Y como hacía tiempo que no dibujaba, ahí va una viñeta.

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P.S.: Me decidí a escribir esta entrada durante el concierto de la Orquesta de Zhejiang. Durante un momento pensé: “Esto no es necesario; se puede vivir sin ello”. Pero después me dije: “¡Pero qué gozada poder disfrutarlo y qué lástima si no estuviera a nuestro alcance!”.

Amor bajo el espino blanco

Hacía más de dos meses que no escribía en el blog; y eso que no han faltado ocasiones: una huelga, varios libros, películas, una conferencia (sobre la cual intenté hacer una entrada, pero no la acabé), la celebración de la Navidad… Es que, aunque no lo parezca, hacer una entrada en el blog supone tiempo para pensar, escribir y releer lo escrito (al menos para mí lo supone), y tengo que sentirme bien para intentar escribir bien. Ahora, una película, como en otras ocasiones, puede servir de motivo para escribir un poco.

“Amor bajo el espino blanco” nos cuenta la historia del amor entre dos jóvenes. Zhang Yimou nos la presenta en el marco de la revolución cultural china. El miedo a ser descubiertos es permanente. El padre de la chica está preso por tener ideas de derechas. La chica está estudiando para ser maestra pero, tal como insiste su madre, debe tener mucho cuidado en no cometer ningún fallo que supondría la pérdida de sus estudios o de su futuro trabajo. Siendo hija de un disidente, tiene que demostrar continuamente lo agradecida que se siente por todas las oportunidades que le ofrece la revolución. Bajo esa presión, los jóvenes van acercándose, hablando, quedando para verse. A escondidas de la gente y de la familia. Después las cosas se van complicando.

La película se recrea en los planos cortos, en las miradas, en el tiempo (lento, lento, lento para mi gusto), pero con el cine chino, si no es de kung-fu, parece que no hay prisa. Y la historia, sin ser demasiado complicada, nos va metiendo poco a poco en la relación amorosa de los jóvenes. Hay momentos de duda, de respeto, de inquietud, de dolor… pero sin grandes manifestaciones emocionales, como muy contenido todo. Igual contada de otra manera daría para alguna lágrima que otra o igual a mí no me ha cogido en un momento especialmente sensible. Pero, sin ser muy llamativa, me ha gustado y entretenido. Eso sí: hay que mirarla sin prisa (son dos horitas).

Las nieves del Kilimanjaro

Reestructuración en la empresa; momentos de despidos. Un sorteo: los que ganan, pierden. Los nombres que aparecen son los de quienes se tienen que ir a la calle. Entre ellos, el de la persona que va sacando los papeles y leyendo los nombres. Un sindicalista que podía haber evitado estar en la urna, pero para él eso habría sido un privilegio.

Treinta años casado. Los amigos le acompañan en la fiesta y le regalan un viaje a África y dinero para gastarlo. Sin trabajo, pero feliz en la compañía de su familia y sus amigos. Tranquilo porque sabe que, a pesar de todo, ha hecho las cosas como debía.

Michel es el sindicalista, ahora despedido; Marie Claire, su esposa; Raoul, amigo de la infancia, cuñado y compañero de trabajo y luchas sindicales; Denisse, hermana de Marie Claire. Disfrutan de una velada juntos, jugando a las cartas. De pronto alguien irrumpe en casa. Les golpean, les roban. Pero es mucho más que el dinero lo que se pone en juego, lo que se puede perder.

Toda una vida luchando por unos ideales y ahora, poco a poco, parece que empiezan a desmoronarse. Una lucha que ni siquiera tiene el reconocimiento de aquellos que disfrutan de sus logros. Aparecen reacciones que nunca podrían haber imaginado. Hacer lo correcto, lo justo y, sin embargo, tener la sensación de que algo queda pendiente. Hacer lo que todos harían, pero saber que está siempre a medio camino.

En un momento en que los ideales por los que han luchado son cuestionados incluso desde su familia, Michel y Marie Claire descubren que hay algo mucho más importante: las personas concretas a quienes afectan sus decisiones. Se sienten responsables, no porque vayan a solucionar el mundo, como igual pensaban que harían en otro momento, sino simplemente porque en ese momento son ellos dos los que están ahí, los que se encuentran con ellas.

No hay discursos ideológicos, salvadores, que nos dicen lo que hay que hacer, qué es lo correcto. Nos encontramos, simplemente, con dos personas que sienten cómo las grandes ideas han ido cayendo, y ahora piensan en las personas concretas que se han cruzado en sus vidas.

Hay seis o siete diálogos muy interesantes:

  • El de Marie Claire con un camarero (muy simpático). Cada situación requiere de una bebida.
  • El de Marie Claire con una madre que no quiere saber nada de sus hijos (muy duro). Cuestiona lo que pensamos que debe hacer una madre que no quiere serlo.
  • Dos de Michel y el ladrón, donde se cuestiona hasta qué punto los demás reconocen o siquiera se interesan por aquello por lo que Michel ha luchado.
  • El de Michel y Marie Claire sobre sus ideales, sus luchas y su situación actual.
  • El de Michel y Raoul, donde se cuestiona si, cuando los problemas nos tocan directamente, estamos dispuestos a mantener la forma de actuar que en otros momentos considerábamos correcta.
  • El de Michel y Marie Claire con sus hijos, donde se cuestiona qué ha quedado de sus luchas del pasado y a qué viene ahora intervenir en una situación que no  debería afectarles.

No he podido dejar de relacionar la película con dos libros: el de Irene Comins “Filosofía del cuidar” y, más intensamente, con “Ética de la compasión” de Joan Carles Melich. La Ilustración fundó la ética sobre la razón y los derechos humanos. Necesarios, pero a veces insuficientes; sobre todo, cuando las personas son tratadas como realidades abstractas y no como seres de carne y hueso que nos interpelan desde el mismo momento en que se cruzan con nosotros. Y no vale preguntarse por qué me ha tocado a mí, por qué tenía que estar yo en ese momento. Y la pregunta no es quién debe hacer algo, sino qué puedo hacer yo. Y la respuesta no se plantea desde ideas abstractas, sino desde las necesidades particulares del otro.

Esto último me ha quedado un poco desgarbado, pero invito a ver la película y leer alguno de estos libros (al menos en parte). Después de ver la película, con la que además lo he pasado bien, vuelve a aparecer ese sentimiento de que se puede ser mejor y que no es un trabajo absurdo ni inútil, sino que vale la pena. No está mal, acabar una película o un libro, con ganas de mejorar.

Si alguien quiere ver un comentario bastante diferente, puede ver la crítica de Sergi Sánchez en la Razón: Guediguián y la mala conciencia. Igual hay que proteger la conciencia para que no nos afecten las consecuencias de las decisiones que tomamos. Igual hay que pensar que no somos responsables prácticamente de nada, que siempre hay una causa impersonal para vivir así tranquilos. Sí, mejor no tener mala conciencia o, ya puestos, no tener conciencia. La cinta no ofrece un discurso fácil de buenos y malos, ni de personas que tienen siempre claro lo que deben hacer.

Intocable

¡Qué pedazo película! ¡Qué historia más bonita! También aquí hay juguetes rotos, pero es una película totalmente distinta a la anterior. Se trata de una comedia de un gusto exquisito.

Philipppe, un francés de pura cepa, blanco, cuidadoso, educado, con buen gusto y notablemente rico, pero rico, excesivamente rico. Sólo tiene un problema (o eso pensamos al principio): es tetrapléjico. Necesita un acompañante, alguien que le cuide durante el día y la noche. Aparece Driss, un senegalés, joven, fuerte, no muy fino en el trato ni las maneras, directo, burlón, negro, negro (con perdón), un tipo que no parece de fiar. Sólo está allí para que le firmen los papeles como que ha acudido a la oferta de trabajo, para evitar perder el subsidio de desempleo. Al día siguiente, cuando acude por sus papeles se encuentra con una oferta formal de trabajo: un mes de prueba.

A mitad de la película descubrimos que la tetraplejia de Philippe fue provocada por un accidente de parapente, pero su mayor dolor no es ese, sino haber perdido a su esposa por causa de una enfermedad. “¡La amaba tanto!”, exclama Philippe, con ella podría sobrellevar su discapacidad.

También descubrimos algo más sobre la vida de Driss. Su presencia va a cambiar algo más que la forma en que se cuida a un enfermo. Todo el entorno se ve afectado.

Cuando las dos personas han conectado, cuando vemos que ha surgido una sincera amistad, Philippe invita a Driss a marcharse, a volver a casa, porque sabe que tiene asuntos que arreglar, personas a las que volver a tratar, responsabilidades para con los suyos. Él es feliz con su cuidador, pero sabe que Driss tiene cosas que hacer y hay que dejarle ir.

Dos formas totalmente distintas de entender la vida, dos historias totalmente ajenas a la suerte del otro; pero coinciden. Los dos son tocados por esta relación, los dos se enriquecen. Los dos cambian después de este encuentro.

Ha coincidido que he visto esta película el mismo día en que he acabado el libro de Irene Comins “Filosofía del cuidar”. Esta película puede ser un buen ejemplo de ese trato cuidadoso, que atiende a las personas desde sus necesidades concretas, no como realidades abstractas, sino como seres de carne y hueso, con sus aspiraciones, sus deseos, sus dolores, su historia personal. Y en ese encuentro, cuidado y cuidador se enriquecen mutuamente, crecen como personas.

La película deja muy buen sabor de boca. Se pasa muy bien todo el tiempo, contemplando la conexión que se produce entre dos vidas, en principio, tan distantes.

Redención (Tirannosaur)

Nos encontramos con juguetes rotos, aunque, al principio no lo sabemos. Joseph, un hombre ya mayor, sin llegar a anciano, pero bastante mayor, solitario, que a veces saca su mal carácter y se pone violento, y borrachín. Él mismo se califica como un hombre malo, que acaba haciendo daño a las personas con quien se relaciona. Hannah, una mujer tranquila, muy religiosa, que trabaja en una tienda que parece algo así como un almacén de cosas usadas o un ropero de Cáritas (no sé si la gente paga por llevarse cosas). Las dos personas se cruzan. Joseph se relaciona con la mujer de forma burlona, fría y distante; como si estuviera por encima de todo (o quizá por debajo), porque se siente de vuelta de todo, fracasado. Sólo se relaciona abiertamente con un niño, vecino suyo, y sus compañeros de cervezas.

Joseph se burla de la fe de la mujer; pero cuando un amigo suyo está a punto de morir, le pide que le acompañe a su casa y rece por él. El hombre encuentra en la mujer alguien que le sonríe de vez en cuando. La mujer vive sujeta a sus oraciones y su fe. Pero la vida de la mujer no es tan tranquila ni serena como aparenta. También ella es un juguete roto, una mujer maltratada por su marido. Un hombre celoso, violento y desequilibrado, a quien, sin embargo, los demás consideran una persona ejemplar.

Ella reza, pero su fe no le libra del dolor; parece que tiene que aceptarlo, incluso perdonando al marido. Pero no se puede aguantar todo ni siempre.

Al final, Joseph y Hannah pueden ir cerrando heridas, redimiendo sus errores o sus pecados. Parece que pueden encontrar de nuevo su sitio en la vida. Pero nada ocurre de manera fácil, ni rápida, ni mágica. El proceso de redención, de volver a ordenar unas vidas tan tocadas (por las propias decisiones o las ajenas), no se produce sin dolor.

No es una película para pasar un buen rato. La historia está muy bien contada, pero hay muy pocas sonrisas y muchas situaciones desagradables. Son juguetes rotos, por su propio pasado o por la violencia de los demás, que tienen dificultades para amar, expresarse y relacionarse con los demás de una forma franca.

¿Aconsejable? Sí, pero sabiendo que no vas a pasarlo muy bien. Hay redención, pero llega al final. No te deja muy buen cuerpo.